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Mostrando las entradas de octubre, 2020

Nuestra América

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NUESTRA AMÉRICA JOSÉ MARTÍ “…la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación”   CREE EL ALDEANO VANIDOSO QUE EL MUNDO ENTERO es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.   Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los valores de Juan de Castellanos: las ramas del juicio que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. No hay proa que tape una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio ­final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que...

Samuel

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SAMUEL Orlando Araujo Cuando yo tenía ocho años, Samuel tenía diez, y fuimos amigos cuando yo tuve trece y él quince. Se enamoró de una hermana mía y como éramos amigos yo lo ayudaba a escribir cartas de amor y compartía la lectura de todas las respuestas. Leímos juntos Los Tres Mosqueteros. Él se hizo Aramís y yo fui D´Artagnan. Cuando luché con un grandote, ya Samuel me había enseñado a vencer; y cuando me enamoré por primerita vez, él me avisó de los primeros desengaños. Tuvo paciencia para dirigirme en el arte más difícil: cómo cruzar a nado un río andino. Se deslizaba por el fondo si la corriente era violenta, y levantaba la cabeza y braceaba de pecho en la inestable ocasión de los remansos. Ahora no sé si era tan alto como entonces lo veía, pero sé que era fuerte, que tenía color de guayaba, y hombros y pecho y contextura de afrecho. No sé si era valiente, y creo que algunas veces tuvo miedo, pero jamás lo vi retroceder. En todo caso, no soy disecador de héroes. Sólo pi...

La mujer que no vimos

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LA MUJER QUE NO VIMOS   Se alejó lentamente por entre los taciturnos pinos, de frente hacia el ocaso, como las hojas y como la brisa, la mujer que no vimos.   Bajo una luz de naranja y de ceniza era, como la hora, soledad y caminos; armonía y abstracción como las siluetas; esplendor de atardecer como los maduros racimos.   De lejos nos volvía en detalles la belleza ignorada de la mujer que no vimos.   La tarde fue cayendo silenciosa sobre el paisaje ausente de sí mismo y   floreció en un oro apagado y nuevo entre el follaje marchito.   Hacia un cielo de plata pálido y frío; hacia el camino de los vuelos que huyen, de las hojas muertas y del sol amarillo, se alejó lentamente la mujer que no vimos.   Sus huellas imprecisas las seguía el silencio, un silencio ya nocturno, suspendido sobre el recogimiento de la tarde, huérfana de la prolongación de sus caminos.   Pero su voz, entre la sombra,...

El cigarrón blanqueado

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  EL CIGARRÓN BLANQUEADO Francisco Pimentel     Percance de aviación o quizás escasez de gasolina el caso es que cayóse un cigarrón en un saco de harina.   Se quedó, desde luego, sin poderse mover y medio ciego, mas sacudióse al ­fin y, aunque cansado, muy contento salió de aquel apuro, pues era un cigarrón bastante oscuro y se encontró blanqueado: presentaba el aspecto de un Pierrot singular el pobre insecto.   Aunque es rara la cosa, se le subió la harina a la cabeza y requebró a una blanca mariposa perteneciente a la mayor nobleza.   Mas cuando le propuso que con él se fugara, la mariposa se le rió en la cara y como un suelo, sin piedad lo puso.   Desengañado entonces nuestro insecto a su casa volvió, donde tenía una cigarroncita cuyo afecto antes de su aventura poseía. Y le salió la criada respondona porque la despechada cigarrona echóle de su lado diciéndole: Anda, vete: porque las ma...

El sol

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  EL SOL RAMÓN PALOMARES Andaba el sol muy alto como un gallo brillando, brillando y caminando sobre nosotros. Echaba sus plumas a un lado, mordía con sus espuelas al cielo. Corrí y estuve con él allá donde están las cabras, donde está la gran casa. Yo estaba muy alto entre unas telas rojas con el sol que hablaba conmigo y nos estuvimos sobre un río y con el sol tomé agua mientras andábamos y veíamos campos y montañas y tierras sembradas y flores cantando y riéndonos. Allí andaba el sol entre aquellas casas, entre aquellos naranjos, como una enorme gallina azul, como un gran patio de rosas; caminando, caminando, saludaba a uno y a otro lado; hasta que me dijo: Mi amigo, que has venido de tan abajo vamos a beber y cayó dulce del cielo, cayó leche hasta la boca del sol.