La mujer que no vimos
LA
MUJER QUE NO VIMOS
Se alejó lentamente
por entre los taciturnos pinos,
de frente hacia el ocaso, como las
hojas y como la brisa,
la mujer que no vimos.
Bajo una luz de naranja y de ceniza
era, como la hora, soledad y caminos;
armonía y abstracción como las
siluetas;
esplendor de atardecer como los
maduros racimos.
De lejos nos volvía en detalles
la belleza ignorada de la mujer que
no vimos.
La tarde fue cayendo silenciosa
sobre el paisaje ausente de sí mismo
y
floreció en un oro apagado
y nuevo entre el follaje marchito.
Hacia un cielo de plata
pálido y frío;
hacia el camino de los vuelos que
huyen,
de las hojas muertas y del sol
amarillo,
se alejó lentamente la mujer que no
vimos.
Sus huellas imprecisas las seguía el
silencio,
un silencio ya nocturno, suspendido
sobre el recogimiento de la tarde,
huérfana de la prolongación de sus
caminos.
Pero su voz, entre la sombra,
hizo vibrar la sombra, y era su voz
un trino:
fúlgida voz que hacía pensar
en unos cabellos del color del trigo.
Recuerdos de las formas evocan las
siluetas
de los apagados árboles sensitivos;
pero la voz que se aleja entre masas
borrosas,
denuncia unos ojos claros como zafiros,
y unas manos que, trémulas, apartan
los ramajes
como dos impacientes corderitos
mellizos.
Ni pasos furtivos, ni voces
familiares:
oquedad y silencio entre los altos
pinos,
y en las almas confusas un ansia de
belleza.
¿Pasó junto a nosotros la mujer que
no vimos?


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