Una canción, un país
UNA CANCIÓN, UN PAÍS
Rafael Osío Cabrices
Hace varias
décadas, Venezuela era un país muy sencillo. Había un único gobierno militar y
luego una democracia en la que sólo mandaban dos partidos. Tampoco había mucho
que escoger en cuanto a canales de televisión, largo de la falda o destinos
vacacionales. Y cuando alguien cumplía años, se le agasajaba en pocos segundos
con la adaptación local de lo que todo Occidente cantaba: "Cumpleaños
feliz, cumpleaños a ti, cumpleaños fulanito, cumpleaños feliz". Era tan
simple que los bebés se la aprendían como su primer soundtrack y pedían que se
les encendiera un fósforo enfrente para soplarlo felices.
Poco después, las ciudades se hicieron más grandes y más diversas, la sociedad se enfrentó a varias perturbaciones como la guerrilla o la mini-falda, y al esquemático "cumpleaños feliz" se le sumó un apéndice que, como habría dicho mi abuela, hacía que la posdata fuera más larga que la carta. El nuevo tema comenzaba con una interjección, con un sobresalto: "Ay". De ese monosílabo cabía esperar que, de ahí en adelante, el rito de la torta y la velita ganaría una intensidad que sólo crecería con los años. "Ay, qué noche tan preciosa" -había que cantar aunque brillara un sol reverberante- "esta noche de tu día". Ignoramos las contradicciones y cacofonías de la primera frase y seguimos adelante. Sólo había que proteger las velitas para que no se apagaran en los muchos minutos que ahora había que invertir en eso.
En los años 80 y 90 se devaluó el bolívar, estalló la inflación, volvió la violencia política y el país comenzó a agrietarse por todos lados. Las cómodas mentiras que habíamos vivido se desvanecieron y la beligerancia que se extendió por todas partes llegó también al cumpleaños. Al "Ay qué noche tan preciosa" se le asoció una trama de comentarios subversivos de anotaciones al margen que la relativizaban y desmentían su cándida intención de saludar al homenajeado. El coro cantaba "Tus más íntimos amigos", y salía uno desde atrás y gritaba: "¡Y enemigos!" Luego "esta noche te acompañan" y aquél "¡tomando caña!" La canción se burlaba de sí misma y el cumpleañero quedaba humillado, acusado de alcohólico, de mal querido, de querer pasar la noche haciendo pipí.
Pero más tarde las cosas se agravaron tanto y el país se volvió tan completamente loco que la versión burlesca del "Ay qué noche tan preciosa" quedó para los niños. En el presente, "cantar" -por darle un nombre- el cumpleaños es una oportunidad a la que nos lanzamos como los antiguos griegos a las bacanales: se trata de una ocasión en la que podemos dar rienda suelta a toda nuestra atávica propensión al caos, al descontrol más absoluto, a la jubilosa renuncia a toda norma.

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