Nuestra América

NUESTRA AMÉRICA

JOSÉ MARTÍ



“…la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase

de esta generación”

 

CREE EL ALDEANO VANIDOSO QUE EL MUNDO ENTERO es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.

 

Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los valores de Juan de Castellanos: las ramas del juicio que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. No hay proa que tape una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio ­final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada.

Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuerdo y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes.

[…]

 

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña.

 

La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de tres siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y de­fienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

[…]

 En el periódico, en la cátedra, en la Academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlo. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver.

 Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarle al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. No es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestra república el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas

[…]

 ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Zemí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

 

Referencias de interés en el ensayo:

·        Juan de Castellanos: poeta y cronista español.

·    Gran Zemí: el mayor de los zemíes, espíritus ancestrales, representados en estatuas. Se les rendía culto en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Jamaica y Haití.

·         Hamilton: político estadounidense, senador, Secretario de Estado (1869).

·         Sieyés: político, eclesiástico, ensayista y académico francés (1748-1836).

·         Bravo: Río Bravo. Límite entre Estados Unidos (El Paso, Texas) y México (Ciudad Juárez).

·       Magallanes: Estrecho de Magallanes. Paso marítimo ubicado en el extremo sur de Suramérica, en la Patagonia, Argentina.

 

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