Juya
JUYA
GUSTAVO PEREIRA
Cerca del
Talwayuuupana, en la Alta Guajira colombo-venezolana, de noche, cuando la
oscuridad destaja las colinas y los cactus se elevan como duendes desnudos
brillando bajo las estrellas, se ven los relámpagos y los fuegos fatuos de
Keerraliee.
El resplandor ilumina a intervalos la tierra calcinada, entre cuyos agujeros se esconden los lagartos y las iguanas yalamuna que impiden la lluvia y habitan los cardonales.
Durante la sequía, cuando el hambre y la canícula castigan sin piedad el territorio wayúu y los costillales de los animales suenan como flautas rotas con el viento, los hombres de la nación goajira se reúnen y tapan los agujeros de las iguanas yalamuna. Entonces beben újolu, la chicha o mazamorra, y se dan al yónna (baile) para invocar la lluvia.
Algunas veces, luego de tanto danzar, la lluvia aparece uno, dos, tres días después. Entonces la nación wayúu toca el talírai, su pequeño violín mágico, y da las gracias a Juyá, el invierno.
Pero cuando ya no hay agua en los pozos y la tierra se abre por todas partes, enrojecida y agonizante, y ya no es posible esperar sino resolana y padecimiento, el padre y la madre goajiros deciden partir.
Okojoloshii wayúu...

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