Impuntuales anónimos

Impuntuales anónimos

 Ana García Julio


Me pregunto quién habrá sido el primer impuntual de la historia de la Humanidad, de dónde nos viene como especie esta inexplicable rebeldía del reloj interno, esta “malacostumbre” personal contra los horarios instituidos por la vida en sociedad. Al acordar una hora (y “ser puntual” es eso: avenirse a un acuerdo mínimo en un mundo caótico) para llevar a cabo una actividad o asistir a una cita, algunos aceptan el pacto de mil amores, aunque en el fondo se sepan incapaces de cumplirlo. Obran de buena fe, pero mienten compulsivamente, sin querer queriendo.

 ¿Por qué será tan difícil derrotar la impuntualidad? (¿Y por qué habría que derrotarla, si es tan bella en su anarquía, si reivindica nuestra libertad?). ¿Será algo genético, una manía, un desencuentro metafísico? (Bah). ¿Por qué, en el extremo opuesto hay seres capaces de llegar temprano a todas partes? (Nunca falta un lúcido). ¿Por qué otros parecen llevar las agujas del reloj como una hoja de guillotina pendiéndole sobre la nuca, y aparecen siempre in medias res con su cara muy lavada, despertando la irritación de quienes no tienen ese problema?

Como buen adicto, un impuntual dirá que no se corrige porque no puede y le dirán que no se corrige porque no le da la gana. Toda adicción es un irónico mecanismo de supervivencia y todo adicto tiende a redoblar su astucia para preservar el patrón de conducta al que se ha amañado. En el caso del impuntual, no hay paliativo que lo haga administrar su tiempo con mayor tino, planificar mejor el lapso de sus traslados. Está a merced de su conciencia cínica y su mermada fuerza de voluntad. Se hace trampa incesantemente, se sabotea de un modo lamentable y risible a la vez. Quizás haya un elemento inconsciente en ello. No el goce de llegar tarde, de desafiar una norma, pero sí la adrenalina de andar siempre contrarreloj, de poner en jaque la paciencia ajena. O bien, el fastidio a tener que esperar por los otros, la ansiedad por los minutos muertos.

Aunque lleve adelantado el reloj, se da el lujo de salir tarde, pues no se le olvida su propio truco, los minutos que pretendía hurtarle a su tardanza inveterada. Se vuelve un lince en fabricar excusas por el camino. Si sabe que en un sitio han fijado una “falsa” hora de comienzo para un evento, en atención a la idiosincrasia del público (los venezolanos, por ejemplo, tenemos fama de espectadores impuntuales o de practicar una “puntualidad tropical”), no se preocupa por aparecer temprano, pues espera que la cosa comience con retraso. Donde la impuntualidad se asume como parte de la cultura, este especimen se siente casi justificado, a sus anchas.

Claro, tampoco exageremos. Los impuntuales no son la quintaesencia del mal. Pocos entienden la euforia de un retrasado perpetuo que logra aparecer a tiempo para cumplir alguno de sus compromisos. He allí un hombre (o una mujer) que ha logrado pequeño triunfo sobre sí mismo. Pero ese nimio progreso se pierde de vista porque se espera que todos funcionemos al mismo nivel. Y porque, bueno, como ya dije, hay gente fajada que se las arregla para llegar con antelación a todas partes. Virtuosos del tiempo.

Yo, que toda la vida he luchado contra el reloj (y que durante una época incluso llegué a prescindir de él, incapaz de seguirle el ritmo), me preguntaba hace poco si mi improvisada tribu no podría asistir a grupos de Impuntuales Anónimos en busca de redención. Joder, no: sería inviable, la logística pinta muy cuesta arriba. Nada más para empezar, ¿cómo haría un grupo de Impuntuales Anónimos para fijar la hora de su sesión semanal, a sabiendas de su problema? ¿Cómo respetarían esa hora, qué poder humano los obligaría a hacerlo, si su propio deseo de cambiar no fuera suficiente? ¿Tendrían que comenzar las reuniones con los que fueran llegando? Y por ese camino, ¿qué posibilidades reales tendrían de superar su afición a las deshoras?

No sé. Me gusta pensar que los impuntuales tienen un lugar especial en los engranajes del gran reloj cósmico. Que, de algún modo (desesperante para terceros, e incluso, para muchos de los adictos) hacen su trabajo. Recuerdo que alguna vez esbocé un texto breve sobre una agencia de tardanzas, un primor de la burocracia y el manopeludismo que tenía alcance mundial y cuya labor consistía en generar eventos compensatorios, meterle “cuñas” al tiempo por aquí y por allá, para que mantuviera su proverbial exactitud. Quizás los demorados de siempre sean sus agentes de incógnito. Los hijos dilectos de Cronos, pese a su díscolo proceder.

  

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