Bajo el signo del Ávila
Bajo el signo del Ávila
Aníbal nazoa
Creo que fue
Aaron Copland quien dijo «si existe un sonido más bello que el de cuatro cornos
tocando al unísono, yo no lo he oído». Imitando al gran compositor
norteamericano se puede decir que «si existe un paisaje más hermoso que el del
Ávila en febrero, yo no lo he visto». Cómo se puede decir sin imitar a nadie,
que no existe en el mundo ciudad alguna que cuente con un monte guardián tan
maravilloso, ni siquiera comparable al Ávila de Caracas.
La belleza majestuosa del Ávila es privilegio de Caracas todo el año, todo el día y a toda hora, pero lo es en especial durante los meses de diciembre a febrero, particularmente en este último. En febrero el valle de Caracas compite con el Anáhuac por el título de la región más transparente del aire. En esta temporada la poesía es más fuerte que los reales de los señores contaminadores que compran concejales y venden jaulas-edificios para presos voluntarios, y entonces el Ávila se crece frente a un cielo impecable, cuyo azul acerado nos obliga a nosotros los ateos a creer en el gran Ceramista del Universo, con perdón de los arquitectos y de los masones.
Es precisamente al final de febrero, cuando el Ávila está en su máximo esplendor, el momento que para despedirse de nosotros escoge Manuel Cabré: sabio y feliz artista, y hombre tan generoso que mientras descendía a la tierra ejecutó para el respetable público— para los que no bajaran sino más bien levantaran la vista— su última, gran obra, un admirable Ávila en Febrero (adquirido, Pueblo de Caracas).
Manuel Cabré fue —es— un venezolano nacido en Cataluña, una de las naciones más cultas de Europa, si bien no tuvo tiempo para ser catalán porque el amor a Venezuela lo llamó desde tierna edad. El hombre levantó la vista desde muy temprano y se encontró con el Ávila, y en ese momento se firmó el pacto entre el hombre y el cerro «Manuel Cabré, pintor, mayor (no, menor todavía) de edad y de este domicilio...»
Se comprometió Manuel Cabré —y lo cumplió hasta el último día de sus 94 años de rica existencia— a ser fiel guardián de la integridad de la montaña y a ejercer su guardia a través de cuadros que siempre serían —como en efecto lo son— obras maestras.
Entonces, pues, Manuel Cabré forma parte de la noble estirpe de los defensores del Avila. No es cuestión de comentar ahora la calidad indiscutible de su obra sino más bien de reconocer su condición de verdadero confidente del Ávila, de conocedor absoluto de todas sus prominencias y oquedades, de todas sus luces y sombras, de todas sus esperanzas y suavidades, marañas y peladuras, torrentes y remansos.
Para comentar la obra plástica de Cabré hay muchos especialistas, sabios, eruditos. Para hablar de su enorme estatura ciudadana estamos todos los que no somos sino simples caraqueños. Los que, conscientes de que no hay montaña más amenazada que el Ávila, pedimos desde ahora los cuidados más delicados para los Ávilas de Cabré, porque estamos seguros de que no está lejano el día en que los reales terminen por triunfar y, ya desaparecido el Ávila, sólo nos quedará Cabré. ¿Pesimismo? No: economía política.
Lo cierto es que el Ávila es el cerro más amenazado del mundo, en la mira criminal de las «Fuerzas Vivas» y sus nobles defensores se van ausentando. Ya se fue Pittier, se fue Pedro Emilio Coll, se fueron Enrique Bernardo Núñez y Aquiles Nazoa, ahora también nos deja Manuel Cabré. La computación, la técnica moderna, el dólar a 4,30 para la deuda privada externa dan muy pocas esperanzas para el hombre patriota y decente, o sea para el que realmente siente la muerte de Cabré. De todos modos, por él y por todos los ilusos que en la naturaleza han creído, volvamos a recordar las palabras de Santiago Key Ayala en Bajo el signo del Ávila:
“Nacidos del Ávila, a él vuelven. Bajo el signo del Ávila nacieron, y bajo el signo triunfaron. Sea el signo del Ávila todavía por siglos, nuestro signo”.

Hola profesor buenas tardes, no está la lectura de Por escrito gallina una
ResponderBorrarSaludos, ya lo añadí, espero que lo disfrutes y entiendas
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