El castillo de caramelo
EL
CASTILLO DE CARAMELO
LUCILA PALACIOS
La mano blanca, la mano femenina
ha tratado de salvar el castillo de azúcar. Sobre las almenas acarameladas, con
apariencia de encaje, hay un soldado de porcelana. La torta de tres pisos, es
tan clara, que copia las últimas luces de la fiesta. Situada como una isla, en
el centro de una gran jofaina llena de agua, con su aspecto de fortaleza parece
resistir el asedio de las hormigas. Esas hormigas inquietantes que olfatean la
golosina desde su mundo subterráneo.
A través del túnel que abre paso
a ese mundo desde el fondo de la tierra, no se acierta a descubrir la silueta
de la mujer que burla el intento goloso. ¡Es tan alta, tan espigada del suelo,
que los pequeños ojos no la abarcan en toda su extensión! Piensan en ella como
en algo superior a las fuerzas de todo el hormiguero formado por millares de
trabajadores y de guerreros de rubia coraza.
Y espían la hora de la sombra
para hurgar en torno de la mesa donde hubo el banquete... Y su instinto las
lleva a seguir el sendero que conduce al castillo.
Más entre la orilla y la
fortaleza de encaje de azúcar se interpone el agua. Es un agua quieta, dormida,
que no se alza amenazante, que no ruge ni grita a través de las bocas abiertas
de sus gotas. Pero no pueden cruzarla sin riesgo de perecer en su cristal frío,
en su cristal sin vibraciones.
El hormiguero sufre escasez... En
el jardín se ha llevado a cabo una innovación. Para defender las hojas y las
rosas, para defender las raíces de la voracidad de otros insectos se han teñido
de blanco los troncos que les sirven de base. Y aquella blancura es ponzoñosa.
Mata, destruye la vida animal. Un ejército de hormigas pereció en la primera
incursión. Allí se contaron por montones los guerreros de coraza dorada,
segadas en lo mejor de su existir.
Si la situación no cambia, todos
han de morir... Por hambre, por inanición. Las madres andan tristes con los
hijos a cuestas. Los jóvenes están pálidos y ya no son tan ágiles como antes.
De no tomar una decisión, dentro de poco el hormiguero quedará diezmado. A
menos que se decidan a emigrar.
El objetivo es el jardín próximo,
más ancho, con árboles crecidos, con arbustos y flores repletas de miel. Un
jardín lleno de tentaciones donde todavía no hay escalas de muerte en los
troncos, libres de la blancura venenosa. Pero que está defendido por guerreros
avezados, por tremendas hormigas negras celosas de su bienestar, celosas de su
reino, unas hormigas ricas de vitalidad que aún no han sufrido en sus filas el
estrago del hambre, que saben descabezar y romper el cuerpo del enemigo con sus
antenas poderosas.
Y el hormiguero rubio vacila
entre la alternativa.
A veces la sombra ayuda. Y en
este caso, ¡qué noche más bendita para el asalto! La mano blanca, la mano
femenina, yace adormitada bajo sábanas tibias y olorosas. Y el soldado de
porcelana es un cuerpo sin alma, sin vida, hecho "para detener el vuelo de
las moscas con su espadón de plata, pero incapaz de interponerse en el camino
de las hormigas.
Los pequeñuelos se relamen de
gusto trepados sobre la espalda de la madre. Es dulce el caramelo que aguarda
en las almenas, en el artesonado calado y transparente. Nada importa que el
castillo se encuentre lejos del hormiguero. Hay que emprender la marcha antes
de que el alba se asome sobre los cristales de la mansión, y ponga al
descubierto el castillo, el ejército y la aventura.
Y así van, entusiasmados, contentos,
seguros de lograr su objetivo. Pero han olvidado que el agua quieta, el agua
color de espejo, es un obstáculo que se necesita salvar.
La hora avanza y es necesario
ganar tiempo. De una orilla a la otra ¡cuánta distancia! El ánimo de aquella
multitud hambrienta que ha puesto sus ansias de vida en la captura de la
fortaleza, se halla sobrecogido, alarmado... Los jefes deliberan, y a una
voz...
Y empiezan a tenderse sobre el
agua.
Es un tejido, una malla de vidas,
con su cubierta de oro y sueños... Los otros, la falange nutrida de hormigas ha
de llegar después, y por eso le abren el camino. Por fin se acercan. Desfilan a
paso lento, con la carga de los chicuelos, y las hembras cooperan tanto como
los machos. El hormiguero se mueve, anda, vive como un solo cuerpo. Cuerpo de
vencedores.
Pues han logrado abordar la
fortaleza. Ya algunos han trepado sobre las almenas y osan encaramarse en los
hombros del arcángel de porcelana... Un arcángel de hallazgo. La porcelana se
derrite, es falsa, es sólo una cosa simulada. La criatura con alas estaba hecha
de pasta, de dulce, recamada de nieve y azúcar. Y los guerreros blondos
celebran la hazaña, gritan su triunfo, mientras lo van desmenuzando entre sus
bocas voraces.
El puente de la muerte que ha
salvado al ejército, el puente de suicidas permanece rígido, tendido sobre el
agua para dar paso al retorno.
De pronto el alba pone su nota
indiscreta sobre la jofaina, sobre el agua que acusa el destrozo hecho en el
castillo. Tiemblan los cristales bajo aquella luz azulada que envuelve en su
tibieza la mano femenina que se inquieta de pronto y se sacude en el regazo de
la mujer de silueta espigada.
Y una gran sombra que no aciertan
a abarcar totalmente las pupilas pequeñísimas de las hormigas, una sombra
inmensa cual la sombra de un dios, tan profunda como lo desconocido, se
interpone entre el alba y el ejército cargado de botín que ya regresa a su
mundo subterráneo... Y una voz atronadora, tremenda, apocalíptica, increpa...
—
¡Las hormigas! ¡Las malditas hormigas!
La mano femenina, la blanca y
cuidada mano se alzó en un ademán de protesta. Se hallaba a punto de descargar
su furor sobre los invasores del castillo de caramelo. Podría destruir de un
solo golpe las huestes disciplinadas, el rubio ejército que había de sanado su
voluntad... Podría aplastar a los habitantes del hormiguero con un movimiento
de sus dedos, que en este momento parecían poseedores de los atributos de la
Divinidad...
Pero la mujer de la silueta
delgada y alta desconocía los móviles que guiaban el mundo en donde se movían
las hormigas, sus problemas, sus razones, el ¿por qué de aquel asalto? ni el
pensamiento que dirigía aquella acción tan parecida a las acciones humanas.
Y el castillo de caramelo se
deshizo en presencia de quien lo había construido sin que nada, nada estorbase
el paso de las hormigas, sin que nadie, nadie pudiera decir si habían hecho un
bien o un mal...

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