Vanidad

 VANIDAD

EDUARDO LIENDO


Todo comenzó por aquel tedioso aprendizaje del alfabeto. Quizás, entonces, el mal era curable. Estaba en la epidermis. Más tarde vino la irresponsable lectura de suplementos, aquellas interminables aventuras de El caballero del antifaz y, poco después, Tarzán de los monos, Las aventuras de Tom Sawyer, El conde de Montecristo, y otras obras por el estilo. Sin embargo, no era un niño anormal. Hubo un paréntesis en la adolescencia que hizo pensar en mi completo restablecimiento, pero por algún accidente desgraciado, la perniciosa manía se intensificó; vino la época de la nefasta familiaridad con biografías, novelas, novelines, folletones, poemarios, periódicos, diccionarios, cuentos malvados y demás formas tramposas de subyugar el alma.

 

Todavía existía una relación equilibrada: medio tiempo para vivir y medio tiempo para leer. Pensé, erróneamente, que el matrimonio restablecería plenamente mis necesidades existenciales y superaría ese espantoso vicio; tal vez cambiándolo por otro un poco más humano. Pero no fue así. Cada día hablaba un poco menos con Vivien y leía más, incluso en momentos completamente insospechables. La crisis llegó a su fase final, lentamente perdí la facultad de hablar con sencillez y me expresaba mediante pretenciosas sentencias. Vivien sufría y lloraba frecuentemente al observar su impotencia para recuperarme. Después dejamos de hacer el amor, aunque algunas veces, antes de dormir, yo esgrimía una docta disertación sobre las infinitas posibilidades del orgasmo. Leía casi sin interrupción y mi espalda se fue endureciendo. Las palmas de las manos y las plantas de los pies se adelgazaron de manera alarmante. El lenguaje adquirió su definitiva simbiosis con la literatura.

 

La última noche me despedí de Vivien con una triste mirada de resignación, ambos debíamos aceptar lo inexorable. En la mañana amanecí a su lado completamente tieso, rígidamente vertical, solemne. Ella, después del asombro, me tomó en sus manos con lástima, me abrió y dejó caer una lágrima sobre una de mis páginas.

 

Al día siguiente, con mucha pena me donó a una biblioteca pública; una empleada me colocó en un buen lugar, exactamente entre el Diario íntimo, de Amiel y La importancia de vivir, de Lin Yu Tang. Se cumplió así mi suprema vanidad. Vivien comparte ahora el apartamento con un amigo tan sano que ni siquiera se molesta en leer el periódico. Mientras tanto, yo espero pacientemente el instante maravilloso en que me tome en su mano una bondadosa lectora y alguna noche estar bajo su almohada.



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