El amor a dentelladas
EL AMOR A DENTELLADAS
Silvia Dioverti
En los asientos enfrentados
del colectivo ella mira el rostro de la otra en el reflejo del vidrio. Los ojos
son pequeños y la mirada dura. Las pupilas parecen dos tachuelas, contrastan en
ese rostro de bebota ligeramente andrógino. La ve observarla y, adrede, gira la
cabeza hacia la ventanilla opuesta. Se deja mirar de perfil. Hace un paneo que
pasa sobre la otra sin detenerse. Como si no existiera. Pero ambas se han
buscado en las redes sociales. Tienen un solo amigo en común. El colectivo se
detiene en el semáforo y ella va hacia la puerta trasera para bajar. El
conductor la mira por el espejo retrovisor y la invita a descender por delante,
deteniendo el tránsito que está a punto de arrancar. Ella duda y, finalmente,
pasa ante la otra. Siente sus ojos clavados en la espalda.
Camina tranquila. La amabilidad del chofer le ha ahorrado el apuro. Sabe que la otra bajará en la parada que está a dos cuadras y tendrá que desandar una. Cruza la calle y se oculta detrás de un árbol. Pequeños faroles de un kitsch pretensioso iluminan las vidrieras de “El Farolito”, salón de té. Oscurece. Él espera sentado de espaldas a los ventanales. Se da vuelta con disimulo y mira su reflejo en el vidrio, se acomoda el pelo, endereza la espalda. Cuando la otra aparece se levanta solícito. Se dan un abrazo corto, pero intenso. Él le corre la silla, se sientan. Bajo el close-up shot de sus ojos ella puede ver cómo, sobre la mesa, las manos se buscan, se rozan, se retraen. De lejos podrían pasar por padre e hija.
Siempre había sido buen mozo, un donjuán de “caza mayor” como él mismo se denominaba. Pero los años habían hecho estragos. No así en su voz que continuaba hechizando a quienes no habían leído La Odisea. Esas tantas que desconocían el recurso de untarse los oídos “con cera agradable como la miel”, o creían, ignaras, que las sirenas solo pueden ser de género femenino. Ella prende un Virginia y espera. Lento el tiempo, fuerte el viento que aviva la braza del cigarrillo. Lo ve hablar. La otra escucha y bebe, arrobada, sus palabras. Ella sabe que tendrán, por lo menos, dos horas de charla, de gestos furtivos, de manos que se rozan sin atreverse, todavía, a ir más allá. Deja el árbol y toma un taxi.
Desnuda, tendida sobre la cama, prende un cigarrillo y aparta la cabeza del hombre que reposa sobre su pubis. Mira el reloj. Es hora de irse, le dice, y lo empuja con firmeza. Se viste rápido, coloca un vaso de agua en la mesita de luz, se pone una ropa distinta a la que tenía y regresa al árbol. Diez minutos después él paga la cuenta y salen. Abrazo prolongado que dura un poco más que el anterior y cada uno echa a andar en sentido opuesto. Él camina lento, con el paso desgarbado de cuando cree que nadie lo mira. Ella lo sigue a cincuenta metros de distancia y observa esa espalda inclinada hacia la izquierda por la escoliosis. El viento le revuelve los cabellos y pone de manifiesto la calvicie. Se pasa la mano para volverlos a su lugar con ese gesto que ella conoce tan bien. Desanda camino y toma un taxi. Arrebujada en la oscuridad pasa frente a él que espera el colectivo para el largo trayecto de regreso a casa.
Se desviste y se acuesta en la cama deshecha que huele a sexo. Sabe que el olfato, como el oído y la vista, no son los sentidos que él conserva mejor. Abre su laptop y busca el cuento sobre su pueblo. Deja la página abierta. Después va al otro, al que esconde entre las recetas de cocina, y escribe. Escucha la puerta de entrada. Cuando él se asoma al dormitorio ella hace como si tomara un medicamento y lo apura con un sorbo de agua.
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