Canaima
CANAIMA
RómULO GALLEGOS
I
Pórtico
Barra del Orinoco. El serviola de estribor
lanza el escandallo y comienza a vocear el sondaje: —¡Nueve pies! ¡Fondo duro!
Bocas del Orinoco. Puertas, apenas entornadas todavía, de una región donde
imperan tiempos de violencia y de aventura... Una ceja de manglares flotantes,
negros, es el turbio amanecer. Las aguas del río ensucian el mar y saturan de
olores terrestres el aire yodado. —¡Ocho pies! ¡Fondo blando! Bandadas de aves
marinas que vienen del Sur, rosarios del alba en el silencio lejano. Las aguas del
mar aguantan el empuje del río y una cresta de olas fangosas corre a lo largo
de la barra. —¡Ocho pies! ¡Fondo duro! Destellos de aurora. Arreboles
bermejos... ¡Y eran verdes los negros manglares! —¡Nueve pies! ¡Fondo blando!
De la tierra todavía soñolienta, hacia el mar despierto con el ojo fúlgido al
ras del horizonte, continúan saliendo las bandadas de pájaros. Los que
madrugaron ya revolotean sobre aguas centelleantes: los alcatraces grises, que
nunca se sacian; las pardas cotúas, que siempre se atragantan; las blancas
gaviotas voraces del áspero grito; las negras tijeretas de ojo certero en la
flecha del pico. —¡Nueve pies! ¡Fondo duro! A los macareos han llegado millares
de garzas: rojas corocoras, chusmitas azules y las blancas, de toda blancura; pero
todas albean los esteros. Ya parece que no hubiera sitio para más y aún
continúan llegando en largas bandadas de armonioso vuelo. —¡Diez pies, fondo
duro! Acaban de pronto los bruscos
maretazos de las aguas encontradas, los manglares se abren en bocas tranquilas,
cesa el canto del sondaje y comienza el maravilloso espectáculo de los caños
del Delta. Término fecundo de una larga jornada que aún no se sabe precisamente
dónde empezó, el río niño de los alegres regatos al pie de la Parima, el río
joven de los alardosos escarceos de los pequeños raudales, el río macho de los
iracundos bramidos de Maipures y Atures, ya viejo y majestuoso sobre el vértice
del Delta, reparte sus caudales y despide sus
hijos hacia la gran aventura del
mar: y son los brazos robustos reventando chubascos, los caños audaces que se
marchan decididos, los adolescentes todavía soñadores que avanzan despacio y
los caños niños, que se quedan dormidos entre los verdes manglares. Verdes y al
sol de la mañana y flotantes sobre aguas espesas de limos, cual la primera
vegetación de la tierra al surgir del océano de las aguas totales; verdes y
nuevos y tiernos, como lo más verde de la porción más tierna del retoño más
nuevo, aquellos islotes de manglares y borales componían, sin embargo, un paisaje
inquietante, sobre el cual reinara todavía el primaveral espanto de la primera
mañana del mundo. A trechos apenas divisábase alguna solitaria garza inmóvil,
como en espera de que acabase de surgir aquel mundo retardado; pero a trechos,
caños dormidos de un laberinto silencioso, la soledad de las plantas era
absoluta en medio de las aguas cósmicas. Mas el barco avanza y su marcha es
tiempo, edad del paisaje. Ya los manglares son matorrales de ramas adultas,
maraña bravía que ha perdido la verde piel niña y no mama del agua sino muerde
las savias de la tierra cenagosa. Ya hay pájaros que ensayan el canto con
salvajes rajeos; huellas de bestias espesura adentro: los arrastraderos de los caimanes hacia la tibia
sombra internada, para el letargo después del festín que ensangrentó el caño;
senderos abiertos a planta de pie, las trochas del indio habitador de la
marisma; casas tarimbas de palma todavía sobre estacas clavadas en el bajumbal.
Ya se oyen gritos de un lenguaje naciente. Son los guaraúnos del bajo Orinoco,
degenerados descendientes del bravo caribe legendario, que salen al encuentro
de las embarcaciones en sus diminutas curiaras, por los caños angostos,
sorteando los islotes de bosuros florecidos, bogando sobre el aguaje de los
caimanes que acaban de zambullirse. Se acercan a los costados del vapor en
marcha y en jerga de gerundios proponen comercio: —¡Cuñao! Yo dándote moriche
canta bonito, tú dándome papelón. —Yo dándote chinchorro, tú dándome sal. Pero
a veces los gritos son alaridos lejanos, sin que se acierte a descubrir de
dónde salen y quizás no sean proposiciones amistosas, sino airadas protestas
del indio indómito, celoso de la soledad de sus bajumbales. ¡Caños! ¡Caños! Un
maravilloso laberinto de calladas travesías de aguas muertas con el paisaje
náufrago en el fondo.
Hondas perspectivas hacia otros
caños solitarios, misteriosas vueltas para la impresionante aparición
repentina, que a cada momento se espera, de algún insólito morador de aquel
mundo inconcluso. Islotes de borales en flor, crestas de caimanes. Un brusco
chapoteo estremece el florido archipiélago y turba la paz del paisaje
fantástico invertido en el espejo alucinante del caño. A vuelta encontrada
aparece una piragua navegando en bolina. Un cargamento de plátanos, vuelco del cuerno
de la abundancia del Delta; tres hombres, guayqueríes de rostro atezado, buena
cara para el mal tiempo de mar y de río; un perro que se empina en la borda,
nocturno guardián de la casa flotante en
el aduar de las barcas fondeadas, y un gallo, caracol para el alba marina. Y ya
el paisaje es de tiempos menos remotos. Palmeras, temiches, caratas,
moriches... El viento les peina la cabellera india y el turupial les prende la
flor del trino... Bosques. El árbol inmenso del tronco velludo de musgo, el tronco
vestido de lianas floridas. Cabimas, carañas y tacamahacas de resinas
balsámicas, cura para las heridas del aborigen y lumbre para su churuata. La
mora gigante del ramaje sombrío inclinado sobre el agua dormida del caño, el
araguaney de la flor de oro, las rojas marías. El bosque tupido que trenza el
bejuco... Plantíos. Los conucos de los margariteños, las umbrosas haciendas de
cacao, las jugosas tierras del bajo Orinoco enterneciendo con humedad de savias
fecundas las manos del hombre del mar árido y la isla seca. Ya se ven caseríos.
Pero allá viene el chubasco que nunca falta en aquella zona de bruscas
condensaciones atmosféricas. Es un ceño amenazante el largo nubarrón por detrás
del cual los rayos del sol, a través del aguacero en marcha, son como otra
lluvia, de fuego. La brisa marina y los gozosos escarceos se detienen de pronto
asustados ante aquello que avanza de tierra, se queda inmóvil el aire un
instante, vibra de súbito como una plancha de acero golpeada, se acumulan
tinieblas, se estremece el caño herido por los goterones de la lluvia recia y
caliente y pasa el chubasco borrando el paisaje. Ya vuelve, con la prodigiosa
riqueza de sus matices envueltos en la suave tonalidad de una luz incomparable,
hecha con los más vivos destellos del sol de la tarde y la substancia más
transparente del aire. Y en el aire mismo cantan y aturden los colores: la
verde algarabía de los pericos que regresan del saqueo de los maizales; el
oro y azul, el rojo y azul de los guacamayos
que vuelan en parejas gritando la áspera mitad de su nombre; el oro y negro de
los moriches, de los turpiales del canto aflautado, de los arrendajos que
cuelgan sus nidos cerca de las colmenas del campate y los arpegios matizados al
revuelo de la bandada de los azulejos, verdines, cardenales, paraulatas,
curañatás, sietecolores, gonzalitos, arucos, güirirles. Ya regresan también,
hartas y silenciosas, las garzas y las cotúas que salieron con el alba a pescar
y es una nube de rosa la vuelta de las corocoras. De pronto huyen las riberas
que encajonaban el caño y ante la vista se extienden, pasmo de serenidad, las
bolinas del Delta. ¡Agua de monte a monte! ¡Agua para la sed insaciable de las
bocas ardidas por el yodo y la sal! ¡Agua de mil y tantos ríos y caños por
donde una inmensa tierra se exprime para que sea grande el Orinoco! Las que
manaron al pie de los páramos andinos y perdieron la cuenta de las jornadas
atravesando el llano; las que vinieron desde la remota Parima, de raudales en
chorreras, de cataratas en remansos, a través de la selva misteriosa y las que
acababan de brotar por allí mismo, tiernas todavía, olorosas a manantial. Todas
estaban allí extendidas, reposadas, hondas, y eran todo el paisaje venezolano
bajo un trozo de su cielo. Término sereno, como el acabar de toda grandeza, ya
próximo el mar inevitable, el Orinoco se ensimisma en los anchos remansos de
las bolinas del Delta para arreglar sus cuentas confusas, pues junto con las
propias, que ya no eran muy limpias, trae revueltas las que le rindieron los
ríos que fue encontrando a su paso. Rojas cuentas del Atabapo, como la sangre
de los caucheros asesinados en sus riberas; turbias aguas del Caura, como las
cuentas de los sarrapieros, a fin de que fuese riqueza de los fuertes el trabajo de los débiles por pobres
y desamparados; negras y feas del Cunucunuma, que no es el único que así las
entrega; verdes del Ventuari y del Inírida, que se las rindió el Guaviare,
revueltas del Meta y del Apure, color de la piel del león; azules del Caroni,
que ya había expiado sus culpas en los tumbos de los saltos y con las
desgarraduras de los rápidos... Todas estaban allí cavilosas. Ya declinaba la
tarde. Detrás de las costas del río, las hondas lejanías de las tierras llanas,
las profundas perspectivas de las tierras montuosas, sin humos de hogares ni
tajos de caminos, vastos silencios para inmensos rumores de pueblos futuros;
arriba, la mágica decoración de la puesta del sol: celajes de oro y lagos de
sangre y lluvias de fuego por entre grandes nubarrones sombríos, y bajo la
pompa dramática de estos fulgores en aquellos desiertos, ancho, majestuoso,
resplandeciente, ¡Orinoco pleno, Orinoco grande!
Guayana de los aventureros
La de los innumerables ríos de ignotas fuentes
que la atraviesan sin regarla –aguas perdidas sobre la vasta tierra inculta–,
la de la trocha de sabana y la pica de montaña al rumbo incierto por donde
debieran ser ya los caminos bien trabados, la de las inmensas regiones
misteriosas donde aún no ha penetrado el hombre, la del aborigen abandonado a
su condición primitiva, que languidece y se extingue como raza sin haber
existido como pueblo para la vida del país. Venezuela del descubrimiento y la
colonización inconclusos. Pero la de la brava empresa para la fortuna rápida:
selvas caucheras desde el alto Orinoco y sus afluentes hasta el Cuyuni y los
suyos y hasta las bocas de aquél, sarrapiales del Caura, oro de las arenas del Yuruari,
diamantes del Caroni, oro de los placeres y filones inexhaustos del alto
Cuyuni... Guayana era un tapete milagroso donde un azar magnífico echaba los
dados y todos los hombres audaces querían ser de la partida. Y eran, juntos con
los de presa –mayorazgo de la violencia que allí encontraría impunidad– los
segundones de la fortuna o del mérito: el ambicioso, el manirroto, el tarambana,
el que se llenó de deudas y el que se dio a la trampa, los desesperados y los
impacientes, uno que necesitaba rehacer su vida –torpemente malograda– con la
reputación que le devolviera la riqueza por la que le quitaran las horas
menguadas del pobre y otro que para nada quería la suya si no podía vivirla
intensamente en las aventuras y ante el peligro. Porque junto al tesoro
vigilaba el dragón. El mortífero beriberi de los bajumbales caucheros, las
fiebres fulminantes que carbonizan la sangre, las fieras, la arañamona y el
veinticuatro de las mordeduras tremendas, la culebra cuaíma del veneno veloz,
el raudal que trabuca y vuelve astillas la frágil curiara que se arriesga a
correrlo, el hombre de presa, fugitivo de la justicia o campante por sus
fueros, el Hombre Macho, semidiós de las bárbaras tierras, sin ley ni freno en
el feudo de la violencia y el espectáculo mismo de la selva antihumana,
satánica, de cuyo fascinante influjo ya más no se libra quien la ha
contemplado. Pero Guayana era una palabra mágica que enardecía los corazones.
Tumeremo de los purgüeros; El
Callao de los mineros y lavadores de arenas auríferas que arrastraba el
Yuruari; Upata de los carreros; El Dorado, fénix de la leyenda que ilusionó a
los segundones de la Conquista y ahora renacía en su caserío a orillas del
turbio Yuruán, cerca del correntoso Cuyuni; San Fernando de Atabapo de los
caucheros; Ciudad Bolívar de los
sarrapieros y grandes comerciantes explotadores de casi todas aquellas empresas,
y la inmensa selva pródiga para la aventura de la fortuna lograda y tirada, una
y otra vez y otra vez... Guayana era una tierra de promisión. Sobre la margen
derecha del Orinoco, en la parte más angosta de su curso, peñusco de fronda de
plazas, patios y corrales y de viejas casas coronadas de azoteas, se empina
Ciudad Bolívar para contemplar su río. Frente a ella, en la mitad del cauce, la
Piedra del Medio mide la oscilación periódica del nivel de las aguas, y cuando
éstas comienzan a descender, al retirarse las lluvias que riegan la inmensa hoya,
dice la ciudad: —Ya está cabeceando el Orinoco. Y un tiempo agregaba, anuncio
de buen suceso: —Ya los rionegreros están saliéndose de la montaña. Pronto
correrán por aquí los ríos de oro. Hasta que un día se propaga la noticia:
—¡Por ahí vienen ya los rionegreros! Y las azoteas se llenaban de gente
atalayando el río. Eran los de la brava empresa, los hombres animosos
vencedores de la selva. Se había dicho que ya regresaban, pero aún no se sabía
cuántos ni quiénes se quedarían allá para siempre. Mas era también el Orinoco
mismo triunfador de la recia aventura del raudal, y retardando el secreto que
querían arrebatarle las miradas ansiosas, el gran río avanzaba solo, callado y
solemne ante la expectación de la ciudad. Por fin aparecían los esquifes, las piraguas,
las falcas, las chalanas. Eran muchas las velas inclinadas bajo el barinés que
de pronto doblaban la vuelta solitaria. Ciudad Bolívar gritaba de júbilo y se
echaba a la calle y corría a la playa. Ya estaba allí fondeada la selva. La
savia del árbol del caucho convertida en
planchas de fabuloso precio; los pájaros cautivos dentro de las toscas jaulas,
la pluma de mil colores ya que negado todavía el canto arisco; las bestias
raras, venteando hurañas el olor de la ciudad: los hombres mismos, que ya eran
otros, con una extraña manera de mirar, acostumbrados los ojos a la actitud
recelosa ante los verdes abismos callados, con otro dejo en la voz, musgo de
las resonancias que le nacieron en el húmedo silencio silvestre. —Dame razón de
Maradé –inquieren desde la playa. —Está bueno –contestan de las barcas–. En el
costó del Ventuari lo dejé el año pasado. Te manda memorias. ¡Las riberas del
Ventuari, centenares de leguas, un año, mil peligros de muerte a diario! Pero
como el interesado no habría de obtener noticias más recientes, ya podía decir
que había sabido de Maradé. La descarga de las chalanas entre el bullicio del
gentío. La afanosa hilera de los caleteros, de la playa a la casa de Blohm. Los
empleados de ésta que allí recibían las planchas, voceando las pesadas. La
muchedumbre de curiosos afuera, en el corredor pintado de verde sombrío, color
de la selva, haciendo comentarios, entusiasmados por la abundancia que nada les
reportaría, y los que se burlaban de esta alegría inconsciente y lo hacían de esta
manera: —No te vistas que no vas, zambo parejo. ¿Quién te ha invitado a esa
fiesta de los musiues? Los rionegreros ya arreglando sus cuentas. El sonido
milagroso del oro acuñado apilándose frente a ellos. Las charlas estrepitosas,
costumbre del hombre que vuelve de los vastos espacios callados. Las anécdotas
del Territorio, las regocijadas solamente, pues de las trágicas mejor era no
hablar, allí en la ciudad. Las risas, sonoras carcajadas y rotundas
exclamaciones criollas en la boca de los
alemanes rubicundos de cerveza y satisfacción, porque el dinero de los avances
venía multiplicado. Las fiestas, los bailes, las parrandas. Las noches del club
y del garito con luz encendida hasta el alba, sonando el dinero entre el toctoc
de los cubiletes. Y los comentarios admirativos después: —Anoche perdió
Continamo todo lo que ganó en tres meses de montaña. Esta mañana fue donde
Blohm a avanzarse otra vez para el caucho del año que viene. —Pues ya se lo
está bebiendo. Escúchalo ahí. —¡No hay curiá, muchachos, que to es bongo! De
aquí no se va nadie hasta que esté borracho. ¡Eche más champaña, botiquinero,
que ésta la paga Blohm! Las tardes de la Alameda, a la brisa tibia del río,
llena de muchachas risueñas recorriéndola de punta a punta, cogidas del brazo,
charlando, chispeantes las amorosas miradas al rionegrero sentado en torno a la
mesa donde se bebía y se celebraban las ocurrencias del Territorio. Y los
círculos de muchachos embelesados oyendo las estupendas aventuras. ¡Amanadoma,
Yavita, Pimíchin, el Casiquiare, el Atabapo, el Guainía!... Aquellos hombres no
describían el paisaje, no revelaban el total misterio en que habían penetrado;
se limitaban a mencionar los lugares donde les hubiesen ocurrido los episodios
que referían, pero toda la selva fascinante y tremenda palpitaba ya en el valor
sugestivo de aquellas palabras. Los muchachos de Ciudad Bolívar, del pueblo y
de la burguesía, oyendo aquellos relatos y contemplando aquellos ojos que
habían visto el prodigio, experimentaban emoción religiosa, y de este modo, de
los mayores a los chicos, se pasaba la consigna: Guayana de los aventureros.
Marcos Vargas
Fue allí donde adquirió desde niño
y con la eficacia de un vigoroso instinto aplicado a su objeto propio los
únicos conocimientos que le interesaban. La geografía de la vasta región, que
luego sería el escenario fugitivo de su vida de aventurero de todas las
aventuras. El curso de los grandes ríos de Guayana y la manera de pasar de unos
a otros por el laberinto de sus afluentes, caños y arrastraderos que los
entrelazan, las escasas vías transitables a través de bosques intrincados y
sabanas desiertas, el incierto derrotero, ya sólo conocido por los indios y
apenas indicado por el arestín que crece sobre los antiguos caminos fraileros
para ir hasta Rionegro, evitando los grandes raudales del Orinoco y todos los
rumbos que los aborígenes saben tirar desde un extremo a otro de aquella
inmensa región salvaje y cuáles de estos indios eran buenos gomeros, cuáles
mañoqueros y en las riberas de qué ríos o cabeceras de qué caños habitaban. La
geografía viva, aprendida a través de los relatos de los caucheros, mientras
que para la muerta que podían enseñarle en la escuela, así como para todo lo
que allí quisieran meterle en la cabeza, no demostraba interés alguno. Un día,
como uno de los rionegreros se trajese consigo a un indio maquiritare de las
riberas del Padamu, para que conociese Angostura – como todavía llaman a Ciudad
Bolívar los aborígenes, para quienes no ha pasado el siglo y pico de la
república– y estando el indio sin tomar parte en la tertulia, azorado por la
curiosidad muchacheril de que era objeto: —Yéndote con Marcos, que no siendo
maluco –díjole el cauchero, imitándole su manera de emplear los verbos castellanos–. Él sirviéndote de
baquiano y tú conociendo Angostura. Y luego a Marcos: —Llévatelo a pasear por
ahí, tú solo. Era el maquiritare un hombre joven, de aspecto manso y bondadoso,
pero de expresión hermética. Vestía como los hombres del pueblo de Ciudad
Bolívar y sin muestras de no estar acostumbrado a tal indumentaria, que acaso
por primera vez usaba. No soltaba palabra, se fijaba mucho en todo, a ratos
sonreía y entonces su rostro enjuto y lampiño adquiría cierto aire infantil.
Nada de misterioso había en su apariencia, pero, sin embargo, Marcos Vargas
sentía que iba al lado de un misterio viviente y procuraba sondearlo. —¿Cómo
llamándote tú? –le preguntó, a la manera aprendida del cauchero. —Federico
Continamo –repuso el maquiritare. —Sí –dijo Marcos, mostrándose conocedor del
caso–. Ya sé. Como el racional que te trajo a conocer Angostura. Tu padrino,
seguramente. —Racional no siendo padrino mío, pero gustándome su nombre. Él
prestándomelo, y yo poniéndomelo. —Sí, sí. Pero tu verdadero nombre, el que
usas entre tu gente, ¿cuál es? —Yo diciéndotelo –contestó evasivo, con la
sonrisa niña en la faz hermética–. Yo diciéndotelo. Y Marcos, para sus adentros
de persona enterada de costumbres y supersticiones indígenas: —No me lo dirá
por nada del mundo. Ellos creen que entregan algo de su persona cuando dan su
nombre verdadero. Dejaron la ciudad por las afueras, más allá de los
morichales, y atravesando una sabana solitaria y melancólica fueron a sentarse
sobre una gran laja que por allí afloraba del suelo. Negros arabescos de ramas
y follaje repujaban el bronce candente de la
puesta de sol, cantaba entre la hierba el diostedé y el silbo
quejumbroso hacía triste la serenidad de la tarde. Callaba el indio enigmático
y Marcos Vargas, suponiéndole añorante del paisaje vesperal de su remoto
Padamu, y, por otra parte, pensando en que aquella laja sobre la cual estaban
sentados fuese uno de esos afloramientos del sistema orográfico de la Parima,
típicos de las sabanas guayanesas –única cosa que había logrado enseñarle su
profesor de geografía–, se entregó a componer su ilusión de hallarse ante
aquellos salvajes panoramas oyendo el canto del yacabó. Ya oscurecía cuando el
maquiritare, sin quitar la vista del punto incierto donde la tenía fija,
murmuró: —Cuando tú yendo allá, Ponchopire enseñándote las cosas. Ponchopire,
que era su nombre y en su dialecto significa váquiro bravo, lo daba ahora como
una muestra especial de simpatía hacia su joven baquiano. —¿Cómo sabiendo tú
que yo yendo allá? –inquirió Marcos, con emoción de alma en el umbral del
misterio. —Tú yendo, tú yendo. Yo mirándotelo en los ojos. Y aquella tarde
Marcos regresó a su casa como bajo el influjo de un hechizamiento. Pero Marcos
Vargas no era propiamente un soñador, ni tampoco los criaba aquel medio
caldeado por el dinamismo de la aventura. Hacia la acción desbordada tiraban
las inclinaciones de su espíritu, y su escuela verdadera, de lucha y de endurecimiento,
había sido el arrabal y el campo circundante, a la cabeza de su pandilla de
chicos del pueblo, cacique querido por su carácter expansivo y franco, al par
que respetado por la fuerza de sus puños. Para apartarlo de este ambiente
plebeyo y desmoralizador y sobre todo del camino de la aventura cauchera o
minera que ya le había arrebatado dos
hijos: Pedro Francisco, el mayor, a quien se le trabucó la curiara en el raudal
de Samborja, yendo para el Atabapo, y Enrique, el segundo, asesinado por un tal
Cholo Parima, la "noche en que los machetes alumbraron el Vichada",
como solía aludirse por allí a la espantosa degollina, –una de tantas que ya
ensangrentaban la selva–, doña Herminia tomó la determinación de enviarlo
interno a un colegio de Trinidad, donde con disciplina inglesa se lo sacasen
hombre formal. Y así se lo manifestó al marido, la tarde aquella del
embrujamiento producido por las palabras del indio. —Pedro. Hay que tomar una
determinación respecto a la educación de Marcos. Ahí está como alelado, y es
que seguramente ha estado oyendo los cuentos de los rionegreros. El otro día me
ibas a proponer, si no me equivoco, que hipotecáramos esta casa, lo único que
nos queda, tal vez para pagar algunas deudas apremiantes de
"Salsipuedes". "Salsipuedes" era una tienda detrás de cuyo
mostrador venía arruinándose cándida y sistemáticamente el bueno de Pedro
Vargas, por vender a precios de coste, cuando más, telas y quincallas con la
idea de atraerse clientela. El nombre quería decir: de aquí no te irás sin
comprar algo; pero lo que realmente no salía de aquella tienda era el dinero
del patrimonio de doña Herminia, que para atender a las deudas se fue metiendo
allí. —Sí –balbució Pedro Vargas, enrojeciendo hasta el occipucio, que era
donde le quedaban algunos pelos–. Esos judíos de... —Ya, ya –repuso la esposa–.
Judíos son para ti todos los que cobran lo que se les deba. Pero judíos o no,
hay que pagarles. Hipotequemos la casa; mas desde ahora te advierto que del
producto de esa hipoteca apartaré una cantidad, que será sagrada, para
dedicarla a la educación de Marcos,
porque he resuelto que lo enviemos interno al colegio inglés de Puerto
España. Marcos va por mal camino, y si no metemos la mano a tiempo y
enérgicamente, lo perderemos como a los otros. —Como tú dispongas, Mina. En
cuanto a lo que me prestarás para "Salsipuedes", creo que dentro de
muy pronto podré reintegrártelo –repuso el ilusionado comerciante. Y días
después ingresaba Marcos en el colegio de Trinidad, con dieciséis años cumplidos
y a regañadientes. Cuatro de internado y disciplina inglesa, continuos, sin
vacaciones, por culpa de su temperamento indócil, y una tarde que se presentan
en "Salsipuedes" –que ya no era sino un tenducho en un zaguán– un
juez y su secretario a embargar las existencias que fuesen liquidables. Pedro
Vargas dobló la cabeza sobre el mostrador, lloró un poco en silencio y luego se
quedó muerto, con la misma ingenuidad con que siempre había vivido, haciendo
malos negocios que le parecían magníficos.
Doña Herminia llamó al hijo, que
era ya su único apoyo –pues aunque tenía además dos hijas casadas no quería
arrimarse al de los yernos– y Marcos regresó, hombreado, más vigoroso, con unos
cuantos conocimientos más o menos útiles, pero en punto a carácter tal como se
había ido: el mismo humor juguetón, la misma cabeza tarambana, intacto el
hechizo de las palabras mágicas cuando escuchaba embelesado los cuentos de los
rionegreros. Consoló a la madre –su afecto más profundo– echándosele encima
para correr por toda la casa, dándole bromas y diciéndole ternezas; pero no
logró tranquilizarla mucho respecto al porvenir cuando le dijo: —No se aflija,
vieja. Pronto estará nadando en un río de oro que le traerá su hijo, de donde
broten los manantiales, por más lejos que
sea. Y una tarde, recién llegado apenas... Por Julio, cuando el Orinoco
muestra toda su hermosura y su grandeza al alcanzar la plenitud de su crecida
anual, cuando son más suntuosas las puestas de sol que hacen de oro y de sangre
el gran río, cuando sopla el barinés largo y recio y braman enfurecidos los
pailones de la Laja de la Zapoara, suelen remontar la corriente grandes
cardúmenes de peces entre los cuales abundan los que le dan nombre a dicha laja
ribereña y cuya pesca, practicada desde allí, constituye espectáculo emocionante
para la población de Ciudad Bolívar, a causa de los graves riesgos a que se
exponen los pescadores enardecidos, sobre la roca resbaladiza al borde del agua
correntosa. Muy aficionado a este deporte había sido Marcos Vargas desde los
años de su infancia, y apenas oyó las voces que por la calle iban dando unos
muchachones: —¡La zapoara! ¡La zapoara! Ya viene el camboto. Tomó la puerta y
se encaminó a la laja. Ya estaban allí, preparando sus tarrayas y robadores,
"El Chano" y "El Roncador", de la pandilla arrabalera que
antes capitaneara Marcos y ahora pescadores de profesión. Los saludó desde lo
alto de la roca con su antiguo grito de guerra: —¿Qué hubo? ¿Se es o no se es?
–agregando luego–. Vamos a ver si es verdad que en Trinidad se olvida lo que se
aprendió en Ciudad Bolívar. Por lo cual exclamó "El Chano": —¡Ah,
caramba! ¿Cómo que es el mismo "Caribe" de antes el que viene
ahí?
—A la prueba me remito –repúsole–.
Vayan preparándome mi tarraya mientras me desvisto. —¡Ah, Marcos Vargas!
–comentó "El Roncador", complacidamen te–. ¡Genio y figura! —¿Y qué, pues? ¿Crees que eso es jabón que se
gasta? Aquí me tienen otra vez y vayan contándome mientras tanto qué ha sido de
ustedes en estos cuatro años en que no nos hemos visto. —Aquí, chico –repuso
"El Chano"–. Ganándonos la arepa con la tarraya. Ya se acabaron
aquellos tiempos de todos juntos y reuníos: el pata en el suelo y el patiquín.
Ahora ca uno ha cogío pa onde le corresponde: tú pa la espuma que flota, aunque
no quieras ser jabón que se gasta, y nosotros pa el asiento. Pero aquí estamos
a tú mandar, los mismos de siempre para ti. —Lo propio te digo, Marcos –añadió
"El Roncador"–. Y ahora que te vemos, porque, francamente, no nos
atrevíamos a di a tu casa, sin sabé cómo ibas a recibirnos: recibe mi pésame
por la muerte de tu viejo. —Y el mío, Marcos. Ya tú sabes. Nada tengo que
decirte. Nosotros hemos sentío mucho la muerte de tu pobre viejo, que en paz
descanse. —¡Ya lo creo! Como que se les acabó la ganguita de comprar aparejos
de pescar a menos de precio de costo. Pero dejemos el arreglo de esas cuentas
para más luego, porque ya el cardumen viene llegando. ¡Y ah, camboto bueno!
¡Miren el aguaje! Ya las zapoaras, atraídas por la succión de los pailones,
estaban al alcance de las tarrayas, y Marcos confundido entre los pescadores,
desnudo de cintura arriba, descalzo y con los pantalones arremangados hasta los
muslos, mientras en lo alto de la laja se apiñaba la muchedumbre que de toda la
ciudad acudía a presenciar el espectáculo emocionante. Pero Marcos Vargas no
tenía ojos sino para el hervidero de las aguas cuajadas de zapoaras y a grandes
voces celebraba la eficacia de sus tarrayas bien lanzadas: —¿Qué hubo? ¿Se es o
no se es? A lo que replicaban los pescadores,
complacidos de verlo entre ellos: —¿Eso fue lo que te enseñaron en el colegio
de los ingleses? —¡Ah, plata más perdida
la que gastó tu viejo en eso! Como que no fue vendiéndonos a precio de costo,
solamente, que se arruinó.
Ya se ocultaba el sol y eran
montañas de oro las inmensas nubes encendidas de arreboles, a cuyos ardientes
reflejos sobre las aguas rizadas por el barinés el gran río extendía de monte a
monte la majestad de su hermosura. Hervían los pailones entre cuyos torbellinos
iba cayendo el cardumen y sobre el bramido de la corriente enriscada se alzaban
los gritos de los pescadores enardecidos y el vocerío emocionado de la
multitud, por la tarea de los hombres arriesgados y la grandiosidad del
incomparable crepúsculo. Más de pronto todo aquel rumor humano se convirtió en
un solo grito de sobresalto: Marcos Vargas había resbalado y caído en los
pailones. Pero fue cosa de instantes no más el riesgo corrido. El remolino de
las aguas no pudo arrollarlo, las cortó a brazo esforzado, ganó el remanso y
volvió a treparse sobre la laja antes que los pescadores lograran acudir en su
auxilio. Y ya estaba allí lanzando su grito alardoso: —¿Qué hubo? ¿Se es o no
se es? Más aún no se había incorporado cuando se le plantaba por delante,
increpándole, una jovencita de rubia melena y mirada centelleante: —¡Bruto!
¡Requetebruto y mil veces bruto! Me has dado un susto por estar echándotelas de
gracioso. !Me provoca darte una cachetada! Tendría unos quince años, era
realmente linda y la cólera la embellecía aún más. De rodillas y con las manos
todavía apoyadas sobre la laja, Marcos se la quedó mirando en si lencio y luego
replicó, socarronamente: —¿A que no? —¡A
que sí! Y de las palabras a los hechos. !Plaf! En seguida le volvió la espalda
y sacudiendo la dorada melena, con lumbre en los ojos altaneros, llena de sí
misma, atravesó por entre el gentío que le celebraba la ocurrencia o se
escandalizaba de ella y fue a reunirse con sus amiguitas, que no habían salido
de su asombro. Marcos permaneció tal como estaba, contemplándola, deslumbrado
todavía por la visión de su belleza y murmurando: —¡Tú me la pagarás! ¡Tú me la
pagarás! Era la primera vez que experimentaba una emoción amorosa. Hasta allí
su mundo había sido rudo y viril, abriéndose camino a bofetada limpia, primero
en el arrabal bolivarense a la cabeza de su pandilla y luego en el mismo
colegio de Trinidad... Era lógico que con una, bien sentada en su mejilla, le
hubiese dado el amor aviso de su existencia.
II
Por el camino y ante la vida
Cantaban los gallos que anunciaban el alba
cuando Marcos Vargas salía de Ciudad Bolívar, vía del Yuruari por el paso de
Caruache sobre el Corino. Acababa de cumplir los veintiún años, que lo hacían
dueño de sus actos, iba solo, la bestia que lo conducía no era suya, y dinero,
ni lo llevaba encima ni lo tenía en ninguna parte. Era un hombre con suerte por
el camino y ante la vida. El camino no era todavía el de la aventura temeraria
a que se lanzaban los hombres animosos, no conducía al lejano mundo de la selva
fascinante, vislumbrado a través de los cuentos de los rionegreros; pero sí lo
llevaba a encararse con la vida, hasta allí transcurrida al arrimo paterno, a
luchar entre los hombres y contra ellos, y la emoción de si mismo ante el
incierto destino era tan intensa que le parecía cual si a nadie hubiese
ocurrido nunca cosa semejante. Y así iba, cabalgando ensimismado, cuando lo
sorprendió, ya pasado el mediodía, la brusca aparición de uno de los
espectáculos predilectos de su espíritu. Azul, de un azul profundo que hacía
blanco el del cielo, hermoso entre todos los ríos y con escarceos marinos del
viento contra la corriente, el Caroni arrastraba el resonante caudal de sus
aguas entre anchas playas de blancas arenas, y aquel que tanto sabía acerca de
los grandes ríos de Guayana y con las más ardientes imágenes se los tenía
representados, no como simples cursos de agua sino cual seres dotados de una
vida misteriosa, aunque ya algo de éste había visto, no pudo menos que detener
bruscamente la bestia, exclamando: —¡Caroni! ¡Caroni! ¡Así te nía que ser el río
de los diamantes! Entretanto, desde el corredor del paradero del paso, en la
misma margen izquierda, alguien lo observaba y se decía: —Ése debe de ser.
¡Buen plantaje de hombre tiene el mozo! Y luego, saliéndole al encuentro: —¿Es
usted Marcos Vargas? —Así me dicen y yo
lo repito. Para servirle.
—Manuel Ladera –dijo el otro
presentándosele–. Mucho gusto en conocerlo. Era un hombre maduro, de aspecto
afable, rico propietario del Yuruari y dueño de uno de los mejores convoyes de
carros que para entonces recorrían los caminos de aquella región, siendo éste
uno de los negocios más productivos, por el alto valor de los fletes. Sin
embargo, ahora había decidido venderlo y Marcos Vargas iba a comprárselo,
previo acuerdo telegráfico de reunirse allí para cerrar el trato. Dirigiéronse
al mesón del paradero, donde los esperaba el almuerzo ya pedido por Ladera y
éste dijo al tomar asiento: —Ya tuve el gusto de conocer a su padre, que era
uno de los hombres mejores de Guayana, si no el mejor. Hace unos catorce años fuimos
socios en un negocio de ganado que tuvimos por los llanos de Monagas. A lo que
repuso Marcos: —Pues aquí tiene al hijo, que es de lo peorcito que hay en
Ciudad Bolívar, para jugarle limpio desde el principio.
—Que ya es algo que no se da todos
los días, pues ahora lo que se estila es el juego sucio. También he tenido el
honor de conocer a misia Herminia, su santa madre de usted. —Santa es poco, don
Manuel. Pero ya usted me amarró con ese adjetivo para mi vieja. —Me agrada
oírlo expresarse así, porque un buen hijo, aunque sea desconocido por lo demás, ya es para mi
la mitad de un amigo de toda mi estimación. —Pues le cojo la palabra. —Ligera
la tiene usted, ya voy viendo. —Aunque no sé si tengo derecho a llamarme buen
hijo, pues mi vieja hizo sacrificios por mi educación, de los cuales no sacó el
fruto que esperaba. Hipotecó su casa, resto de la herencia de mi abuelo, para
pagarme colegio de donde saliera yo hombre formal. Ella había oído decir que la
disciplina inglesa estaba muy recomendada en mi caso y para hacer la prueba se
gastó en un colegio de Puerto España unas cuantas libras, que ahora le están
haciendo falta. Pero resultó que en Trinidad no se olvida lo que se aprende en
Ciudad Bolívar cuando uno lo lleva en la sangre, y de allá regresé, hace pocos
meses, tan descompuesto como me fui. —Ahora le estará pesando.
—Sí y no. Sí, por el dinero perdido
de mi pobre vieja; no, porque eso de las disciplinas, inglesas o de donde sean,
es relativo y pasa con ellas como en las zapaterías, que unos se calzan de
percha y otros a la medida. —¡A ver! Explíqueme eso. —Quiero decir que a unos
pueden imponerles con reglamentos la disciplina que han inventado otros para el
público grueso –siguiendo mi comparación– porque están muertos por dentro y
cualquiera les sirve; mientras que otros, vivos hasta el fondo, tienen que
escoger la suya por sí mismos, viviendo su vida. —¿Y usted es de esos que no
tienen pie de percha? —Por lo menos
hasta ahora no me han servido las medidas del montón. —Está bien eso, Marcos
Vargas. Ya veo que no tiene usted cabeza por adorno solamente. —La idea no es
mía del todo. Por lo menos la comparación con la zapatería es de mi viejo. Como
en "Salsipuedes" también se vendían
zapatos... Sonríe Manuel Ladera y Marcos prosigue: —¿Por qué le cuento a
usted esas cosas? —Porque ya me había
anunciado que era de lo peorcito que hay en Ciudad Bolívar y tenía que
demostrármelo.
—Pero con ganas de ser amigo suyo, a ver qué
se me pega de usted. Porque el que a buen árbol se arrima... —El palo le cae
encima. —Eso está por verse. Yo me fío siempre a mis repentes y el que me ha
producido usted no puede ser mejor. —Pues vamos a tratarnos con franqueza desde
el principio, porque algo de eso suyo tengo yo y ya me ha sucedido con usted. Y
entrando en el negocio que aquí nos reúne, ¿sabe por qué vendo mis carros? —Me han dicho que desea descansar de la
atención que le causan, habiéndole ya producido bastante. —Sí, me han producido
buen dinero y seguirán produciéndomelo; pero la verdadera causa es otra y debo
explicársela con toda franqueza: vendo los carros porque José Francisco Ardavín
se ha metido en el negocio. La eterna calamidad de los caciques políticos, que
son el azote de esta tierra, pues no hay empresa productiva que no la quieran
para sí solos. Ardavín, cuya mala fama tal vez no le sea desconocida, se nos
está atravesando en el camino, y como entre él y yo median además
circunstancias de orden íntimo, para evitar rozamientos y complicaciones
mayores, ya que a Dios gracias mis recursos me permiten vivir tranquilo, he
resuelto vender mis carros y dejarle el campo libre por mi parte. Como usted
comprenderá, estas confidencias poco comerciales no tenía por qué hacérselas a
mis posibles compradores, pero usted me ha caído en gracia – es decir: en justicia–
y no quiero que más adelante pueda decir
que lo enzanjoné en un negocio malo con los ojos tapados. —¿Así es la cosa? –se
preguntó Marcos–. ¿Quiere decir que es con los Ardavines, con los tigres del
Yuruari, con quienes me las voy a entender?
—Nada menos, joven. —¡Ni nada más tampoco! ¡Compro los carros y salga el
sol por donde quiera! Y Manuel Ladera, con arranque originado de la admiración
por la hombría temeraria, sentimiento de cuyo bárbaro imperio nadie parecía
librarse por allí: —¡Así me gusta oírlo! –exclamó–. Yo me retiro del negocio
porque ya voy para viejo, no me falta de qué vivir y tengo cría por la cual he
de mirar; pero usted está empezando y tiene que arrear para adelante, hoy o
mañana. Y para que de una vez comience a sacarle provecho a esa decisión de
hombre, voy a rebajarle trescientos pesos del precio que estaba pidiendo por
los carros. Aquí le tenía ya el recibo, de acuerdo con su telegrama aceptando
el precio. Vamos a corregirlo de una vez. —¡Un momento, don Manuel! –atajó
Marcos–. Déjelo así como está. Ya usted me ha explicado honradamente lo que
tenía que explicarme, y ahora me toca a mi decirle cómo es que le voy a comprar
los carros: fiados, para pagárselos con el mismo producto de ellos, sin fijarle
cantidad, porque será la mayor posible. Y en cuanto a los trescientos pesos de
la rebaja, ésos me los dará en efectivo, ahora mismo o en Upata, porque vengo
limpio. Manuel Ladera se quitó las gafas, puestas para lo del recibo, se echó
sobre el respaldar de la silla y mientras limpiaba los cristales, dijo: —Mire,
joven. Yo nunca he hecho negocios malos a ciencia y paciencia, ni todavía tengo
necesidad de hacerlos, a pesar de lo que le he manifestado, pues llegado el caso extremo, suelto las mulas y los
bueyes en uno de mis potreros y casi no he perdido nada. Pero tampoco nadie me
había hecho hasta ahora una proposición como la que usted acaba de formular
y...
¿quiere que le diga? ¡Me ha
gustado! Son suyos los carros y aquí tiene ya los trescientos pesos, porque un
hombre como usted no puede andar sin dinero donde tantos bribones cargan los
bolsillos repletos. Sacó la cartera, se los entregó en billetes, y éste fue el
primer dinero – y el primer amigo– que obtuvo Marcos Vargas por el camino y
ante la vida.
Unas manchas de sangre
En la balsa del paso cruzaron el
Caroni y cuando saltaron a tierra Manuel Ladera dijo: —¡Bueno, Marcos Vargas!
Ya está en el Yuruari y que le sea de provecho. En la tierra del oro y de los
hombres machos, como dicen por aquí. —Y de las mujeres bonitas –completó
Marcos. —También dicen y no es mentira. A ver si se enamora de alguna y se
queda entre nosotros. —Si usted supiera, don Manuel... Ya esa diligencia como
que está hecha. —¿Sí? Pues ya voy viendo que usted es de los que, cuando se
ponen en camino, todo lo llevan en la magaya. Atravesaron el boscaje ribereño y
al caer a unas calsetas por donde pacían algunas reses, Ladera explicó: —Ya
esto es "Tupuquén" y está a su disposición, como todo lo que me
pertenece. Tupuquén llaman una hierba brava, más eficaz que el hacha y que el
fuego mismo para acabar con el monte tupido, pues donde ella se mete ya no
crece otra cosa. Por aquí reinaba a sus an chas, de donde denominé así esta
finca y no se imagina usted los trabajos y el dinero que me ha costado
extirparla... Otro tupuquén reina también por estas tierras: las llamadas
riquezas del Yuruari, el purguo y el oro que quitan los brazos de la
agricultura. Los brazos y el capital, que ya tampoco quiere invertirse en ella.
Al purguo y al oro los llaman la bendición de esta tierra, pero yo creo que son
la maldición. Despueblan los campos y no civilizan la selva, dejan las tierras
sin brazos y las familias sin apoyo y corrompen al hombre, desacostumbrándolo
del trabajo metódico, pues todos nuestros campesinos ambicionan hacerse ricos
en tres meses de montaña purgüera y ya no quieren ocuparse en la agricultura.
Lo desmoralizan profundamente, pues la tragedia del purguo –aquí, como el
caucho en Rionegro y la sarrapia en el Caura– no consiste sólo en que
empresarios sin conciencia exploten al peón por medio del sistema del avance
–dinero y bastimentos a cuenta de la goma que saquen–, que casi equivale a
comprar un hombre por cuatro reales y para toda la vida, sino también en que el
peón le toma el gusto al venderse de ese modo y cuando coge el dinero del
avance no le importa malgastarlo, pues ya está pensando en el fraude de la
piedra dentro de la plancha de goma y en fugarse de la montaña debiendo lo que
se ha comido. En picurearse, como ellos dicen. Que, naturalmente, la peor parte
la lleva el peón, pues vaya usted a ver lo que encuentra en la montaña: un plato
de "paloapique" que no lo alimenta, de donde adquiere el beriberi,
que lo mata o lo inutiliza para toda la vida, y la esclavitud, casi, por la
deuda del avance, sin modo de zafarse ya del empresario, ni autoridad que
contra él lo ampare, porque generalmente lleva parte en el negocio y en todo
caso se inclina del lado del fuerte contra el débil. La esclavitud, que a veces
la heredan los hijos con la deuda. Eso
de la riqueza que producen el oro y el caucho sólo es verdad para los
privilegiados. Marcos Vargas no estaba de acuerdo. Era posible que desde un
punto de vista práctico Ladera tuviese razón; pero la aventura del caucho y del
oro tenía otro aspecto, el de la aventura misma, que era algo apasionante: el
riesgo corrido, el temor superado y aquello mismo de ir y volver a tirar el
dinero, con que el hombre desafiaba al destino. ¡Una fiera medida de
hombría!... Pero se abstuvo de manifestar su opinión. Por otra parte, ya Ladera
abandonaba el tema, refiriéndose a una casa internada entre el boscaje: —Eso es
Guaricoto, a donde traigo la familia a temperar, todos los años por la
Cuaresma, que es cuando son más sanos estos lugares. Menos ésta pasada, que
tuvimos que quedarnos en Upata por enfermedad de una de las muchachas. Y Marcos
saliendo de su mutismo por las bromas a que lo inclinaba la simpatía que le
inspiraba Ladera: —¿Tiene muchas, don Manuel?
—Algunas y para varios gustos, pues son tres, que ya es bastante. O dos,
para el interés a que pueda obedecer esa pregunta suya, porque Maigualida, la
mayor... Y ya que el caso viene, voy a explicarle cuales son esos motivos
íntimos que, según ya le he dicho, me obligan a evitarme rozamientos con José
Francisco Ardavín. Este hombre, que es la suma de todos los defectos posibles,
le dio por enamorarse de mi hija Maigualida, y como ella no lo aceptó –piensa
él que por consejos míos– le juró que mataría a todo el que la pretendiera. —Y
cumplió su promesa –agregó Marcos–. Algo de eso recuerdo haber oído en casa.
—Sí. Un forastero, mozo muy estimable, que gustaba de mi muchacha y empezaba a
decirle. Ar davín lo sorprendió una tarde ante la ventana de casa conversando
con ella y en su presencia lo asesinó cobardemente. Desde entonces mi pobre
hija vive quitada del mundo. Hace una pausa y volviendo al tono chancero, agrega:
—Por eso le digo que son dos las que componen la mercancía realizable que tengo
en casa. Ya se las presentaré. Son unas pollitas todavía, pero como usted dice
que su diligencia está hecha, no hay peligro de que me las enamore. —¡Hum!
–hizo Marcos, comprendiendo que Ladera quería mantenerse en este terreno–. No
se fíe de forasteros, don Manuel. —¿Así es la cosa? ¡Ah, Marcos Vargas! Usted
va a caer muy bien por estas tierras, donde el buen humor, a pesar de todo, es
un salvoconducto que abre todas las puertas. —Pues para usted no habrá ninguna
cerrada y como no le falta el aceite que afloja todo tornillo, porque el
ganadito que voy viendo es bastante... —Y ya verá más. Pero estas sabanas dan
mucha brega, porque los bichos se recuestan contra el monte y hay que
trabajarlo a pecho de caballo. Allá en "La Hondonada", donde
pernoctaremos, ya son sabanas más fáciles, aunque durante el verano al ganado
lo castiga mucho la sequía. Y pasando de lo particular y propio a lo general,
donde ya era francamente pesimista: —Eso es Guayana. Mucho río, agua como para
abastecer a todo el país, y, sin embargo, tierras secas que dan tristeza. Y por
aquí continuó durante un buen rato hablando de las calamidades de su tierra,
donde todo lo que fuese obra del hombre corrigiendo la Naturaleza estaba
todavía por hacerse.
—Mire –dijo, de pronto,
interrumpiéndose y deteniendo la bestia–: ésa es la Laja de los Frailes, donde
según la tradición fueron fusilados los
de las misiones de Caroni por órdenes del general Piar, cuando la guerra de la
Independencia. Por ahí, más adentro, estaban las ruinas del convento, pero ya
no queda nada. Todas estas casas de por aquí están pavimentadas con ladrillos
sacados de esas ruinas, que por eso los llaman fraileros. Unos ladrillos que
duran siglos, que ya no saben fabricarlos nuestros alfareros. Como todo lo
bueno de antes, que se ha perdido. —Se llevarían los frailes la receta –dijo
Marcos sin tomar la cosa en serio. —¡Si fuera eso sólo! Pero es que la gente de
esos tiempos tenía la conciencia de que estaba fundando un país y todo lo hacía
con vistas al porvenir, mientras que los hombres de ahora sentimos que este
país se está acabando ya y no nos preocupamos por que las cosas duren. Por el
contrario, queremos destruirlas cuanto antes. Esta visión pesimista era
totalmente nueva para Marcos Vargas, quien se lanzaba a aquel mundo con la
generosidad de sus años mozos como al mejor de todos los posibles; pero al oír
a Manuel Ladera se comprendía que hablaba con el corazón lleno de amor a su
tierra, amor doloroso, de calidad más noble que el simple apego que hace
entonar el canto, y escuchando al hombre maduro entraron en el alma del joven
aires que luego harían borrascas. Y esto dijo Ladera: —Pero no hablemos más.
Mire lo que viene allí. Lo que venía –y a menudo suele encontrarse por los
caminos del Yuruari– era una res destinada al consumo de algún caserío vecino,
atada a la cola de un burrito por un cabo de soga que le traspasaba la nariz
perforada y sangrante y con la cabeza enfundada, salvo los cuernos, en un trozo
de coleta. La conducía un hombre a pie, aunque en realidad el conductor era el
burrito que, adiestrado para este
oficio, trotaba por delante de ella zigzagueando, para quitarle con el
aturdimiento del rumbo incierto toda gana de cornearlo que pudiese traer. Y
Manuel Ladera explicó por qué había dicho que no había que hablar más: —Ahí
tiene la historia de Venezuela: un toro bravo, tapaojeado y nariceado,
conducido al matadero por un burrito bellaco. A lo que replicó Marcos:
—¡Ya ve, don Manuel! Eso es lo que
yo llamo calzarse a la medida. En el colegio de Ciudad Bolívar quisieron
meterme en la cabeza la historia escrita de Venezuela y nunca logré entenderla,
mientras que ya me la explico toda. —Por algo se ha dicho que el viajar
ilustra. Aunque sea por estos caminos. Y entretenidos con estos tópicos
cabalgaron un rato. —¡Mire! –volvió a interrumpirse Ladera–. ¿Ve esas manchas
de sangre en esa laja? —No serán de los
frailes de las Misiones, supongo. —De un pobre negro de las minas de El Callao
a quien asesinaron ahí anteayer. Lo traían preso, codo con codo. Un comisario
de nombre Pantoja lo conducía a Ciudad Bolívar y al llegar a este sitio lo
baleó. Dice que el negro lo atacó, pero no me explico cómo, pues estaba
maniatado, y así lo vi después de muerto, viniendo yo de "La
Hondonada". Detrás de aquella vuelta oí los tiros. —Quiere decir –observó
Marcos– que lo del burrito y el toro sucede a veces al revés. —Justamente. Aquí
el toro, a toda punta, fue el comisario. Un hombre que debiera estar en un presidio
el tal Pantoja. O mejor dicho: Cholo Parina, pues, según algunos que han estado
por el Atabapo, éste es el verdadero nombre del comisario. —¡Cholo Parima!
–exclamó Marcos, refrenando la bestia con brusco movimiento maquinal. —¿Lo
conoce? —De nombre solamente. Ése fue
quien asesinó a mi hermano Enrique, hace doce años, la noche en que los
machetes alumbraron el Vichada. Había empleado la frase acostumbrada por allí
para designar la espantosa degollina, una de tantas jornadas sangrientas de la
epopeya cauchera, y Manuel Ladera no halló qué decir. Cabalgaron durante un
buen rato en silencio, Marcos Vargas con una sonrisa sombría inmovilizada en el
rostro y Ladera observándolo de soslayo. —¡Lo que son las cosas! –murmuró por
fin el joven–. Yo tiraba hacia Rionegro, quería dedicarme al caucho, que
enriquece en obra de meses, y últimamente hasta se me presentó una magnífica
oportunidad, pero no podía manifestar ese deseo sin que mi madre se echara a
llorar, y en cambio fue ella misma quien me dio la primera noticia de que usted
vendía sus carros, y cuando le comuniqué mi propósito de venirme al Yuruari se
alegró mucho. Vio un negocio estable –si a dárseme llegaba– que me quitaría de
la cabeza la idea de internarme en las selvas caucheras donde sucumbió mi hermano,
y para allanarme este camino aceptó el sacrificio de mi separación de su lado y
convino en vivir arrimada en casa de uno de mis cuñados mientras yo pudiera
traérmela a Upata. ¡Lo que son las cosas, don Manuel! —¿Qué está usted pensando, joven? —Nada. Hablando es lo que estoy. Contándole
cosas de mi vida pasada, así como ya le referí otras para que fuera
conociéndome bien. —¡Oiga, Marcos Vargas! ¿No será mejor que desista de
comprarme los carros? —¡Es que usted se
arrepiente de habérmelos vendido en las condiciones...! —No diga tonterías. Usted me entiende. Ya le
he dicho que me ha caído a gusto y no quiero que por causa mía, hasta cierto punto, vaya a tener
un mal resultado su venida al Yuruari. Estoy dispuesto a ayudarlo en lo que sea
menester; estudie un negocio que le agrade y le convenga en Ciudad Bolívar y
cuente conmigo para el capital que necesite. —Muchas gracias, don Manuel. Ya
veo que usted cuando empieza a ser buen amigo no tiene cuándo acabar. Pero no
se preocupe. A buscar malos encuentros no he venido al Yuruari, ni me pasaba
por la cabeza la idea de que Cholo Parima anduviera por aquí: por muerto lo
tenía ya; pero de la casa hay que salir, tarde o temprano... Además, eso de los
malos encuentros es muy relativo: el mundo está sembrado de ellos. Manuel
Ladera se quedó unos momentos mirándolo y luego repuso: —Prométame, por lo
menos, que los evitará. —Prometido, don Manuel. Y en silencio continuaron el
viaje.
Juan Solito
Con la
actividad desplegada en el hato de "La Hondonada", donde Ladera
recogió un ganado que embarcaría por San Félix para las Antillas inglesas,
sabaneando junto con él y sus peones, se le disiparon a Marcos los pensamientos
sombríos, para los cuales su espíritu no tenía asideros perdurables, y cuando
reanudaron la marcha, camino de Upata, charlaba animadamente, olvidado de Cholo
Parima. Atravesaban la montaña de Taguachi. Monte enmarañado a ambos lados del
camino en cuesta, lleno de baches donde chapoteaban las bestias. Rastrojos
cubiertos de malezas, silenciosos campos abandonados y uno que otro rancho de
palma ennegrecida, derrumbándose ya.
Mujerucas de carnes lacias y color amarillento, asomándose a las puertas al
paso de los viajeros; chicos desnudos con vientres deformes y canillas
esqueléticas cubiertas de pústulas, que se las chupaban las moscas; viejos
amojamados, apenas vestidos con sucios mandiles de coleta. Seres embrutecidos y
enfermos en cuyos rostros parecía haberse momificado una expresión de ansiedad.
Guayana, el hambre junto al oro. —Mire la obra del purguo y del oro –dijo
Ladera–. ¿Se fija en que por todo esto no hay hombres útiles para el trabajo
del campo? Abandonaron el conuco y la familia, muchos de ellos para enterrar
sus huesos en la montaña, y por aquí no quedan sino los rezagos. Pero se
interrumpió al ver a un hombre de escopeta terciada a la espalda que más
adelante acababa de salir al camino, para atravesarlo, por una de las picas de
monte adentro. —¡Juan Solito! –lo llamó, haciéndolo detenerse, y cuando ya se
le reunía–: Buscándote venía, casualmente. —Pues ya no necesita seguir
–respondió el hombre sin alzar la vista del suelo donde la había fijado.
Mientras Ladera: —Ahí tiene usted, Marcos Vargas, el cazador de tigres más
famoso de todo el Yuruari. Le dan el apelativo... Pero el cazador le quitó la
palabra: —Porque es un Juan entre los muchos que caminan sobre la redondez de
la tierra y porque siempre anda solo, que es la mejor compañía del hombre.
—¡Vaya oyendo, Marcos Vargas! Ahí
donde usted lo ve, con su escopeta al hombro, lleva oculto un filósofo. Y
Marcos al cazador, haciendo alarde de su conocimiento en punto de supercherías
populares: —Y porque es mejor que la gente lo llame a uno como quiera, sin que uno dé nunca el nombre propio y verdadero,
porque eso tiene sus riesgos, ¿verdad?
—¡Jm! –hizo el de la escopeta–. Si ya usté lo sabe, ¿pa qué lo pregunta?
Barbudo, greñudo, de aspecto selvático, edad incierta y sin apariencias de
vigor físico que correspondiesen a su fama de cazador de tigres, Juan Solito
era un personaje misterioso a quien se le atribuían facultades de brujo.
Decíase que había vivido mucho tiempo entre los indios del alto Orinoco, cuyos
piaimas lo iniciaron en sus secretos, y así como se ignoraban su nombre, origen
y procedencia, no se sabía tampoco dónde habitaba ni se le conocían relaciones
permanentes con los moradores de la región. —Pero decía usté, don Manuel, que
venía buscando a Juan Solito – agregó, en seguida de las palabras dirigidas a
Marcos y hablando de sí mismo como de tercera persona. —Sí –respondió Ladera–.
Iba a dejarte recado por el camino de que en "La Hondonada" está
cebado un tigre que ya me ha matado dos becerros en lo que va de esta semana.
Juan Solito escupió la mascada de tabaco y contemplando luego el salivazo caído
a sus pies, murmuró: —Mire puej como renco y tó el de la pinta menudita se sabe
procurá su comía. —Parece que lo estuvieras viendo como en un espejo, sólo con
mirar la saliva de tu mascada –repuso Ladera a tiempo que le hacía a Marcos
guiñadas de inteligencia. —¡Jm! ¡Quién quita, don Manuel! La humanidá de la
tierra está sembrá de espejos donde se aguaitan las cosas más lejas y
enmogotás. El tó es sabé mirarlas sin asco. —¿Quieres decir que ya conoces el
tigre que necesito que mates? —Algo de
él ha catao ya Juan Solito, si señó. La güella que va dejando dice que cojea de
la mano derecha desde hace algunos días,
a causa de habérsele caído las garras, de donde se infiere que es viejo y que
con la zurda es que ahora está tirando el zarpazo.
Pero asina y tó dice usté, y su
palabra vaya alante, que dos becerros le ha comío en lo que va de esta semana.
—Y de los más bonitos. Ándate por allá esta noche antes de que se coma el
tercero. —¿Esta noche? Esta noche no podrá sé porque ya Juan Solito está
trincao de palabra por otro que también anda haciendo un esguace por los
ranchos de estos montes. —¿No será el mismo que se deja llegar hasta "La
Hondonada"? – intervino Marcos, por ver hasta dónde llegaba la
clarividencia del cazador. —No, joven. Ni usté lo cree tampoco. Éste de por
aquí es un tigre barreteao, forastero de por estos montes, por cierto. —Pues,
amigo –dijo Ladera dirigiéndose a Marcos–, está visto que usted es el hombre de
las caídas en gracia, porque es la primera vez que Juan Solito acepta
conversación de persona a quien no conozca de tres meses antes. ¿No es así,
Juan Solito? —De tres meses y los días
que completan el ciento, que es el número de la sabiduría. Pero ya esa cuenta
está hecha, don Manuel, y al joven aquí presente le sobra un pico en su
favor... —¿Sí? –inquirió Marcos, con verdadero interés–. ¿Dónde y cuándo nos
hemos conocido? —El dónde y el cuándo y
el cómo son hijos sutes de la madre curiositá. La que medra es que ca uno sepa
lo que haiga menester. —¿No digo yo que por la boca de Juan Solito habla un
filósofo? —Los palos del monte, don
Manuel, que le han enseñao su sabiduría. Pero, volviendo a lo suyo, pues usté
no ha interrumpío su marcha pa hablá de Juan Solito. Mañana, primeramente Dios,
estará Juan Solito en "La
Hondoná" velando al renco. —Bien. Ya que no puede ser esta misma noche. Se
comerá otro becerro, pues va un día sí y otro no, y hoy le toca. —Espreocúpese.
Hoy tampoco irá. Ése cae por allá entre gallos y medianoche. Ya lo he sentío
pasá por la montaña silencia. —¿Y por qué no lo has matado? Dos mautes míos
habría dejado de comerse.
—Porque naiden tiene derecho a
atravesase contra por gusto en el camino de otro que ande procurándose su vida
con las armas que Dios le haiga dao. —Por gusto no habría sido. De buena gana
te pagaría ahora la libra esterlina de tu tarifa. —No es por la paga, don
Manuel, sino porque las causas no puén andá detrás de los resultados. El tigre,
en una comparación, siente primero el hambre y después se come el maute o el
marrano; pero la visiversa nunca. —¡Claro! –exclamó Marcos Vargas. —No tan
claro, joven –repuso el cazador, siempre mirando el suelo, y escupiendo por el
colmillo el resto de la mascada, prosiguió–: Ése jué, don Manuel, el acomodo
que Dios les dio a sus cosas y Juan Solito no pué trastorná las leyes del mundo.
Él tiene que decí primero, adresmente, voy a matá al tigre, pa dispués hacerlo.
Pero antes con antes tienen que habele dicho: –Juan Solito, mátame ese tigre
que me está comiendo lo mío–. Porque eso de lo mío y lo tuyo, don Manuel, son
cosas que no se le ocurren por su cuenta a Juan Solito. Él las escucha mentá y
las repite no más. Allá ca uno con lo que le parezca claro, siendo turbio. Pero
en el caso presente, como ya él está trincao de palabra con usté, lo que hará
esta noche será amarrale la güella al renco, pa paralo ande se encuentre a esa
hora y punto, de mo y manera que no puea llegá hasta "La Hondoná".
Déjelo de mi cuenta y váyase tranquilo, que el renco no le mata más becerros.
—¡Amarrarle la huella! –intervino Marcos Vargas–. Explíqueme eso, viejo. Pero
como el cazador se limitara a sonreír, Ladera advirtió: —A Juan Solito no se le
arranca nunca una palabra respecto a sus secretos profesionales. —¡Jm! El que
aprendió callao, callao enseña, don Manuel. —¿No le digo? Bueno. Juan Solito,
voy a pagarte de una vez para que las causas vayan delante de sus efectos.
—Usté no ha entendío, don Manuel. No es que Juan Solito haiga querío cobrarle
por anticipao, pues ya debe de sabé que él no tiene esa costumbre.
—Ya lo sé, hombre. No tomes a mal
mis palabras. Te pago adelantao porque ya puedo considerar que el renco es
tigre muerto, y porque llevando el dinero encima es más cómodo para mi salir de
eso de una vez. —Eso es otra cosa. Y luego las palabras sin las cuales no
tomaba nunca el precio de su trabajo. —Venga el oro, que en las manos de Juan
Solito no se quedará. Tomó la moneda, la colocó sobre la palma de su mano
izquierda, murmuró unas palabras ininteligibles, hizo sobre ella un rápido
movimiento cabalístico y por último se la guardó en la faja, diciendo: —Allá le
dejaré el recibo. ¿Lo quiere con cabeza y tó como el de la otra vez? —Ni con cabeza ni sin ella. Ya tengo la casa
llena de cueros de tigre. —Es que éste es muy bonito, don Manuel. Y de historia
famosa. —Bueno. Déjame el cuero en "La Hondonada", para regalárselo
al amigo Marcos Vargas en recuerdo de este buen encuentro que hoy ha tenido.
—Sus palabras serán cumplidas –dijo el cazador enfáticamente, y después de restregar con el pie desnudo el
salivazo de la mascada, que era humor de su cuerpo y no podía secarse en el
suelo sin que todo él fuera secándose al mismo tiempo, como árbol de donde
huyese la savia, se despidió de Marcos Vargas de este modo: —Bueno, joven. Ya
usté ha visto y escuchao más de lo que Juan Solito se deja catá por el primer recién
encontrao; pero lo que está bien escrito no se borra, y además de los demases
Juan Solito tenía una encomienda de memorias pa usté: "Cuando tú yendo
allá, yo enseñándote las cosas". —¡Ponchopire! –exclamó Marcos Vargas,
acogiendo con júbilo el recuerdo de su adolescencia. Y Juan Solito, dando por
terminada la entrevista, ya atravesando el camino para internarse por otra pica
de monte adentro: —Y escuche esto, joven, que ahí le va dejando un hombre
experimentao: no cargue su alma tan en los ojos como la lleva usté por estos
caminos. Dicho lo cual desapareció, monte adentro, cual si se lo hubiera
tragado el misterio de que gustaba rodearse.
Continuaron su camino Ladera y
Marcos Vargas, aquél diciendo: —Hay quienes creen a pie juntillas que detiene
realmente Juan Solito a un tigre o una persona amarrándole la huella, como él
dice, práctica de brujería que le enseñarían los piaimas indios; pero lo cierto
es que posee mañas para su oficio, pues nunca falla cuando se le encarga matar
un tigre. Así, íngrimo y solo como lo ha visto, pues ni perro carga, se mete en
la montaña y se pasa toda una noche en el veladero. ¡Qué digo una noche! Noches
y días continuos, si es menester... Y lo de la moneda. ¿Se fijó en lo que hizo
cuando la tomó? Siempre exige que se le pague con una esterlina y dicen que es
para enterrarlas, para devolvérselas a la tierra donde fue extraído el oro, que
según él es la causa de la maldición que
pesa sobre Guayana. En lo cual estoy de acuerdo... Claro que con algunas se
quedará, pues de algo debe vivir, como no sea de raíces del monte; pero eso es,
entre otras muchas cosas, lo que se cuenta de Juan Solito. Pero Marcos no le
había prestado atención. Su pensamiento estaba en aquella tarde, ya lejana, de
su breve conversación con el indio Ponchopire, otra vez experimentando la
fascinación de aquel mundo de la selva misteriosa y el aborigen enigmático. Y
Manuel Ladera, como viese que sus palabras se quedaban sin correspondencia,
murmuró: —¡Ah, caramba! Al hombre lo han dejado caviloso las brujerías de Juan
Solito. Éste era un Marcos Vargas que todavía no conocía.
III
Upata de los Carreros
Aire
luminoso y suave sobre un valle apacible entre dulces colinas. Techos de palma,
techos de cinc, rojos o patinosos tejados, una vegetación exuberante, de jardín
y huerta domésticos, en patios y solares. Unos montes lejanos, tiernamente
azules. —Upata –dijo Manuel Ladera–. Ahí tiene usted el pueblo de los carreros
del Yuruari. Upata vive del tránsito: de los fletes de las cargas que
transportan sus carros y del dinero que van dejando en ella los forasteros,
cuando se dirigen al interior, hacia las montañas purgüeras y las quebradas del
oro de Cuyuni y cuando regresan de allá a poner la fiesta, porque éste es el pueblo más alegre de todo el Yuruari.
—Y como es fama que éste es el pueblo de las mujeres bonitas... —Pues ya usted
verá si será agradable la fiesta. Aquellos montes azules son los de Nuria y ese
farallón es la famosa Piedra de Santa María, de donde brota un agua que viene a
representar aquí lo que la cabeza de zapoara representa en Ciudad Bolívar: cebo
para atrapar forasteros. Ya lo llevarán allá las muchachas para bautizarlo con
el agua que mana de ese peñón, a fin de que se case con una upatense y eche
raíces aquí. O cargue con ella para donde prefiera, que es lo que a ellas les
interesa. —A mí que me bauticen cuantas veces quieran, pues como no estoy muy
seguro de ser cristiano... —¿A pesar de la diligencia que ya tiene hecha? —Por si acaso no se da... Atravesaron un
riachuelo en cuyas orillas algunos carreros abrevaban o bañaban sus mulas
mientras sostenían entre sí una bulliciosa charla salpicada de malicias y
fanfarronerías, y entraron en la población. Calles de tierra roja por donde
corrían los ríos de oro de la puesta de sol. Carros vacíos aquí y allá, con los
varales en alto y en las ruedas el barro de los caminos recorridos; otros,
cargados y cubiertos con los encerados, de tránsito para otras poblaciones,
dentro de las rancherías llenas de la animación de los carreros que
charloteaban desunciendo las bestias, conduciéndolas a los pesebres, echándoles
en ellos los haces de yerba. Sonaba todavía por allá el trabajo cantarino de la
mandarria del herrador contra el yunque, tintineaban las colleras de las mulas
de otros convoyes que venían llegando o ya se ponían en camino, y aquí y allá,
en las cosas y en las palabras que al paso se escuchaban –en la talabartería,
la herrería o la carruajería– todo
giraba en torno a la vida del carrero. En el aire flotaba el olor de las
bestias. Por las conversaciones pasaban caminos. Camino de San Félix, camino de
Tumeremo, camino de El Callao, camino de El Palmar... En Upata de los carreros
todo viajaba. Casuchas humildes techadas de palma carata; otras con techos de
cinc, que eran las de comercio: la tienda, con cobijas de bayeta, abrigo de
caminantes, colgadas en las puertas; la pulpería donde los peones que ya habían
soltado el trabajo tomaban el trago de caña alborotando; otras con techos de
tejas; las casas de las familias principales de la población, con muchas
ventanas y lindas muchachas asomadas a ellas. —¡Adiós, don Manuel! —¡Adiós, mi corazón! –respondíale chancero–.
¡Qué cariñosa me saludas a la vuelta de este viaje! Aquí les traigo un
candidato para la Piedra de Santa María. Dice que ya su mandato está hecho,
pero no estaría de más que le echaran el agüita que ustedes saben. Váyanse esta
noche por casa para presentárselo. Y las ventanas despedían risas para las
bromas de don Manuel y miradas para el forastero de años mozos y presencia
gallarda. Porque en Upata, que del tránsito vivía, también el amor tenía que
poner sus esperanzas en el paso de los forasteros.
Vellorini Hermanos
Una de aquellas casas de comercio,
la más fuerte de Upata, era la de Vellorini Hermanos, Francisco y José, corsos
radicados en Guayana hacía unos treinta años y a quienes decíanles,
respectivamente, Vellorini el bueno y Vellorini el malo.
Francisco, de carácter jovial, amigo de chanzas y muy dado a emplear los
refranes y modismos del pueblo guayanés, con lo cual se había granjeado la
popularidad de que gozaba; José, por el contrario, seco y reservado de trato
cuando no gruñón y absolutamente intratable. Aquél, casado con una upatense,
hermana de Manuel Ladera; el otro, soltero –o más propiamente: solterón–, de
vida retraída y consagrada por completo a los negocios, al frente de la casa de
Tumeremo, donde también predominaba la firma, y sobre cuyos escritorios paseaba
suavemente su vida regalona, ronroneando, un gato negro de ojos verdes que
parecía ser el único afecto de José. Éste, larguirucho, huesudo, de color
amarillento y cabellos grises con algo de caspa, que lo avejentaban mucho,
siendo apenas dos años mayor que el hermano; Francisco, regordete, un tanto
apoplético, de ojos azules y mejillas al rojo de "brandy", del que
era gran bebedor, aunque sin perjuicio de la seriedad comercial, ya que de la
personal parecía carecer por completo. Los remoquetes de bueno y malo que les
daban eran de la regocijada y calculadora invención de Francisco, quien cuando
alguno, valiéndose de la confianza que él le brindaba con su trato juguetón y
campechano, le pedía favores o le proponía negocios no muy claros y lucrativos
para la firma, acostumbraba responderle: —¡Cómo no, chico! Tú sabes que yo
estoy a tus órdenes por completo; pero, aquí entre nos, háblate primero con
Vellorini "el malo", a ver si lo convences. Porque como él es el
cabeza de la firma, por mayor edad, saber y... –y aquí hacía con el pulgar y el
índice de la diestra un ademán que daba a entender dinero–. Éntrale con maña,
pues ya sabes que es muy ñongo y desconfiado, mientras yo te ayudo desde aquí
como quien no quiere la cosa, que es el procedimiento más eficaz. Esto,
naturalmente, a fuerza de decirlo, ya no
había quien se lo creyera, pero en los primeros tiempos dio el resultado
apetecido y luego quedó la costumbre de apodarlo "el bueno" y la de
no perder el tiempo llevando el proyecto adelante cuando él así respondía. En
realidad, el pasado de bueno era José. Tonto para los negocios como tesonero
para el trabajo que le dieran, siempre inclinado a abrir la mano, mucho más
simpatizante con el criollo, aunque pareciese lo contrario y, por otra parte,
sumamente dócil a la voluntad del hermano; pero como todo esto lo sentía y
tendía a hacerlo con la aspereza de su trato, a Francisco se le ocurrió
utilizar esta apariencia ingrata de modo que contra José fueran a estrellarse
las pretensiones inaceptables, en virtud del pacto unilateral –pues José no
hizo sino consentir y a regañadientes– de que éste rechazara toda proposición
que por obra de aquella treta se le hiciese. Así Francisco cultivaría las
simpatías de la firma y José defendería los intereses, aunque después regañase
con aquél por la parte odiosa que le tocaba representar. —¡Eso es! ¡Sí, sí!
Pero ¡sí es muy cómodo! Yo cargo con la fama de judío y eres tú quien exprime
al cliente. —Piensa que si te dejara la iniciativa de los negocios, con lo mano
floja que eres, todavía andaríamos por ahí bongueando la pacotilla, como hace
treinta años. Mientras que hoy tienes una bonita fortuna. —¡A mí qué me importa
el dinero! –replicaba José echando los brazos al aire y sacudiendo las manos
por encima de su cabeza–. Con un real diario tiene Pepitín –éste era el gato–
para no morirse de hambre. —Sí. Y con poca cosa más, tú, que vives como un
anacoreta. —¡Ah! ¿Sí? ¿De modo que encima me llamas avaro? ¡Eso sólo me
faltaba! ¡Avaro yo! Bien sabes que si atesoro el dinero es para legárselo a tus hijas cuando muera. Pero el
hermano, que ya sabía a qué atenerse respecto a aquellas bravatas, se limitaba
a replicarle: —Pues entonces déjame defenderles la herencia a mi modo. Y esta
escena se repetía –palabra más, palabra menos– cada vez que Francisco tuviera
que advertirle: —Por allá irá a hablar contigo Fulano. Ya sabes: suéltalo frío.
La casa de Upata, principal de la firma, recordaba en grande lo que en pequeño
fue el comienzo de aquella fortuna. En ella se vendía de todo, por mayor y al
detalle: víveres, telas, calzados, sombreros, ferretería, talabartería,
quincalla... Como en el bongo donde los jóvenes corsos ejercieron el comercio
ambulante por los ríos y caños de la región cauchera y minera, de uno en otro
campamento, y "El Bongo", se denominó al principio la casa de Upata
hasta que, crecidas las hijas de Francisco, influyeron sobre él para que
suprimiese de la fachada aquel recordatorio para ellas humillante. Ahora decía
"Vellorini Hermanos" en planchas de cobre a ambos lados de la puerta
de entrada a la oficina.
En ella estaba aquella tarde Musiú
Francisco –como popularmente se le decía– dirigiéndoles cuchufletas a los
transeúntes y celebrando con risas asmáticas las que a él le devolvían, cuando
se detuvo Manuel Ladera a presentarle a Marcos Vargas. —¡Cuñao! –exclamó con
acento y elocución imitados del pueblo–, ¿no se tropezó por ahí con sus carros?
Me tomé la libertad de despachárselos para San Félix, para que me trajeran una
mercancía que está haciendo falta en Tumeremo. —Bien tomada, don Francisco
–repuso Ladera–. Y a propósito, le presento al joven Marcos Vargas, a quien le
he vendido mi tren. Es a él a quien tendrá que pagarle los fletes de ese viaje
y espero que continúe dándole sus cargas
conforme a lo convenido. —¡Cómo no, chico! –dijo Vellorini dirigiéndose
a Marcos–. ¿Conque vienes a meterte a carrero? Bien pensado, porque ese negocio
produce mucha plata. Si no, que lo diga el compadre, a quien no ahorcan por un
millón de pesos. —Me los irá a dejar usted en su testamento –repuso Ladera,
siguiéndole el humor. —No sea llorón, cuñao. No le tenga asco a la fama de
rico, que lo suyo es bien habido. Y a Marcos: —Pues sí, joven, cuente con la
cooperación de nosotros, pero sería bueno que se entendiera con Vellorini "el
malo", para el asunto de tarifas de fletes. —Con él estoy hablando, don
Francisco –repuso Marcos Vargas, a quien ya Ladera le había referido la famosa
martingala de su cuñado guasón–. Yo a don José no tengo todavía el gusto de
conocerlo, pero aquí, entre nos, para mí que el malo de los Vellorini es el que
me está oyendo. Yo le guardo el secreto si me da las cargas sin regatearme los
fletes, que es lo que usted está maquinando. Soltó Musiú Francisco la risa
asmática. —¿Qué le parece, compadre Ladera, el modo de conseguirse marchantes
que tiene el pollo? Y continuando con el lenguaje metafórico de los aficionados
a riñas de gallos –que pocos guayanenses no lo son– agregó dirigiéndose a
Marcos: —Ya veo que eres pollo de cría que entra soltando las espuelas al picar.
Sí, te daré las cargas sin regatearte los fletes, porque me has matado el gallo
en la mano; pero guárdame el secreto, como dices. Aunque ya éste es como
secreto llanero, ¿verdad, compadre Ladera? Y fue así como Marcos Vargas se ganó
la voluntad de su primer cliente. Despidiéronse de don Francisco y oyéndose
todavía la risa con que éste celebraba la
ocurrencia, díjole Ladera: —Bueno, Marcos Vargas. Ya están asegurados
los gastos; de aquí en adelante todo es ganancia. Mañana le presentaré a mis
otros clientes, que no son tan fuertes como Vellorini Hermanos, pero producen
una bonita base de utilidades, y pasado mañana, si este viaje no lo ha
estropeado mucho, cogeremos camino de San Félix para embarcar mi ganado y
entregarle allá los carros que ya van trabajando para usted. Ahora lo dejaré en
la posada y esta noche iré a buscarlo para presentarle la familia. Y por las
muchachas asomadas a las ventanas: —¡Mire cómo está alborotado el gallinero!
Todas ésas van a casa esta noche a conocerlo a usted.
Claro de luna
La luna desempeñaba aquella noche,
con esmero y con gracia, sus funciones de alumbrado público. Las blancas
fachadas, los techos de palma carata y especialmente los techos de cinc, las
copas de los árboles quietos en el aire sereno, el abrupto peñasco de Santa
María y hasta los lejanos montes de Nuria reflejaban el claro fulgor apacible.
Y, con la iluminación de ensueño componían la estampa romántica, música y
canciones de la tierra.
Parecía cual si todas las muchachas
de Upata, en las salas a ventanas abiertas o bajo las lámparas de los
corredores frente a las puertas de par en par, se hubiesen propuesto tocar y
cantar cuanto supieran: guitarras, bando lines y hasta un poco de piano;
graciosos galerones, tristes maremares y la tonada ingenua de la canción de
amor. Cosas de la luna llena y de la llegada de un forastero de años mozos y
apostura gallarda. Sólo la casa de las Vellorinis, entonadamente silenciosa y a
ventanas cerradas, se desdeñaba de tomar parte en el concierto sentimental y
pueblerino. Hijas del hombre más rico de Upata, famosas ellas mismas por su
belleza y acostumbradas al buen tono de Niza y París, donde solían pasarse
temporadas, las Vellorinis ni necesitaban asomarse a las ventanas para
distraerse, ni mucho menos exhibirse cuando llegaba algún forastero, ya que a
la hora de matrimonio serían ellas quienes escogerían entre cien pretendientes
a cual mejor, ni de ningún modo se exponían a que se las confundiese con niñas
cursis de bandolín y canción de amor, o vulgares de cuatro y galerón, puesto
que eran mujeres de espíritu refinado y de piano y música grande. Pero las
Vellorinis eran tres, y si las dos mayores no querían hacerle a Marcos Vargas
el honor de concederle importancia a su llegada, en cambio Aracelis –la bordona
como le decían sus padres, al uso de allí, por ser la menorestaba aquella noche
más inquieta que nunca en casa de sus primas las Laderas, donde se esperaba la
visita del forastero. —¿Qué te pasa, chica, que no calientas puesto?
–preguntábanle las primas y las amigas allí reunidas, a quienes les pasaba lo
mismo, pero eran más asentadas–. ¿Cómo que has comido azogue esta noche? Ella
no daba explicaciones, pero repartía pellizcos que las hacían chillar. No todas
eran chiquillas de catorce o quince años, como Eufrosina y Rosa María Ladera,
ni todas, tampoco, habían salido de sus casas con intención de visitar las,
sino que, paseando la hermosa luna que hacía aquella noche, se detuvieron un
momento ante las ventanas y como las Laderas les dijeron: —¿Por qué no entran?
Entraron. Pero don Manuel, cuando llegó acompañado de Marcos Vargas, apareció
en la sala exclamando: —¡Válgame Dios! Ya veo que me cogieron la palabra de
esta tarde. Y a Marcos: —Amigo, usted nació de pies.
No hay duda. Mire qué cuadro más
completo de muchachas bonitas para escoger novia. No tiene sino que echar una
manotada de ciego. Marcos Vargas no estaba acostumbrado a galanterías. Su medio
habitual había sido masculino y rudo, y entre mujeres se sentía incómodo; pero
salió del paso por donde Manuel Ladera le abría camino: —De ciego tiene que ser
–repuso– o por lo menos de encandilado, que para el caso es igual. Pero ¿qué
necesidad hay de escoger cuando todo es bueno? Yo, cuando me gustan varias
cosas y me preguntan cuál prefiero, siempre acostumbro responder: ¡todas
juntas! Una explosión de risas y de exclamaciones entre azoradas y complacidas,
una de éstas proferida por Aracelis Vellorini: —¡Antipático! Y que atrajo sobre
ella las miradas de todas, a tiempo que se producía un silencio indiscreto.
Pero Aracelis tampoco se atortojaba o cuando más, salía del apuro repartiendo
pellizcos. Chillaron otra vez las víctimas de sus uñas, y como esto dio ocasión
para más risas, con el reír acabó de desahogarse el azoramiento producido por
las primeras palabras de Ladera. La aparición de Maigualida hizo enmudecer el
coro de la frivolidad. La grave elegancia de su duelo –negro el traje,
espiritualizada la belleza de su rostro
por el trágico quebranto– era, realmente, algo que imponía respeto. Y
con este sentimiento se puso de pie Marcos Vargas y luego le estrechó la mano
que ella le tendía en silencio, acompañada de una sonrisa que sólo parecía
expresar pudor del sangriento escándalo que mancillara su vida. Por otra parte,
no esperaba que saliese a recibir la visita de Marcos Vargas, pues vivía
retraída de todo trato social –aparte de los años que la distanciaban del
frívolo mundo de sus hermanas que allí rebullía –y así, mientras ella saludaba
a las amiguitas de éstas, Manuel Ladera susurró al oído de su visitante: —Es
una deferencia muy especial, aunque bien merecida, la que le hace mi pobre
muchacha, pues como ya le he dicho... Marcos correspondió con una inclinación
de cabeza, mientras su mirada seguía a Maigualida y su pensamiento trataba de
representarse a José Francisco Ardavín. Y entretanto Aracelis no le quitaba la
vista. —Bien –dijo Maigualida, tomando asiento al lado de su padre–: estaban
ustedes muy animados y no quiero ser aguafiestas.
A tiempo que la señora Ladera
entablaba conversación con Marcos, sentado al lado suyo, para decirle que había
conocido a su madre y había sido amiga de sus hermanas durante una temporada
que pasó en Ciudad Bolívar cuando soltera. Entretanto las muchachas
cuchicheaban entre sí y Rosa María Ladera, junto a Aracelis, hacía visajes de
admiración por algo que ésta le refería al oído mientras dirigía furtivas
miradas a Marcos, quien se las correspondía aprovechando la sonrisa sacada para
la conversación de doña María. —¿Cómo le parece Upata? –preguntó Maigualida– ¿No
había estado antes por aquí? —No
–contestó Marcos–. Pero así me la imaginaba. —No puede quejarse de ella –intervino una de las visitantes–, pues lo ha
recibido con una noche preciosa. —Para puestas de sol, Ciudad Bolívar
–intervino otra, en obsequio del forastero–. Pero para noches de luna, Upata.
—Y para otras cosas igualmente bonitas. Se generalizó la conversación, vino al
caso lo de la Piedra de Santa María, manifestó una que era necesario llevar
allí a Marcos y éste repuso: —No me resisto a que me bauticen, pero les
advierto que ya estoy confirmado. —¿Qué quiere decir con eso? —¿No es con una cachetada que lo confirman a
uno? Pues a mí me la dieron. Y como esto aludía a lo que Aracelis ya le había
referido confidencialmente a Rosa María Ladera, ésta prorrumpió palmoteando:
—¡Cuente! ¡Cuéntenos eso! Nuevos pellizcos de Aracelis a la prima desleal, a
tiempo que le hacía señas negativas a Marcos, provocaron el revuelo de la
curiosidad. —¡Sí! ¡Sí! –pidieron varias a la vez–. Cuéntenos eso de la cachetada.
—Pues bien, ya que se empeñan, allá va. Fue en la Ciudad Bolívar. —¡Hum! –hizo
Manuel Ladera–. !Como vaya a resultar lo que me estoy imaginando ya! —¡Cuente! Cuente y no pregunte. —Allá va. De
esto hace...
!Bueno! El tiempo que haga de esto
no viene al caso; fue cuando la llegada de la Zapoara. Yo estaba pescando y en
un descuido resbalé y caí al agua... Y echó el cuento de la cachetada;
concluyendo: —Todavía llevo la marca de aquellos cinco dedos bien asentados y
temo que no se me quite mientras viva. Estallaron las risas y entre ellas las
preguntas por lo que ya no era un
secreto para muchas: —¿Quién fue esa muchacha? ¡Nómbrela! Los cuentos se echan
completos. Pero Aracelis Vellorini era lo bastante resuelta para afrontar
cualquiera situación difícil y poniéndose de pie, con las mejillas encendidas y
los ojos despidiendo lumbre de orgullo, dominó el malicioso tumulto,
exclamando: —¿Quieren saberlo? ¿Les interesa mucho? Pues voy a complacerlos yo
misma. ¡Fui yo quien lo confirmó, como él dice! Risas, palmoteos, exclamaciones
de asombro de Maigualida, miradas escandalizadas de la señora Ladera a su
marido y el comentario de éste: —¡Conque ésa era la diligencia que me dijo el
amigo que ya traía hecha! ¡Cuándo iba a imaginarme yo que se trataba de mi ahijada!
En tanto que Aracelis, complaciéndose en el chasco que acababan de llevarse
muchas de las allí presentes, insistía: —¿No querían saberlo? Pues ya lo saben:
está confirmado. De modo que no pierdan su tiempo en bautizarlo. Y ahora, ¡que
se diviertan! Dicho lo cual abandonó la sala, sacudiendo sobre sus hombros la
rubia melena y dejando entre sus amigas, bajo el disimulo de los comentarios
risueños, esa mezcla de admiración y de rencor que inspiran los espíritus
afortunados y llenos de sí mismos, cuando además poseen el don de la gracia.
—¡Ah, muchachita loca! –comentó la señora Ladera, para exculparla ante Marcos–.
Hace y dice cuanto se le ocurre. —¿Loca? –rectificó don Manuel–. La sangre
corsa que le corre por las venas. Esa gente sabe ir siempre derecho a lo que se
proponga. Rato después se disolvía la tertulia y las amigas de las Laderas
regresaban a sus casas en silencio, suspirantes, de tanto haber reído y porque
para noches románticas, las noches de luna de
Upata... Los techos de palma, los árboles quietos, el alto peñasco, los
montes lejanos... Pero ya no se oían las guitarras, ni los bandolines...
IV
Los Ardavines
Desde lejanos tiempos, los Ardavines venían
figurando como hombres valerosos en la sangrienta historia de las revueltas
armadas que, cual renitencias convulsivas de las profundas conmociones de las
guerras de la independencia y de la federación, continuaban sacudiendo el país,
y así como en otras regiones otros generalotes, a ello debíanle, de padres a
hijos, el cacicazgo del Yuruari. No siempre, es cierto, fueron una perfecta
calamidad. País escasamente poblado y de gente aventurera y bravía –avalanchas de
hombres de presa al cebo de la fortuna rápida–, allí como a las mordeduras del
lobo en los mismos pelos, a los males
del caciquismo en los caciques se les buscaba remedio y en ocasiones hubo
Ardavines que desempeñaban oficios de poder moderador, a cuya sombra la gente
pacífica podría librarse de los atropellos de las autoridades menores y de los
desmanes de los matones que por la región pululaban, siempre que les fuera
adicta, desde luego, o como por allí se decía en jerga de galleros: siempre que
se les metieran bajo el ala. Uno de estos raros caciques buenos y quizá hasta
un caudillo, en la mejor acepción de la palabra, parece que iba a ser José
Gregorio Ardavín; pero a lo más prometedor de su naciente carrera política se
apartó de ésta y de la sociedad, se amancebó con una india arecuna que se había
traído consigo de una expedición al alto Caroni y se internó en unos montes que
poseía en las inmediaciones de El Callao. Según algunos, la causa de este
repentino trastorno y fracaso de su vida sería un mal bebedizo que le
administrara la india para adueñarse de su voluntad; pero según otros, mejor
informados al parecer, fue la repugnante enfermedad del carare, adquirida de la
convivencia con la indiada durante aquella expedición, pues siendo muy
cuidadoso del buen aspecto de su persona, cuando le aparecieron aquellas feas
manchas incurables decidió aislarse, y así vivía, con la arecuna, en los montes
de "Palo Gacho" hacía quince años. Lo reemplazó en el cacicazgo su
primo Miguel. Militar mediocre y político chanchullero de los de "un
tirito al gobierno y otro a la revolución" y sin más miras que las del
peculado. Miguel Ardavín nunca habría pasado de pálido satélite del primo; pero
en vida activa éste, su política marrullera había consistido en recoger a su sombra
a todos los malos elementos del ardavinismo que fueran quedándose sin la
protección del escrupuloso José Gregorio y con ellos formó el núcleo inicial de su partido, en torno al
cual congregáronse después los que no sabían vivir sino bajo la jefatura del
apellido histórico. Hacía varios años que venía disfrutando de su feudo, con
ejercicio de autoridad pública o sin ella, pues aun en este último caso era el
régulo de lo que podía llamarse la política regional, y si su prestigio no era
tan grande como llegó a serlo el de José Gregorio, sí era cuantiosa su fortuna,
suyas las mejores concesiones mineras y las empresas purgüeras más importantes,
al frente de las cuales sus oficiales entretenían los ocios bélicos
extorsionando peonadas que se convertirían en tropas cuando el jefe así las
necesitase. Menos todavía era José Francisco, hermano de José Gregorio; pero en
él la diversidad se complicaba con un caso singular aunque muy propio del
medio. Carente del valor tradicional de la familia hasta los extremos de la
cobardía, pero doblado de impulsivo hasta los límites de lo patológico, esto
hubo de suplir por aquello, sin lo cual nadie podría vivir en la tierra de los
hombres machos y menos un Ardavín, llegando a ser tan perfecta la simulación, o
mejor dicho, tan aparatosa, que muy pronto logró su propósito de hacerse
temible. Comenzó por baladronadas a la sombra del respeto que inspiraba su
hermano, entonces en el auge de su prestigio político: emborracharse, meterse a
caballo en las tabernas y garitos, quebrar a tiros las botellas y volcar a
repechadas de la bestia las mesas de juego, aunque después tuviese que pagar
daños y perjuicios excesivos. Que por la cuenta que esto les dejaba y por el
temor de que José Gregorio, a pesar de su respeto por la propiedad ajena,
practicase el proverbio de "a los suyos con razón o sin ella",
tolerábanle tales atropellos los dueños de aquellos establecimientos. Pero sólo
él sabía cuántos es fuerzos le costaban estos escarceos de machía, que, lejos
de aplacar los fantasmas de su miedo fisiológico –nervios destemplados, carne
ruin–, le fueron creando otro, aun más atormentador. El aura que le formaba la
mentira de su bravura y la fatal necesidad de acreditarla algún día con
ejecutorias positivas, acabaron bien pronto por infundirle temor, ya morboso,
de sí mismo, de los temerarios arrestos que en un momento dado pudieran
ocurrírsele al falso valiente de día en día desligado del control a que al
principio lo sometiera. Sólo que al darle cabida en su espíritu a esta
reflexión ya penetrada de un sentimiento de inferioridad dúplice, no calificaba
de falso al Ardavín valeroso que quisiera manifestarse en él, sino por el
contrario, al que sudaba frío y temblaba por aquél, no permitiéndole revelarse
tal cual era. Hasta que por fin esta figuración de desdoblamiento, que ya era
un pie en el umbral de la locura, se le materializó de tal modo, una mañana de
borrachera tempestuosa la víspera, que sintió cual si de su cuerpo se
desprendiese otro, llevándose todo el valor vital y las energías de ánimo, a
tiempo que lo dejaba, por ilusoria mitad, yerto de pavor y de muerte próxima. Y
gritó delirante: —¡No lo dejen salir, que van a matarlo! ¡Sujétenlo! Era el
fantasma de sí mismo, que ya no podía contentarse con aparatosas baladronadas,
por causa de las cuales, intolerables ya y faltándole la sombra protectora del
hermano –pues no se le escapaba que la de Miguel no lo cobijaría mucho–, se
vería de un momento a otro en el trance de mostrarse capaz de la positiva
proeza de bravura. Para entonces, cediendo ya los complejos que pudieran
contener aquella alma en delirio, le ocurrió enamorarse de Maigualida Ladera.
En realidad, lo había estado desde niño, sino que bajo la forma de un
aborrecimiento rencoroso por una broma
inocente que entonces ella le diera, preguntándole: —¿A cómo vendes los
pañuelos? –por decirle que llevaba fuera las faldas de la camisa. Y quizá
Maigualida, que de jovencita también le estuvo enamorada – por causa de aquella
misma broma, posiblemente, que tanto lo afectó a él–, hubiera terminado por
aceptarlo a pesar de todo, si al declararle su amor, ya tumultuosa pasión
apenas roto aquel encubrimiento de timidez, no lo hubiese hecho con tan
desordenada vehemencia, mostrándole la espantosa intimidad de su corazón al
borde del crimen y suplicándole que no lo abandonase a tal destino. Pero más
poderosa que la inclinación que hacia él pudiera sentir fue el terror que la
sobrecogió ante semejante confidencia y se quitó de la ventana donde ya oyera,
dejándolo plantado. —¡Pues mía o de nadie! –juró Ardavín. Y no tardó mucho en
cumplir su amenaza. Un día, ausente de Upata, recibió aviso por uno de sus
amigos de que Maigualida tenía novio, forastero por añadidura. Inmediatamente
regresó al pueblo y como encontrase a su rival ante la ventana donde a él lo
había desairado, lo desafió a muerte y, sin darle tiempo para que sacase el
revólver, allí mismo le descargó el suyo en el pecho.
Lance personal y muerte dada en
defensa propia –para la justicia sobornada–, apenas purgó aquélla con unos
meses de prisión. Pero ya nadie podía dudar que José Francisco Ardavín fuese
hombre de armas tomar y el propósito de hacerse temible ya estaba logrado.
Ases y suertes
Francisco Vellorini, extranjero y
rico, podía disponer de sus cargas a su
conveniencia o su capricho, pero no así los demás clientes de Manuel Ladera, y
cuando éste les recomendó a Marcos Vargas para que continuasen confiándole el
acarreo de sus mercancías, unos respondieron que lo pensarían y otros que
acababan de comprometerse con el Coronel – que por antonomasia lo era José
Francisco Ardavín, así como para referirse a Miguel decíase, simplemente, el
general–. Criollos y pequeños capitalistas, para aquellos comerciantes podía
ser sentencia de ruina o de muerte la enemistad de los caciques. Pero Marcos
Vargas no se afligió y la ocasión acudió en su auxilio aquella misma noche,
cuando al pasar frente a un garito en cuyo interior sentíase marejada de gentío
inquieto, oyó decir que allí estaba José Francisco Ardavín, borracho y
perdiendo dinero a los dados. —¡Conque ahí está el tigre! –se dijo,
deteniéndose–. ¿Y si entráramos a batirle en la cueva, antes de que él me lo
haga a mí en un momento dado? Esta noche tiene la mala, según dicen, que si la
regla no manca, debe ser la de aprovecharlo. Una ronca a tiempo siempre da buen
resultado. Y entró en el garito, no propiamente con ánimo de provocación, sino
para conocer a su peligroso competidor y para someterse de una vez y cuanto
antes a una experiencia inevitable: comprobar si en realidad sería capaz,
llegado el caso, de enfrentarse con un hombre de las condiciones de Ardavín.
—Porque una cosa son pescozadas y cabezazos, que ya éstos los di cuando
muchacho, y otra, muy distinta, tiros y puñaladas de hombres que pueden dar
asco. Y así diciéndose mentalmente, llegó hasta la mesa de dados donde jugaba
el coronel Ardavín.
Era éste un hombre como de treinta
años, de buena presencia y facciones finas, pero estropeadas por el gesto del
matón, más visible y chocante durante
las borracheras, que las tenía sombrías. Los que le hacían el juego,
gananciosos, o también pertenecían a lo mejor de Upata, carreros casi todos, o
eran forasteros que ya tenían participación en las empresas mineras y purgüeras
de los caciques o tratándose de congraciarse con éstos venían en busca de
aquélla; pero ni unos ni otros ya se sentían a gusto en torno al tapete, porque
Ardavín no sabía perder y se estaba poniendo pesado. A sus espaldas,
guardándoselas, estaban tres sujetos malcarados que nunca lo desamparaban.
Acababa de ganar, por primera vez, y ya sacudía los dados cuando advirtió la
presencia de Marcos Vargas. —¡Señores! –exclamó–. Ha llegado el terror de los
carreros del Yuruari. El hombre que viene a arruinarnos a todos. Y como Marcos
Vargas se limitase a sonreír, desde el umbral de la puerta donde se había
detenido y sin darse por provocado, agregó en lenguaje de gallero y con tono
más insolente: —Un pollo nada más. Emplumando todavía. —Sí, coronel, emplumando
todavía –repuso Marcos Vargas, como si lo tomara a broma amistosa–. Pero aquí
vengo a aprender de usted a dar con la espuela. —Vamos, José Francisco
–intervino uno de sus amigos, viéndolo empalidecer–. Ya está hecho el juego. Di
topo y tira los dados. Pero Ardavín no podía dejar sin respuesta aquellas
palabras reticentes: —Sin embargo –dijo–, Musiú Vellorini anda proclamando por
ahí que usted es de los que entran matando al picar. Pero como yo no creo en
milagros de patarucos, al careo me remito. —No haga caso de lo que oiga por la
calle, coronel –replicó Marcos sin alterarse–. No pretendo arruinar a nadie,
pues para eso se necesita ser rico como usted,
sino ganarme la arepa, simplemente. Deje que el sol alumbre para todos.
—¿Usted como que ha venido a darme consejo? –rebatió Ardavín, pasándose los
dados a la mano izquierda para tener la diestra expedita. Visto lo cual,
insistieron sus compañeros: —Echa los dados, José Francisco.
Mientras otros le hacían señas a
Marcos para que se retirase, y a tiempo que uno de los espalderos de Ardavín le
susurraba a éste: —No vale la pena, coronel. Ahí no hay hombre para usté.
Volvió los dados a la diestra y comenzó a sacudirlos. Marcos Vargas permaneció
en el sitio, todavía sonriente y experimentando una voluptuosidad nueva para
él: el pleno dominio de sí mismo ante el primer hombre peligroso con quien se
encaraba, algo que lo hacía sentirse macizo y clavado en el suelo.
Transcurrieron así unos momentos, pero Ardavín no echaba los dados, su mano tal
vez no le obedecía y el sonido de aquéllos entre ésta crispada era ya una larga
medida angustiosa del silencio que se había producido en el garito. De pronto y
con la palidez ictérica de una resolución extrema ya pintada en la faz, puso
los dados sobre la mesa e interpeló a Marcos, altaneramente: —Bueno, joven. ¿Ha
venido usted a jugar o a buscar lo que no se le ha perdido? Y esta pregunta dio
el último toque a la idea que ya se le estaba ocurriendo a Marcos Vargas: —¿Qué
le diré, coronel? –repuso–. Ganas de tirar una paradita no me faltan. Ardavín
se llevó la diestra a la empuñadura del revólver. Se produjo un desplazamiento
de los jugadores: unos hacia el que amenazaba esgrimir el arma; otros hacia los
lados. Marcos continuó, sonriente: —No es de eso, coronel. —¡Ah! Creí que se
trataba de una parada de hombre. ¿Es de plata, entonces? Pero ¿tendrá usted la
suficiente como para que yo se la acepte en mi tiro? —De plata, propiamente, tampoco es. —¿De
boquilla, entonces? Pues siga su camino, porque ni yo fío en la palabra del
primer recién venido, que bien puede ser un maula, ni he puesto esta jugada
para hacer obras de caridad. Y a sus espalderos: —¡Saquen de aquí a ese
muérgano! Pero las injurias no hacían sino reforzar aquella sensación de
plenitud de sí mismo que experimentaba Marcos.
—Aguarde un momento, coronel –dijo,
avanzando hacia la mesa–. Óigame la parada, que puede ser que le guste.
Detuviéronse los espalderos a una seña involuntaria de Ardavín y Marcos
continuó, siempre avanzando hacia la mesa: —Todavía no tengo sino un cliente:
Vellorini Hermanos. Los demás son o serán de usted. Pero como no podré sostener
mi negocio con las cargas de los Vellorini solamente y como para estar colgado
más vale caer de una vez, le juego Vellorini Hermanos contra Ledezma y
Compañía. La sorpresa de la singular proposición hizo cambiar bruscamente la actitud
agresiva de Ardavín: —¿Qué clase de parada es ésa? –interrogó. Y Marcos se
limitó a replicarle, en la jerga del caso: —¿Dice o no dice topo? Fíjese en que
Ledezma y Compañía son mercancías solamente y en que le doy de ventaja el
purguo de los Vellorinis, pues se los juego en paro. Se produjo un murmullo. Al
coronel pareció disipársele de pronto la borrachera. Ahora se le estremecían
los músculos maseteros. Los circunstantes vieron precipi tarse la tragedia y
los espalderos se miraron unos a otros. Marcos Vargas se había hecho sitio
entre los que rodeaban la mesa. Intervino el empleado que cobraba del monto de
las jugadas el tanto por ciento de la casa: —Esa clase de paradas no están
permitidas aquí, joven. Pero Ardavín reaccionó contra él: —¿Y a usted quién lo
ha autorizado para que se mezcle en este asunto? Aquí nos jugamos la vida, si
nos da la gana. Y a los amigos, dando libre curso a su propensión por el hablar
plebeyo: —Compañeros, permítanme una palomita. Voy a pegarme rolo a rolo y
verbo a verbo con este amigo que está jugando resteado. Voy con usted, joven.
¡Topo la parada! Recogió los dados y volvió a sacudirlos en el hueco de la
diestra, en medio del silencio unánime. Pero Marcos Vargas advirtió que se
había dejado uno, puesto en suerte, sosteniéndolo fijo con el meñique, mientras
sacudía solamente el otro contra la sortija. Y protestó: —Así no, coronel. No
me maraquee el dado con la sortija.
Coja el cubilete o retiro la
parada. O me deja correr los dados hasta el centro de la mesa. Ardavín aparentó
no hacer caso. —¡Topo dije! Y echó los dados. Pero los dejó correr hasta el
centro del tapete y salieron ases. Había perdido. Se produjo el murmullo. Se
sintió que ya en él palpitaba la admiración. Marcos Vargas no era un novicio,
como se habían imaginado muchos y la martingala de la sortija no le había dado
a Ardavín el resultado de otras veces. ¿Se quedaría con aquella protesta? –se
preguntaban algunos–. Marcos Vargas le había sacado la trampa a la cara en
presencia de todos. —Coja los dados –díjose José Francisco Ardavín–. Todavía me quedan
clientes y esta noche vamos a ver el hueso usted y yo. —Eso es cosa suya,
coronel. Yo estoy resteado desde el principio. Recogió y sacudió los dados y
agregó, al tono de la fanfarronería chocarrera del otro: —Vaya diciendo por esa
boca. Los nervios de Ardavín –que nunca fueran tratados así– hacían bruscos y
diversos movimientos inútiles, disparados y reprimidos unos por otros. —Va
Pérez Brindis, Sucesores, contra Vellorini Hermanos, con purguo y todo. ¡Y
maraquee bien los dados! —Me lleva
prensado, coronel, pero ya le di a entender que su boca sería la medida. Y en
cuanto a lo otro, oiga el golpe. Yo no cargo sortija. Este toctoc es hueso
puro. —Diga topo, joven –intervino el casa, creyendo que Marcos iba a echar los
dados sin cumplir aquel requisito indispensable para la validez de una jugada.
—No me hable en mi tiro –replicó–. ¿No le han dicho ya que en este asunto no
tiene que meterse? Y por Ardavín: —¡Topo el tercio! Echó los dados con ademán
tahur. Salieron suertes. Una vez más el murmullo ya creciendo; Ardavín había
perdido otro de sus principales clientes.
De la mesa había desaparecido todo
el dinero de la jugada interrumpida. Detrás de Marcos se había abierto un claro
entre los mirones. Los espalderos no quitaban la vista del rostro del coronel,
pálido como nadie lo viera nunca. Pero la réplica de Marcos al empleado de la
casa produjo de pronto en el ánimo desordenado de Ardavín un efecto a distancia
e inesperado aun para él mismo. Se le disipó la tensión agresiva, pues aquellas
palabras –que era ahora cuando propiamente las percibía fueron para él algo así
como si Marcos, con quien ya estaba a punto de fajarse a tiros, le hubiese dado
una muestra de acatamiento. Cual si hubiera dicho al casa: —Aquí no hay sino un
hombre, José Francisco Ardavín, que ya le ha prohibido intervenir en esta
jugada. Y los movimientos inútiles e interferidos concurrieron todos a un
resultado insólito. Dio unas palmadas llamando al mozo del botiquín y le
ordenó: —Sirva champaña para todos. Y alzando la voz: —He perdido dos clientes
que maldita la falta que me hacen, pero he descubierto un hombre. ¡Un hombre a
quien no se le agua el ojo ante otro hombre completo! ¡Y José Francisco Ardavín
es amigo de los hombres machos! Se descargaron en charla ruidosa los ánimos
contenidos. Unos comentaban las genialidades del coronel; otros lo insólito de
aquellas paradas; otros, discretamente, la audacia de Marcos Vargas y el
humorismo que había en aquello de jugarse los Vellorinis contra los Ledezmas,
comerciantes enemigos acérrimos; y cómo durante tales jugadas los gananciosos
de las anteriores habían tenido la previsión de retirar sus dineros,
aprovechando ahora lo contento que parecía hallarse Ardavín, dieron por
terminada la partida y abandonaron el tapete. Ardavín soltaba ajos
estruendosos, pedía más y más champaña y exclamaba una y otra vez: —¡Así me
gustan los hombres! Y era tan frenético su entusiasmo que no parecía sino que
hubiese sido él y no Marcos Vargas el héroe de la proeza, tal vez porque sus
espalderos y aduladores no se cansaban de exclamar, como quien pondera
grandezas: —¡Ah, coronel! Sin embargo, varios amigos de los que acababa de
conquistarse Marcos Vargas se apresuraron a aconsejarle:
—Tenga cuidado con ese hombre, que
ahora es cuando está más peligroso. Mejor es que se vaya con nosotros. Pero ya
Marcos no podía retroceder, no sólo porque la prudencia, entendida de otro
modo, aconsejaba no dar demostraciones que pudiesen envalentonar a Ardavín,
sino porque también en él se había desatado ya la fuerza que los impulsaba a
todos a la afirmación violenta de la hombría. En la tierra de los galleros el
hombre tenía que hacer como el gallo que se engríe y canta después que mata. En
realidad quien balandroneaba era Ardavín: —¡Más champaña! Traiga toda la que
haya en el botiquín. Aquí todos somos iguales y quiero que todos me acompañen a
celebrar el conocimiento que he hecho con este hombre completo que nos trajo
Manuel Ladera. Pero al pronunciar este nombre un nuevo sentimiento se introdujo
de pronto entre los que se disputaban su espíritu bajo la tormenta del alcohol.
Contrajo el ceño, le cruzó por el rostro una expresión sombría, soltó luego una
risotada que bien podía ser incoherencia de la borrachera, pero que parecía
algo más y de súbito: —¡Vamos, Marcos Vargas! Vamos a despertar a los clientes
que me ha ganado para entregárselos personalmente. ¡Para entregárselos, sí!
Porque ésos eran míos, como es mío el ganado que lleva mi hierro. Ésos eran
clientes de Manuel Ladera hasta ayer no más y tuvieron miedo de seguir dándole
las cargas a sus carros en cuanto yo se las pedía para los míos. Por eso se los
voy a entregar personalmente, como quien entrega un ganado que ha vendido.
Porque con los cobardes no hay que tener consideraciones, ¿verdad, Marcos
Vargas? —Deja eso para mañana, José
Francisco –intervinieron los que habían simpatizado con Marcos, recelosos de
las intenciones de aquél al querer llevárselo consi go–. Esa gente está
durmiendo hace rato. —¡Como las gallinas, sí! Pero tendrán que levantarse,
porque el que pertenece a otro tiene que estar siempre a la orden. Además, yo
no puedo dormir tranquilo con deudas pendientes. Y de juego menos. Puedo
morirme esta noche y entonces voy a estar penando por toda la eternidad. Y
entre risotadas: —¡Las cosas suyas, Marcos Vargas! Mire que yo he visto paradas
raras desde que estoy jugando dados, pero como ésas que usted me ha ganado esta
noche ni me las había imaginado. "Le juego Vellorini Hermanos contra
Ledezma y Compañía". ¿No fue así como dijo, Marcos Vargas? Véngase conmigo
para entregárselos.
En eso llegaba el mozo del botiquín
con el servicio pedido. De una manotada barrió del platón las copas de
champaña, vociferando: —No sirva más champaña por cuenta mía. El que quiera
beber que gaste su plata. Aquí no habemos sino dos hombres y ésos nos vamos.
Unos rebulleron ofendidos, otros hicieron señas de que no les diesen
importancia a tales palabras y Ardavín se llevó a Marcos Vargas, cogiéndolo del
brazo y repitiendo: —¡Dos hombres, y ésos nos vamos! ¡Dos solamente! Mas apenas
había dado unos pasos cuando de pronto se retuvo, empujó a Marcos y echándose
atrás sacó el revólver, diciendo: —¡Qué cuento de dos! Aquí no hay sino un
hombre –!uno solo!– que es José Francisco Ardavín. Pele por su revólver para
que arreglemos de una vez estas cuentas confusas. Se interpusieron los amigos,
unos a impedir que Marcos hiciese armas, otros a evitar que Ardavín disparase
la suya y éste vociferaba y forcejeaba energúmeno, cuando, dominando el
tumulto, se oyó una voz de mujer: —¡José Francisco! ¡Guarda ese revólver! Y como por encanto amainó la
furia del borracho. —No es nada, negra –balbuceó sumiso–. No es nada. Era una
mulata bien formada y vigorosa, antes de la carrera y ahora barragana de
Ardavín, a quien por esto y por el inmundo dominio que ejercía sobre él
apodaban La Coronela. Apestaba a perfumes finos copiosamente gastados y entre
el carmín y los polvos y la soflama del genio traía amoratada la tez. Como la
danta impetuosa por el monte tupido reventando malezas, se abrió paso por entre
los hombres que rodeaban al suyo y apoderándose de él, bien asido el brazo ya
inerme: —Vámonos para casa –díjole, sin miramientos. —¡Cómo no, negra! Sí, nos
vamos. Basta que tú lo mandes –repuso Ardavín, tartajosa la voz entre los
ahogos que eran todo lo que le quedaba de la cólera–. !Marcos Vargas! No es que
me voy, sino que me lleva la negra Juanifacia, como dice ella que se llama, que
es la única persona ante quien baja la cabeza José Francisco Ardavín. —¡Anda
para casa, borracho indecente! –dijo la mulata. Y se lo llevó, como cosa suya.
Pero ya en la calle insistió Ardavín a gritos:
—No es que me voy, sino que me
lleva la negra Juanifacia. !Adiós, Marcos Vargas! Démele un saludo a Manuel
Ladera. Dígale que José Francisco Ardavín le manda un abrazo. Y soltó una
risotada que frunció el ceño de los que la oyeron, ya conociéndola.
El fantasma encarnado
Hasta cierto punto aquella furia de elementos
infrahumanos, aquella cosa de la mulata Juani facia –que así pronunciaba su
nombre de Bonifacia– era una víctima del medio. Y allí estaba ahora,
atormentado y abatido al borde de la cama mercenaria, los codos sobre las
rodillas, la frente entre las manos, cuando oyó que llamaban a la puerta
preguntando por él, y la barragana contestaba, despreciativa: —Ahí está
durmiendo su borrachera. Pase pa dentro y dispiértelo usté mismo si le interesa
mucho hablar con él. Se obscureció la habitación cuando el que llegaba se
detuvo en el umbral. José Francisco se incorporó bruscamente, con movimiento
maquinal de la diestra al revólver sobre el velador, y el que se había quedado
en la puerta dijo, con sorna: —Deje tranquilo el perfumador, coronel. Soy yo.
Gente de paz. —¡Ah! ¿qué te trae por aquí, tan de mañana, Pantoja? Era un zambo
gigantesco, de rostro deformado por cicatrices. Las de los machetazos que le
diera Enrique Vargas en la desesperación de su vida en peligro –que ni aun así
pudo salvarla– la noche de la degollina de Vichada. —Vengo a pegarle un sablazo
–dijo– mandado por el general. Pero no es tan de mañana como usté se imagina.
—¿De cuánto? –preguntó, haciendo esfuerzos por superar la atonía mental del
estrago alcohólico.
—De una esterlina no más fue el que
quise darle a él, pa pagá unos piquitos que debo por el camino; pero me salió
con que no tenía dinero a mano y que me llegara hasta acá para pedírsela a
usté. Por cuenta suya, supongo yo que será. —¿Miguel como que se ha imaginado
que yo soy tesorero suyo? – murmuró José Francisco–. Siempre está echándome el
muerto encima. —¡Barajo, coronel! –repuso el zambo–. Mire que lo escucha
la Juanifacia, que anda curucuteando por
ahí, y puede tomá la palabra al pie de la letra. Aquí no se trata de un muerto,
sino de un vivo, que es el general. Dicho sea con el respeto debido. Y como
José Francisco no se decidía a lo del dinero pedido, insistió: —Yo no hubiera
venío a molestarlo tan de mañana si no juera porque estoy limpio pa cogé
camino. —¿Para dónde la llevas? —Pa San
Félix. —¿Otro negro? –murmuró Ardavín, sin levantar la cabeza, y con displicente
alusión al último crimen de Cholo Parima, ahora comisario Pantoja al servicio
de las autoridades del Yuruari. —¡No, coronel! –replicó el hombrón, alojando
una sonrisa cínica entre sus cicatrices–. Esta vez voy escotero, a Dios
gracias, y de recorría simplemente. Agregando, al cabo de una pausa: —Manque
también llevo un recao del general pa el jefe civil del puerto. —¿Si? —Una encomienda sin importancia: que le vaya
amarrando el gallo que le tiene ofrecío, porque, primeramente Dios, en las
próximas fiestas piensa jugarlo. Y luego, con intención reticente: —Una
naitica, como quien dice. ¿Verdá, coronel?
—Así parece, por lo menos. —¡Jm! Pero... como dice el dicho que perro
viejo late sentao... —Ya tú sabes de qué gallo se trata –completó Ardavín, displicente.
—Y usté también posiblemente.
Como que algo va a jugarse también
en su pata. Sospechaba el zaino ladino –espaldero que había sido del general
Miguel Ardavín cuando éste fue gobernador del Territorio Amazonas, de donde se
lo trajo consigo bajo el nombre de Pantoja, y a
cuyo servicio continuaba aunque aparentemente al de las autoridades del
Yuruari– que lo del gallo debía ser algún recado en clave, acaso relacionado
con los proyectos revolucionarios que se le atribuían al caudillo, ahora apartado
del poder, pues no era la primera vez que en casos semejantes le confiaba
parecidas encomiendas, y como suponía que José Francisco debía de estar en el
secreto y la ocasión era propicia para arrancárselo –con lo cual tendría prenda
para hacer valer en un momento dado– dijo todo aquello. En realidad, José
Francisco estaba en el secreto de los planes de Miguel, aunque sólo de una
manera general y vaga, y ahora compartía las sospechas del comisario respecto
al gallo del recado; pero al mismo tiempo acababa de ocurrírsele una idea suya
y la manera de deslizarla al cobijo de aquel sobreentendido. Y preguntó, con
entonación ambigua: —¿Conque una libra esterlina necesitas para ponerte en
camino a desempeñar esa encomienda del general y él mismo te dijo que vinieras
a pedírmela por cuenta suya? ¿No será poco. Cho... –este que digo– Pantoja?
¿Poco flete para tanta carga? —¡Jm! ¿Me
lo pregunta a mí, coronel? Porque, francamente, el "este que digo"
ese... Y José Francisco, como si no hubiera oído estas palabras, prosiguió
desarrollando su plan: —Voy a darte cuatro, que es todo lo que tengo a mano por
el momento. Cógelas tú mismo de mi monedero, ahí en la blusa. —Pues he salido
ganando con que el general estuviera limpio –dijo Pantoja, disponiéndose a
tomar el dinero de donde se le indicaba. —Es el general quien realmente te las
da. Tenlo en cuenta para la hora de los agradecimientos. Yo no quiero ganar
indulgencias con escapulario ajeno. —De todos modos, ¡Dios se lo pague, coronel! –repuso el zambo
maliciosamente–. Ahora sí puedo cogé camino tranquilo y hasta echá una canita
al aire, allá en San Félix. Y Ardavín entre bostezos que parecían forzados:
—Por allá te vas a tropezar con Manuel Ladera. Ha debido salir esta madrugada,
por lo que oí decir, y si apuras un poco... Otro bostezo, con desperezamiento
de brazos, y: —Lo dejas por el camino.
Brillaron comprensivos los ojos del zambo. Otra vez la sonrisa siniestra
reptaba por entre los costurones deformantes del rostro. Pensó: —¿Conque ése
era el gallo? ¡Ah, general y su coronelito! Y luego, en alta voz: —La cosa es que
si ha salío de madrugá como usté dice, es mucha la ventaja que debe de
llevarme. —¡Buen! Te lo encontrarás en San Félix, donde va a entregarle sus
carros a un tal Marcos Vargas a quien se los ha vendido. Cholo Parima se
acarició las cicatrices al oir el nombre del hermano de su víctima del Vichada
y Ardavín concluyó: —Creo que también va a embarcar un ganado... Que según he
oído decir es el último lote que sacara de "La Hondonada"... Digo: en
este año. A la cual, todo bien entendido, agregó Parima: —Si Dios no dispone
otra cosa. Y luego: —Bueno, coronel. Ya he tenío el gusto de saludarlo. Que se
le pase pronto ese ratón. —Que me tiene loco, chico. No sé ni lo que digo.
—Pero se le entiende. Lo demás... —¡Lo demás es lo de menos! Anda y vuelve. —Ya
me estoy diendo. Momentos después Cholo Parima se ponía en camino, erguida
sobre la bestia su corpulencia sombría,
sonriendo para sus abismos interiores y acariciándose las cicatrices.
Que cuando esto hacía se acordaba de "la noche en que los machetes
alumbran el Vichada" y murmuraba entre dientes: —¡Cómo me puso el difunto!
Recuerdo que, además, ahora le venía de la alusión a Marcos Vargas hecha por
José Francisco Ardavín. Éste se pasó todo el día durmiendo y cuando despertó de
nuevo, ya entrada la noche, volvió a sentarse al borde de la cama mercenaria,
cruzó las piernas, acodó el brazo derecho sobre ellas, descansó la frente en la
palma de la mano y se preguntó:
—¿Por dónde irá ya Cholo Parima?...
¡Miren que es mucha coincidencia ese viaje para San Félix, hoy, precisamente!...
¿Quién mandaría a Manuel Ladera a coger ese camino?... ¡Y pensar que nunca
hubiera sucedido esto si no se hubiera empeñado en atravesarse en el mío!...
¿Por dónde irá ya Cholo Parima? Y durante un buen rato se le fijó en la mente
la imagen de éste: gigantesca figura siniestra, estrecha frente ceñuda bajo la
cual iba una idea suya a ponerse por obra... Un vaivén de marcha a caballo,
repercusión de su fantasma encarnado en el jinete sombrío, movíale la cabeza
borracha apoyada en la mano...
V
Las palabras mágicas
Las primeras noticias acerca de
aquellos panoramas le habían llegado a Gabriel Ureña hacía los quince años. De
vuelta a Caracas, por vacaciones, uno de sus tíos, que era jefe del resguardo
del puerto de San Félix, llevó un precioso chinchorro tejido por los indios
arecunas del alto Caroni, un moriche del delta del Orinoco muy cantador y un
pichón de minero de los bosques del Cuyuni, pájaro salvaje que, según la
leyenda, no canta sino donde hay yacimientos auríferos, de lo cual le viene el
nombre. Llevó también un bastón de palo de oro para regalar a su hermano, el
padre de Gabriel, y para éste un alfiler de corbata que ostentaba un cochano de
los aluviones del Yuruari, y entre otras cosas para sus hijos, una ranchería de
indios con su churuata y sus curiaras, todo de balatá de los bosques de
Gaurampín. Finalmente, llegó en compañía de Maigualida Ladera, que para
entonces no llegaba a los quince, y de una inglesa larguirucha y sumamente fea,
la primera para obsequiarla con una temporada en su casa, en correspondencia de
las atenciones que en la de ella había recibido, y la segunda –de nombre Eva,
nativa de Trinidad, a la cual había conocido en Guasipati como institutriz de
las niñas del general Miguel Ardavín– para que les enseñase el inglés a sus
hijas. La upatense, bonita, graciosa, cantarino el acento, sugestivo el nombre
indígena, regresó muy pronto a su pueblo; el pichón de minero, no pudiendo
acostumbrarse al cautiverio de la jaula, murió a los pocos días; pero aquélla
con sus encantos, éste con su leyenda y el
tío con lo que refería de las prodigiosas riquezas del suelo guayanés,
trastornaron el espíritu de Gabriel con ansias de aventuras y hechizos de
amores románticos. Imaginó el fascinante paisaje a base de los regalos del tío.
Del palo de oro del bastón salieron los árboles de la selva maravillosa; del
cochano del alfiler los estupendos aluviones que afloraron del suelo, el
moriche y el minero dieron los claros rajeos y las melancólicas campanadas que
turbaban el hondo silencio del ensueño; de la ranchería de balatá salieron los
indios en sus curiaras por los grandes ríos y los misteriosos caños y éstos se
poblaron de nereidas con el cantarino acento de Maigualida.
Eva ponía las notas dramáticas con
sus sañudos recuerdos de Guasipati: camino de un cementerio, un árbol sin
hojas, un yaacabó parado en sus ramas, días de lluvia sin tregua, de lluvia
menuda y silenciosa; entierros, una tras otra las víctimas de las fiebres
reinantes y a cada una que pasaba, el canto del pájaro fatídico en la rama
pelada: —¡Yaa–cabó! ¡Yaa–cabó! A Eva le habían producido muy malos ratos las
niñas de Miguel Ardavín y tomaba la revancha con aquella espeluznante pintura.
Y como al imitar el canto agorero le bizqueaban los ojos y se le brotaban los tendones
del cuello, con lo cual se ponía más fea que de suyo, Gabriel pudo formarse
idea de lo impresionante que sería la cantinela funeral del yaacabó. Y las
exploraciones por el mapa de Guayana, así que hubo partido Maigualida. Palabras
indígenas, sugestivas palabras de bárbaras lenguas tendidas sobre tierras
misteriosas, aquellas denominaciones geográficas de ríos, caños y montes tenían
para su imaginación una mágica virtud. Solía pasarse largas horas contemplando
las líneas sinuosas de los ríos y las sombras de los montes, como si navegara
o se internara por ellos, y con
emociones de percepción real oía el bramido de las aguas donde decía cataratas
y sentía el silencio de las tierras desiertas en los claros del mapa. Después
las lecturas. Los viejos mitos del mundo renaciendo en América: la leyenda del
lago encantado de la Parima, de Amalivac, el misterioso hablador de las selvas
del Sipapo, del aéreo palacio del cacique Manoa, del trágico Dorado en pos del
cual sucumbieron los conquistadores, bajo el ademán perdicionero del brazo del
indio, siempre tendido hacia un más allá. Y las lecturas místicas, a cuyo
influjo muchas de aquellas palabras adquirieron para su fantasía un sentido
religioso. Eravato, Marevari, Doraima, Duida fueron para él ríos y montes de
una tierra sagrada, que no podía imaginársela sino bajo los resplandores de un
crepúsculo trágico y, al mismo tiempo, palabras cabalísticas de una gran voz
que clamaba en el desierto. Más tarde comprendió que el sentido dramático no
residía en los vocablos mismos sino en el dolor de las cosas designadas o
sugeridas por ellos. El drama de la selva virgen, la llanura solitaria, el
monte inexplorado y el río inútil, grandioso panorama de epopeya en cuyo vasto
silencio se perdían los gemidos de una raza aniquilada y no bien sustituida
todavía. Pero estas mismas nociones positivas continuarían recogiendo los
fulgores de aquellas lumbraradas místicas:
Las calamidades de aquella región
substraída al progreso y abandonada al satánico imperio de la violencia, eran
de la naturaleza de las maldiciones bíblicas. Ya estaba ante aquellos
panoramas; pero no iba en plan de aventuras ni siquiera impulsado por la
curiosidad de conocerlos. La vida lo había formado sedentario y de aquellas
ansias viajeras que tantas veces lo inclinaron sobre el mapa, las que entonces no hubiesen hallado plena
satisfacción con la marcha del índice a lo largo de las líneas sinuosas de los
ríos, la encontraban ahora con el reposado estar en un punto de cruzamiento de
otras vías por donde discurrían el panorama y su vida: la silla del
telegrafista ante el aparato que recogía y trasmitía los mensajes y las
noticias. Era una forma de vagar y una manera de percibir las voces clamantes
en el desierto. Ahora lo habían destinado a la estación de San Félix y allí
estaba contemplando los saltos del Caroni. Uracapay, Macagua, Picapica,
Resbaloso, Purguey, Cachamay, Bagre Flaco, La Boquita, El Ure, los nueve
despeñaderos por donde se precipitaba el hermoso río, ya en el término de su
curso, eran una escala de cíclopes entre escarpados farallones de roca negra y
bruñida por la lengua de las aguas. Bramaban éstas empenachándose de espumas en
las angostas gargantas de las chorreras, se encrespaban embravecidas contra los
riscos del raudal, se encurvaban transparentes o se retorcían en blancos
torbellinos estruendosos al despeñarse por los saltos, se arremansaban un
momento al pie de ellos recuperando la intensa coloración azul, se lanzaban
otra vez por los rápidos, giraban rugientes en los pallones y de chorrera en
chorrera y catarata en catarata estremecían el vasto silencio de las soledades
circundantes con el clamor rabioso de sus enormes potencias perdidas. Junto con
Ureña contemplaban el espectáculo Marcos Vargas y Manuel Ladera y éste hacía
los acostumbrados comentarios: —Imagínese lo que significaría para Guayana y
quizá para todo el país el aprovechamiento de estas caídas de agua. Hace
algunos años estuvieron por aquí unos ingenieros aforándolas, por curiosidad
nada más, y les oí decir que eran millaradas de caballos de fuerza los que se están perdiendo en estos saltos. —Y
así continuarán por mucho tiempo –concluyó Ureña. Y hundiendo la mirada en las
nieblas mañaneras donde se desvanecía la escalera gigantesca, arrullado por el
trueno de las aguas, quedóse en silencio largo rato reviviendo los sueños de la
adolescencia, cuando, inclinado sobre el mapa, le parecía oir las palabras
cabalísticas clamando en el desierto. Detrás de aquellas lejanías estaban las
tierras de la violencia impune, el vasto país desolado del indio irredento, las
misteriosas tierras hondas, calladas, trágicas...
También Marcos Vargas callaba,
entregado a reflexiones dimanantes del hermoso espectáculo que por primera vez
contemplaban sus ojos. Si los saltos del Caroni eran enormes fuerzas perdidas,
también lo eran todavía sus vehementes inclinaciones hacia la aventura del gran
escenario: la selva sin fin, el vasto mundo del itinerario gigantesco
vislumbrado a través de los cuentos de los caucheros, sembrado de hermosos
peligros. ¿No sería, acaso, la vida del carrero muy semejante a la que le
hubiese esperado detrás del mostrador de "Salsipuedes"? Una empresa
monótona, de campo estrecho: ganarse la vida, simplemente, recorriendo una y
cien veces los mismos caminos detrás de sus carros. Y salió de su
ensimismamiento con esta pregunta. —¿Sabe, don Manuel, lo que se me está
ocurriendo? Tengo ganas de proponerle a José Francisco Ardavín que me compre
los carros. Así saldría usted de ellos a buen precio y al contado, quedándole
yo agradecido, de todos modos. ¿Qué le parece?
—Ya usted conoce mi opinión respecto a eso –repuso Ladera–. Si cree que
después de lo sucedido entre usted y Ardavín todavía sea éste buen candidato
para esa operación, no lo piense mucho. —Desde San Félix mismo, en cuanto regresemos,
podría proponérsela por telégrafo. —Pues no lo piense más. Y dirigiéndose a
Gabriel Ureña le explicó por qué había tenido que vender sus carros, sin
reservarse aquellas razones íntimas a que aludió cuando la misma explicación le
dio a Marcos Vargas. —¡Mi pobre muchacha! –concluyó–. ¡Si la viera usted ahora!
No es ni su sombra, desde que ese bandido, cumpliendo su juramento, le asesinó
al novio en su presencia. Y Gabriel Ureña, el telegrafista, hilando delgado el
pensamiento, encontró semejanzas entre aquel novio de Maigualida, víctima de
Ardavín, y aquel otro que también la amó, el Gabriel Ureña soñador de los
quince años, frustrado por las fuerzas brutales de la vida.
Emprendieron el regreso a San Félix
y a poco andar volvió a tomar la palabra Manuel Ladera: —Pues ¡quien iba a
decirme que en este viaje iba a tener el gusto de conocer a un sobrino del
general Ureña! ¡Bella persona su tío, amigo Gabriel! Como ya le he dicho, por
aquí no dejó sino buenos recuerdos. ¡Y todo un hombre! A él le vi dar la
pescozada más bonita que he visto en mi vida. El día que se embarcaba
llevándose a Maigualida, por cierto. A un negrazo de la caleta que le contestó
de mal modo a mi muchacha. Le puso la mano en la oreja y lo tumbó patas arriba.
Era, una vez más, la admiración por la hombría, de la cual no se libraba por
allí ni el mismo sensato y contenido Manuel Ladera, y Gabriel Ureña, que
detestaba de ella como de una manifestación de barbarie, sin negarle otros
méritos a su tío, pensó que de aquella pescozada debían provenir las buenas
memorias que por allí se hacían de él. —Ya le oí hablar de esa pescozada a su
propio autor –dijo, con el punto de
ironía que asomaba siempre en sus palabras–, pero, francamente, abrigaba todavía
mis dudas respecto a la extremada corpulencia del negro y al número de vueltas
que dio al rodar por el suelo, según lo refería mi tío. Y Manuel Ladera,
comprendiendo que a este Ureña no lo deslumbraban hombradas, sonrió, corrido, y
cambió el tema preguntando por lo que ya sabía: —¿Y dice usted que tenía ya
resuelto regresarse a Caracas? —Sí. En
vista de que el telegrafista de San Félix, a quien vine a reemplazar hace ocho
días, como le dije, se negaba a entregarme el cargo, apoyado por el jefe civil,
había decidido tomar el primer vapor que pasara para abajo. Pero anoche recibí
orden telegráfica de pasar a Upata, donde, según se me asegura, no encontraré
las dificultades que se me han interpuesto aquí. —Así lo espero, para tener el
gusto de verlo a menudo por casa, que es también la suya desde ahora. !Lo
contenta que va a ponerse Maigualida! Ella siempre está haciendo buenas
memorias de todos ustedes. Entretanto, Marcos Vargas oía y callaba, no
explicándose cómo un hombre de la juventud y del ascendiente personal de
Gabriel Ureña, hacia quien había experimentado una viva simpatía desde un
principio, pudiera conformarse al insignificante destino del telegrafista mal
pagado, en una región como aquella, donde cada hombre tenía a la mano la suerte
espléndida que brindaban el oro y el caucho. Y así volvieron a San Félix, de
cuyos términos salía por primera vez Gabriel Ureña en los ocho días que llevaba
por allí, tan definitivamente curado de las inquietudes viajeras de la
adolescencia, que casi no se había movido del corredor de la posada, desde el cual
se contemplaba un trozo del Orinoco sin perspectivas, sordo ya para siempre al
hechizo de las palabras mágicas.
Entre las
reflexiones y los impulsos
La arribada de los vapores que remontaban el
Orinoco congregaba en la playa casi toda la población del antiguo y triste
Puerto de Tablas, ahora denominado de San Félix. Los chicos de la plebe,
semidesnudos y bulliciosos, a disputarse las maletas de los viajeros; los
peones del cabotaje, a la faena apresurada de la descarga; los carreros, a
llenar con ella sus carros y vagones; las muchachas en trances de amor
apremiante, con sus trajes más presentables, a recoger las miradas y los
requiebros de los forasteros de tránsito para Ciudad Bolívar o ya en tierra
para internarse en el Yuruari. Dos vapores habían fondeado aquel día: de
arriba, el "Cuchivero", dedicado al transporte de ganados, con los
que ya traía del Caura para las Antillas inglesas y esperando el que embarcaría
Manuel Ladera con el mismo destino; de abajo, el "Macareo", con
mercancías y pasajeros procedentes de Trinidad y un cargamento de negros –pues
en cierto modo eran algo menos que personas– con destino a las minas de El
Callao. Ya los carreros habían hecho sus cargas y partían con sus convoyes
camino del interior. Ya Manuel Ladera había embarcado su ganado y el
"Cuchivero" zarpaba. Ya navegaba también el otro, rumbo a Ciudad
Bolívar. Comenzaba a caer la tarde y había tertulia de nativos y forasteros y
copas de "brandy" en el corredor de la Comandancia del Resguardo,
frente al río.
Aguas turbias del Orinoco y aguas
azules del Caroni que corrían largo trecho sin mezclarse, separadas por una
línea nítida. Rojas barrancas en la ribera opuesta, islotes coronados de
vegetación, remansos en las ensenadas llenos de verdes reflejos, cabrilleos de
oro crepuscular y el rumor perenne del gran río bajo la brisa, como sedas
desgarradas. Una canoa costeando a canalete, una vela pequeñita, que ya iba a
desaparecer tras la isla de Fajardo, el humo del "Cuchivero" Orinoco
abajo, el humo y la estela del "Macareo" Orinoco arriba... Y esa cosa
imponente y melancólica que es la puesta del sol sobre un río, en tierras que
aún no han revelado todo su secreto. Sintieron su mal influjo los forasteros
recién llegados y la pausa repentina que interrumpió la tertulia demostró que
todos se entregaban a esa vaga angustia que produce el quedarse en una orilla
de mar o de río mientras el barco prosigue su viaje y se va perdiendo de vista.
Pero sólo uno se atrevió a manifestarlo. El más locuaz y ocurrente de todos, a
quien decíanle Arteaguita y se roía las uñas. Le confesó su emoción a Gabriel
Ureña, sentado al lado suyo, y éste repuso: —¡Pero si tiene usted tantos días
como yo en esta orilla del río! —¡Para
que vea! Al ver alejarse el "Macareo" he sentido la misma impresión
de la tarde de mi llegada, cuando se iba el "Manzanares". Sonrieron
los demás y el comandante del Resguardo dijo: —El amigo Arteaguita como que no
va a pasar de San Félix. —¿Por qué, general?
—Porque ya se le ha presentado oportunidad de coger camino del interior
y sin embargo, todavía está contemplando el Orinoco, mientras sus compañeros
irán ya cerca del Cuyuni. —Es que no he encontrado bestia. —¿Y la que le ofrecí
prestarle? Ahí está en el pesebre espe rando que usted se decida a echarle la pierna.
—No había querido abusar de su confianza, pero me iré con este lote –dijo
Arteaguita, refiriéndose a los recién llegados– a engrosar la legión de los
aventureros. —No es que yo quiera que se vaya –concluyó el comandante del
Resguardo–. Por el contrario, me va a hacer falta su mamadera de gallo. Ya la
gente de la población abandonaba la playa, dispersándose por el caserío, y los
peones del cabotaje y los últimos carreros cogían sus respectivos caminos: hacia
los ranchos donde vivían, hacia los pueblos del interior. Ya se habían marchado
también los negros antillanos, a pie detrás del caporal a caballo, escena de
los tiempos cuando los barcos negreros volcaban el África en las costas de
América. A orillas del río abrevaban y bañaban sus bestias, fatigadas por el
trabajo del embarque, los llaneros de Manuel Ladera y éste llegaba a la
Comandancia acompañado de Marcos Vargas y en busca de Gabriel Ureña. —¿Cómo que
ya está con el pie en el estribo, don Manuel? –le preguntó el comandante–. ¡Ah,
Upata para jalar a su gente! —Sí,
general –respondió–. Pero ahora no voy para Upata, sino otra vez para "La
Hondonada" a sacar otro lote de ganado que han pedido. —¿No se quiere
tomar una copita con nosotros? —Ya sabe
que no lo acostumbro. —¿Y el joven que lo acompaña? Y en esto se presentó Cholo
Parima en busca del jefe civil, que estaba en la tertulia. —Coronel López –dijo
el zambo–: con su permiso y el de los señores. Traigo una encomienda pa usté y
si no le es molesto... El jefe civil dejó su asiento y se le acercó. Parima
dijo el recado del gallo en voz baja; pero al
primero le pareció que debía responder de modo que todos lo oyesen y así
repuso: —Ahí se lo tengo amarrado y ya está en condición para jugarlo. Avíseme
cuando se vaya para que se lo lleve de una vez. —Mañana mismo, primeramente
Dios y si usté no manda otra cosa – dijo el comisario. Y el jefe civil al
comandante del Resguardo: —Un gallo que le ofrecí al general Ardavín y manda a
buscarlo. El canagüey de que le hablaba hace días. Entretanto Marcos Vargas
miraba a Parima. Desde el primer momento lo había reconocido, pues los
costurones que deformaban aquel rostro eran señas fisonómicas inconfundibles,
de las cuales ya había oído hablar, y por su parte el comisario –que al llegar
había echado una ojeada exploradora sobre las personas que le eran
desconocidas–, al advertir aquella mirada insistente y preñada de impulsos
contenidos, comprendió que aquel joven tenía que ser el hermano de su víctima y
no lo perdió de vista mientras hablaba con el jefe civil, a tiempo que se
sobaba las cicatrices. A todo lo cual estuvo atento Manuel Ladera. Ya Parima se
había retirado. Ladera juzgó prudente retener a Marcos Vargas y díjole al
comandante del Resguardo: —A pesar de lo dicho, general, le acepto la copita
que quería obsequiarme. Después del trabajo la pide el cuerpo. Y tomó asiento
en la tertulia. Luego, cuando le pareció oportuno, se despidió y con él se
fueron Marcos Vargas y Gabriel Ureña. Ya el sol se había ocultado. Resonaba el
gran río en el silencio de la anochecida y las riberas opuestas se iban
desvaneciendo en la sombra. Titilaban los primeros luceros y en las aguas ya se
quebrantaban los reflejos del fanal del puerto. Se cerraban las casas de
comercio y se encendían las lám paras dentro de las viviendas, a las puertas de
casi todas las cuales se asomaban muchachas todavía ataviadas con el vestido
más presentable al acecho del paso de los forasteros. Pero Gabriel Ureña sólo
atendía a la conversación de Ladera y Marcos Vargas, al conflicto entre las
reflexiones y los impulsos motivados del encuentro con el asesino de su
hermano. Pasaban frente a la oficina de telégrafos y don Manuel, refiriéndose a
lo que Marcos le había manifestado por la mañana, le preguntó: —No va a poner
el telegrama de que me habló? —No –respondió
Marcos, secamente–. Ya no. —¡Malo! –se dijo Ladera mentalmente y reanudó la
conversación con Ureña. Al extremo de una de las calles un árbol proyectaba su
copa redonda y serena contra el cielo apacible. Más allá se alzaban unas pencas
de cardón, ya completamente negras y más inmóviles que nunca. Un poco más allá
las tres cruces de un calvario. Gabriel Ureña había interrumpido su charla para
contemplar aquellos rasgos del panorama crepuscular que armonizaban con los
melancólicos sentimientos de su espíritu. Y Manuel Ladera volvió a sus
preocupaciones, diciéndose mentalmente:
—No conviene que este mozo se quede
aquí esta noche. Y luego, en alta voz y como ocurrencia repentina: —No sería
mejor, Marcos Vargas, que cogiera camino ahora mismo a la pata de sus carros?
Peón siempre es peón y en los paraderos encuentra oportunidad de pegarse palos
y emborracharse, si no lleva el amo a la vista. Tanto cuanto que usted es nuevo
para ellos y no se sabe cómo vayan a corresponderle. No lo acompaño porque de
aquí tengo que regresarme a "La Hondonada" esta misma noche. El amigo Ureña puede irse con usted. Yo le cedo mi
mula, pues a mí me será mucho más fácil conseguir bestia. Es bueno también que
Ureña se encargue cuanto antes de su destino. Tienen luna, que ya no tardará en
salir y de noche se viaja mejor. Por ahí mismo alcanzarán a los carreros.
Marcos sonrió comprensivo. —Precisamente en eso estaba pensando, don Manuel.
Mejor es que coja camino esta misma noche. Hay tiempo para todo. —¡Ojalá no lo
haya, Marcos Vargas! Recuerde lo que me ha prometido.
Caminos de los carreros
Por la sabana descampada, entre nubes de polvo
bajo el sol ardoroso del verano; por las agrias cuestas montañosas. Caminos de
muchas jornadas y recios trabajos, con la voz del boyero paciente estirándose
en el silencio: —¡Arre, güey! La cobija calada en el invierno bajo la lluvia
tenaz. La carrilada perdida dentro del aguazal, la rueda hasta lo cubos
atascados en los baches, el buey que no ande, el estímulo de la garrocha, la
mula jadeante en los barrizales de la cuesta, el fango hasta las rodillas, la
humedad hasta los tuétanos, corriendo de punta a punta del convoy, hechando los
bofes, manejando el garrote, estrangulando en el grito el vocablo arrieril:
—¡Mula de carijo! ¡Este maldito
animal! Camino de los carreros jalonado de maldiciones. Parajes del mal descanso:
La Josefina, Veladero, Boca del Monte... El trago de caña, el plato de
"paloapique", el frasco de "chireles", pasando de mano en
mano y la taza de "guacharaca", en el mesón ruidoso. El cuento de los
trabajos pasados y las maldiciones
echadas en la cuesta de El Pinar, donde el carrero pagaba sus culpas. La
posada de la dura tierra bajo la carreta para el sueño de huesos molidos al
despertar. La posada de las estrellas, al raso de la sabana, para las veladas
de los boyeros junto a sus vagones y sus bueyes amarrados a macollas de yerba.
Hablaban de Parasco, referían las últimas apariciones del Muerto de "La
Carata", comentaban una y otra vez el crimen de "Rancho de
Tejas"... Hablaban mirando hacia la sabana, donde siempre parecían moverse
sombras acechantes. Parasco fue un carrero de alma bondadosa a cuya ánima se
encomendaban todos los del Yuruari cuando se ponían en camino. Un hombre entre
los hombres, no mejor que muchos de los de su oficio, que ya también habían
muerto o todavía conducían sus mulas, acaso un poco más paciente cuando éstas
se les atascaban en los barrizales; de ningún modo un santo, sino un muerto
entre los muertos, carrero perenne de un convoy invisible que viajaba de noche
dejando por los malos pasos la carrilada buena de seguir. A orillas del camino
está el rústico mausoleo que le levantaron los del gremio para perpetuar la
memoria de sus duros trabajos y sus marchas pacientes, y para depositarle las
ofrendas de velas –luces para su convoy invisible– a fin de que su sombra
tutelar los protegiese durante el viaje o en pago de las promesas hechas cuando
se les perdían las bestias, las noches de los paraderos a la intemperie, y una
silenciosa sombra blanca los ayudaba a encontrarlas. El Muerto de "La
Carata" es un espanto que, según la conseja siempre referida entre risas,
tiene la humorada de aparecer en el sitio de tal nombre, arrea los ganados de
aquí para allá sólo por molestar a los dueños de la finca, se llega hasta las
puertas de las casas e insulta a sus habitantes desafiándolos a pelear con él,
con airadas palabras en el aire, sin
forma visible de donde provengan, o se mete en ellas, se apodera de las
mecedoras, por las cuales demuestra rara predilección y comienza a moverse
violentamente, sin que, desde luego, se vea otra cosa sino el mueble donde se
agita su atormentada y singular ánima en pena. "Rancho de Tejas",
finalmente, denominábase el sitio donde fue asesinado un correo del oro de las
minas de El Callao, que a lomos de mulas lo conducía exponiéndose al riesgo de
las emboscadas. ¡Caminos del desierto venezolano, sembrados de maldiciones,
jalonados de consejas y de cruces en las cunetas donde cayeron los asesinados!
Después de la comida en uno de los paraderos del trayecto, Marcos Vargas y
Gabriel Ureña –interesados por la mutua simpatía que se habían inspirado, por
modo de compensación, el uno con la espontaneidad tumultuosa de su carácter y
el otro con su tendencia a sacar de todas las cosas motivos de reflexiones
empapadas de un hondo sentimiento de las tristezas y calamidades de la tierra–
se alejaron charlando hasta el campamento donde pernoctaban los boyeros de
aquél, junto con otros del oficio, y con ellos se fue también Arteaguita, que
por fin se había decidido a internarse en el Yuruari, adonde lo llevaron con
vacilaciones renitentes su infinita pobreza y una corazonada aventurera. Ya
habían oído varios de aquellos cuentos de camino –conocidos pero siempre
interesantes para Marcos Vargas, como todas las manifestaciones del alma
popular, hacia lo cual lo inclinaban sus simpatías; nuevos y muy sugestivos
para Gabriel Ureña, por estar saturados del panorama visual y espiritual donde
se movían aquellos hombres sencillos, pacientes y rudos; nuevos y poco
tranquilizadores para Arteaguita, porque los boyeros los referían mirando de
cuando en cuando hacia la sabana, donde, a la claridad lunar, parecían moverse sombras sospechosas–,
era cerca de medianoche y ya los narradores callaban cuando escucharon rumor de
gente que se acercaba. —Los negros –dijo uno. —No –replicó otro–. Ya los negros
pasaron y deben de ir lejos. Eran unos hombres que conducían una hamaca,
colgada de una vara que dos de ellos sostenían sobre los hombros y cubierta con
una manta. —Es un difunto –observó uno de los boyeros, al advertir que la manta
ostentaba la faz negra, pues la otra, roja, se reservaba para los casos de
conducción de un enfermo o un herido. —¿A quién traen ahí? –preguntó Marcos
Vargas. —A don Manuel Ladera, que en paz descanse –respondiéronle. —¡Cómo!
–exclamaron todos a un tiempo–. ¡A don Manuel Ladera! ¡No es posible! —¡Pues mire! Lo asesinaron esta nochecita, de
una puñalada por la espalda, en las afueras de San Félix. —¿Cholo Parima?
–interrogó Marcos. —No se sabe –respondiéronle–.
A lo menos cuando salimos de San
Félix no se había descubierto nada todavía. Marcos Vargas y Ureña se acercaron
a la hamaca y levantaron una punta de la cobertura para cerciorarse de la
brutal verdad; los boyeros acudieron con un farol y todos se quedaron largo
rato en silencio contemplando el rostro inanimado del hombre bondadoso que
tanto al uno como al otro de aquéllos les había inspirado confianza y brindado
amistad desde el primer momento, y de quien los que habían sido peones suyos no
tenían quejas, ni de injusticias o mezquindades, ni siquiera de una mala
palabra en el trato. Entretanto a Arteaguita le castañeteaban los dientes y sus
miradas giraban en torno, hacia la sabana bañada en el resplandor alucinante de
la luna. Mientras los conductores del
cadáver explicaban: —Venimos a marcha forzada. Ya de Upata deben haber salido
los que traen la urna. El coronel López le telegrafió la desgracia a la
familia. Al oir la palabra relativa a su profesión, Ureña hizo un movimiento
maquinal. Le pareció que había sido él, ya en Upata, quien había recogido del
aparato telegráfico la brutal noticia, primera voz clamante que llegaba a sus
oídos del ámbito de aquella tierra donde reinaba la violencia impune. En tanto
que los boyeros comentaban indignados: —¡Maldito sea quien manejó ese puñal!
¡Asesinar asina a un hombre como don Manuel, que a nadie fue nunca capaz de
hacerle un daño! Mientras Marcos Vargas oía reproducida en su interior la voz
aguardentosa que gritaba: "Salúdeme a Manuel Ladera. Dígale que José
Francisco Ardavín le manda un abrazo." Y dirigiéndose a Ureña: —Me regreso
ahora mismo a San Félix. Tengo algo que declarar ante las autoridades respecto
a este crimen. Hágame el favor de seguir con esta gente acompañando el cadáver.
Y usted también, Arteaguita. Continuó su marcha la fúnebre comitiva. Por el
camino de los carreros, sembrado de maldiciones y de cruces en las cunetas
donde cayeron los asesinados.
VI
El poder moderador
Desde su hato de
"Palmasola" el general Miguel Ardavín atalayaba el feudo en cuyo
horizonte político se cernían ya los resplandores mortecinos del crepúsculo de
los caudillos, que por todo el país se iba extendiendo. Ya no eran,
ciertamente, los tiempos de la hegemonía absoluta de los "prestigios"
regionales que –unos muertos, otros postergados, otros errantes por ajenas
tierras que les fuesen propicias a sus planes de invasión armada– comenzaban a
ser sustituidos por elementos extraños a sus respectivos cacicazgos y
exclusivamente adictos al jefe del gobierno nacional. Pero el general Ardavín
siempre había dicho: —La política es una cuerda floja y para no pelearla el
político tiene que hacer como el maromero: ¡Ojo a la tijereta y balancín con
los brazos de un lado y de otro! La "tijereta" estaba, de una manera
muy especial hacía algún tiempo, en la capital de la república, y sin perderla
de vista, el cacique del Yuruari se mantenía aún en la cuerda haciendo sus
maromas, cuando ya la mayor parte de sus compañeros no la bailaban; pero ahora
su ojo avizor había percibido que aquello no andaba por allá del todo bien para
su equilibrio y en consecuencia tomó el partido de retirarse del ejercicio
oficial del cacicazgo, venido a menos, so pretexto de consagrarse a la atención
de sus fincas y a la administración de sus empresas. Se le concedió la gracia
de la retirada a tiempo; pero como allí donde estaba la "tijereta"
reinaba el arcano de los impenetrables designios de la suma astucia, no se le
quitaron los puntos de contacto con el feudo –los elementos suyos que
continuaron desempeñando los cargos públicos con ejercicio de autoridad, como aquel
coronel López, jefe civil de El Callaoni se tomaron medidas contra su libertad
de acción, aun cuando se sabía que desde "Palmasola" estaba en
connivencias revolucionarias con algunos de aquellos caudillos asilados en
Trinidad. Con lo cual queda explicada la clave del recado del gallo y al mismo
tiempo se arroja alguna luz –si así puede decirse– sobre los tenebrosos motivos
que tuviera Cholo Parima para asesinar a aquel negro trinitario que conducía
preso a Ciudad Bolívar, víctima de Ardavín, y cuya boca era prudente sellar
para siempre. Campesina inclinación entreverada en sus apetencias políticas,
estancia eglógica de su historia bélica por donde le venía la parte ingenua de
su prestigio –la adhesión del elemento rural–, allí es taba en
"Palmasola" el general Miguel Ardavín, recién amanecido, presenciando
el ordeño de sus vacas, aspirando el olor de la boñiga dulcemente mezclado con
el de la tibia leche y oyendo los cantares de los ordeñadores, entre el mugir
de los becerros y el piar fugitivo de los pájaros sabaneros. Él mismo tenía las
dominadoras manos enternecidas por la maternal humedad de las ubres. Pero al
ojo zahorí del mayordomo de "Palmasola" no se le había escapado que
algo grave preocupaba al jefe. Por una parte, aquel mensajero despachado tan de
madrugada; por otra, aquellas insistentes miradas hacia el camino que conducía
a la casa del hato. Por fin apareció lo que por allí esperaba y era José
Francisco. El general se frotó las manos para quitarse aquello de las ubres y
abandonó el corral del ordeño saliendo al encuentro del primo. —¿Qué pasa?
–interrogó éste, apeándose todavía del caballo–. ¿Esa llamada tan temprano a
qué obedece? —Entra –repuso Miguel,
secamente, adelantándosele hacia su despacho. Y ya en éste–: Siéntate. —Bien
–dijo José Francisco, alardeando despreocupación–. Tú dirás. Y Miguel,
clavándole la mirada dominadora: —Has cometido una torpeza. ¿Qué necesidad
había de matar a Manuel Ladera? —¡Cómo!
–exclamó el coronel, haciendo útil la sorpresa de aquel disparo a boca de jarro
para la comedia que llevaba preparada–. Es la primera noticia... Pero como
Miguel continuaba mirándolo en silencio y con una sonrisa sardónica, empezó a
perder allí mismo el aplomo, que no sabía conservar mucho tiempo. —Pero ¿a mí
por qué me lo preguntas? Así también podría preguntártelo yo... ¿Para eso so
lamente me has llamado? —Para
preguntártelo no –repuso el imperturbable Miguel–, sino para decirte, como ya
te lo he dicho, que has cometido una torpeza inconcebible, sólo atribuible a
los efectos de esas borracheras a que vienes entregándote con tanta frecuencia.
—¡Qué estás diciendo! ¿De modo que insistes? Pero Miguel, cortándole en frío la
réplica alterada: —Es inútil que finjas ignorar lo que te imputo. Manuel Ladera
ha sido asesinado anoche en el camino de San Félix a "La Hondonada", estando
por allí Pantoja, con quien tuviste una entrevista privada antes de que se
pusiera en camino para allá y sólo tú podías perseguir algún propósito con esa
muerte, de todo punto innecesaria. Yo digo las cosas como las siento, pero las
siento como las digo y nada me inspira mayor desprecio, ya debes saberlo, que
el espectáculo de la cobardía. ¡No me interrumpas! Un propósito vengativo
–insisto– que por otra parte no has tenido ni siquiera la prudencia de ocultar.
A voz en cuello –yo lo sé todo–, a voz en cuello le mandaste la otra noche a
Manuel Ladera un abrazo de Judas con ese Marcos Vargas a quien le permitiste
que se te hombreara como lo hizo. Yo lo sé todo, repito. Y se te está
hombreando más todavía, pues al saber la muerte de Ladera, camino ya de Upata,
se ha regresado a San Félix y te ha acusado formalmente, como autor, si no
inmediato, principalísimo, de homicidio. José Francisco optó por el cinismo,
exclamando. —¡Ajá! ¿Éstas tenemos? ¡Conque se ha atrevido contra los
Ardavines! —¡Alto ahí! Contra José
Francisco Ardavín. —Sí. Ya lo has dicho. Contra la persona que él se imagina
que haya sido el autor principalísimo del homicidio. Y después de una breve
pausa, atreviéndose a más: —¿Y no podría
haber –insinuóotra persona interesada en sellar, por ejemplo, la boca de Manuel
Ladera? Das a entender que lo asesinó Cholo Parima –o Pantoja, como tú
prefieres llamarlo–, pero si mal no he oído, fue precisamente Manuel Ladera el
testigo único y casi presencial de la muerte del negro Jaime, camino de Ciudad
Bolívar. ¿No podría ser, repito, que a Pantoja –!y a otro, quizá!les interesara
mucho que "tampoco" Manuel Ladera pudiera hablar más de la
cuenta? —¿Has terminado? –preguntó
Miguel, con su imperturbable serenidad. —No... Si yo, propiamente, no hago sino
una pregunta. Si mal no recuerdo, Pantoja no fue a San Félix sino a llevar que
sé yo qué recado de un gallo... Mas como ni aun esto encontró punto vulnerable
en la coraza de impavidez del caudillo, José Francisco concluyó, apurando su
cinismo: —Pero ya he terminado, sí. —Pues continúo yo. Has debido tener en
cuenta mis compromisos con la revolución para abstenerte de represalias
personales que pueden agitar la opinión pública precisamente cuando más la
necesito favorable a mis planes.
Era dar la cara a la reticente
alusión al recado del gallo y una vez más sintió José Francisco la superioridad
con que se le imponía Miguel –en su concepto usurpador del cacicazgo que de las
manos de su hermano José Gregorio debió pasar a las suyas–; pero como no se
allanaba a admitirla y todo tenía que fiárselo a sus baladronadas, abandonando
la táctica deprimente de negar su participación en el crimen de San Félix –cosa
por lo demás fácil de que la comprobase Miguel sólo con interrogar a Cholo
Parima– protestó arriscándose: —¡Tus compromisos! ¡Tus planes! ¿Qué significa
eso, dicho así, tan en singular y en
primera persona? —Son los que tengo que
defender, pues he de responder por ellos ante los compañeros que conmigo
cuentan. Y esto le dio a José Francisco la impresión de que Miguel arriaba
banderas. —¿Y los míos? –preguntó animándose. —¡Hombre! ¡Sí! Y los tuyos...
Comenzó el coronel a perder a chorros su altanería ante el sarcasmo de aquella
respuesta, cuando acababa de imaginarse al primo arriando banderas; pero
todavía repuso: —¿Nada valen? ¿No los tomas para nada en cuenta y por
consiguiente puedo hacer con ellos lo que mejor me parezca? El general lo miró
de arriba abajo y reprimiendo el profundo desdén que le inspiraba esta destemplada
salida, replicó: —Según y cómo lo que se te haya ocurrido. Porque si pretendes
darle la espalda a tu palabra empeñada por mí –no por ti, pongamos las cosas en
su punto– para con la revolución y quizá, como nada de extraño tendría que
acabara de ocurrírsete, denunciarme ante el gobierno para hacer merecimientos y
detener o desviar las averiguaciones judiciales que se estén haciendo en San
Félix, y hasta coger cola sin rifarte el pellejo ante las balas –que pueden
inspirarte cierta aprensión, ya que todavía no las has oído silbar por encima
de tu cabeza, dicho sea de paso– o no me conoces bien todavía, José Francisco,
o estás jugando con la carnada. —¿Quieres decir que no soy libre de escoger el
camino que más me convenga? —No. Ya no
puedes echarte atrás. —¿Quién se atrevería a impedírmelo? –rearguyó el coronel,
fanfarrón.
Miguel le hizo esperar la res
puesta un buen rato y luego se la dio, palabra a palabra, como remachándosela
en lo profundo temeroso del alma: —Quien puede mandarte a la cárcel sólo con una
guiñada de ojos y de ese modo reconquistarse el favor de la opinión pública que
tú le hayas enajenado con el asesinato de Manuel Ladera. —¿Tú? –insistió José
Francisco, señalándolo con el índice y sacando a duras penas una sonrisa
burlona. Pero Miguel se limitó a decirle: —No señales con el dedo. Baja esa
mano, que te tiembla demasiado. Y como esto era cierto y a José Francisco se le
salía ahora la vergüenza a la cara, abandonando el tono autoritario que ya
habría sido excesivo y en cuya justa dosificación radicaba buena parte del
ascendiente que sabía ejercer, el caudillo prosiguió: —Bien sabes que si me he
comprometido con la revolución que se prepara ha sido contando contigo,
personalmente, y con el continente de tu prestigio. José Francisco sacó el pañuelo
y se enjugó la frente sudorosa –un sudor frío de energías consumidasy el otro
agregó, para acabar de quitarle el regusto de la ira frustrada con el halago de
vanidad: —Ya es hora de que te labres un porvenir político que sea obra tuya
exclusivamente. Ya voy para viejo y tú todavía eres joven. ¿Hasta cuándo vas a
conformarte con ser el coronel Ardavín? Lo que Miguel, con velado sarcasmo,
había llamado el prestigio de José Francisco era algo semejante a aquel núcleo
inicial de su partido, formado por los desechos del de José Gregorio; la bronca
oficialidad de los matones, el hampa de la agrupación. José Gregorio había
barrido para afuera al repudiar aquella escoria y Miguel se había aprovechado
con ella; pero aleccionado por tal experiencia, cuando a su vez tuvo que
depurar, lo hizo de modo que resultase
barriendo para adentro, procurando que aquellos malos elementos rodearan a José
Francisco, pero de manera que éste cargase con la afrenta del ardavinismo sin
riesgo de que se repitiese la historia, pues sabía que el primo nunca pasaría
de oscuro segundón. Rodeado así el coronel de los matones, que buena falta le
hacían para respaldar sus balandronadas, el general siempre los tendría a su
disposición cuando fuese menester de perros de presa, sin echárselos encima, y
así le sería posible realizar la dualidad propia de la naturaleza de un
caudillo, azote y amparo a la vez de sus secuaces:
inspirar temor y confianza al mismo
tiempo. Mientras José Francisco y sus matones cometían desafueros, muchos de
ellos por órdenes disimuladas de Miguel, éste era el poder moderador, la
superior autoridad a que apelaban sus mismas víctimas, el jefe paternal que
brindaba protección, remediaba el daño y desarmaba el espíritu de protesta o de
rebeldía, con una reprimenda para el atropellador –previa una guiñada de ojos
en algunos casos– y con una palabra afectuosa para el atropellado. Así, pues,
para nada tenía que halagar el general al coronel respecto a la cooperación del
denominado contingente de hombres del segundo en la aventura revolucionaria que
el primero fraguaba. Pero había algo que sí era necesario recabar de José
Francisco con alguna habilidad: su aporte en dinero, a la medida de los planes
de Miguel, que de lo suyo propio quería exponer poco, José Francisco se resistía
a contribuir con tanto como el otro le asignara y para obligarlo había sido
todo aquello aprovechando la coyuntura propia del asesinato de Ladera. —Ya se
acerca el tiempo del avance para el purguo –continuó el general bellaco–, que
este año será también un buen pretexto para reclutar la gente de tropa que nece
sitamos para el momento dado. Entre tus purgüeros y los peones de
"Yagrumalito" –éste era un hato de José Francisco– podrías parar unos
doscientos hombres que constituirán un contingente apreciable. Ándate allá de
una vez. Según lo concertado con los compañeros de causa asilados en Trinidad,
Curazao y Colombia, la invasión a la cual corresponderemos los de adentro
rompiendo fuego, no se efectuará antes de que hayamos recogido y embarcado, tú
y yo, el purguo de este año; pero podría suceder que hubiera necesidad de
precipitar los acontecimientos y de ahí que sea imprescindible tu presencia
desde ahora cerca de Tumeremo, mientras que yo vigilo desde aquí el resto del
Puruari. Vete hoy mismo y de allí no te muevas mientras se asienta este revuelo
que seguramente va a formarse alrededor de la muerte misteriosa de Manuel
Ladera. Que ya me encargaré yo de que tome el rumbo debido. Acabo de enviarle
un telegrama al presidente del Estado, ofreciéndole la cooperación de mi
experiencia para el más rápido esclarecimiento del crimen. Además, le he
enviado otro, de pésame, a la viuda de Ladera y otro al coronel López
exhortándole a redoblar sus actividades en el sentido del caso. Por último...
Pero José Francisco le quitó la palabra, preguntándole: —¿Te parece conveniente
que haga yo lo mismo?
—¡No! –repuso Miguel–. ¡Sería
demasiado! Por lo menos el pésame a la viuda. Limítate a hacer lo que yo te
aconsejo. Vete hoy mismo para "Yagrumalito" y si ya Pantoja ha regresado
de San Félix y te lo tropiezas por ahí llévatelo contigo. Dile que de orden mía
abandone la comisaría y se vaya contigo. Y separando con una breve pausa lo
producente de lo producido: —¡Y a propósito! De paso para
"Yagrumalito" déjame en casa el cheque por la cantidad
estipulada de tu contribución al
financiamiento de la revolución. —Bueno –prometió José Francisco, ya caído en
el lazo–. Allá te lo dejaré. Pero de todo esto sólo retuvo en la mente aquella
pregunta que atacaba su punto vulnerable: "¿Hasta cuándo vas a conformarte
con ser el coronel Ardavín?". Pero mientras Miguel existiera, siempre
trataría de oscurecerlo y postergarlo. Luego... En una pelea nunca se sabe de
donde ha salido una bala. Y para ello venía como de encargo la revolución en puertas.
El tesoro de los
frailes
Miguel Ardavín –de quien por sus inimaginables
recursos de política picaresca ya se decía por allí "ese hombre se pierde
de vista"– había hablado de tres telegramas que acababa de enviar,
destinados a producir cierto efecto en el ánimo de cada una de las personas a
quienes iban dirigidos. El que recibiría el jefe civil de San Félix contenía el
epíteto de "misterioso" aplicado al crimen, de donde debía entender
el leal ardavinista que tal cargo desempeñaba, que en el misterio debía
quedarse; el efecto buscado con el que recibiría la viuda de Ladera, aunque
arrostraba los límites del cinismo, no pasaba en realidad de la región del
formalismo social, cosa que otro cualquiera habría hecho aun en circunstancias
análogas; pero donde sí estaba el hombre que se perdía de vista era en el
telegrama dirigido al presidente del Estado. Ponía allí a la disposición de
éste –su enemigo político aunque todavía embozado, instrumento de los
inescrutables designios de "la tijereta"– su larga y aguda
experiencia al servicio de la justicia "para el más rápido y cabal
esclarecimiento del crimen", y no sería
prudente aventurar opinión respecto a la sinceridad o trapacería de tal
ofrecimiento. En realidad, la suerte que corriera el primo –sobre cuya
culpabilidad no había abrigado la misma duda desde un principiono le preocupaba
ni mucho ni poco e incluso ya tenía contemplada la conveniencia de sacrificarlo
como víctima propiciatoria, si la cólera de la opinión pública no se aplacaba
con menos; entregándolo al brazo de la justicia produciría en favor suyo esa
emoción histérica de la admiración colectiva captada por sorpresa y cuyos
disparatados resortes conocía a fondo; pero había también por San Félix
enemigos políticos suyos sobre alguno de los cuales convenía hacer recaer las
sospechas, ya simplemente para ganar tiempo y desorientar el interés que
pudiese tener el presidente del Estado en descubrir al culpable o para
arrojarlo al presidio si las pruebas acumuladas por el coronel López pedían
tanto. Mas de todos modos, antes de adoptar el remedio heroico de abandonar a
José Francisco a su suerte, lo que en cierta manera sería subordinarse él mismo
al ente abstracto de la opinión justiciera, antes de oprimir el resorte mágico
que pondría su nombre en el vuelco amoroso de todos los corazones –cosa de
mínima importancia para su alma insensible–, quiso ensayar con otro que las
circunstancias le deparaban, más de acuerdo con la actitud de su espíritu
respecto a todas estas cosas, y a ello iba a referirse con aquel "por
último" que interrumpió José Francisco. Días antes había llegado a Upata
un andaluz –a quien decíanle "El Españolito"– poseedor de un
documento que venía a corroborar una vieja leyenda muy generalizada por allí,
una de tantas que todavía corren por todo el país acerca de tesoros enterrados
por los españoles en los azarosos tiempos de la guerra de la independencia,
según la cual los frailes de las antiguas Misiones del Caroni, en las angustiosas vísperas del histórico
fusilamiento ordenado por el general Piar, debieron ocultar bajo tierra el de
aquéllas, que se suponía de incalculable riqueza en lingotes de oro. Era dicho
documento un plano, en pergamino para mejor impresión de autenticidad,
substraído de los archivos de la catedral de Sevilla por un canónigo –tío de
"El Españolito", según éste–, en el cual se explicaba que el famoso
tesoro estaba enterrado en el espacio comprendido entre la sacristía del templo
del antiguo pueblo de San Antonio, el refectorio del convento vecino y una
piedra que sobresalía en medio de una laguna que para entonces hubo cerca de
aquella población. De la iglesia y del convento ya no quedaban sino muy vagos y
dudosos vestigios, y lo que antes fue laguna era ahora sabana enjuta, en la
cual sí había una piedra con señales visibles del nivel de las aguas que la hubiesen
rodeado; pero en el pliego estaban dibujados, mal que bien, todos dichos puntos
de referencia, y el texto agregaba que para descubrir el tesoro había que
excavar hasta que apareciera una flecha de hierro forjado, indicadora de la
dirección que debía seguirse para dar con el muro subterráneo donde había una
cripta en la cual se hallaría, dentro de un cofre, una llave correspondiente a
una puerta situada más adelante y por donde se pasaría a una galería que se
prolongaba hasta las orillas de la referida laguna y hacia la mitad de la cual
se encontraría una hornacina con una calavera. De aquí no pasaban las
indicaciones dibujadas en el pergamino, pero debajo de la calavera, que sí
venía pintada, había esta enigmática leyenda: "Por sus cuencas vacías la
Muerte contempla el principio y el fin de las vanidades del mundo" Y
"El Españolito" explicaba: —¡Míe usté! Er principio y er fin de las
vanidades der mundo es er dinero, el
oro. ¿Sabe uzté? Y la frasesita esa quié decí que pa encontrá er de marras hay
que seguí la dirección de la mirá e la calavera. ¡Bueno! Esto de la mirá es un
decí. ¿Sabe uzté? —Pero todo eso es muy
vago, Españolito –habíale replicado el propietario de los terrenos donde se
debía excavar–. Eso no es un plano, propiamente. A lo que repuso el andaluz:
—¿Es que se figura uzté que los frailes de mi árma iban a plantá un poste con
un letrero mu gordo, mu gordo, que dijera: aquí está el tesoro? ¡Amos, anda!
¿No sabe uzté que los frailes han sío siempre unos tíos mu listos? Claro que to
esto es un poco vago –quitémosle argo ar superió decí de uzté–, pero póngase en
er caso y comprenderá que los pobresitos de mi arma no tuvieron lo que se dice
tiempo de hacernos un plano con nortesú, escala, rosa e los vientos y toda la
pesca. ¡Vamos, lo que se dice un plano! Pero indicaciones precisas no fartan.
¡Fíjese uzté! Una flecha, una cripta – que yo propiamente no sé lo que
signifique eso, pero que argo tié que sé– un cobre, una llave, una puerta, una
galería, una hornacina, una calavera... ¡Amos, anda! Si hay má de lo que suele
habé en estos planos de tesoros sepultaos! Lo que fartan son los lingotes de
oro y ésos tal vé no los pudo pintá el pobresito fraile porque no tendría tinta
amarilla, ni tiempo pa procurársela antes de que llegara er Piar. Al
propietario en cuestión no dejó de ocurrírsele que aquello fuera un timo, pero
como existía la leyenda y había un proverbio popular según el cual "más
pierde el venado que quien lo tira", trató de averiguar hasta dónde
llegaría "El Españolito" y concedió:
—Sí. Efectivamente, datos no
faltan. Pero aquí hay unas palabras tachadas que quizá eran las indicaciones
precisas del sitio donde debe hacerse la excavación inicial. —Quite uzté er quizá y ya estará ar
cabo e la calle. Esas tachaduras las hizo un servidó después de haberse
aprendío de memoria lo que ahí decía. ¡Sí, zeñó! Y aquí lo traigo en la cabeza,
que es donde está el verdadero plano con tó lo que uzté echa de menos en er
pergamino. ¡A ve si uzté no hubiera hecho lo mismo a fin de podé mostrar er
papé sin que le birlaran er tesoro! No es que yo desconfíe de uzté –¿me
entiende er sentío?– , sino que las cosas son como tién que sé. Ese secreto
vale dinero. Pesetiyas de mi arma que yo he gastao pa procurarme er pregamino y
pal viaje hasta acá. ¡Que échele uzté un galgo ar que me quitaron en la
Trasatlántica pa traerme hasta La Guaira!
—Pero ¿no habíamos quedado en que el plano lo substrajo del archivo de
la catedral su tío el canónigo? Ahora resulta que usted tuvo que adquirirlo...
—¡Míe uzté! Eso de tío no lo tome uzté ar pie e la letra, que no quié decir que
er canónigo fuera hermano de mi mare ni de mi pare, sino que... ¡Vamos! Que era
lo que se dice un tío y con toa la barba. Y... ¿pa qué ocurtáselo a uzté?: yo
tuve que valeme de malas artes y sortá unas pesetiyas. ¡Ya está! —¡Ah, Españolito bribón! –exclamó el criollo,
pero como si con ello le tributase el mejor elogio. Y luego: —Bueno, amigo, voy
a serle franco. Esos negocios de desenterrar tesoros siempre resultan
mabitosos, como decimos por aquí. Median cosas de ultratumba, que nunca traen
buena suerte, y en éste, además, cosas en cierto modo sagradas, las cuales yo
respeto. Así es que no cuente conmigo para esas seis mil pesetillas, como las
llama usted a cuenta de la mitad del tesoro. Ahora, si se consigue otro socio
que se las dé y con el cual usted parte su mitad –porque la otra mitad sería mía en todo caso–, yo no
tengo inconveniente en permitirles las excavaciones, siempre que las costeen
ustedes, por supuesto, y me garanticen los daños y perjuicios. Así las cosas,
buscando el andaluz capitalista y el terrateniente haciendo excavaciones de
tanteo, por si acaso, transcurrieron varios días y ya el timador veía fracasada
su diligencia cuando ocurrió la muerte de Manuel Ladera y se produjo la natural
indignación pública.
Pero el general Miguel Ardavín, a
quien le comunicaron por teléfono aquella misma noche que en Upata las cosas
estaban que ardían, conocía bien a su pueblo y era ducho en el arte de desviar
y frustrar los sentimientos colectivos y para ello salió de
"Palmasola", muy a madrugada, aquel mensajero cuya comisión secreta
intrigara al mayordomo del hato. Aquella misma tarde, momentos antes del
entierro de Ladera, recibía en Upata "El Españolito" una carta del propietario
de los terrenos ya famosos, en la cual le "confesaba" que haciendo
excavaciones "por no dejar", había encontrado un trozo de hierro que
debía de ser la flecha indicadora a que se refería el plano, pero como éste no
estaba realmente "sino en su cabeza", le pedía que se trasladara
inmediatamente al terreno y le enviaba adjunta una letra a su favor, contra C.
Hilder_&Co. de aquel comercio, a quince días vista y por la cantidad
exigida a cuenta de la mitad del tesoro. Se quedó de una pieza "El
Españolito". —¿Si irá a resultá –se preguntó– que yo he sío adivino ar
dibujá ese plano? ¡Míe uzté que no deja de tené grasia que en tantos años de
vida arrastrá como llevo por el mundo no haya descubierto antes que el hijo de
mi mare tenía ese don! ¡Si yo no he hecho sino poné en ese pregamino lo que oí
referí al "Lagartijo de Triana"
cuando regresó allá con las onzas de oro que se ganó por estas tierras
toreando desde el burlaero! Pero el socio dice que ha encontrao la flecha y tó pué
sé. ¡Vamo allá, Españolito! ¿Qué pue traé que no lleve? Como dicen por aquí. Se
divulgó la noticia, corrió por todo el pueblo, desplazó de los espíritus la
indignación por el asesinato de Manuel Ladera y allí mismo empezaron a correr
los rumores que ya no pararían. Que había aparecido el muro, que habían
descubierto el cofre donde estaba la llave... Que no había tal llave ni tal
muro... Y mientras unos todo lo creían y otros lo negaban todo, de Manuel
Ladera ya no se acordaban sino sus deudos cercanos.
También
Marcos Vargas
Así las cosas, regresó de San Félix Marcos
Vargas, convencido de haber perdido su tiempo, pues su declaración fue oída de
mala gana por el jefe civil que instruía el sumario del crimen y declarada
improcedente, por lo cual venía indignado. Pero como él también tenía el ánimo
propenso a las bruscas desviaciones, al enterarse de la novedad apasionante, lo
primero que se le ocurrió fue una chuscada para divertirse a costa de los
buscadores del tesoro: aparecerse por los alrededores de las excavaciones – que
en realidad se hacían bajo la dirección de "El Españolito"disfrazado
de fraile fantasma. Los amigos a quienes comunicó su idea –de aquellos
adquiridos la noche de la célebre jugada de las firmas y que pertenecían al
grupo de los escépticos respecto a lo del tesoro, llegando hasta sospechar la
verdad del caso– acogieron entusiasmados la ocurrencia y como entre ellos
estaba Arteaguita, éste prometió: —Yo hago el hábito. Aquí don de me ven y
aunque me sea feo el decirlo –éste era un giro al cual le hallaba mucha chispa
el chistoso caraqueño– soy oficial de sastrería. ¡Y buena tijera, no sólo por
la lengua! Consíganme la tela y mañana mismo tendremos fraile en pena, con
capuchón y todo. Así se hizo, con la debida reserva y dos días después amanecía
en Upata la noticia de la aparición del fraile. Con la circunstancia muy
significativa de que, según muchos upatenses, era el mismo fantasma que ya se
dejaba ver por allí desde tiempo inmemorial y tal como lo vieran "El
Españolito" y los peones de la finca: inmóvil en un claro de la sabana, a
punto de salir la luna y murmurando con voz cavernosa, que a muchos viajeros
les había puesto los pelos de punta: —¡Aquí, aquí, aquí! Porque, puestos a
creer, el que menos sabía más de lo que traían los rumores. Que "El
Españolito" y los peones, como entendiesen que con aquella impresionante
letanía el fantasma les quería indicar el sitio preciso donde estaba sepultado
el tesoro, a causa del largo penar de su ánima, decidieron acercársele para
marcar el lugar; pero que cuando ya estaban a pocos pasos de distancia y a
tiempo que a lo lejos cantaba un gallo, el fraile lanzó un lamento terrorífico
y desapareció de pronto, cual tragado por la tierra. Que huyeron despavoridos,
naturalmente. —Si hasta nosotros nos asustamos de veras –confesó Arteaguita, ya
reunidos con Marcos Vargas él y sus demás compañeros de chuscada–. Porque,
francamente, todavía no me explico cómo pudiste desaparecer tan de golpe y por
completo. —¡Ah! –repuso Marcos–. Ahí está la ciencia del espanto bueno.
Me había parado al borde de un hoyo
y me dejé caer en él en cuanto escuché el canto del gallo. Siempre había oído
decir que los es pantos desaparecen al oír cantar un gallo. Supongo que eso
venga desde los tiempos del de la Pasión; pero lo cierto es que esa martingala
no me ha fallado nunca. Porque no es la primera vez que me las echo de
fantasma. Pero a Marcos Vargas no le parecían graciosas las bromas mientras no
fueran pesadas, y al día siguiente, ya de acuerdo con los compañeros – excepto
Arteaguita, que sería la víctima–, propúsoles a todos: —Esta noche le toca a
otro hacer el papelito, porque ya me han invitado por ahí a ver el espanto, y
si me niego van a caer en sospechas. Que ya las abrigan los que me van
conociendo. Esta noche le toca a Arteaguita. —¡No, valecito! –protestó el
caraqueño–. Yo hago el hábito, pero no el monje. No tengo nervios para eso,
aunque me sea feo el decirlo. —Pues no habrá fraile esta noche –repusieron los
demás–, porque todos, menos tú, estamos en el mismo caso de Marcos. —Bien –dijo
éste–. No habrá. Y es lástima, pues todo Upata se dispone a ir a verlo aparecer
esta noche. Y Arteaguita, que todo lo sacrificaba en aras de chistes y
chuscadas, tuvo que sacrificar su miedo, que según él era la única cosa grande
con que lo echaron al mundo. —¡Qué se hace! –exclamó–. Ésos son los gajes del
oficio de mamador de gallo. Pero, prepárense, pues si al de anoche le dieron
buen resultado el gritico y la caída en el hoyo, el de esta noche va a ser
también fraile con sorpresa. Fueron muchos los que acudieron a presenciar la
aparición y si algunos experimentaron las sensaciones propias del temor de lo
sobrenatural, cuando se hizo visible el fantasma, a los primeros destellos
lunares, ya Arteaguita bajo aquel hábito y en aquel paraje las tenía experimentadas todas, en tropel y en
grado sumo: palpitaciones, escalofríos medulares, temblores y sudores y unos
ruidos internos que le hacían decirse, para darse ánimos con juegos de
palabras: —¡Cómo suenan las tripas cuando se están convirtiendo en corazón! Ya
se disponía, sin embargo, a poner por obra la sorpresa anunciada, cuando Marcos
Vargas y los dos amigos que con él estaban de acuerdo, se le adelantaron con la
que a él le reservaban, sacando sus revólveres –de cuyas cápsulas habían
retirado previamente los proyectiles– y haciéndole disparos. Se espantó el
duende y arremangándose los hábitos echó a correr por la sabana perseguido por
los espectadores chasqueados, entre los cuales algunos disparaban también, pero
con bala y al bulto. Oyéndolas silbar por encima de su cabeza, Arteaguita se
volvía todo piernas y cual si algunas de éstas se le hubiesen desprendido del
cuerpo y lo siguiesen, a poco huir sintió que en pos de él otras tamborileaban
por la sabana, y con esto acabó de perder el poquísimo dominio de sus nervios
que en aquellas angustias pudiese quedarle. En efecto, eran dos los fugitivos,
y Marcos Vargas, recordando que Arteaguita les había prometido una sorpresa,
comenzó a gritar entre carcajadas: —¡Se partió en dos el fraile! ¡Atajen esa
mitad que va a reventar por ahí! ¡No los tiren más! Lo atajaron y resultó el
"El Españolito" y aunque trató de explicar que no estaba en el ajo,
sino que se había apostado por allí para cerciorarse de lo que hubiese de
cierto en la aparición –pues a él no se la daban con frailes, ni verdaderos ni
falsos–, nadie le prestó atención y los mismos peones que a sus órdenes
trabajaban propusieron indignados: —Vamos a salarlo, pa que aprenda a no
burlarse de los hom bres. Marcos Vargas acudió en su defensa y al fin logró
aplacar a los que proponían el singular escarmiento –que consistiría en
desnudarlo y cubrirlo de sal, restregándosela en todo el cuerpo– y entretanto
las mil piernas de Arteaguita lo pusieron a salvo, sin que se descubriera quién
había sido la otra mitad del duende. Al día siguiente, muy de mañana, "El
Españolito" tuvo que abandonar a Upata, donde todos afirmaban que la farsa
había sido obra suya. De nada le valió explicar que aun en aquello de las
excavaciones no fue sino un instrumento de ajenos planes que se le escapaban,
pues al jefe civil, que en el secreto de ellos estaba, le vino de perlas el
caso de ponerle fin a la estratagema de su jefe, que ya había producido los
efectos buscados y le ordenó abandonar la ciudad "en el término de la
distancia". Naturalmente, se marchó sin haber cobrado la fementida letra a
quince días vista –que nunca se la habría pagado el comerciante contra quien
fue librada, sin fondos del librador– y al partir le dejó el famoso pergamino a
musiú Giácomo –dueño del "Botiquín Napolitano" y firme creyente en la
veracidad del documento– en pago de las copas que le había fiado y del dinero
que encima le suministró para el viaje, ya porque el timador burlado le
inspirase compasión o porque bien invertido estaba quedando en su poder aquel
plano que un día u otro le serviría para ponerse en busca del fabuloso tesoro.
Se llevó también el dinero que Marcos Vargas le metió en el bolsillo al
despedirlo, diciéndole entre apenado y burlón: —¡Qué se hace, Españolito! La
soga siempre revienta por lo más delgado y usted tuvo la mala suerte de
encontrarse en ese pedazo. Y así terminó, a la medida de los deseos del general
Miguel Ar davín, la aventura del tesoro de los frailes y como esto fue la
comidilla de la población durante varios días, así también Marcos Vargas contribuyó
a que se echase en olvido el crimen de San Félix.
VII
Nostalgias
Apenas instalado en el pueblo, ya
en posesión de su cargo, comenzó Gabriel Ureña a experimentar nostalgias. Pero
no de su ciudad natal, de donde por primera vez se ausentaba, ni de nada
concreto tampoco. Era un sentimiento blando, sin forma casi, sin apego a cosa
real alguna. Una sensación de vacío, de falta de afectos sin echarlos de menos,
de haber perdido el rumbo sin pensar en este o aquel que hubiese podido seguir,
de estar lejos sin saber de qué. Y esto no sólo le acontecía en las calladas
noches –polvareda de mundos en marcha por el Camino de Santiago y exhalaciones
fugaces alteradoras del de seo de evadirse de la propia realidad y perderse en
la infinitud de la nada–, sino también, y de manera muy especial, a las
resplandecientes horas del mediodía, cuando la población se entregaba al sopor
de la siesta y en el silencio circundante, sólo turbado a intervalos por el
canto melancólico de los gallos del vecindario, se oía allá en la oficina el
sonido del aparato telegráfico al paso de los mensajes que no eran para Upata.
Algo semejante había acontecido en su vida. De una manera lejana escuchaba
pasar un mensaje que ya no era para él, una palabra ardiente lanzada sobre su corazón
desde los románticos años y que aún no había sido recogida por su voluntad, ni
nunca ya lo sería. La gran aventura vislumbrada cuando, inclinado sobre el mapa
del país, le parecía oír la mística voz clamante en el desierto, la ensoñada
consagración a la lucha contra las causas de aquellas calamidades que eran de
la naturaleza de las maldiciones. Todavía el mensaje continuaba pasando en
busca de otro corazón que aún no se hubiera vuelto escéptico, y las vagas
nostalgias eran formas furtivas del deseo de haber sido otro hombre capaz de
recogerlo. No sentía alentar en su espíritu los impulsos vivos que hacen elegir
un camino entre varios –acaso en realidad no los había sentido nunca, ni aun
cuando más despierta pudo parecer la actitud de su alma ante las misteriosas
señales del destino– y allí estaba, telegrafista por apatía, por aceptación de
un "modus vivendi" en un sentido de menor resistencia, ya que su
padre lo había sido y desde niño le enseñó el oficio, dejándole al morir ya
sentado ante el aparato donde hiciera sus veces durante la enfermedad, y allí
luego lo remachó el nombramiento en atención a los buenos y largos servicios de
aquél. Allí estaba, con sus grandes ojos de mirar desconcertante –sobre todo
tratándose de un telegrafista, un poco atónitos,
un poco irónicos al mismo tiempo como recién quitados de alguna contemplación
ingenua y con aquel leve pliegue burlón, media sonrisa apenas, que le sesgaba
la boca escéptica tirando la comisura izquierda hacia abajo. A veces reía
totalmente, si de ello era el caso gracioso o grotesco, pero ni aun entonces
podía asegurarse que no hubiese en su risa algo mordaz y esto le enajenaba
simpatías. Quitábanselas también su intolerancia con el error o la necedad de
los demás y el aire de superioridad con que puntualizaba sus opiniones a pleno
conocimiento de causa. Pero al mismo tiempo se reconocía que era una persona
estimable, muy por encima de la cultura que exigía su oficio, y desde un
principio buscó su trato la gente seria y de algunas preocupaciones espirituales
de la población, de donde se originó una tertulia que ya se formaba al aire
libre y dulce del atardecer frente a la oficina de telégrafos. Marcos Vargas,
que por momentos no sabía a qué atenerse respecto a sus sentimientos hacia él,
pues tan pronto se sentía atraído como repelido, cuando esto último le ocurría
solía decir: —Nada fuera la sonrisita; pero esos ojos, decididamente, me ponen
los nervios de punta. No sabe uno nunca cuándo se burlan o cuándo miran con
franqueza. Y era porque Ureña, mostrándose con él particularmente afectuoso y a
veces vivamente interesado en su conversación, cuando él soltaba el chorro de
su temperamento expansivo para entregarse tal cual era y concebía la vida,
quedábaselo mirando sin oponerle las objeciones que siempre hallaba ocasión de
hacerles a los demás, aunque dijese lo mismo que éstos y con las mismas
palabras, insubstancial o erróneamente. No podía darse plena cuenta Marcos
Vargas de que para el solitario tripulante de aquella barca al pairo él era el
de las velas hinchadas de viento
corriendo la alegre bordada; pero ya se le alcanzaba algo de ello cuando
pensaba que para el de los atónitos ojos irónicos él no era sino un espectáculo
entretenido. No quería dárselo –no se imaginaba cuánto de admirativo había en
aquel entretenimiento, cuánto de espíritu puesto en contemplación verdadera–,
pero una más profunda inclinación de su alma lo llevaba a buscar su compañía:
esa curiosidad de los espíritus realmente vivos hacia todo lo que le es
distinto y diverso y por consiguiente complementario. Gabriel Ureña, que sin
duda no era más que un vulgar telegrafista en quien no se hubieran podido
explicar aquellas miradas húmedas de asombro y a la vez secas de ironía, era
una manera de existir que no podía serle negada a la poderosa fuerza vital que
alentaba en Marcos Vargas. Aquí era el espectáculo, pero éste no podía existir
como tal sin el espectador y había que serlo también de sí mismo desde aquellos
ojos. Esto, desde luego, no se lo formulaba así Marcos Vargas, de vida interior
puramente emotiva cuando no simplemente dinámica, pero lo sentía y era más
poderoso que los recelos que pudiese inspirarse el gesto burlón, como gesto de
un rostro sin duda no simpático. Por las noches, cuando no estaba de guardia
Ureña, iban juntos a visitar a las Laderas. Aún no habían trascurrido los ocho
primeros días consecutivos al de la muerte de don Manuel, el octavario de la
condolencia que congregaba allí a los parientes y a los amigos de aquéllas, y
tanto el uno como el otro tenían motivos especiales para no faltar al deber de
acompañarlas en su duelo. Tomaban asiento en la antesala y cumplían el rito
fúnebre: callaban, oían compungidamente las evocaciones plañideras de la viuda,
empeñada en reconstruir minuciosamente cuanto en vida le vio hacer o le oyó
decir al buen marido infortunado, suspiraban un
poco junto con ella y las hijas, acompañaban nada más, y cuando la
conversación lograba escaparse del tema doloroso tomaban parte en ella hasta
que de pronto la interrumpían el llanto y las imprecaciones de aquélla bajo el
ramalazo intermitente de la desesperación. Y era sólo entonces cuando se le oía
la voz a Maigualida para hacerle a la madre dulce advertencia de sufrir
discreto, diciéndole: —¡Mamá! –con el cantarino acento que no había olvidado
Ureña. Devastado el rostro, traspasada de dolor y atormentada por el
pensamiento de que hubiera sido asesinado su padre por causa suya, de aquel
monstruoso amor que le inspiraba a Ardavín, Maigualida recibía el duelo en
silencio, con alma ausente del formalismo que la rodeaba, trágica más que
dolorosa, pero sin afectación, insensible al consuelo que se quisiera darle con
vanas palabras, entera en su dignidad de víctima de las fuerzas brutales de la
vida. Siempre estaban allí las Vellorinis y cuando tomaban parte en la
conversación invariablemente ocurrían estas dos cosas: que Aracelis saliera con
algún gracioso desplante que provocaba risas y que Berenice y Leonarda
plantearan temas que les permitiesen exhibirse como mujeres de espíritu
cultivado, muy por encima de las pobres muchachas que no se habían asomado al
mundo más allá de los términos del pueblo y sus vulgares tragedias, grandes o
pequeñas.
Pero en ambos casos aparecía en el
rostro de Ureña –a quien de una manera casi ostensible iban dirigidas aquellas
demostraciones de Berenice y Leonarda, que ya habían oído decir que el
telegrafista era persona de alguna cultura –aquel fino gesto burlón que le
plegaba la comisura izquierda de la boca escéptica. Y una noche observó Marcos
Vargas que este gesto se reproducía, de modo singular, en el rostro de Maigualida. Gesto sólo, sin
expresión irónica –pues era evidente que no lo provocaban las palabras de las
Vellorinis–, pero exactamente igual y en la comisura derecha, tal como habría
aparecido en la imagen de Gabriel Ureña reflejada por un espejo. De donde
concluyó Marcos para sus adentros: —De aquí va a salir algo que no le va a caer
bien a José Francisco Ardavín. Y yo que lo vea. Dieron el toque de ánimas las
campanas de la iglesia, transcurrió un rato más y empezaron a retirarse las
visitas, las Vellorinis entre ellas, por delante Aracelis, después de dirigirle
a Marcos Vargas una mirada de secreta inteligencia mutua, y ya no quedaban allí
sino éste y Gabriel Ureña cuando Maigualida, dirigiéndose al segundo, rompió su
mutismo: —Todavía no nos hemos cruzado una palabra, Gabriel. ¿Qué me cuentas de
tu gente? Tú, como antes nos tratábamos. Tenemos tantas cosas que contarnos,
¿verdad? —Y casi todas tristes, tal vez.
—¡De veras! Por mi parte, ya estás viendo que no pueden ser de otro modo. Y
después de pedirle noticias de todos y cada uno de los miembros de la familia
Ureña, casi totalmente desaparecida, concluyó preguntándole: —¿Y aquel
propósito de meterte a cura, aquella vocación que parecía tan firme, qué se hizo? —Se desvaneció, sin saber cómo ni cuándo.
—¿De veras? ¡Y yo que te imaginaba sacerdote! En tu familia, por lo menos,
todos lo daban ya como un hecho y hasta una de tus tías se hacía la ilusión de
que llegarías a santo. —¡Cosas de los quince años! –repuso el escéptico,
sonriendo y haciéndole sonreír–. A esa edad, unos más, otros menos, todos
pasamos el sarampión del misticismo. —¡El sarampión! No está mal llamarlo así. ¿Y no te ha dejado marcas,
Gabriel?
—Tal vez me hayan quedado
cicatrices. Lo que ha existido alguna vez continúa existiendo de algún modo.
—Es verdad. Pausa. Un suspiro –no se podría decir si por el mal tenido o por el
bien perdido– y otra pregunta precedida de una sonrisa. —¿Te acuerdas de las
misas que cantabas en la salita de tu casa? Tenías una bonita voz, me acuerdo
bien. Las misas que nosotros, tus hermanas, tus primas y yo te oíamos con tanto
fervor. —Bueno. Eso del fervor tuyo no puedo admitirlo, pues bien recuerdo que
no hacías sino burlarte del oficiante. Con todo y su bonita voz. Por el rostro
de Maigualida pasó una sombra, que no era la de su duelo, sino una sombra mala,
la de un recuerdo ingrato, odioso, tan abominable que toda la desgracia de su
vida se desprendía de allí. Hizo un gesto duro al reprimirlo y luego, volviendo
a sonreír: —Burlarme, no. ¡Dios me librara! Con lo quisquilloso que eras.
—Reírte, por lo menos. Y se quedaron mirándose en silencio. —¿Sabes por qué?
¿Recuerdas que te llamábamos el "Padre Dóminus Vobiscum", porque casi
toda la misa se te iba en cantar eso solamente? Entretanto Rosa María,
Eufrosina y Manuelito, separados de Maigualida por otros tres hermanos muertos,
habían estado mirando alternativamente y en silencio a los que sostenían
aquella conversación sencilla y a la vez extraña; pero en sus miradas no
apareció la malicia sino cuando Marcos Vargas, a las últimas palabras de
Maigualida agregó: —Para tener pretexto de volverse a mirar a alguna de sus
devotas que le gustaba un poquito, ¿verdad?
—¿A pesar de su misticismo? –exclamó Maigualida sonrojándose. —Con todo
y su bonita voz, como él mismo dice ahora. No era bribón el curita, sin ser
todavía cura de veras. Risas, los sollozos de la viuda –esta vez no quizás por
el marido muerto sino por la hija que no podía amar–, un suspiro de ésta,
efluvio de la flor de la sangre que acababa de reventar en sus mejillas y ya se
desvanecía y la tácita reconvención con el cantarino acento: —¡Mamá!
Despidiéronse Gabriel y Marcos. Salieron a la calle oscura y llegaron en
silencio hasta la esquina; allí dijo el segundo: —Bueno. Yo me quedo por aquí.
Y Gabriel Ureña continuó solo, que
era como quería estar. Las palabras de Maigualida lo habían hecho recordar los
tristes años de su adolescencia, cuando a raíz de la muerte de su madre,
pequeñas flaquezas de su alma –timidez, amargura de su mal parecer, dolor de su
pobreza– tomaron forma de grandes anhelos. Fueron, sin embargo, los preciosos
momentos de la inquietud interrogante, la hora viva en que debía decidirse su
destino; pero le faltó quien lo ayudara a interpretar las misteriosas señales,
pues quien esto pretendió, aquella tía de espíritu simple mencionada por
Maigualida, apenas supo decirle: —Es Dios que te llama a su santo servicio. Él
creyó de buena fe o con toda ingenuidad y paramentó de velas ansiosas su barca
iluminada para el gran viento divino; pero como sólo le dieron candorosas
explicaciones y prácticas superficiales, un día, de pronto y a lo mejor de la
bordada, amainó Dios, flamearon un poco las velas vacías y luego se quedaron
quietas. Y esto sucedió a la altura de los dieciocho años, sin cabo de las
tormentas a la vista, una tarde serena de un día vulgar. Las cosas, realmente,
ocu rrieron así: era un día de jubileo papal o algo por el estilo, se ganaban
indulgencias plenarias entrando en la catedral, rezando un padrenuestro,
saliendo hasta la puerta mayor, volviendo a entrar para otro padrenuestro y una
vez más para un tercero. Ya había rezado el primero, con mucha unción, y estaba
en la puerta –el sol de la tarde doraría los árboles de la plaza vecina, acaso
habría trinos entre el ramaje, pero esto no tenía importancia–, debía penetrar
de nuevo en el templo y ya lo hacía, en efecto, cuando de repente se formuló
esta interrogación: ¿Esto qué es? ¿Qué estoy haciendo yo? ¿Acaso las
discusiones con los amigos incrédulos, los argumentos de éstos, más sólidos y
mal rebatidos por él, las burlas, incluso, porque creía a pie juntillas en el
mito del pecado original, con manzana verdadera y serpiente tentadora? ¿El
efecto a distancia del regusto de vergüenza involuntaria que entonces le
dejaron sus propias palabras, textuales sinrazones con que lo defraudara el
maestro que así correspondió a su actitud interrogante? ¿O acaso, simplemente,
la invitación no aceptada que hacía poco le había hecho un amigo para ir al teatro
aquella misma tarde?... Cierto que para esa época ir al teatro era placer que
no se lo permitía su pobreza; pero de todos modos ni en esto ni en la manzana
estaba pensando cuando se hizo aquella pregunta, en seguida de la cual púsose
el sombrero y echó a andar, calle adelante, y va sin el divino compañero. Pero
ya sin rumbo también, ni deseo de buscarlo por otros horizontes, porque había
sido defraudado por la vida y el despecho le devastaba el corazón. Y fue
entonces la barca al garete, desganadas de viento las velas tendidas, sueltas
las escotas... Mas no era la fe lo que ahora echaba de menos con aquellas
nostalgias, sino la hora viva de su
voluntad, en que, sin embargo, no se decidió su destino. Una pregunta
afectuosa acabada de devolvérsela muerta... Breve hora dulce de unos años
tristes, en que fue también soñador por la gracia del regalo del tío.
Promesas
En la antesala, la octava noche,
que fue de apretada condolencia, ya quedándose sola la familia, permanecieron
un rato los ojos bajos y las bocas mudas. Luego la viuda suspiró y murmuró:
—¡Bien! Ahora cada cual a su vida y nosotros... Luego Gabriel se puso de pie,
estrechó en silencio las manos, abandonó la suya un rato al apretón expresivo
con que la señora Ladera le manifestaba su agradecimiento y tal vez algo más
mientras le decía: —No nos olvide. Prometió que continuaría yendo mientras cada
vez que no estuviese de guardia y se retiró acompañado por Maigualida hasta la
puerta del zaguán, donde ella le dijo: —Te hice señas de que te quedaras para
último porque tenía algo que decirte. No te imaginas cómo te agradezco la
compañía que nos has hecho en estos días. Yo, especialmente. Pero te suplico –y
no lo tomes a mal– que no vuelvas por aquí sino muy de tarde en tarde. —Acabo
de prometer lo contrario. —Sí. Ya lo he oído. Mamá y todos en esta casa
desearíamos verte con frecuencia; pero no puede ser, porque ya por ahí se anda
diciendo que fuimos novios cuando estuve en Caracas y que hemos reanudado
nuestros amores.
Había comenzado a decir esto con
pleno dominio de sí misma, pero concluyó sonrojándose ante la mirada de Ureña y
le pareció larga la breve pausa que éste dejó trans currir antes de replicar:
—Ya se convencerán de que no hay tal. —¿Crees? Desapareció de pronto de la boca
escéptica el gesto irónico que acompañó las palabras confiadas y por esto y por
algo que ya no sucedía en ellos, agregó en seguida: —Aunque así fuere, que no
será. Mirá. Vuélvete con disimulo. En la casa de enfrente están espiándonos por
la rendija de la entrepuerta. Ureña sólo advirtió que la cerraban completamente
y Maigualida prosiguió: —Se han quitado al verse descubiertas. Las mismas que
acaban de despedirse de mi con besos y abrazos. ¡Este pueblo! —¿Cuál no es así? —Es cierto. Pero también lo es que ya mis
amigos de enfrente podrán decir que tienen la prueba de que efectivamente somos
novios: nos han sorprendido hablando solos en la entrepuerta. Y a los ocho días
justo de muerto papá. ¡De asesinado por causa de otros amores míos! —Tal vez les concedas demasiada importancia a
esas murmuraciones –repuso Ureña, tratando de ocultar el profundo disgusto que
le habían producido las últimas palabras de Maigualida–. Ya se cansarán de
fisgonear y de murmurar. Aquí, como en todos los pueblos como éste, el prójimo
es el único espectáculo, pero para distraerse es necesario variar. Hoy nos toca
a nosotros dar la función; mañana la darán otros. Deja estar, que es dejar
pasar. —No. Si no creo que sea mala la intención de ese espionaje. Es decir,
deliberadamente mala. Pero no le concedería importancia, pues al fin y al cabo
espiados y vigilados por los demás, siempre tendremos que vivir, aquí o allá,
mientras no rompamos totalmente con la humanidad, si en este caso no hubiera
algo especial, muy desagradable de tratar, como compren derás, pero que no debo
ocultártelo. Ya mis amigas –no ésas de enfrente, sino las de al lado, que
también me quieren mucho– me han traído el cuento de que por la calle se dice
–fíjate bien: por la calle, ¡por donde juega el viento con las basuras!– que
pronto se les volverá a presentar trabajo a los espalderos de José Francisco
Ardavín, si no a él mismo en persona. ¿Te explicas? ¿Sabes ya?
—Sí –respondió Gabriel. Ahora se
explicaba también por qué se había empeñado Marcos Vargas, aquella misma tarde,
en que aceptase el regalo que quería hacerle de su revólver, por haberse
comprado otro, díjole. Tuvo que aceptárselo, atribuyendo el móvil del obsequio
al deseo de darle una muestra de amistad con prenda que hubiese sido de toda su
estimación y accedió con la sonrisa irónica en el rostro, mientras Marcos le
hacía prometerle que lo llevaría siempre consigo, como era prudente por allí en
todo caso, salvo que en esto no lo complacía en ese momento, ni pensaba
complacerlo. —¿Es odioso, verdad? –insistió Maigualida, que para hablar de
aquello había tenido que sobreponerse a las más íntimas delicadezas de su alma.
—Realmente odioso. Pero de la absurda conjunción de circunstancias, por partes
iguales e indiscernibles, lo íntimamente deseado y lo que de algún modo tenía
que ser ya contagio del ambiente saturado de afirmaciones de hombría, apareció
en boca del razonable Gabriel Ureña esta pregunta que interrogaba y desafiaba
al callado amo y al brutal destino: —Pero ¿si prefiriera hacer precisamente lo
contrario de lo que me aconsejas? Bajo la mirada fija en sus ojos y ante la
evidencia dulce y tremenda de lo que prometían aquellas palabras, manó un
momento en silencio recóndito la fuente sellada. Un instante apenas, pero en
el cual se insertaban, holgadamente,
inolvidables días de quince años atrás, los del amor primero e inconfesado. Mas
en seguida se sobrepuso la que no podía amar sin dar la muerte. —¡No, Gabriel!
Te lo suplico que no vuelvas por aquí hasta que la gente se haya convencido de
que no somos, no podemos ser, sino amigos. Nada más que buenos amigos. Y al
cabo de una breve pausa, mirando la sonrisa de la boca escéptica: —Tal vez
parezca inconveniente, por no decir otra cosa, que yo tome la iniciativa para
rechazar lo que formalmente no se me está ofreciendo, pero ya he vivido
demasiado para disimulos, a pesar mío, y en todo caso me refiero a las
habladurías de la gente, al odioso rumor que otra vez echa mi nombre a la
calle. Prométeme lo que te pido. —Prometido. Volvieron a estrecharse las manos
callando y mirándose. Suspiró Maigualida y luego dijo:
—¡Adiós, Gabriel! —¡Adiós, Maigualida!
Childerico tenía su corcel
Salió a la calle, donde ya reinaba la
tenebrosa ausencia del alumbrado público. Anduvo unos pasos. —¡Adiós, Ureña!
–dijéronle desde una ventana sin luz en la sala–. Tenga cuidado con los
tropiezos. Mire que la noche está muy oscura. —¡Adiós, señorita! –repuso–. Se
le agradece la advertencia y ojalá pudiera decirse otro tanto de la intención.
Se oyeron risas. Sonaron al cerrarse varios postigos de otras ventanas.
Prosiguió su marcha. Advirtió que en la
esquina se movían bultos de gente apostada y le cruzó por la mente una
interrogación: —¿Será posible? Eran Arteaguita y aquel comerciante contra quien
había sido librada la orden de pago que no llegó a hacer efectiva "El
Españolito". Estaban esperándolo hacía rato y el primero inició la
presentación. —El amigo... —Hilder –dijo el presentado, adelantándose al nombre
que fuese a darle el caraqueñito guasón. Era un sujeto metido en carnes que
anadeaba un poco al andar y hacía ademanes muy personales moviendo los cortos
brazos a la altura del abombado pecho. —Soy tal vez, amigo Ureña –dijo en
seguida de su nombre–, el último upatense que entra en su estimable
conocimiento, no obstante, el ser vecinos de calle por medio y frente a frente.
¿No es así? Sí lo era. Frente a la oficina de telégrafos estaba la casa de comercio
de C. Hilder_&Co., denominada "Los Argonautas", y por las
ventanas de la primera, siempre abiertas, ya había podido apreciar Gabriel
Ureña los rasgos físicos de C. Hilder –que no se ponía ni nunca daba su nombre
completo por tener el de Ciriacocomo también las muestras que le daba el buen
deseo de entrar en su estimable conocimiento, con corteses inclinaciones de
cabeza a la primera mirada cruzada en el día –el uno ante su aparato y el otro
detrás de su mostrador– y luego con sonrisas afables cada vez que sus ojos
volvían a encontrarse. —Pero es que yo –prosiguió el comerciante– soy de mío
respetuoso de las distancias y paciente en la espera de la fortuna. Con lo cual
quería decir que no se había atrevido a presentarse por sí mismo, pero que lo
deseaba ardientemente. Ureña lo entendió así y le hizo gracia el "soy de
mío". Tanta que si hubiera tenido la costumbre de aplicar sobrenombres,
con esa frase habría reemplazado para
siempre la C. de Hilder. Por otra parte, ya conocía el apodo de Childerico que
se le daba, creación del chistoso Arteaguita, quien así leyó la firma de C.
Hilder_&Co., y bien le venía al dueño de "Los Argonautas", sin
que se pudiese explicar por qué. Ya la misma denominación de la casa era un
poco extraña, pues habiendo dentro de ella todo lo que pudiese necesitar en un
momento dado un upatense, carrero o no, no había nada que pareciera de uso
exclusivo de navegantes, mitológicos o no. Más si una casa de comercio puede
ser denominada de cualquier modo y hasta hacer buenos negocios no siéndolo en
absoluto, en cambio, los apodos o remoquetes, para tener fortuna, requieren ser
de buena manera apropiados. En Upata no eran tal vez muchos los que tenían
conocimiento de los Childericos históricos e incluso era ya bien extraño que
Arteaguita, que según propia confesión no había pasado de oficial de sastrería,
hubiese llegado a conocerlos. Pero ¡ahí del genio! A C. Hilder_&Co., afirma
ostensible en la fachada de "Los Argonautas", hacía varios años, le
convenía el nombre histórico y el aplicárselo fue obra de un
"impromptu". En el patio de la casa de comercio cultivaba C. Hilder
con amor un jardín con cuyas flores regalaba a las personas que acabaran de
serle presentadas. El jardín no era, propiamente, sino una aglomeración de
matas de rosas, malabares, novio y jazmines, las más de ellas en latas que
habían sido de caramelos de los Alpes o de manteca de cerdos de Chicago, pero
allí florecía, y allí fue llevado Arteaguita. No hizo sino verlo, después de
haber leído la firma comercial en la fachada, cuando ya tenía el retruécano
afortunado. —Está bonito el jardín de Childerico.
Desde la oficina de telégrafos era
visible este jardín, ante el cual formaba tertulia el buen humor de Upata, pues
para mantenerla tenía Childerico en su tienda el mejor "brandy" que
por allí se paladeaba y servicio a un precio que no admitía competencia, ya que
no lo importaba para lucrarse sino para darse el gusto de cultivar amistades,
sobre todo entre los forasteros, departiendo con ellos sin perder de vista su
negocio. Ureña no había penetrado todavía en aquel círculo, pero en aquel
jardín había ya una flor para él, y la más hermosa de todas, por razones que se
reservaba Childerico. Ahora éste se proponía servirle de escolta en compañía de
Arteaguita y lo manifestaba de este modo: —Caminemos, si prefiere usted el
movimiento al reposo. Barrunto que usted va para su casa, como yo para la mía,
que es otra manera de designar la suya, y... Había que oirle a Childerico
pronunciar esta copulativa final: la emitía como un hipo y la acompañaba
moviendo los brazos con un ademán de "pase usted adelante". Y echaron
a andar. Childerico produciéndose en "soy de mío" y
"barrunto", y Arteaguita mordisqueándose las uñas nerviosamente y
explorando las tinieblas que los rodeaban, con tanta insistencia que, para
tranquilizarlo, aquél hubo de interpolar entre sus rebuscadas frases, ésta,
sencilla y rápidamente pronunciada: —Ya se fueron. No se habían alejado mucho
de la esquina cuando otra voz surgió de la oscuridad envolvente, en la cual se
destacaba una voluminosa sombra blanca en el umbral de un portón. Una voz
cachazuda, de hombre viejo, gordo y bondadoso: —¿Qué hubo, Ciriaco? —Nada, general –repuso Childerico, a cuya
tertulia pertenecía aquella voz–. Vamos bien. —Me alegro –dijo la sombra, y se
metió en su casa. —Vamos bien –murmuró Ureña–. ¿Luego se esperaba que no lo
fuéramos? A lo que repuso Childerico, produciéndose: —¡Esperar! ¡Cuán
profundamente humana es una palabra! ¿Verdad? La vida no es sino esperar: se
espera cuando se teme, se espera cuando se quiere. ¡Siempre se espera!
—Pero quizás el amigo Ureña
–intervino el guasón de Arteaguita– no se esperaba todo eso. —¡Quite usted,
amigo Arteaga! –exclamó Childerico–. Hay horas de chistes y horas de palabras
graves. Yo soy de mío inclinado al buen reír, pero quizá el amigo Ureña no lo
sea tanto y va usted a violentar su naturaleza obligándolo a celebrar esos
juegos de palabras que lo hacen a usted tan estimable y tan agradable... ¿Ve
usted, Arteaga? ¡El amigo Ureña se ríe a carcajadas! ¡Él, que de suyo es una
persona dulcemente grave! Óigalo usted. ¡Fijese, Arteaga, en lo que ha hecho!
¡Los extremos a que lo ha obligado! —No
lo haré más –prometió el chistoso–. Estoy profundamente arrepentido. —¡Bien!
¡Bien! ¡Hay que reír! ¡Hay que reír! Pero decía usted, amigo Ureña... O mejor
dicho: murmuró usted una frase, repitiéndola, que tal vez lo hizo pensar muchas
cosas. "Vamos bien" fue la frase. En realidad no es sino una manera
nuestra de contestar al saludo que se nos dirija; pero penetrando hasta el
fondo de la cuestión, hasta el sentido oculto que tienen todas las cosas, aun
las más triviales, hay ciertamente algo de, ¿cómo diremos?..., algo de santo y
seña en ese "vamos bien" con que nos reconocemos en la oscuridad de
la noche –que no es sino una materialización de los misterios de la vida– los
amigos errantes por ella a la buena de Dios ¿No le parece? Pero otra voz, que
partió de un grupo detenido en la otra esquina,
relevando a Ureña de la obligación de manifestarle su parecer, ocupó la
atención del singular comerciante: —¡Bueno, pues! –dijo la voz anónima. Y
Childerico respondió, como a otro santo y seña: —Bueno, pues. Y dirigiéndose
otra vez a Ureña: —¡Sí! ¡Cómo no! Y acaba usted de oir otra frase que tomada al
pie de la letra no dice nada. Pero ¿qué quiere usted, amigo mío? ¡Si la vida
está llena de cosas sin sentido! Ella misma no lo tiene de suyo muy claro. ¡Sin
sentido aparente, entendámonos! Porque en el fondo de todo hay siempre un gran
sentido oculto. ¡Sí, sí! ¡Cómo no! A Gabriel Ureña comenzó a parecerle que
Childerico fuera, en el fondo del comerciante aparente, filósofo del sentido
oculto, cosas que suelen darse en pueblos semejantes; pero más todavía le
pareció que, a causa del rumor callejero de que le hablase Maigualida, hubiera puesto
en movimiento a todos sus amigos – aquel general, este grupo que acababan de
encontrar y otros que probablemente estarían apostados más allá– en espera del
golpe alevoso de Ardavín que se cerniera sobre su cabeza y tal vez sólo para
darse humos de defensor de vidas en peligro. Y esto, quitándole toda gana de
agradecérselo, lo puso a punto de estallar, pues en todo aquello, con lo
trágico se mezclaba lo grotesco y a él lo ponían en ridículo. Pero cuando ya
iba a estallar observó que Arteaguita se devoraba materialmente las uñas, a
tiempo que echaba miradas recelosas hacia las bocacalles propicias a la
emboscada y fue de risa el estallido al considerar a su paisano recluta remolón
del ejército de Childerico. —¡Arteaguita! –exclamó– ¡Que va a quedarse usted
sin uñas! —Es verdad –aceptó, golpeán
dose rabiosamente con una mano la que así se dejaba roer–. ¡Maldita sea! Y, sin
embargo, era Arteaguita quien había puesto en movimiento aquella tropa alerta.
Momentos antes, ya enterado del rumor callejero al pasar por la esquina próxima
a la casa de las Laderas, había visto allí dos hombres que le parecieron
sospechosos y dirigiéndose en seguida a "Los Argonautas", de donde
acababa de retirarse, dio la voz de alarma como de cosa perfectamente averiguada:
—Esta noche asesinarán a Gabriel Ureña si no acudimos a evitarlo. Childerico se
lo creyó por completo; el general de la voz cachazuda, sólo en parte y por eso
se limitó a esperar los acontecimientos en la puerta de su casa, cercana a la
esquina, dispuesto a intervenir cuando fuera menester, y en cuanto al grupo
hallado más adelante, quizá no era sino de curiosos con perspectivas de
tragedia. Pero si Arteaguita iba realmente como recluta orejano, no era un
forzado de Childerico, sino de aquella especie de divinidad sombría que reinaba
en todos los espíritus sobre aquella tierra: el Hombre Macho que sabe jugarse
la vida en un momento dado. Desde la chuscada del fraile fantasma había quedado
ante los upatenses en una molesta condición de inferioridad, muy peligrosa por
otra parte para un presunto aventurero de la selva cauchera, donde es el hombre
el peor enemigo del hombre, y para quitarse este "handicap" –como él
decía– no sólo ante los demás, sino ante sí mismo, para demostrar y demostrarse
que era capaz de hacerle frente a un peligro cierto, dio crédito a lo que su
imaginación, excitada por las tinieblas de la calle, le presentó como
emboscados, como espalderos de José Francisco Ardavín esperando a Ureña para
asesinarlo, fue a "Los
Argonautas" por testigo de su valentía más que por defensor del amenazado,
y ahora lo escoltaba para que luego lo supiese toda la ciudad y se terminasen
aquellas bromas que le daban y burlas que le hacían por el desenlace de la
chuscada del fraile. Todo esto creyendo en su propia invención y atribuyendo
ahora a simple mala costumbre el roerse las uñas. —Tengo que quitármela –dijo,
después de haberla maldecido–. Voy a ponerme ají en los dedos. Ureña
condescendió: —Sí, y del más picante, Arteaguita. Childerico no caló la
intención mordaz. Childerico era un pedazo de pan, sin malicia alguna, antes
por el contrario, con un corazón noblote, lleno de una cosa candorosa que podía
parecer ridícula, pero que bien vista era bondad. Y como Ureña había tomado la
acera, le hizo la siguiente proposición: —Caminemos por el medio de la calle,
donde hay menos peligro de tropezar y romperse la crisma. —Y sin mirar las
estrellas, porque encandilan, y luego no se distinguen los baches –se le
ocurrió a Ureña agregar, refiriéndose pura y simplemente a las del cielo y por
modo de exageración de la oscuridad que reinaba en la calle. Pero Childerico se
apoderó de aquellas palabras y las proyectó sobre un plano donde adquirieran
aquel sentido oculto que le agradaba encontrar en el fondo de todas las cosas.
—¡Usted lo ha dicho! Es peligroso contemplar las estrellas. Se corre el riesgo
de cegar para siempre ante la oscura realidad de la vida. ¡Las estrellas! O
sea, el amor, el arte, la ciencia. !Cómo nos ciegan! Pero al mismo tiempo, ¡qué
divina ceguera, amigo Ureña! ¡Qué sublime encandilamiento! Aquí entre nos yo le
confieso que soy uno de esos ciegos. Ureña lo miró a la cara, socarronamente, y
le pareció que aquel rostro, "de
suyo" luciente por causa de cierto excesivo estiramiento de la piel y de
un poco de rezumo de grasa, había adquirido una extraña fosforescencia. Y le
dijo, refiriéndose a la ceguera que confesaba padecer: —Pues lo disimula usted
muy bien. Arteaguita soltó la risa –lo cual suplió por el momento el ají que se
proponía aplicarse a los dedos–, a Childerico se le apagó la misteriosa
lumbrarada de la faz y Gabriel rectificó:
—Quise decir que ha tenido usted
buen cuidado de no dejarse ver el idealista que lleva por dentro, pues, según
lo que he oído decir, todo el mundo lo toma por un hombre práctico que maneja
muy bien su negocio. Pero Childerico había sido herido donde más le dolía y
repuso: —Tiene usted razón: lo disimulo bien, soy un buen comerciante y un buen
hombre a quien se le hacen chistes y se le dicen cosas. Pero quizá algún día
oiga usted galopar mi corcel. No será un Pegaso ni un Bucéfalo, pero yo tengo
mi corcel y algún día lo jinetearé. Ureña iba a manifestar que no lo ponía en
duda, pero Arteaguita le quitó la palabra, con su buen humor recobrado:
—Siempre que no sea la Mula Maniá, ¿verdad, paisano? Acabó de amoscarse
Childerico. —¿Usted qué sabe de esto, amigo Arteaga? Y como en esto llegaban a
la puerta de la oficina de telégrafos: —¡En fin, amigo Ureña! Lo dejo en su
casa. He cumplido un deber y he tenido un placer. —Que no querría yo habérselo
amargado –dijo Ureña, sonriendo. —¡Nada, nada! Tuve una expansión de
sinceridad, usted me correspondió con otra, metió baza el amigo Arteaguita, de
suyo ocurrente siempre, y... No se hable más de eso y cuente con un amigo para
cualquiera emergencia. Y atravesó la calzada que lo separaba de "Los
Argonautas", tienda y hogar de soltero –por enamorado de la imposible
Maigualida, esto no lo sospechaba Ureña– y cuadra de su corcel. Aunque
Arteaguita le aseguró a Ureña, empinándose para hablarle al oído: —No tiene
caballo. Eso es mentira. Yo he registrado toda la casa. Luego se dirigió a la
posada y Ureña entró en su casa, pensando con leve ironía en el oculto sentido
de las cosas ocurridas aquella noche. Pero ya en su habitación, al desnudarse,
soltó de pronto una carcajada, porque acababa de representarse a Childerico
fosforescente, jineteando su corcel por los aires tenebrosos. Y se preguntó:
"¿Cuál será el corcel de Childerico?"
VIII
La Bordona
Alta noche amparaba el idilio
furtivo por el postigo de la ventana. Allá dentro, patentizando el sueño
desprevenido, el bronco rumor marino de los ronquidos de "musiú"
Vellorini; afuera, la ausencia alcahueta de alumbrado público en la calle
solitaria, el alto cielo de tinta china, el grandioso universo infinito de la
constelación del trópico y las estrellas fugaces, madrinas del instantáneo
deseo que se les confiara. —¿Qué le pediste a la exhalación? –preguntaba
Aracelis. —¿Qué iba a pedirle –replicaba Marcos– si no la vi siquiera? —¿Por estar contemplándome a mí? —¡Por eso!
—Pues yo sí: que nos conserve toda la vida junticos, así como estamos en
este momento. —¿Balaustres por medio?
—¡Es verdad, chico! Se me olvidó ese detalle. Ya le advertiré que sin
ellos a la primera que vuelva a pasar. Araceli se iniciaba en el amor con la
misma impetuosa ingenuidad de aquel arrebato en la Laja de la Zapoara y ponía
tanto fuego en sus palabras que ya Marcos había recurrido a una muletilla para
apaciguar aquel chisporroteo de inflamadas ternezas. —¡Apaga, Bordona! –decíale
dándole el sobrenombre familiar que por allí se les aplica a las hijas
menores–. ¡Apaga, que nos quemamos! Le contaba su vida, a lampos de la
imaginación saltarina, bisbiseado de prisa el animado relato, él callando y
contemplándola más que oyéndola. Una temporada en Niza. —¡Qué fastidio, chico!
Mademoiselle Vellorini para acá, mademoiselle Vellorini para allá. Señorita,
¿sabes? Porque esos muchachos franceses son muy písticos y puede una pasar con
ellos tiempo y tiempo sin que le cojan confianza. Mientras que aquí –!qué
sabroso, chico!– apenas te conocen y ya te tutean y te agarran y te zangolotean
si te descuidas...
!Sin balaustres! ¿Sabes? —¿Qué es eso, Bordona? —La exhalación, chico, que ya se me iba a
pasar sin hacerle el encargo. A mis hermanas sí les encanta el modo de tratar
de los franceses. ¡Ah! Antes que se me olvide. ¿Sabes que están furiosas contra
ti? No te perdonan que hayas jugado a papaíto como lo hiciste la otra noche.
Dicen que le faltaste el respeto, que lo pusiste en ridículo. A él y a todas
nosotras. ¡Cómo ellas son tan pavas! —¿Y
tú qué opinas? —Yo me morí de risa,
chico. A papaíto también le hizo mucha
gracia. ¡Óyelo qué sabroso ronca! Eso es el "brandy", ¿sabes?
¿A ti te gusta beber? Haces bien, chico; no bebas nunca. Mamaíta vive
regañándolo por eso; pero él... !Pobrecito, chico! Si le gusta su traguito
antes de comida, ¿por qué se va a privar de él, verdad? ¡Tan lindo y tan
querido que es mi viejito! ¡Óyelo cómo ronca! ¡Ah! ¡Que se me iba a olvidar!
Tienes una cuenta pendiente conmigo: le dijiste a papaíto que él era el malo de
los Vellorinis. Pero te equivocas, chico. Es tan bueno como papaote. Tío José,
¿sabes? ¡Yo los quiero tanto a los dos! Pero ¿qué estaba contándote? ¡Ah! Que
el mismo papaíto fue quien trajo el cuento de la jugada tuya contra José
Francisco Ardavín. Yo me morí de risa, como te digo; pero mis hermanas me
formaron después una canfínfora y me dijeron que te lo celebraba tanto porque
estaba enamorada de ti. Que ya me lo habían descubierto. Que cuándo no. Que
como a mi me gusta tanto todo lo que sea vulgaridad. ¡Como ellas son tan
písticas! —¡Canfínfora, písticas! ¿Qué
significa eso, Bordona? —¡Babieca! ¿No
sabes lo que es una canfínfora? Un regaño en cayapa como el que ellas me
dieron. Y pístico es lo que te estás poniendo tú también desde que te has hecho
amigo de Gabriel Ureña, que habla con esa... prosopopeya. ¿No es así como se
dice? ¡Y a propósito de Ureña! Dile que se deje de esa risita con que mira
cuando suelto alguno de mis disparates, porque se me va a hacer antipático y yo
deseo quererlo mucho porque es buen amigo tuyo –hace unas magníficas ausencias
de tu persona– y porque va a ser primo mío, por parte de Maigualida. ¡Yo tengo
una vista, chico! —Le diré todo eso.
—Pero déjame seguir mi cuento.
Me dijeron mis hermanas que ya se
habían fijado en ciertas cosas y se las iban a soplar a papaíto. Que habían
reparado en que me pongo pálida y me
azoro toda cuando oigo mencionarte. Porque es verdad, chico: en cuanto no más
oigo decir Marcos Vargas, ya eso es conmigo y empieza a salírseme el corazón
por la boca. De tal modo que de esto me va a resultar una aneurisma, por lo
menos, y de repente me voy a quedar muerta como una pazguata. Pero ¡es que te
quiero tanto, chico! ¡Tanto, tanto, tanto!
—¡Apaga, Bordona, que ya la ventana está echando humo! —¡Odioso! ¡Bicho antipático! ¡Me dan unas
ganas de matarte cuando me sales con eso! Es que tú no me quieres como yo a ti.
Ya estoy viendo que voy a ser muy desgraciada, porque tú todo lo tomas a broma.
¡Mentira, chico! Voy a ser la mujer más feliz de toda la redondez del mundo.
¡Déjame tocar madera! ¡Si de sólo imaginarme que pueda sucederte algo ya estoy
como loca! ¡No te figuras lo que me hace sufrir la idea de que ese bandido de
José Francisco la coja algún día contigo! No te metas con él, chico.
Prométemelo. ¡Júramelo! Mira que ese hombre es muy traicionero. ¡Mi pobre
padrino Ladera! Pero te digo también otra cosa: te tiene miedo. Papaíto dice
que le metiste las cabras en el corral. ¡Lo orgullosa y oronda que me pongo
cuando oigo decir que tú eres un esto y un aquello! Pero tú eres malo, chico.
¿No ves eso que le hiciste al pobre Españolito? Porque no me vengas a decir que
no fuiste tú el de la ocurrencia de los tiros. —No te lo diré. —Yo te conozco
mucho, aunque apenas tenemos unos días de amores y unos raticos de
conversación. ¿Por qué será eso, chico, que cuando una está enamorada todo lo
ve clarito? Tú te quedas callado, como ahora, por ejemplo, y yo veo clarito lo
que estás pensando. —Di, a ver. —Que soy loca. —Acertaste, Bordona. —¡Odioso!
¡Bicho repugnante! No sé cómo he podido
enamorarme de ti. Primero, ni caso me hiciste cuando la cachetada y ahora,
¡gracias que me llames Bordona! Porque fuera de ésa, todavía no te he oído la
primera palabra cariñosa. En efecto, a Marcos Vargas se le atragantaban las
ternezas. Estaba enamorado de ella, le parecía la más linda de todas las
criaturas, la única apetecible entre todas las mujeres y se deleitaba en
contemplarla; pero también parecíale que no era de hombres demostrar ternura ni
manifestarse enamorado de mujer alguna como no fuese por los modos violentos
del apetito de posesión. El amor que le inspiraba Aracelis era puro y delicado,
pero el rudo ambiente viril en que se delineara su carácter impedíale ya exhibir
la porción fina de sus sentimientos y sólo el buen humor podía dulcificar la
aspereza a que debiera inducirlo su bronco concepto de la hombría. Mas no era
sólo Marcos, sino también la misma Aracelis quien en el fondo del alma así
sentía, a fuerza de oir, no obstante su escasa experiencia, lo que allí se
reputaba por hombre cabal y verdadero. Y como tenía la imaginación ardiente
junto con el temperamento de la amorosa, lo masculino, mientras más rudo, más
fascinante le resultaba. La Bordona se iniciaba en el amor con alma ingenua y
sangre aventurera.
"Musiú" Vellorini toma medidas
Pero por allí también vigilaba el
vecindario. —¿Sabes la noticia? Que frente a la casa de las Vellorinis está
saliendo un espanto. —¿De veras? ¿Será una sombra blanca que me pareció
distinguir la otra noche parada frente a una de las ventanas? —¡La misma que viste y calza! —¡No me digas, chica! ¿Será que también allí
hay dinero enterrado? —Enterrado, quizá
no; pero dinero hay. ¡Y bastante! Y un día recibió Francisco Vellorini un
anónimo con tales insidias. En cuanto a refranes y modales, don Francisco era
criollísimo, pero como en sus planes no entraba consentir en que sus hijas se
casaran con criollos, apenas recibió aquel anónimo y le caló la intención,
cuando tomó una determinación que para ese año tampoco entraba en sus planes.
—Berenice –díjole a su mujer–. ¿No te parece, hijita, que sería bueno que
mandáramos a las muchachitas a pasar este verano en Niza, para que se
distraigan un poco de esta pena? La gente joven no tiene por qué entregarse
tanto a los duelos como nosotros los viejos, que ya tenemos el corazón hecho
para el sufrimiento. Digo mandarlas, porque yo no podré alejarme de aquí en
estos momentos, entre otras cosas, por causa de la administración de los bienes
de Manuel, que María quiere entregármela, como ya sabes, y porque tú, que nunca
has querido decidirte a atravesar el mar, menos querrás hacerlo ahora. Nada
podía parecerle tan inoportuno a Berenice como la separación de las hijas en
aquellos momentos aflictivos, sobre todo la de Aracelis, su predilecta, por más
amorosa, y más suya, más de su sangre y su tierra, pues las mayores se
inclinaban hacia lo paterno extranjero y no tenían aquella bondad comunicativa
de la Bordona; pero ya Berenice sospechaba de dónde vendría aquella
determinación intempestiva –pues aunque el marido le diera la forma de una
consulta, conforme a su costumbre de contemporización conyugal, no era en
realidad sino cosa ya decidida por él– y como en este caso para nada valdría su
parecer en contra, se limitó a
preguntar, ya resignada: —¿Y con quién piensas mandarlas? —Podríamos confiárselas a José. ¿No te
parece? José está necesitando un viajecito a Europa, pues no anda bien de salud
aunque se empeña en ocultarlo. Serán tres o cuatro meses que se pasan pronto.
¿No te parece? —¡Qué ha de parecerme!
Que ya tú lo has resuelto así. —Después de haberlo pensado bien. No te quede
duda, hijita. Ustedes las madres, por ser más amorosas, resultan más egoístas.
Dicho sea sin intención de censurarte el natural deseo de tener contigo a tus
hijas en estos momentos. Y aquel mismo día, a José, que con motivo del duelo
hallábase en Upata: —He decidido que te des un paseíto por Europa en este
verano. Prepárate para embarcarte, junto con las muchachitas, en el próximo
vapor francés que pasará por Trinidad alrededor del 20 de este mes. Pero si
aquí se repetía el caso de Berenice sumisa a la voluntad de don Francisco, no
lo era sin protestas y gran aparato de rebeldía. —¡Cómo! ¿Que has decidido tú que
yo...? ¡Hombre! ¡Ya esto no se puede tolerar! Y el bueno de José, que por malo
pasaba, acompañó sus palabras con gestos y ademanes del todo semejantes a los
de la verdadera indignación. Pero Francisco le repuso reposadamente: —Como que
si te lo propongo o te lo aconsejo, simplemente, me responderás que no puedes
desprenderte de los negocios. Pero es necesario que te tomes unas vacaciones,
como lo hice yo el año pasado. No andas bien de salud, por más que te empeñes
en ocultarlo y no hay que matar la gallina de los huevos de oro. Además, ¿por
qué no decírtelo? Necesito quitarle de la
cabeza a la Bordona unos amorcitos que parece tener con ese Marcos
Vargas. —Que es un mozo muy simpático –interrumpió José con viveza, acaso por
simple espíritu de contradicción al parecer del hermano. —A mí también me lo
parece –dijo Francisco–, pero para novio de mi muchachita aspiro a más y mejor.
Y como no quiero estar regañando con ella, que tiene su genio y por las malas
trata de salirse con las suyas, he decidido alejarla de por aquí hasta que se
le pase la ventolera. —¿Y me has escogido a mí como verdugo de la
muchachita? —En todo caso el verdugo
sería yo. —De todos modos, no cuentes conmigo. Además, no quiero hacer ese
viaje. No lo he decidido yo. !Yo! ¿Comprendes? Ya estoy hasta la coronilla de
no hacer sino lo que a ti te dé la gana. Y de ahí no paso. ¡Ya está! ¡Ya
estallé! Pero aquellas bravatas eran como cosquillas para don Francisco, que
tanto lo amaba como bien lo conocía y después de reírselas díjole: —No te sulfures,
que no es para tanto. —¿Cómo que no? ¡Y para mucho más! ¡Hombre! ¡Si todavía le
parece poco! José para todo lo desagradable: para negar el crédito, para
apretar al cliente que se atrasa en los pagos y ahora para servirle de verdugo
a la pobre muchachita. En una palabra, para pasar la dentera mientras tú te
comes la naranja. —¡Hombre! –exclamó el hermano, bromista–. Es la primera vez
que te oigo emplear un refrán de esta tierra. —¿Sí? Pues ya me vas a oir el
segundo. Pero desistió de emplearlo o en realidad no había pensado en ningún
otro cuando así dijo y continuó como venía, aunque ya amainado:
—¡Hombre! ¡Acabáramos!
"Prepárate para que te embarques!"
¿Qué es eso de prepárate? ¿Por qué no me dices: Mirá José, he resuelto
esto y querría que tú...? —Pues hazte
cuenta de que te lo he dicho así y basta. —¡No! No basta, no basta. Porque yo
no puedo preparar un viaje, como tú pretendes, para el próximo vapor. —O para
el siguiente, no hay prisa, después de todo. —No, no. Tampoco. Ya te he dicho
que conmigo no cuentes para eso... ¡Es que no puede ser! ¿Acaso un viaje a
Europa se prepara en...? ¡Mira, no me hables más de eso! Hazme el favor. Ya me
has amargado la venida a tu casa. !Eso es! Yo no hubiera querido decírtelo,
pero ya está dicho. No lo tomes a mal. Y salió del almacén donde esto ocurría,
gesticulando y hablando a solas, dispuesto a regresar inmediatamente a
Tumeremo. Francisco se quedó murmurando, como de cosa sabida: —¡Ah, José!
¡Quién lo oyera! Bañada en llanto encontró el cascarrabias a la sobrina
predilecta, para quien especialmente atesoraba con amor sus ganancias, apenas
quitado de ellas para otros afectos lo que se comía el gato negro de los ojos
verdes, sombrío y célibe como él, aunque no por su gusto lo segundo. —Ven acá,
Bordona –díjole, haciéndola sentarse sobre sus piernas–. No llores más, hijita,
que vas a ponerte fea. Yo te llevo y te traigo. Cuenta conmigo. No serán sino
unos tres o cuatro meses. —¡Tres o cuatro meses! ¿Acaso no sé lo que se propone
papaíto? —Oye otra cosa, hijita. Es
conveniente que hagas ese viaje, pues así pondrás a prueba el cariño de tu
novio. Quiera o no, tu papaíto no puede sino procurar tu bien. Él sabe lo que
hace. Siempre es bueno, cuando se tienen amores, ausentarse por algún tiempo.
Así podemos cerciorarnos de si es cariño efectivo el que nos tienen o capricho pasajero. —¡Tú qué sabes de
eso, papaote, si nunca has tenido novia! Y los sollozos se le convirtieron en
risa mientras el tío otorgaba, moviendo desconsoladamente la cabeza. —¡También
es verdad, hijita! ¡También es verdad! Pero Francisco Vellorini sabía hacer sus
cosas, y por otra parte no le faltaba buena voluntad respecto a Marcos Vargas y
así ya estaba proponiéndole a éste:
—Bueno, pollo. Ya es hora de que
hablemos un poco de negocios. Como sabrás, la viuda del compadre Ladera me ha
suplicado que me encargue de la administración de sus bienes. Desde luego el
negocio de tus carros continuará sobre lo convenido entre tú y Manuel: las
mismas facilidades de pago que él te dio y las que yo pueda concederte siempre
que las necesites; pero hablando de todo, al mismo tiempo te manifiesto desde
ahora que si no te conviene seguir en ese negocio, por esta o aquella
circunstancia imprevista, yo estaría dispuesto a quedarme con los carros para
el transporte de mis mercancías. Ya sé que los clientes que le ganaste a José
Francisco no se han atrevido todavía a ofrecerte sus cargas. Ésta no es una
razón para que te desalientes, ni tú eres de los que salen cacareando en cuanto
sienten el primer manotazo, pero de todos modos ya tienes abierta la retirada.
Y pasemos a otra cosa. ¿No te convendría, sin abandonar el negocio de los
carros, encargarte del manejo de los hatos de Manuel? Es un trabajo que parece
que te gusta; ya me dijo el compadre que en "La Hondonada" le habías
ayudado a recoger un ganado, y tanto a María como a mí nos agradaría que
quisieras hacerte cargo de todo eso, por lo menos mientras Manuelito llega a la
edad de meterle el hombro a las fincas. Actualmente, ya lo sabes, es necesario
recoger el ganado que se comprometió a entregar el compadre para el próximo viaje del "Cuchivero" y me
harías un gran favor si quisieras prestarme tu cooperación. —Cuente con ella
–repuso Marcos–; pero para eso nada más. A don Manuel le debo favores y conmigo
puede contar siempre su familia; pero como entiendo que usted me propone un
empleo, mediante sueldo... —¡Hombre! Tu tiempo vale dinero. —Para la familia de
don Manuel ni un centavo. —¡Bravo, muchacho! ¡Bravo! Pero, como comprenderás, a
título gratuito, ni para María ni para mí puede ser aceptable tu cooperación.
Por mi parte, quiero ayudarte, en eso o en mi empresa purgüera... —Ni una
palabra más, don Francisco. Mañana mismo salgo para "La Hondonada" a
recoger el ganado vendido por don Manuel y cada vez que la familia Ladera me
necesite estaré a su orden. En cuanto a la ayuda de usted, se la agradezco
desde luego, pero ya sé por dónde corre el agua y no me interesa aprovecharla,
además de que no he nacido para empleado. El dinero no es lo que más me
interesa en el mundo y es bueno que usted lo sepa, don Francisco; pero si algún
día he de tenerlo quiero debérmelo todo a mí solo. Esto mismo de los carros,
que ya ha cambiado de aspecto, no me está gustando mucho y si no le cojo la
palabra que acaba de ofrecerme es por lo de retirada que ha dicho usted. En
efecto, estoy tropezando con dificultades, pero ellas son, precisamente, las
que no me permiten echarme para atrás: por aquí metí la cabeza y por aquí tengo
que salir adelante. En último caso y si quedo endeudado, mientras haya un río
por donde boguear... ¿No fue así cómo empezaron los Vellorinis, musiú
Francisco? —¡Así fue! Y aquí está musiú
Francisco, diciéndote: tú y yo para los que salgan, Marcos Vargas. —Muchas
gracias, le repito; pero vamos a ver si
puedo yo solo contra ellos. Y déme de una vez la autorización escrita para el
caporal de "La Hondonada". Y así terminó la entrevista con la cual
quiso poner en práctica Francisco Vellorini el proverbio de "al enemigo,
puente de plata". —Después de todo –se fue diciendo Marcos Vargas–, tengo
que agradecerle que se lleve a la Bordona. Por este camino mejor es andar
escotero. Y lo decía sinceramente, pues si el dinero no era lo que más le
interesaba, tampoco lo era el amor. Y no estaba mal ir quedándose solo por su
camino y ante la vida.
El mundo de Juan
Solito
Al llegar a "La Hondonada" díjole el
encargado de la pulpería del hato: —Por aquí estuvo Juan Solito a devolver la
libra esterlina que le pagó adelantada el difunto don Manuel, para que le
matara el tigre que se le estaba comiendo los mautes. —¿Y eso por qué? —Voy a repetirle sus propias palabras. Se
presentó por aquí de mañanita, después de haber estado dos noches en el
veladero sin que el tigre apareciera, y me dijo, entregándome la
esterlina:
—"Aquí está esto que ya no es
menester que lo tenga Juan Solito"–. ¿Y eso por qué? –le pregunté, como
usted ahora a mí, y me contestó: —"Porque ya don Manuel está montando
guardia por lo suyo y el renco no volverá por sus mautes"–. Y como se me
ocurriera preguntarle que dónde estaba don Manuel, creyendo que realmente
hubiera llegado, me dijo, ya dándome la espalda: —"Donde ya ustedes no lo
pueden ver"–. Y no iría muy lejos cuando recibimos la noticia de la
desgracia. Desde entonces tengo aquí la libra, esperando que alguno de los muchachos fuera para Upata, para
mandársela a la señora. Sin duda que al hablar así no entendía el pulpero de
"La Hondonada" referirse a hechos naturales y sencillos, en el
sentido que estos términos podían tener para Marcos Vargas; mas para él las
cosas ocurridas en el mundo de Juan Solito no eran propiamente sobrenaturales,
ni siquiera del todo extraordinarias, puesto que para explicárselas –si
realmente hubiera sentido alguna vez la verdadera necesidad de ello– le habría
bastado decirte que el cazador era un hombre "faculto", agregando,
cuando más, "por haber vivido entre los indios". Así también tenía
que haber visto Juan Solito que ya no era necesario darle cacería al tigre, que
no volvería por allí como en efecto no había vuelto. Pero Marcos Vargas
necesitaba asomarse de una manera consciente al mundo enigmático del cazador y
procuró hacerlo en cuanto hubo terminado el trabajo que lo llevaba a "La
Hondonada". Tenía además motivos personales para desear una conversación
íntima con el hombre "que había vivido entre los indios". Preguntando
por los ranchos del camino se informó del sitio donde podía encontrarlo y hacia
allá se dirigió por una de aquellas trochas que se internaban en la montaña de
Taguachi. Allí estaba, en lo más intrincado del monte, sentado sobre una
piedra, con la ociosa escopeta entre las piernas y la vista fija en el suelo
cubierto de hojarasca, donde se apoyaban sus pies descalzos, ni cazador de
tigres en aquel momento ni tampoco espectador del paisaje, sino más bien como sumido
en él. Era hacia el mediodía, las copas de los árboles entrelazados cernían en
torno suyo una luz verdosa que matizaba sus harapos a manera de musgo sutil,
semejante al que cubría los troncos de los árboles circundantes, un aire de ca
lidad vegetal florecido de mariposas azules, una de las cuales negaba y
desplegaba sus alas sobre el hombro del cazador, donde acababa de posarse. Y
éste le preguntaba, sin levantar la vista de donde la tenía fija:
—¿Qué quieres? ¿Te cansaste ya de
volá? Sin lo cual se le hubiera creído totalmente ausente de cuanto lo rodeaba.
Pero a Marcos Vargas, que acababa de detener su bestia frente a él, no se le
escapó que aquello había sido dicho con alguna intención. —Ya veo que siente la
mariposa que se le para encima –díjole– y no al enemigo que se le acerca. —Él
tenía que llegá, de tos modos –repúsole, enderezándose, pero sin alzar la
vista–, pues por algo dejó su camino propio por la trocha ajena. Aunque cuando
el juicio está por encima del hombre y no por debajo suyo, que es como debe
estar, el hombre está sin juicio. A Marcos Vargas le impresionó esta frase, le
pareció profunda y no fue sin orgullo de haberle penetrado el sentido que se
apresuró a replicar: —No veo por qué sea una muestra de falta de juicio coger
la trocha de Juan Solito cuando se necesita hablar con él. Pero Juan Solito no
había querido decir tal cosa, precisamente. Incluso es muy posible que no
hubiera querido decir nada, mas de todos modos no pareció agradarle la
interpretación de Marcos. —¡Jm! –hizo–. Las palabras son como los caminos, que
cuando no se conocen piden baquianos. No basta decí: por aquí voy a reventá a
tal parte; es menester que tal parte esté en la punta del camino... Pero dice
usté que ha venío a hablá con Juan Solito y ya lo está logrando. Ya el hombre
lo está escuchando. Marcos sonrió y luego: —Acaban de decirme en "La
Hondonada" que usted devolvió la
esterlina que le pagó don Manuel Ladera para que le matara al renco. —El
trabajo no fue hecho; la paga no tenía razón de sé. —Pero no teniendo plazo
fijo el trabajo... —¡Jm! Acabe de decí, joven, que a lo que usté viene es a que
Juan Solito le explique la mano que le pasó velando al renco. Ya usté le
escuchó decirle al difunto Ladera que ese tigre era de historia famosa. —Sí.
Ésas fueron sus palabras. —Y éstas son las mismas. Juan Solito sabía del tigre
lo que le contaron las güellas, pero la vista engaña cuando el corazón confía,
y el hombre no podía decí sino lo que dijo: que el renco era un tigre que
estaba tirando el zarpazo con la zurda. Él no se equivocó cuando dijo que era
con la zurda; pero es que habían cosas de por medio y Juan Solito, en ese
entonces a que se está refiriendo, no cató de pensá en ellas. Ésa es una culpa,
si al caso vamos. No es adresmente, sino de que el juicio estaba entonces por
encima del hombre y no en su debido puesto. —¡Ah! –exclamó Marcos Vargas,
creyendo haber encontrado la verdadera clave de la frase cabalística–. Ya
entiendo. ¿Quiere decir usted que para juzgar de ciertas cosas...? —¡Hum! –hizo el cazador interrumpiendo,
socarronamente, pues de una manera general no le agradaba que se alardease de
haberle penetrado sus entresijos mentales–. ¿Entiende y pregunta? Mejor será
que siga escuchando, joven. Ya falta poco. Al hombre le dijeron que un tigre se
estaba comiendo unos mautes y sin más pensá fue y se dijo: ése es el renco.
Pero resulta que no era un tigre, sino un hombre, que estaba tomando esa forma
pa hacé un daño, y como Juan Solito fue y le amarró las güellas al tigre,
conforme dejó prometío en ese entonces, quedó presa la forma pero libre el hombre que bajo ella se
ocultaba, porque uno es el procedimiento pa inutilizá al animal, que no tiene
sino instinto, y otro pa postergarle el ímpetu dañoso a la criatura racional, y
siendo asina las cosas conforme al arreglo que Dios les ha dado a ca una de sus
hechuras, si no volvió a corré por "La Hondoná" más sangre de mautes,
en cambio fue derramada otra, allá por San Félix. —¿Quiere decir que Cholo
Parima y el renco...? Pero Juan Solito no lo dejó concluir: —Quítese esa
costumbre, joven, de queré hablá por boca ajena. No pregunte lo que usté quiera
decí. —Lo que quise decir ya lo dije claramente en San Félix, donde acusé a
Cholo Parima como asesino de don Manuel Ladera, mandado por José Francisco
Ardavín, y eso ya no es un secreto para nadie; pero... —Pero perdió usté su
tiempo –volvió a interrumpirlo el cazador–. Como to el que se gasta en decí lo
que no se quiere escuchá. Ya pasaron por aquí sus palabras, llevándoselas el
viento. Y resultó oportuna la interrupción, pues ya Marcos Vargas iba de cabeza
hacia el abismo desde donde hablaba Juan Solito. Fue cosa de un instante no más
la ocurrencia insensata; ya no podría decir qué iría a agregar después de
aquella palabra que le quitó de la boca el hombre de la superstición para
comenzar su frase; pero quedábale la impresión de haber estado al borde de un
cataclismo espiritual, hasta tal punto que su corazón palpitaba aceleradamente
y sentía haberse puesto pálido. Acaso este trastorno reproducía el de la cólera
que acompañó las inútiles palabras pronunciadas en San Félix y ahora
recordadas, pero no parecía venir directamente de allá, sino a través de otra
experiencia de sí mismo –!no podía precisar cuál!– arrastrando el légamo de un
sentimiento obscuro y deprimente,
depositado en su alma quién sabe cuándo, de donde podría resultar que tampoco
toda la idea de riesgo correspondiese al momento actual. De todos modos, lo
cierto era que se había puesto pálido y así lo advirtió Juan Solito, en una de
las furtivas miradas rápidas que solía dirigir al rostro de su interlocutor.
Como todo iniciado en misterios, Juan Solito tenía que atribuirle a los suyos
efectos perturbadores en el ánimo de los profanos, pero no le dio importancia a
tal palidez y prosiguió desarrollando su pensamiento: —Usté perdió su tiempo,
sí, señor, como Juan Solito el suyo, porque en ambos entonces el juicio estaba
por encima del hombre –casi no es necesario advertir que a Juan Solito le había
gustado su frase–, pero vamos a ve si Dios quiere que sea enmendá la plana. Ya
están amarraos los pasos que no deben continuá libres, ya está postergao el
ímpetu dañoso que fue mencionao en denantes, y ahora los pasos están siguiendo
la forma del bejuco donde se atocan el principio y el fin. La cosa no tiene
contra, pero en el silencio medra lo que en la bulla no prospera. Déjela en las
manos de quien está y vuelva a cogé su camino por donde lo dejó, pues esta
trocha aquí muere. Juan Solito necesita estar solo y callao en el monte tupío,
velando las puntas del bejuco pa que el principio y el fin siempre se estén
atocando. Marcos Vargas comprendió y sonrió –ahora necesitaba mostrarse
incrédulo–, pero como al mismo tiempo miraba en derredor, buscando el bejuco
mágico con el cual ya estaban apresados en el círculo de la perdición los pasos
de Cholo Parima, el cazador brujo agregó: —No lo busque, joven, que no lo va a
encontrá. Y acabe de darse otra vuelta. —Bien –admitió Marcos–. Pero ¿eso no
tiene precio, Juan Solito? —No, señor. Precio
tiene un maute o un marrano y una esterlina pue sé buena pa librarlo del tigre;
pero un hombre no tiene precio, contimás como don Manuel Ladera. Y Marcos
Vargas, ya marchándose: —Bueno, Juan Solito. Que la cosa resulte y yo lo vea.
—¡Adiós, joven! Y van dos veces. Y volvió a sumirse en su mundo abismal.
IX
Las carcajadas de Apolonio
Apolonio Alcaraván, jefe civil de El Callao,
era un hombre simpático, o por lo menos en tal concepto lo tenían sus
gobernados. Llanote, expansivo, bromista, si nada escrupuloso para procurarse
dinero por todos los medios que le deparara la autoridad que ejercía, nada
tacaño tampoco para desprenderse de él cuando fuere ocasión de mostrarse
espléndido. La mayor parte del tiempo se lo pasaba sentado a la puerta de la
jefatura, metiéndose con los transeúntes, dirigiéndoles chirigotas y
celebrándoselas por su parte con unas clamorosas carcajadas que hacían sonreír
a los vecinos. —¡Mira, Manuelote! Por allá
voy a mandar por la chocontana que me ofreciste para el macho que le
compré al caureño. —Yo no le he ofrecido nada, coronel –protestó el transeúnte,
que era un hombrecito, y en aplicarle el aumentativo consistía la gracia simple
y chocarrera de Alcaraván. —¡Cómo no, chico! ¿Ya se te ha olvidado? Hazte ver
esa memoria con un médico y mándame la monturita, que me está haciendo mucha
falta. ¡Cuaj, cuaj, cuaj! Y Manuelote, que nunca había pensado hacerle tal
obsequio, víctima de la singular virtud de aquella carcajada, cuyos sonoros
abismos ya se habían tragado muchas cosas, sonrió y accedió: —¡Bueno, pues! Si
ya usted le ha puesto la vista, ¡qué se va hacer! Será suya la chocontana.
—Otro te la habría quitado por las malas. —También es verdad. Pero, de todos
modos, no vuelva a enamorarse de lo mío. —¡Cuaj, cuaj, cuaj! Y Manuelote siguió
su camino, lamentándose de la pérdida de su montura como de cosa fatal: —¿Quién
me mandaría pasar por esa calle? Pero agregando en seguida: —¡Ah, coronel, y lo
sabroso que se ríe de sus picardías! ¡Si no fuera por lo simpático que es!
Mientras Apolonio a su secretario:
—¡Ah, bachiller! ¿Qué le parece? Ya
tiene silla la bestia famosa. —Y barata que le ha salido –repuso el
secretario–. Ya he escuchado. —Lo que viene liso no trae arrugas. Bueno ha sido
desde el principio ese negocio del macho. !Cuaj, cuaj, cuaj! Era uno que días
antes le había ofrecido en venta un caureño tratante en bestias. —El macho me
gusta y además me hace falta –manifestó entonces Apolonio–. Pero sesenta
libras esterlinas son mucho dinero para
sacarlo así, como quien dice, de una manotada a la faja. —Por eso no se
preocupe, coronel –repuso el chalán–. Me lo paga cuando guste. Ahora voy
rumbiando pa Tumeremo, pero estaré de vuelta el 15, si Dios quiere. De aquí
allá será mucha la esterlina que habrá caído por aquí. Llegó el día convenido y
el secretario le advirtió: —Acuérdese, coronel, de que hoy se vence el plazo del
macho. Ya regresó el caureño. —¡Ah, caramba, bachiller! Es verdad. Y yo tan
tranquilo... Pero hoy es sábado, día de la Virgen, que me va a sacar de este
apuro. Mande esta tarde a los policías que se aposten a la salida de la mina y
arresten sesenta negros de los más alborotosos. De esos que siempre están
formando escándalos en la vía pública, cuando andan con plata en el bolsillo,
contimás siendo oro de ley. Más vale prevenir que castigar, dice el manual del
buen gobernante que usted está escribiendo en los ratos desocupados. ¿No es
así, bachiller? El secretario cumplió la orden y cuando los mineros detenidos
quisieron protestar en su trabalenguas de antillanos ingleses: —¿Qué malo
estaba haciendo yo, chico? ¿Por qué me mandaste arrestá con pulicía? Aquél les
repuso: —¡Que hoy se vence el plazo del macho! Y no averigüen más porque es
peor. Veinticuatro horas de arresto por escándalo en la vía pública o una libra
esterlina de multa por cabeza, dicen las ordenanzas municipales. De modo que
ustedes dirán qué prefieren. Prefirieron pagar la multa –no era la primera vez–
y así pudo Apolonio Alcaraván salir de su compromiso. Y rió más que nunca,
exclamando: —¡Ah, bachillercito ocurrente ese secretario mío! ¡Y después dicen
que los plumarios no sirven para nada! Si
materialmente le adivinan a uno el pensamiento... A ese mío no lo cambio por
otro ni que me revuelvan encima. Y todo El Callao rió junto con él. —¡Cuaj,
cuaj, cuaj! Una tarde, paseando en su macho por los alrededores de la
población, se encontró de camino con un forastero mal trajeado y cara de pícaro
hipócrita, pero de las que a él ya no le metían gato por liebre. —¿De dónde la
trae, amigo? –le preguntó emparejándosele. —Del oriente del Guárico, por no
decir de ahí mismito –respondió el caminante, arrastrando demasiado su acento
llanero, tal vez porque ya venía arrastrando los pies. —¿A pie desde la tierra
de las bestias buenas? —¡Para que vea,
compañero! Al píritu y con el hambre por bastimento. —¡Ah, caramba, amigo!
¡Mire que usted es dejado! ¿Y esa magaya para qué es? Una gallina por lo menos,
que nunca faltan por esos ranchos del paso, traería yo en ella. —Lo del hambre
fue un decir y lo de la gallina no crea usted que ya no ha sucedido –repuso el
llanero, sin saber que hablaba con la autoridad del lugar adonde se dirigía,
pero sí con un hombre simpático que inspiraba confianza–. Sólo que con la
magaya, como la llama usted, que yo hasta ahora venía llamándola porsiacaso, no
traigo ahora sino recuerdos de mi antiguo oficio. —¿Y ése cuál era? Si no es demasiada
curiosidad. —Sacristán. Aunque me sea feo el decirlo a estas alturas. —¡Ajá!
Dicen que es oficio productivo. —Según y cómo la parroquia. La mía era de pocas
limosnas en el platillo. De donde al fin me decidí a dejarla para venirme a
Guayana, a ver si es verdad lo que se cuenta de los ríos de oro. —¿Y se trajo
usted el plati llo, por supuesto? Otro tanto hubiera hecho yo por la medida
chiquita –insistió Alcaraván a fin de que el forastero acabara de franqueársele
y así saber de una vez qué clase de hombre era su nuevo súbdito.
—Pues no, para que vea. Pero ya que
usted me da el pie, voy a decirle qué me traje: una sotana vieja del cura
párroco, no muy vieja ella, una sobrepelliz, una estola, un bonete y un
librito. —¿Y eso para qué, compañero?
—Para los porsiacasos. Yo vengo a buscar oro, como le digo, pero a lo
mejor no lo encuentro en los placeres de que he oído hablar por allá y quién
sabe si la necesidad, que ya se sabe que tiene cara de hereje, me obligue a
echar mano de lo que aprendí en la sacristía. Un matrimonio, por estos montes
donde debe de haber mucha gente apersogada que no ha cumplido con la Iglesia,
un bautizo y hasta la obra de misericordia de un entierro, a lo que puedan
pagar los deudos por cada réquiem. Yo respeto lo sagrado por costumbre y por
devoción, pero si el hambre me acosa, también estoy dispuesto a tirarle palo a
todo mogote, porque la primera devoción de un cristiano es conservar la sal del
bautismo. ¿No le parece, compañero? Aún no tenía el sacristán por qué sospechar
que estuviese diciéndole todo esto a quien podría impedirle, por lo menos, que
lo pusiese por obra; pero ya Apolonio Alcaraván había visto dos cosas muy
interesantes para él: que realmente aquel forastero era un pillo y que allí
había negocio. Mas se preguntaba para sus adentros: —¿Cómo le propondré a este
sacristán bellaco lo que se me acaba de ocurrir, sin crearme complicaciones con
el obispo de la diócesis?... ¡Ah! ¡Ése es el tiro! Y al caminante, quien, por
haber quedado sin respuesta sus palabras, ya se arrepentía de su indiscreción:
—Amigo, voy a decirle la verdad. Lo que me parece es que usted no es tal
sacristán. —Realmente ya no lo soy –repuso el indiscreto receloso, explorando
el rostro de su interlocutor, que ahora se le volvía enigmático, después de
haberle inspirado confianza irresistible. Pero ¿es que ni siquiera tengo cara
de haberlo sido, compañero? —Cara de
cura es la que tiene usted –respondió Alcaraván–. Dicho sea con todo el
respeto. —Puede ser –admitió el otro sintiéndose ya "maroteado, pero sin
ver todavía la marota", como llaneramente se le representó su propia
situación–. Son quince años los que he vivido entre ellos y eso se pega. —¿Se
pega? ¡Hum! Déjese de entaparados conmigo, presbítero. Yo soy lo que se me ve
por encima. Confiéseme, aquí entre nos, que usted es sacerdote arrancado que
viene a echá su tirito a la aventura del oro. Que no es ningún pecado, salvo su
superior opinión, si es que, por el contrario, no es gran virtud, pues bien
puede ser que ese oro no venga buscándolo para usted, sino para las necesidades
de su iglesia. De una manera lejana comprendió el sacristán que aquello iba
encaminado a algo preciso, y para ganar tiempo preguntó: —Pero, ¿por qué se lo
voy a confesar? Y Apolonio, ya con buen argumento para el posible reproche del
obispo, pues por lo menos el hombre no había negado que fuese sacerdote: —Ya no
hace falta, padre. !Usted lo ha dicho! Y permítame que le manifieste, sin que
le ofenda la comparación, que viene usted como pedrada en ojo de boticario. Que
por cierto no me explico por qué han de ser siempre oportunas las pedradas en
ojos de boticarios. Yo soy el jefe civil de El Callao, Apolonio Alcaraván, para
servirle... El sacristán estuvo a punto de soltar la magaya y echarse a campo
traviesa; pero fue cosa de un instante no más la pausa que deliberadamente hizo
Apolonio. —En el pueblo –prosiguió– no tenemos cura de almas y créame, padre,
que una de las cosas que más me mortifican es que estemos pasando esta Semana
Santa sin festividades religiosas. Ya mañana es Viernes Santo y ni siquiera el
"Lignum Crucis" íbamos a poder celebrarlo si no hubiera sido por este
feliz encuentro que he tenido con usted... ¿Cuál es su gracia, padre, si me
hace el favor? —Mi nombre es...
Candelario Algarrobo –soltó el otro, entre temeroso y resuelto, amoscado y
zumbón. —¿De los Algarrobos de Valle de la Pascua? –insistió Apolonio,
fingiendo creerle que así se llamara. —No, señor. De los de El Chaparro. ¿Y
usted, si no es mucha curiosidad, de los Alcaravanes de dónde? —Este sacristán no se muerde la lengua –pensó
Apolonio. Y en seguida, en alta voz–: ¡Ah! Sí. Ya conozco esos algarrobos y
ahora recuerdo que me habían contado que uno de ellos se había metido en la
Iglesia. Digo: que se había ordenado. Y como el sacristán lo miraba de hito en
hito, sin haber puesto en claro todavía si aquello eran bromas o picardías:
—Pues sí, padre Algarrobo, llega usted como le dije. En El Callao no hay cura
de almas, le repito, y por un día más que se ponga usted esa sotana, esa
sobrepelliz, esa estola y ese bonete y jale por este libro que trae en la
magaya, no creo que hayan de sufrir gran perjuicio los motivos que tenga para
venir de Incógnito. Que yo los respeto, desde luego. ¿Dice usted que mañana
mismo sigue su viaje para Tumeremo? ¿No fue eso lo que me dijo hace poco? Pues
se va con la fresca de la tarde, en vez
de coger camino de madrugada y en la mañana nos celebra el "Lignum
Crucis". Aquí la gente es muy piadosa, a pesar de todo, y el platillo de
esta parroquia no es de limosnas de a centavo, sino de libras esterlinas. Yo me
encargaré de que resulte ese amén que acaba de soltar usted. Al sacristán –con
el hambre que llevaba, el sol que había cogido por el camino y las cosas que
estaba oyendo– le daba vueltas la cabeza y no acertaba a dilucidar qué clase de
hombre era aquél, ni qué se proponía con todo aquello. Pero Apolonio continuó:
—Por supuesto que... ¡En fin! Usted sabe que los hombres de mundo somos
interesados y no le voy a ocultar que me vendrían bien la mitad de las
esterlinas que caigan mañana en el platillo. Y ya no le quedaron dudas al de a
pie de que el de a caballo fuera realmente el jefe civil del lugar. Y todo lo
vio claro, sencillo, perfectamente explicable. —Es muy natural –dijo, poniendo
ya la voz untuosa que al caso convenía–, Muy justo, además, si a ver vamos.
—¡Ya lo creo que lo veremos! En El Callao yo doy la pauta y la primera libra
que va a caer en el platillo va a ser la de un servidor. Que, por supuesto, ésa
no entrará en el reparto. —¡No faltaba más, general! —Coronel, por el momento –corrigió Apolonio.
—Dios mediante, pronto habré tenido razón al equivocarme –lisonjeó el de la
magaya, cambiando su estilo llano de sacristán por el revesado, que le parecía
más canónico. Pero al coronel Alcaraván no le daban por liebres sus propios
gatos y conservando de la farsa lo que fuere menester para defenderse ante el
obispo, llegado el caso, repuso socarronamente: —Yo sigo teniéndola sin haberme
equivocado al decirle a usted que tenía cara de presbítero, ¿ver dad? Pero
volviendo al negocio concertado: no conviene que entre en el pueblo con ese
traje de paisano y esa facha. Métase por estos montes mientras yo llego y le
mando una bestia y una navaja de afeitar para que se ponga en carácter con todo
y sotana.
—La cosa es que no trago teja
–advirtió el sacristán– y este pajilla no es muy canónico, que digamos. —Le
mandaré también un jipijapa. Yo he visto mucho cura con jipijapa por estos
caminos. —¿Y no le parece, coronel, que sería bueno que me mandara también algo
a cuenta, para no llegar tan arrancado?
—¡Ya me pegó el machete el presbítero! ¿Primicias no llaman ustedes a
estos anticipos? Ahí van dos libras, que con una que echaré mañana en el
platillo serán tres que no entrarán en el reparto. Cayeron muchas, el sacristán
haciendo muy bien su papel y Apolonio esfuerzos sobrehumanos para no soltar la
risa. Se desahogó a sus anchas después de los oficios, cuando obsequió con
champán, copiosamente, a los mismos dadivosos timados. Pero aunque le hacía
cosquillas el deseo de explicarles de dónde había sacado el dinero con que los
agasajaba, hubo de contentarse –por aquello de las posibles complicaciones con
el obispo– con ponerlos recelosos a fuerza de tanto reír sin motivo a la vista.
Estampa negra
Tiempos pasados. Bosque tupido a
orillas del Yuruari, que es un río de aguas turbias, feas. Un leñador
derribando un árbol. Así lo pone la versión pintoresca –la que a Apolonio
Alcaraván le gustaba referir– y cabe imaginar que en el agreste silencio sólo
se oyera el golpe del hacha. Gime el árbol herido de muerte, vacila buscando un
último apoyo, se desploma no hallándolo, en su caída desarraiga y arrastra
malezas y aparece el afloramiento de una veta de oro. Es de suponer que un
grito de júbilo debió de resonar en el silencio del monte... Suelta el hacha el
leñador y se convierte en minero y en rico, de pronto, de tan pobre como era;
pero sin divulgar el acontecimiento magnífico, callado... —¡Callao! De dónde
luego vino, según esta versión, el nombre de la mina de El Callao. ¡Cuaj, cuaj,
cuaj! Pero se descubrió que ya no era leña lo que conducía el leñador a su
rancho, a lomo de su burrito; se divulgó la noticia estupenda, cundió por todo
el país y otros hombres, ansiosos, acudieron de todas partes y cayeron sobre el
oro. Cierta o no esta versión pintoresca, la verdad es que un buen día, en la
tierra del azar magnífico, fueron descubiertos los yacimientos del Yuruari.
Pero el oro se escondió bajo el suelo, huyó por las vetas hacia el centro de la
tierra donde resplandecen sus doradas mansiones. Porque, según la leyenda
aborigen, el oro aborrece al hombre y sólo se asoma a contemplar el sol cuando
aquél no está por allí, en las calladas playas de los ríos solitarios, al
umbroso misterio de la selva inhollada. Mas entre aquellos hombres algunos
conocían los caminos del oro y dijeron: —¡Por aquí va! Y otros: —¡Sigámoslo! Y
en pos del fugitivo soltaron la jauría de los socavones. Tierra adentro, la
jauría estuvo ladrando mucho tiempo, día y noche, sobre las huellas del dios
esquivo, mordiéndole los dorados talones. La azuzaban hombres negros de ojos
muy blancos en la obscuridad subterránea, de brazos muy largos con músculos
recios. Anti llanos de las Antillas inglesas, africanos de América, que siempre
fueron perreros de aquellas jaurías. A veces éstas se revolvían contra ellos y
en las dentelladas al dorado talón les mordían la carne, les trituraban los
huesos... Pero ¡qué podían valer unos negros, habiendo tantos en Trinidad, en
Barbados, en Saint Thomas!... Ya arribarían a Puerto de Tablas, atestados de
ellos, otros vapores ganaderos. Como cuando aquellos galeones de maldita
memoria volcaban el África en las costas de América. ¡Aquello fue grande! Nunca
más se verían en el Yuruari tiempos tan felices como los del famoso
"oraje". ¡Cómo trituraban montañas de cuarzo las masas de acero de
los pilones fragorosos! ¡Cómo rugían las hirvientes calderas del pecho del
monstruo!... Ciento veinte potentes morteros pulverizaban la roca, día y noche,
un año tras otro; no daban abasto las planchas de cobre azogado que apresaban
el oro; no llegaban a enfriarse los crisoles ni tenía descanso el correo que
conducía los milagrosos lingotes, a lomos de mulas en numerosas recuas y se
iban formando cerros con las arenas tiradas. Y junto a la mina se fue poblando
El Callao. Con aquellas negradas – más sangre de África para el mestizaje
venezolano– y con los aventureros y sus parásitos, que de todas partes acudían.
Unos con la batea del lavador de oro a la espalda, porque además de los
yacimientos que explotaba la empresa minera había las arenas que arrastraba el
Yuruari; otros, el tráfico usurario y al fácil aprovechamiento del vuelco del
cuerno de la abundancia: el corso, tesonero y prudente, a comerciar y atesorar
–algunos también a quedarse con los ahorros que les fuesen confiando los negros
mineros, que desaparecían cuando la cantidad ya valía la pena o se les hallaba
muertos entre el monte, pues para la
puñalada alevosa se hicieron trasplantes de los jarales corsos al propicio
suelo venezolano–; tahures de todos los garitos adonde llegara la noticia
estupenda, con los dados en los bolsillos, a los albures del tapete colmado por
la fiebre de las manos pródigas; revólver al cinto los hombres de presa, a lo
que les deparase la aureola siniestra, y al desperdicio del dinero tirado,
peste de yodoformo y pachulí, las mujerzuelas averiadas. Casa de madera, techos
de cinc. Calor africano, color africano. Burdeles, garitos, tabernas... Hampa
bilingüe. No se cerraban las puertas de los botiquines para los turnos de negros
que tres veces al día, cada ocho horas, salían de la mina, ni en ellos se bebía
sino champaña y "brandy" fino, a pico de botella. Desde aquí hasta el
río todo eso está construido sobre vidrios rotos, latas de sardinas y trapos
viejos. Porque es fama que aquí no había lavanderas –¿quién iba a ocuparse en
eso habiendo las pepitas de oro del Yuruari?– y nadie se mudaba la ropa, sino
que cuando ya no podía cargarla encima, de puro andrajosa y mugrienta, compraba
otra nueva en los tarantines de los buhoneros, al aire libre, y allí mismo, en
medio de la calle y a mediodía en punto, se desnudaba y se cambiaba. Y eran
puñados de oro en bruto o rimeros de libras esterlinas y de águilas americanas
las que se ponían al paro y al pinto del dado. ¡No haber nacido yo antes, para
haber sido jefe civil de este pueblo en ese famoso entonces! ¡Cuaj, cuaj, cuaj!
Pero un mal día, de improviso, la negra jauría perdió la pista del dios
fugitivo. Inútilmente la azuzaron por aquí y por allá los negros perreros... Se
había agotado la veta fabulosa, los rugientes pilones de acero ya no trituraban
sino mineral pobre o roca vulgar, de la amalgama quemada casi no salía oro. Mas
había quedado alguno de los pilares que sostenían las galerías y los hombres
codiciosos ordenaron:
—¡A extraerlo! Minaron la mina, y
el agua negra, sucia y fea del Yuruari se precipitó dentro de ella y la inundó.
¿Cuántos negros perecieron allí? ¡Quién iba a tomarse el trabajo de sacar la
cuenta! Se vinieron abajo las enormes calderas del pecho del monstruo, se desarticularon
las muelas fragorosas y mordieron el polvo del derrumbamiento. Un estruendo de
años se convirtió de pronto en silencio. Entre los escombros comenzó a crecer
el monte: el ñaragato espinoso, la amarga retama... Acerca de aquellos pilares
que quedaron en pie, sobre los cuales se asienta El Callao, corre la leyenda de
que son de oro macizo, sumergido en el agua negra, sucia y fea. Oro también
contenían, en gran cantidad, las piedras con que se construyó el edificio de la
Compañía y el muro que lo rodeaba y las que pavimentaban una calle que bajaba
hasta el río, y de aquellos desperdicios del emporio estuvo viviendo algún
tiempo la población. Oro también contenían, como para enriquecer a muchos, las
arenas tiradas, que ya formaban cerros, y para explotarlas por el procedimiento
de cianuración, que no conoció la empresa antigua, se formó una nueva, de
píngües rendimientos. Ahora había otra mina, más allá del pueblo, pero allí el
mineral no era tan rico. Sin embargo, siempre se espera que algún día vuelva a
encontrarse la fabulosa veta perdida. El Yuruari es un río de aguas negras,
sucias, feas; pero arrastra arenas de oro, y desde algún prodigioso yacimiento
debe de acarrearlas.
Fue un año de grandes provechos para los
lavaderos de aquellas arenas, que agitaban incansables sus bateas en las pedregosas riberas. La
negra Damiana lavaba sin tregua; el tabaco en la boca, con la candela hacia
dentro, al aire los gordos brazos, papandujos, porque ya no era joven, con un
grito de júbilo celebrando entre ratos el dorado hallazgo en el fondo de su
batea. El negro Ricardo, en la orilla opuesta, con una botella casi llena de
pepitas de oro, pero maldiciendo impaciente cuando no las encontraba entre el
material lavado. —¿Qué te estás imaginando tú, negro Ricardo? ¿Que en cá
bateazo te has de juntá con oro?
—Yo contigo no me estoy metiendo,
negra Damiana. Dale a tu batea callá. —Es que te la pasas maldiciendo. —Es que
tú la tienes cogía conmigo. El negro Ricardo y la negra Damiana se querían
casar; pero cuando tuvieran las botellas completamente llenas de pepitas de
oro. Él había llegado a El Callao junto con otros negros trinitarios, a muchos
de los cuales ya se los habían tragado los socavones, galeras de su raza; pero
hacía varios años que no trabajaba en ellos porque una vagoneta le había
trozado una pierna. A ella se la trajeron consigo, chiquita, sus padres, cuando
vinieron de Barbados a trabajar en la mina antigua. Una noche dormía Ricardo,
la cabeza sobre la batea y bajo ésta la botella a punto de colmarse, hasta el
cuello las pepitas de oro. Dormía sobre el cascajo de la ribera y lo arrullaba
el rumor del agua negra y fea. Tres días con sus noches, de clara luna
embrujadora, había estado lavando sin descanso, pero al mediar la tercera ya no
pudo más... ¡Y soñaba! Que se había comprado una pierna de goma con blanda
almohadilla de seda para su muñón dolorido, que entraba muy orondo en la iglesia, con la negra Damiana apoyada en
su brazo, vestida de blanco, con flor de azahar... Pero cuando despertó, ya clareando,
la botella no estaba debajo de la batea. Se volvió loco del todo el negro
Ricardo, que ya venía estándolo de tanto lavar, y a saltos sobre su vieja
muleta de palo, zangoloteando la pierna tronchada, corrió por la orilla del
turbio Yuruari y por todo El Callao, gimiendo y suplicando, sin poder
expresarse sino en su lengua, que ya casi no empleaba. —¡Give me my botle!
¡Give me my botle! —Devuélvanle su
botella –dijo Alcaraván–. ¿No te advertí la otra noche, negro Ricardo, que no
te quedaras dormido en la orilla del río porque podían robarte? Ya ves cómo te
resultó por no hacer caso. ¡Cuaj, cuaj, cuaj! Pero el negro Ricardo nunca vio
su botella, y desde aquel día fue su locura emprenderla a pedradas contra todas
las que encontrase, destruirlas hasta que no quedase una sobre la tierra. La
negra Damiana, ya presa para siempre de la obsesión del oro, continuó lavando
las milagrosas arenas, sin darse cuenta de que muchas veces junto con el
cascajo tiraba las pepitas... El tabaco en la boca, apagado. Y callada,
callada...
El varadero
Marcos Vargas había ido a El Callao
en busca de clientes para su negocio; Apolonio Alcaraván, que antes de
conocerlo ya simpatizaba con él por la ocurrencia de la jugada de las firmas,
con clamorosas carcajadas celebradas cuando se la refirieron, le había prometido
ayudarlo, y gracias a tan eficaz palanca ya aquél contaba entre su clientela a
los principa les comerciantes de la población. —Creí que usted fuera
ardavinista –le manifestó Marcos Vargas– y, francamente, no esperé que me
arrimara tanto el hombro. —Yo lo que soy es esterlinista –repuso Alcaraván,
haciendo ocurrente su cinismo–. Y como usted me ofreció una por cada cliente
que le consiguiera... A lo que replicó Marcos, tomándose de una vez por todas
la confianza que le brindaba: —Quítese esa idea de la cabeza, coronel. Lo que
es con dinero mío no pone usted su fiesta. Y esto acabó de granjearle todas las
simpatías del hombre de las carcajadas. Ya le había contado buena porción del
anecdotario propio y ajeno de la vida picaresca de El Callao, concluyendo:
—Pero sería cuento de nunca acabar, porque El Callao, como todo Guayana, es una
universidad donde los hombres se lo pasan estudiando travesuras de muchachos y
celebrándoselas unos a otros. Y ahora, para que conociese a algunos personajes
de aquel anecdotario, había organizado en su obsequio una ternera –criollo
festín campestre, de carne asada con guasacaca, copiosamente rociada con
bebidas espiritosas– en casa de uno de sus mejores amigos, el norteamericano
Davenport.
Hombre ya de edad madura, corpulento
y de inalterable buen humor. Mr. Davenport había sido uno de los directores de
la fenecida empresa minera de "El Callao" y desde entonces se había
quedado por allí, donde era muy estimado y querido por su espíritu bondadoso y
su carácter chancero y sobre todo por el gusto que demostraba en emplear
términos y giros criollos. Habitaba una casa de campo situada en las
inmediaciones del pueblo, bastante confortable, con arboleda de mangos y
terrenos de sembradío, donde para su mesa y la de sus amigos le cultivaba
hortalizas un chino viejo, de los que para tal
oficio empleara aquella fenecida compañía minera. "El
Varadero" denominábanse aquella casa y huerta, nombre que le puso su dueño
porque, según la usual frase criolla, él era uno de los extranjeros que, yendo
a aquella tierra en plan temporal de negocio o de aventura, luego se
"quedan varados" en ella, sin forzoso motivo que lo justifique,
renunciando a la propia, que por más civilizada debiera serles más atractiva. Y
Mr. Davenport explicaba: —El varadero es el trópico, chico. Esta cosa sabrosa
de contestar a todo lo que te proponen: –Déjalo para mañana, chico. Del apuro
no queda sino el cansancio–. Esta tierra donde todo es amor y poesía. Y
mamadera de gallo, por encima de todas las cosas. Míster Davenport no tiene en
el mundo más familia que ese chino viejo que le siembra los repollitos y las
lechuguitas que él gusta comerse fresquecitas. Tiene además una cocinera
alemana y come carne palante y del botiquín de El Morocho le mandan cerveza
fría, toda la que quiera. ¿Qué más, chico? ¡Así es la cosa! Míster Davenport se
siente contento en su varadero. Tenía también –y ya le costaba buen dinero– el
capricho de importar mulas de su país, unas mulas de gran alzada, sobre las
cuales su corpulenta humanidad alcanzaba proporciones imponentes, y para
alimentarlas cultivaba pastos seleccionados en la mayor parte de los terrenos
de su finca. Pero las bestias no resistían el clima y ya eran muchas las que se
le habían muerto, sin que por eso desistiera de servirse de ellas solamente, y
en reponerlas se gastaba grandes sumas. No obstante su predilección por la
cerveza helada, que de El Callao le mandaban diariamente, en considerable
cantidad, del botiquín de El Morocho, también importaba "whisky" en
barricas, para su consumo personal y copioso regalo de sus amigos, que a menudo organizaban terneras
en "El Varadero". Pero Mr. Davenport poseía, además, condiciones
verdaderamente estimables. Era dadivoso con el que de ello tuviera menester,
servicial con el amigo –excepto sus mulas, que a nadie, ni por nada del mundo,
se las prestaba– y cultivaba veleidades de médico, especialmente en casos de
disentería, muy frecuentes por allí, en los cuales se instalaba a la cabecera
del enfermo –con mayor ahinco si era gente que careciese de recursos,
campesinos o jornaleros o sus mujeres o sus hijos, que de otro modo habrían
muerto de mengua– y administrándoles una fuerte dosis de ipecacuana, ayudada
con otra de opio –de una bola que para el efecto siempre llevaba consigo,
cuando recorría los campos de la región– sacaba su reloj y le decía al
paciente, sugestionándolo: —Tú no vomitas esta cosa porque tú eres un palo de
hombre (así fuese mujer o niño el enfermo). Tú aguantas esto dentro de tu
estómago una hora por mi reloj y estarás curado de bola. Y eran muchos los que
así había salvado de la muerte. Allí estaba Mr. Davenport, a la sombra de la
arboleda de sus mangos –bajo la cual difundía apetitoso aroma la ternera en los
asadores, en torno al fuego atizado por el chino viejo– con su roja faz risueña
y ya de blanco barbada, envuelta en la olorosa nube del humo de su cachimba de
tabaco de Virginia y un vaso de "whisky" en la diestra velluda,
haciendo tintinear el trozo de hielo mientras, mirando complacido hacia el
prado por donde pacían sus hermosas mulas, oía la anécdota suya que a propósito
de ellas le contaba Alcaraván a Marcos Vargas. —Fue en la última revolución en
que yo me chamusqué el pellejo – decía Apolonio–. Le había ordenado a un
capitán de apellido Guillén que cogiera por este camino con su compañía
mientras yo daba la vuelta por otro
lado, y al pasar frente a esta finca y ver las mulas de Mr. Davenport se le
ocurre al hombre entrar a ver cómo se ponía en una de ellas. No estaba aquí Mr.
Davenport y le salió el chino preguntándole: —"¿Qué quiele tú, Guilén?– A
lo cual respondió mi hombre: —De parte
del coronel Alcaraván vengo por una de esas mulas que le ofreció prestar míster
Davenport. Pero como el chino sabía que el musiú no le prestaba a nadie sus
bestias, se negó a entregársela y Guillén no se atrevió a llevársela por las
malas, seguramente por el temor de que la escuadra americana viniera a
bombardear a Ciudad Bolívar si Mr. Davenport se quejaba ante su gobierno y así
siguió su camino para reunirse conmigo. Bueno, pues. Regresa Mr. Davenport, le
cuenta el chino lo ocurrido y apenas oye decir que yo estaba alzado y gente mía
había intentado quitarle lo suyo más querido, monta otra vez y parte a ponerme
la queja. —A ponerte la queja, no –protesta Mr. Davenport–. ¡A pelearte! A eso
fue que salí. ¡A derrotarte, como te derroté!
—¡Cuaj, cuaj, cuaj! Efectivamente –rectifica Apolonio–: yo que estoy
desprevenido, con mi gente acampada en el monte, cuando oigo unos ecos de: —¡Párate ahí, vagabundo! ¡Ladrón de mulas
ajenas!– Y acto seguido unos disparos de revólver. Formó de carrera mi gente,
creyendo que fuera la del gobierno la que nos atacaba, y ya iba a ordenar fuego
cuando me fijo en que es un hombre solo el que viene contra mí y veo que nada
menos que mi gran amigo Mr. Davenport.
—¿Qué es eso, musiú?– le pregunto a veces, y él se me acerca y me cuenta
lo ocurrido –que Guillén no me lo había referido todavía–, y en seguida,
desmontando y disponiéndose a sacar algo que llevaba en los bolsones, me dice:
—"Aquí vengo a desafiarte para que te pegues conmigo, grandísimo vagabundo"–. Y diciendo así saca el
pertrecho que llevaba para la pelea. ¡Cuatro botellas de "wisky"!
¡Cuaj, cuaj, cuaj! ¡Nunca he peleado yo con más gusto! —Pero te derroté, sinvergüenza –insiste Mr.
Davenport–. Di que no. Cuando yo me monté arriba de mi mula para regresarme, tú
no pudiste montarte en tu machito de revolucionario ladrón de gallinas. Te dejé
tirado encima del suelo, derrotado y rendido. Confiesa la verdad, coronelito
cobarde. Risas de los demás bajo el trueno de las carcajadas de Alcaraván y
comentarios a propósito de otras regocijadas ocurrencias de Mr. Daventport,
americano de Kentucky, varado a orillas del Yuruari hacía muchos años, con su
viejo hortelano chino, su cocinera alemana y sus robustas mulas, las únicas que
no habían llegado a aclimatarse en aquella tierra brava. —Dicen que es el
paludismo el que las mata –comenta Alcaraván–, pero si estas tierras fueran
paludosas no estaría Mr. Davenport tan fuerte y tan colorado como lo vemos.
Pero Mr. Davenport tenía ideas
originales acerca de aquel mal endémico. —Paludismo es flojera, chico. Entra en
cuerpo cuando cuerpo no trabaja. A mí no me pega tu calentura porque yo trabaja
palante desde que mi levanta hasta que mi acuesta. Trabaja en la tierra junto
con el chino, trabaja en la casa, después mi monta en mi mula y salgo a hacer
ejercicio por los campos y cuando no tiene ninguna otra cosa que hacer, trabaja
en vidrio, con el material que mi manda todos los días el botiquín del Morocho.
Pero el guayanés le pide permiso a una pierna para mover la otra y mientras el
permiso va y viene, el paludismo se le mete en el cuerpo. ¡Flojera, chico! ¡Así
es la cosa! Por flojera no sancochan el agua y se beben mosquito y toda
porquería. —Siempre tirándole usted a la tierra y sin embargo no se desprende
de ella. —¡Ah! Porque todavía no se ha acabado la mamadera de gallo, que es la
única cosa buena que saben hacer ustedes. Pero en cuanto vea que ya se está
acabando la guachafita, mi monta en mi mula más caminadora, arrea palante mi
chino y mi alemana y mi va con mi música a otra parte. Y luego. —¡Cosa seria
esta tierra tuya, Marcos Vargas! Es la guachafita mejor organizada que yo he
visto sobre el mundo. Y si no, ¿en cuál otro país de la tierra puede ser
autoridad un bandolero como este Apolonio, que corta hasta por el lomo? —Pero si el primer guachafitero es usted, y
ya lo ha confesado – interviene uno de los más aprovechados de aquella
universidad del buen humor, que decía Alcaraván. —Tú no hables, Modestico Silva
–replicaba Mr. Davenport–. Ni tú tampoco, Néstor Salazar. Eran éstos dos amigos
inseparables en las correrías en pos del oro del Cuyuni, de donde varias veces
habían regresado ricos para poner la fiesta, y en obra de días volver a
quedarse pobres y de nuevo emprender la expedición aventurera. Andaban por los
cuarenta y pico y eran famosas en todo Guayana las chuscadas que de concierto
habían planeado y llevado a cabo; pero si a Modesto se le veían en la cara, en
cambio Néstor Salazar tenía la de hombre serio y hasta tímido, como en realidad
no dejaba de serlo ante desconocidos. —¿Conoces tú –prosiguió Mr. Davenport,
dirigiéndose a Marcos Vargas– el cuento del matrimonio de estos dos vagabundos
sinvergüenzas? Voy a contártelo. Estaban novios de dos señoritas de la crema de
Guasipati, hermanas ellas dos y muy parecidas entre ellas, por lo cual, más que
todo, las enamoraron estos dos bribones, que para todo andan siempre
amorochados, y cuando ya habían decidido
casarse y estaba fijada la fecha, la misma para los dos casamientos,
naturalmente, se les ocurre hacer una cosa que nadie hubiera hecho nunca.
Inventan un viaje a Trinidad, de allá mandan poderes a dos amigos suyos, uno de
ellos el birote del musiú que está contándole esta cosa, y cuando se estaba celebrando
el matrimonio civil en la sala de la casa de las novias, me da con un codo en
mi brazo la de Néstor, a quien yo le estaba amarrando el bongo sin saberlo y me
dice, muerta de risa: —"Voltee para la ventana y vea quiénes están en la
barra"–. ¡Estos dos sinvergüenzas, presenciando sus matrimonios como
simples espectadores y burlándose de nosotros los que estábamos haciendo el
papel de birotes! ¡Y yo, que por haberme metido en los corotos, mi estaba
ajogando dentro de aquella levita que mi había puesto! ¡Carache! Y el jefe
civil, este mismo bribón de Apolonio, que entonces estaba cortando hasta por el
lomo en Guasipati y estaba en el secreto de la mamadera de gallo, preguntándome
muy serio si yo tomaba por esposa y por mujer a la muchacha. Me dejé de zoquetadas
y le contesté: —Pregúnteselo a Néstor, que está en la barra. Yo aquí no estoy
haciendo sino el papel del que amarra el bongo, que tú sabes cuál es–. Por
supuesto, ese día corrió el champán por la calle. Ahora corría el
"whisky" bajo la arboleda de mangos, mientras el chino volteaba los
asadores donde el fuego sazonaba la olorosa ternera, y era un cuento tras otro,
del inagotable repertorio del buen humor, a veces infantil, con que aquellos
hombres alternaban la reciedumbre aventurera, para aturdirse contra la acción
enervante del medio que los rodeaba o para no escuchar las internas voces
acusadoras que pudiesen atormentarlos. De pronto se hizo el silencio. Por el
camino, frente a la arboleda, jinete sobre un caballejo desmirriado y
renqueante, pasaba un extraño caso
deplorable que invitaba a reflexiones. Un joven inglés, de apellido Reed,
ingeniero que había sido de la nueva mina "El Perú" y ahora,
carcomido por la tuberculosis bajo la engañosa apariencia saludable del rojo
amoratado de su faz, moraba solitario y misántropo en un cobertizo de palma, a
media legua de "El Varadero" y a poca distancia del camino que
conducía a Tumeremo, junto a una cañada que por allí atravesaba el agreste
paraje. Dos años ya transcurridos, allí se pasaba el tiempo Mr. Reed –que nunca
fue muy inclinado al trato de sus semejantes–: del chinchorro a un catre de
campaña, de fabricación inglesa, único mueble que había bajo el chozo, a ratos
oyendo la música gangosa de tres o cuatro discos en un viejo fonógrafo de
corneta, a ratos dormido al aire libre que circulaba bajo techado, a ratos con
las manos entrelazadas bajo la nuca y la mirada perdida sobre el melancólico
campo que lo rodeaba en silencio y soledad de yermo, mientras por los
alrededores el caballejo, maniatado, pacía cojitranco yerba brava. Sólo al
atardecer lo habían visto algunos viajeros, paseante taciturno por los
chaparrales de la sabana o parado sobre una loma, a distancia del camino,
contemplando el panorama, ahora dulce a la luz esmorecida. Los sábados, por la
mañana, montaba en su caballejo y se dirigía a las oficinas de la compañía
minera donde había prestado inteligentes servicios, a cobrar la asignación
mensual, que todavía le conservaban por consideraciones especiales y con la
cual se compraba, allí mismo, unas latas de conservas alimenticias, de
procedencia inglesa, que eran su condumio casi exclusivo, y unas botellas de
vino para el estado de semiembriaguez con que sobrellevaba su soledad. Allá
cambiaba algunas palabras con los antiguos compañeros de trabajo, recogía y en seguida contestaba,
lacónicamente, las cartas de la madre, que residía junto con sus hijos menores
en una pequeña ciudad del País de Gales, en el condado de Carnarvon, adonde
reiteradamente venía llamándole hacía dos años, y después de este breve
contacto con la gente de su lengua y de su sangre regresaba a su obstinado
aislamiento. Entre días llegábase hasta allá Mr. Davenport a charlar con él;
pero él no retribuía estas visitas ni demostraba gusto en recibirlas.
Ensimismado o desentendido de quienes estuviesen en "El Varadero",
iba ahora de regreso a su cobertizo, y Mr. Davenport, moviendo compasivamente
la cabeza: —Otro de los varados para siempre en esta tierra pegajosa – murmuró.
Y luego, a los que lo rodeaban contemplando en silencio el extraño caso: —Puede
que esté tuberculoso, como dicen, pero su enfermedad más grave, su enfermedad
incurable, tiene otro nombre. Se llama chinchorro, que es la enfermedad más
traidora de esta tierra. La madre de ese muchacho es rica, o por lo menos posee
una bonita renta, y ya varias veces le ha escrito que se vaya a un sanatorio de
Suiza, el mejor que quiera elegir para su curación; pero ya él ha cogido gusto
al chinchorrito de moriche y de ahí nadie lo arranca ni con una yunta de
bueyes. ¡Carache! —También tiene un
catre de campaña que no es producto de esta tierra –objeta Néstor Salazar. —Sí.
¡Pero el chinchorrito, el chinchorrito! Cuando yo digo esta cosa quiero decir
todo lo que significa el trópico para los hombres que no hemos nacido en él. Tú
decides marcharte, porque ves que por dentro de ti ya no anda bien la cosa, y
el trópico te dice, suavecito en la oreja:
—Deja eso para después, musiú. Hay tiempo para todo. Además, ¡si esto es
muy sabrosito! Tú te metes adentro de tu
chinchorro y vienen los mosquitos con su musiquita y tú te vas quedando
dormido, sabrosito. ¿Para qué más? Y luego, en serio: —¡Así es la cosa! Si no,
que se lo pregunten al conde Giaffaro, ese que lleva qué sé yo cuántos años
metido en las selvas del Guarampín. Referíase a uno de esos aventureros
exóticos que no podían faltar por aquellas tierras, encrucijadas de
disparatados destinos. En un principio –de eso hacía ya unos veinte años– se le
tuvo por presidiario escapado de Cayena, sin que faltara quien asegurase,
conforme a una fábula muy generalizada por allí cerca de los penados de aquella
penitenciaría de la Guayana francesa, haberle visto en las espaldas, grabado a
fuego, el estigma infamante de la flor de lis; pero como era un hombre de
maneras cultas que no permitían confundirlo con un delincuente vulgar –uno de
tantos cayeneros, como por allí se designaba a los fugitivos de tales
prisiones, que con frecuencia lograban refugiarse en territorio venezolano, al
cabo de una verdadera odisea a través de regiones salvajes–, allí mismo comenzó
la sugestionable fantasía del criollo a conquistar la leyenda dramática y con
ella a crearle simpatías, no obstante ese aspecto poco cautivador del sedicente
conde Giaffaro. Alto, desgalichado, carilargo, de ojos saltones y negras cejas
aborrascadas y con cierto movimiento pendular de la cabeza, un poco inclinada
sobre el pecho, lo recordaba ahora Mr. Davenport de cuando por primera vez
apareció en Ciudad Bolívar. Allí permaneció durante una breve temporada y luego
abandonó el país, con destino a Europa; pero de allá volvió una y otra vez, a
intervalos de años cada vez más cortos y para internarse, además, en las selvas
del Cuyuni, de donde pronto se
originaron complicaciones misteriosas de la leyenda que ya lo rodeaba, aunque
desechada ya la primitiva versión y generalmente aceptado que fuese y se
llamase como decía. Poseedor de una vasta experiencia de hombres y cosas de
todas las latitudes, adquirida según propia confesión en varias vueltas ya
dadas al globo, esto podía acreditar la versión de que fuese uno de estos
caballeros de Naipes que pasean la martingala genial por todos los mares, pues
no había juego de cartas que no conociese, ni mayor elegancia que la suya al
manejarlas, ni serenidad que se le comparase en los envites, ni manera de
ganarle a la larga. De modo cierto y por demostraciones que no se desdeñara de
hacer –único velo de misterio de su intimidad que había sido descorrido en
parte–, apenas sabíase que era un gran tirador de toda clase de armas y no
había por qué dudar que fuera, como afirmaba, presidente de un club
internacional de duelistas, con sede en Budapest, para ser miembro del cual se
requerían cien lances ganados. En cuanto a sus periódicas incursiones a la
selva, unos suponían que no tuviesen por objeto sino el de ganarles a los
purgüeros y mineros, aficionados a jugarse el sol antes de salir, cuanto allí
hubiesen adquirido; pero como esto podía lograrlo y, en efecto, ya lo lograba
en Ciudad Bolívar y Tumeremo, otros eran de la opinión de que tales incursiones
debían tener fines misteriosos, más de acuerdo con el aura de enigma que
rodeaba al taciturno personaje. Y así a pocos guayaneses les extrañó que de uno
de aquellos viajes a la selva no regresara el conde Giaffaro. Y Mr. Davenport
concluye sus comentarios a este respecto, exclamando: —¡Carache! Y ya somos
tres, contando así por encimita, los que estamos en el varadero. Pero en
seguida chasquea la lengua para
ahuyentar los pensamientos inoportunos y luego, volviendo a su buen humor
habitual: —Sírveme otro palito, chino. !Y siga la fiesta, muchachos! Mientras
haya amor, habrá poesía. ¿Para qué más? ¿Verdad, Marcos Vargas? ¡Así es la
cosa!
El matrimonio del muerto
Al día siguiente, estando Apolonio
Alcaraván en compañía de Marcos Vargas, sentado a la puerta de la Jefatura,
como de costumbre, se detuvo ante él un campesino con este recado: —Coronel, le
manda decí el general José Gregorio Ardavín que le haga el favor de llegarse
hasta "Palo Gacho" ahora mismo, pa que lo case. —¿Para que lo case? —Sí, señol. Con su india digo yo que será.
—¿Y por qué no vinieron a la Jefatura?
—Porque el general está en cama y en las postreras. Sin voz casi me dio
ese recao pa usté. —¿Y no te dijo que les avisara al hermano y al primo? —Por el contrario, me encargó mucho que no
les avisara. Porque dice que no quiere verlos por allá a la hora de su muerte.
Y como Alcaraván se quedara pensativo: —Bueno, coronel. Ya cumplí mi encargo y
si usté no dispone otra cosa, sigo a lo mío. —Bien puedes –dijo Apolonio. Y a
Marcos Vargas, así que se hubo marchado el recadero: —¿Qué le parece? Se muere
el bueno de los Ardavines. —Y no quiere ni ver al hermano –agregó Marcos
Vargas. —Como que si sabe José Francisco que el general está en las últimas,
ahí mismo se traslada a "Palo Gacho" a tratar de impedirle el
matrimonio con su india, para heredarlo
por todo el cañón. Y ¡con las ganas que le había tenido siempre a esa posesión
de "Palo Gacho", por donde se cree que corra el filón de la mina
antigua! —En manos suyas está no
permitir esa injusticia –dijo Marcos–. Que sepa José Francisco que el hermano
ha muerto cuando ya se haya efectuado el matrimonio y sean la mujer y los hijos
los que deban heredar "Palo Gacho". —Sí –reconoció Alcaraván, pero
rascándose la cabeza, signo de que por ella le cruzaban ideas discordes–. Pero
la cosa es que el secretario no está por aquí y quién sabe cuánto tarde en
regresar. Es posible que todavía no haya llegado a Guasipati. —Por eso no se
preocupe –objetó Marcos–. Yo puedo hacer sus veces y estoy a la orden. Vamos a
casar al hombre con su india.
—¿Y los testigos? ¿De quién echamos
mano a estas horas, que no esté ocupado en lo suyo? —Los buscamos por allá mismo. No vaya a
hacerme creer que a usted se le agüe el ojo ante José Francisco Ardavín. —¡Qué
ha de aguárseme! Vamos a casar al hombre con su india. !Hágolo secretario!
¡Dios y Federación! Coja ahí el registro de matrimonios mientras ensillo el
macho. "Palo Gacho", agreste refugio del caudillo frustrado, estaba a
dos leguas del pueblo y buena parte del camino habían hecho ya en silencio,
Alcaraván caviloso, cuando éste salió de su mutismo, confesando: —Yo sí fui
ardavinista, Marcos Vargas. Y de los oficiales preferidos del general José
Gregorio. Pero lo que viene tuerto no lo endereza nadie... Un día se me fue la
mano en un arreglo de cuentas y el general me retiró su confianza y me metió en
la cárcel. Todo, menos esta paladina y emocionada confidencia de Apolonio
Alcaraván, podía esperarlo Marcos Vargas. Y se quedó mirándolo en silencio. Pero Apolonio prosiguió: —La verdad
es que tengo que agradecérselo, porque yo iba por mal camino y con ese
carcelazo me compuso a tiempo. Y ya esto no podía parecerle sincero, ni a
Marcos Vargas ni a nadie. —¡No me venga, coronel! –exclamó–. Si a eso lo llama
usted compuesto, ¡cómo sería antes! Y reapareció el verdadero Alcaraván.
—¡Cuaj, cuaj, cuaj! Luego prosiguió: —Sigo mi historia, ya que empecé a
contársela, aunque, por lo visto, con usted no se puede hablar nada en serio.
Purgué lo manoteado, que fueron unos fonditos de las rentas municipales de
Guasipati –créame que desde entonces he aprendido a respetar lo que es del
Tesoro público y que echo el cuento en honor del general José Gregorio, que fue
la honradez en persona como administrador– y salí de la cárcel más limpio que
talón de lavandera y preguntándome: —¿Y
ahora para dónde cojo?– cuando recibo un recado del general Miguel de que
pasara por su casa. Fui a ver qué se le ofrecía y desde el primer momento
comprendí que quería arrearme para su lado, donde, la verdad sea dicha, ya
empezaba a reunirse todo el desperdicio del ardavinismo josegregorista. No me
dijo perro, pero me enseñó el tramajo dándome unas cuantas libras esterlinas después
de haberme echado un regaño suavecito, para cumplir con las apariencias. Después
vino la historia triste del general José Gregorio, que usted debe conocerla: la
india Rosa, el carare, la retirada a "Palo Gacho"... Yo seguí al lado
del general Miguel y, la verdad sea dicha, no me puedo quejar, pues he
desempeñado buenos cargos. También es verdad que me he chamuscado varias veces
el pellejo en las revoluciones, a la pata del general Miguel. —Pues ya le
llegará la oportunidad de chamuscárselo otra vez, porque según se dice por
ahí... —Sí. Que el general y que se está preparando para echarse al monte otra
vuelta. Pero... ¿qué le diré, amigo Marcos Vargas? Yo soy partidario de la
alternabilidad republicana que recomienda la Constitución y como la vez
anterior ya anduve en el monte, ahora me toca quedarme en la ciudad. ¿No le
parece? A esto del ardavinismo, francamente, ya le estoy viendo moscas. Y
volviendo al punto de partida: ¡qué sabio es el refrán que dice que en conuco
viejo nunca faltan batatas! No sólo en amores, sino también en política sucede
así. Vea usted si no: aquí vengo pensando en el general José Gregorio, mi jefe
de antes, mi verdadero jefe en el fondo del corazón. Triste, porque sé que voy
a perderlo para siempre, pero al mismo tiempo complacido porque voy a cumplir
su última voluntad, legalizando su unión con Rosa Arecuna, con la madre de sus
hijos, que ya no quedarán desamparados. ¡Las cosas del destino! ¿Quién iba a
decirle al general José Gregorio que sería yo el único de sus muchachos amigos
de antes que estaría al lado suyo a la hora de su muerte? —Es verdad –apoyó Marcos socarronamente–.
¿Quién iba a decírselo? Cuando llegaron ya era tarde: José Gregorio Ardavín
acababa de expirar. Junto a su lecho de muerte la india Rosa amamantaba al
último de sus hijos. Era una mujer todavía joven que tal vez nunca había sido
hermosa, pero con el enigma aborigen en la interesante expresión de la faz
devastada. El dolor y la mansedumbre fatalista se confundían en aquel rostro,
lloraban sus ojos quietos, ellos solos, y las silenciosas lágrimas que corrían
por sus mejillas consumidas al caer sobre el crío lo hacían rebullir. El mayor
de sus hijos, ya za galetón, contemplaba en silencio y con aire embrutecido el
cadáver de su padre, y otros cinco formaban un grupo medroso en un rincón del
cuarto donde acababa de suceder aquella horrible cosa inexplicable. Apolonio
Alcaraván se detuvo ante el catre mortuorio, levantó el pañuelo que velaba el
rostro exánime, repugnantemente blanco de muerte y de carare, y con leves
suspiros, contempló un rato los despojos mortales del hombre que había sido su
jefe, murmurando una y otra vez: —¡José Gregorio Ardavín! Luego restituyó el
pañuelo a su piadoso empleo, dio media vuelta y le dijo a Marcos: —Ya aquí no
hay nada que hacer. Y después de haber dirigido a la mujer unas rudas palabras
de condolencia, a las cuales ella no correspondió ni con la más leve alteración
de su rostro inmóvil, abandonó la habitación, cuya puerta daba al campo. Marcos
Vargas lo siguió pensativo. —¿Nos vamos? –propuso Apolonio. —Espere un momento,
coronel –dijo Marcos, ya con su idea–. No es posible que por falta de una
simple fórmula vayamos a permitir que se lleve a cabo esta injusticia. Una
infeliz mujer y siete criaturas van a quedar desamparadas y en la miseria,
mientras esta posesión pasará a enriquecer más todavía al bandolero de José
Francisco Ardavín. —¡Qué se hace, amigo! El difunto tuvo la culpa, por no
resolver antes su matrimonio con la india. Ahora la ley protege al legítimo
heredero, que es el hermano, con todo lo maluco que sea. Ya eso es clavo
pasado. —Todavía no, coronel. Hay un remedio y está en sus manos. —¿Cuál puede
ser? —Casar al muerto. —¡Caramba, amigo!
Usted es el hombre de las ocurrencias. Casi
estoy por soltar la risa en presencia del difunto. —Ya la soltará a todo
su gusto más adelante. Haga ahora lo que le propongo. ¿Va a permitir que queden
desamparados los hijos de su jefe?
—¡Hum! Ya usted me cogió la corazonada que le manifesté por el camino.
Pero, francamente, eso no dejaría de ser una bribonada. —No sería la primera
suya, coronel Alcaraván. —¿Eso también? Usted cuando dice a empujar, todo se lo
lleva de pecho. ¡Pues ni la última tampoco! Pero... —Lo hacemos con todas las
formalidades que exija la ley. Nos buscamos por aquí mismo un par de vecinos
que sirvan de testigos, pero sin pasar de la puerta, para que no se fijen en
los detalles, diciéndoles que el enfermo es de fiebre amarilla. Usted hace un
papel con todas las de la ley y me deja de mi cuenta lo demás.
Mientras Marcos decía esto,
Alcaraván contemplaba unas reses que pacían por una vega frente a la casa.
Pasarían del ciento y estaban gordas... No sería difícil obtener que la india
Rosa Arecuna firmase un recibo por la cantidad razonable que valdría aquel
ganado. —Bueno –dijo, ya también con lo suyo entre ceja y ceja–. Búsquese los
testigos. El coronel Ardavín no podrá saber sino lo que se sabe en el pueblo:
que el hermano llamó a la autoridad competente para que lo casara "In
articulo mortis". Y si no es de muerte este artículo, yo no sé de qué
será. Ya regresaban a El Callao. Ya José Francisco Ardavín no heredaría
"Palo Gacho", en cuyo subsuelo había oro, pensaba Marcos Vargas. Y
Apolonio Alcaraván reía a mandíbula batiente. —¡Las cosas suyas, amigo Marcos
Vargas! Trabajo me costó no soltar la risa cuando, agazapado usted bajo el catre,
le empujó la cabeza al difunto de abajo para arriba, de modo que pareciera
que la movía otorgando al preguntarle yo
si recibía por esposa y por mujer a Rosa Arecuna. ¡Cuaj, cuaj, cuaj! A los
testigos no pudo quedarles duda de que el contrayente estuviera todavía en sus
cabales. Ahora la india Rosa está casada por todo el cañón y para anular ese
matrimonio será necesario arrancar la hoja del registro. !Lo que pueden los
papeles, Marcos Vargas! ¡Ah, invento bueno! Yo que me imaginaba que la india no
sabría firmar. ¡Pobrecita! Muy clara puso su firma, con rúbrica y todo. ¡Cuaj,
cuaj, cuaj! Pero estas risotadas, más que el poder del acta matrimonial,
celebraban el del documento de venta de las ciento quince reses que pacían por
la vega y que él se había hecho firmar –por Rosa de Ardavín– mientras andaba
Marcos en busca de los testigos. La india o no se dio cuenta de lo que hacía o
ya nada le importaba perder las reses –pues tanto a esto como a la macabra
farsa se prestó pasivamente–, pero el recibo decía que había percibido el
precio en dinero contante y sonante. Marcos Vargas ignoraba tal despojo y de
ahí también las carcajadas. —¡Ah, invento bueno, ese del papel! ¡Cuaj, cuaj,
cuaj! Y aquel día todo El Callao sonrió sin saber por qué.
X
El avance
Era ya tiempo de la aventura del
purguo. Campesinos de todo Guayana, llaneros de los llanos de Monagas, de
Anzoátegui, del Guárico y hasta del Apure, por donde los agentes de las
empresas purgüeras iban ilusionándolos con promesas de ganancias fabulosas, ya
todos se habían puesto en marcha, la magaya a la espalda, la ambición en el
pecho. —¿Para dónde la lleva, amigo?
—Para el morado. Éste es el año de hacerse rico. Se espera un buen
invierno y será mucha la goma que habrá en los palos del morado. Y por el
camino de Tumeremo, asiento de las empresas purgüeras, comenzaban a vaciarse
todos aquellos campos: hacia las selvas del
Cuyuni, del Guarampín, del Botanamo... Tierras salvajes, insalubres,
inhóspitas... De allí regresarían –!los que regresaran!hambreados, enfermos,
tarados por el mal de la selva y esclavizados ya para siempre al empresario por
la cadena del avance: unas cuantas monedas y unas malas provisiones de boca a
precios usurarios a cuenta de la goma que sacaran. Deuda que ya nunca se
pagaría, hipoteca del hombre sin rescate que a veces pasaba de padres a hijos.
—Usted –dice el encargado de una de las empresas de Miguel Ardavín,
dirigiéndose a uno de los peones que acuden a avanzarse–. ¿Cómo se llama? —¿Yo?
—Sí, usted. ¿Quién va a ser?
—¡Ah! A mí me llaman Encarnación Damesano, para servirle. —Esto último
está por verse. ¿Ha trabajado otras veces en el purguo? —¿Quién? ¿Yo? No, señor; pero he oído decí
que es un negocio bueno pal trabajador. —No tiene usted cara de serlo muy
aprovechado.
—¿Porque me ve jipato y un poco
carranclón? Eso es hambre vieja, catire. —¡No sea confianzudo, amigo! —Éste que digo: mi jefe. Pero en cuanto me dé
usté el bastimentico ya me verá convertío en un lión pal morao, porque allá en
el rancho dejé una mujercita y tres barrigoncitos que me esperan con plata
bastante pa sacá las tripas de mal año. —Bueno. Vaya diciendo lo que necesita.
—¿Lo que necesito? ¡Si por eso juera, mi jefe! Ríenle el humor los compañeros
de cadena que llenan la oficina esperando su turno, y el encargado de distribuir
el avance lo amonesta: —Déjese de mamaderas de gallo, que no tenemos tiempo que
perder y vaya diciendo a cuánto aspira. —Bueno, pues. Mándeme a poné unas
torticas de cazabe, las que sean de
costumbre pa dentrá en la montaña con alguito que mascá y un piazo e cecina de
la que no tenga mucho gusano, porque a mí no me gustan esos bichos, y otro güen
piazo e pescao salao, morocoto si es posible, que es mi bocao predilecto, y una
botellita e manteca, una poca e sal, unas libritas de papelón, los ingredientes
del paloapique, que ya usté sabe cuáles son, sin muchos gorgojos los fríjoles,
y el cafecito para prepará la guacharaca y la botellita e caña blanca pa
calentame el cuerpo. —Quítese esa idea de la cabeza –dícele el encargado–. Aquí
no se da aguardiente. —¡Que lo siento, catire! Este que digo: mi jefe. ¡Ah! Y
una frazá de las mejorcitas y un par de alpargatas. Y lo que me haiga olvidao,
que usté lo recuerde mejor que yo, de tanto apuntárselo en la cuenta a los
compañeros de infortunio. Pero eso sí, por vía suyita se lo pido, no me vaya a
encaramá mucho los precios. Mire que yo no tengo sino lo que ya me vio por
encima: hambre vieja. Y ganas de trabajá, que es lo único que yo pido. Que me
dejen trabajá pa ganarme la vida. —¡Ah, caramba compañero! –exclama en voz baja
uno de los que esperan su turno–. Usté como que está pidiendo demasiado. Si a
uno le dejaran trabajá ya estaba el mandao hecho. Pero lo oye el encargado y
advierte: —Aquí no sólo se deja trabajar, sino que no se aceptan hombres que no
estén dispuestos a sacar la goma que les fije la empresa. Y vuelve a tomar la
palabra Damesano:
—Por mí no se preocupe, jefe,
porque yo me paro en lo mojao y hago barro en el polvero y cuando digo a
trabajá, asina y tó como me aguaita carranclón y jipato, me pierdo de vista.
—¿Querrá decir que ya lleva la intención de picurearse? —No, señor. Encarnación Da mesano sabe cumplí
sus compromisos. Mándeme llená la magaya y ya verá pión contento. ¡Ah! Que se
me iba a olvidá lo principal. Un frasco de cholagogue y unas peslas de quinina,
porque mi padecimiento es el paludismo y no dejará de pegarme en la montaña.
—Como que ése es el pretexto de que se valen todos para quedarse en la tarimba.
—Ya le digo, mi jefe, que Encarnación Damesano hace barro ande se pare. —Que saque
goma es lo que interesa. Pero todavía no ha pedido usted los instrumentos de
trabajo. —¡Ah! ¿Y es que ésos también se los cargan a uno en cuenta? Bueno,
pues. ¡Qué se va a hacé! Cárgueme también las espuelitas y el mecatico pa moneá
los palos y el machetico y tos esos corotos que, según cuentan los que ya han
dio a la montaña, hacen parecé al purgüero un mostro de los infiernos tratando
de subí al cielo. Otra vez las risas de los compañeros y la amonestación del
encargado: —Ya usted se está dejando ver la punta de peón mal doctrinero. Deje
la mamadera de gallo, le repito. —Está bien, mi jefe. Me quedaré callao, si ésa
es su voluntad. Y como sólo farta el avance en dinero efectivo, su boca será la
medida. —Ochenta pesos. —¿No será poco, mi jefe? Deme los cien completos, pa
podé mandales algo a la mujercita y a los barrigoncitos que se quedaron en casa
con los dientes puyuos. —Mándeles lo que ya tiene destinado para bebérselo en
aguardiente. —Es que todo no puede ser rigor, catire. Unos palitos más que otros
no me van a hacé más pobre. Y así se vendió Encarnación Damesano, en la hora
menguada del hambre en su casa.
Noche de "Yagrumalito"
Hacía varios días que estaba allí José
Francisco Ardavín, acariciando los tortuosos proyectos concebidos durante la
última entrevista con el primo, o mejor dicho, imaginándoselos ya realizados –
muerto Miguel en el primer encuentro con las tropas del Gobierno, por aquella
bala de la cual nunca se sabría de dónde salió, y él reemplazándolo en la
jefatura del partido– mientras la torva montonera de sus oficiales, toda
congregada en el hato con motivo del avance de la empresa purgüera en la cual
hacían de capataces, y los peones que bajo la férula de ellos dejarían allá lo
servido por lo comido, se regalaban ahora con diarios y opíparos festines de
ternera sobre cuyos despojos se precipitaban bandadas de zamuros, precursoras
de las que luego habrían de seguir el paso asolador de la revuelta armada. Y
allí estaba aquella tarde el coronel, complacido en aquel ambiente de facción
que por primera vez lo rodeaba –pues su coronelato no lo había ganado en
campamentos, sino que era regalía de segundón de familia de generales–,
meciéndose sosegadamente en su hamaca colgada en uno de los corredores del
contorno de la casa, cuando sonó el teléfono del servicio oficial de que
disfrutaban todas las fincas de los Ardavines. Sonó, como era natural, de
pronto, inesperadamente, estando silencioso el aparato, entre el cual,
instalado en el despacho de José Francisco y la hamaca donde éste acariciaba
sus sueños, había una ventana abierta por donde la recelosa mirada del soñador
bruscamente devuelto a la realidad de su situación actual saltó a posarse sobre
el artefacto al primer timbrazo; pero sonó tres veces, con llamadas cortas, enérgicas, imperiosas, que
sustituyeron la cosa instalada en la pared del despacho por la determinada
personalidad que maniobraba la cigüeña al otro extremo del hilo. —Miguel
–murmuró José Francisco. Y luego a uno de sus oficiales, el de su mayor
confianza, de apellido Molina, que por allí andaba y ya venía a atender–: ve a
ver qué quiere.
Palabras que, sin haber sido
acompañadas de guiñadas de ojos ni de otras señales de inteligencia capciosa,
contenían, sin embargo, un vasto y minucioso sobreentendido, pues de otro modo
no podría explicarse por qué tenía que murmurar el oficial: —Vamos a ver. Se
acercó a Miguel, le dijo que era Molina, oyó en silencio lo que le hablaba al
oído, luego respondió: —Sí, señor, aquí está. Y, finalmente, volviéndose al
coronel, por la ventana: —Quiere hablar con usted –le dijo. José Francisco dejó
la hamaca murmurando algo que no se le entendía y se puso al aparato: —¡Ajá,
Miguel!... ¡Cómo! ¿Cuándo murió? —Esta
mañana –respondió Miguel, y Molina lo oyó claramente, después de lo cual siguió
hablando al oído de José Francisco. —¿Y por qué Alcaraván no me llamó
directamente a mí? ¿Por qué no me lo avisó inmediatamente? A estas horas ya
estaría yo en "Palo Gacho"... ¡Cómo que para qué! Miguel
moscardoneaba fuera del oído de José Francisco y Molina se retiró sabiendo ya
de qué se trataba. —¡Cómo! –volvió a exclamar el coronel–. ¿Y quién autorizó a
Alcaraván para hacer ese matrimonio? ¿Tú? En todo caso... De todos modos...
¡Cómo que no te interrumpa! Debes comprender que tratándose de José Gregorio...
Bueno, tú no tendrás tiempo que perder,
pero yo... De todos modos ese matrimonio es nulo... O anulable, lo mismo da...
¿Quién? ¿Marcos Vargas? ¡Je, je!... !Cómo que no! Ahora mismo voy a estar
ensillando... Se retiró el auricular donde tronaba la voz del jefe y luego
volvió a acercárselo, después de haberse cerciorado de que Molina no estaba por
allí. —¿Yo por qué... ¡Cómo! ¿Qué dices? ¡Al coronel López! ¿Cuándo lo
quitaron?... ¡Ajá! ¡Ajá, Miguel! Agitó bruscamente el gancho para aclararle la
voz a Miguel y se oyó que éste decía: —Lo reemplazó el coronel Menéndez. —¿El
de...? —¡Sí, sí! Ése mismo.
Volvió a sumirse Miguel dentro del
oído de José Francisco, habló así largo rato desde el otro extremo del hilo que
unía "Palmasola" con todos los sitios donde, en un momento dado,
fuese necesario que se oyera su voz de caudillo, y los gestos que a medida iba
haciendo el de "Yagrumalito" demostraban que no era nada
tranquilizador lo que se le comunicaba. Pero si ya no interrumpía, tampoco
parecía oír solamente, sino al mismo tiempo acariciar ideas ajenas a la
conversación del otro, muy suyas y por lo tanto torvas. Por último comenzó a
decir, con la inquietud del que oye cosas imprudentes: —Bueno, bueno... Sí,
sí... Ya oí, ya oí... Bueno... Bueno... Colgó el auricular, respiró
profundamente cual para alivio de un penoso esfuerzo, se quedó un momento con
la mano apoyada en aquel pesante sobre el gancho que cerraba la comunicación,
dirigió una mirada cargada de odio al aparato que había sido Miguel, y murmuró
sordamente: —Bien pudiste participarme todo eso por escrito, con un propio de
mi confianza o venir a decírmelo personalmente; pero has preferido gritarlo a voz en cuello de modo que pudiera
oírlo todo el que tuviera interés en interceptar la conversación. ¿Quieres
perderme para salvarte tú? ¡Ya veremos cuál de los dos será el que cante
victoria! Y abandonó el despacho dentro del cual ya era noche oscura, para
dirigirse al caney, donde vivaqueaba la montonera regalona de su oficialidad,
con una decisión tan impetuosa que tenía que arrollar toda otra que al
atravesar el corredor hubiera podido detenerlo. Pero al acercarse al grupo que
formaban sus oficiales –el apellidado Molina entre ellos– tuvo la intuición
instantánea y certera de que la voz mandona de "Palmasola" había
llegado hasta allí y ya estaba produciendo un determinado efecto, pues, el
silencio que guardaban sus espalderos no era simplemente de estar callados por
no tener nada que decirse, sino de haberse quedado así en espera de lo que él
llevase entre manos, y una voz secreta le advirtió que no era prudente, a lo
menos por el momento, pulsar la fidelidad de aquellos hombres. Pasó de largo, se
alejó un poco, se detuvo de pronto, haciendo el ademán del distraído que de
repente advierte que se le ha olvidado algo, y regresó sobre sus pasos. Pero ya
el demonio de la ficción se había apoderado de su espíritu – había
espectadores, él mismo entre ellos, de cierta manera– y ya no se trataba de
volverse a la casa por desistimiento del propósito que lo sacara de ella, sino
de recordar lo que se le había olvidado, de buscar la idea perdida por el
trayecto. —¡Pero, hombre! –murmuraba–. ¿A qué venía yo? Y hacía cuanto se
recomienda en casos de olvidos verdaderos: desandar lo andado, detenerse de
pronto y volver a situarse por sorpresa ante los objetos exteriores tal como
debió estar en el momento de la
distracción, pues era ya absolutamente necesario que se le hubiese olvidado lo
que fue a hacer y no hizo o a decir y no dijo. Pero cuando se dice ficción no
se hace, en realidad, sino soslayar el problema escabroso y tremendo de la
sinceridad humana, puesto que el que finge ya expresa algo íntimamente verdadero
y en el espectáculo de histrionismo que estaba dándose el coronel de
"Yagrumalito" –a sí propio, espectador exigente de la verosimilitud
de la farsa– había un drama efectivo, tremendamente real. Sí, se le había
olvidado algo. No propiamente mientras se dirigía al caney, sino cuando
acarició aquellas torvas ideas que le habían cruzado por el pensamiento durante
la conversación con Miguel –lanzarse en armas a la cabeza de sus oficiales,
contra Apolonio Alcaraván, que le había arrebatado "Palo Gacho" con lo
del matrimonio de José Gregorio; contra el gobierno del Estado por la
substitución del coronel López por persona enemiga suya, contra el mismo
Miguel, que quería perderlo para salvarse él– y antes, durante todos aquellos
días en que se entregó a imaginar ya realizado su proyecto de suprimir y
reemplazar al cacique del Yuruari mediante una bala de la cual no se supiera de
dónde habría salido, en el primer encuentro con las tropas del gobierno. Se le
había olvidado quién era José Francisco Ardavín, que para nada de esto que
exigía arrostrar peligros sería nunca bastante osado. Y tratando de recordar lo
que en realidad no había olvidado, no hacía sino buscar su fantasma
desvanecido. —¡Je, je! Era Cholo Parima quien había hecho así, desde el
corredor de la casa donde ya estaba cuando por allí pasó el distraído,
dirigiéndose al caney. La presencia de este hombre en "Yagrumalito"
era obra verdaderamente diabólica de Miguel Arda vín. Obedeciendo a
indicaciones de éste se lo había llevado consigo José Francisco, para quien
nada podía ser tan molesto como la compañía de su cómplice. ¿Para que lo
suprimiese –se preguntaba todavía el coronel– o para que Parima lo vigilase a
él? Lo primero parecía lo más probable, ya que de modo cierto nada podría
decirse de los designios de aquél, "que se perdía de vista"; pero al
mismo tiempo era lo que menos podría hacer José Francisco sin corroborar la
acusación tácita de la opinión pública y la expresa de Marcos Vargas de que
había sido él quien armó contra Manuel Ladera el brazo homicida del hombrón de
las cicatrices. Pero el tenerlo consigo no habiendo pertenecido nunca a su
escolta de espalderos, casi equivalía a lo mismo y el dejarlo libre era correr
el peligro de que, echándole mano la justicia, se llegase a descubrir toda la verdad.
Y éste era el círculo atormentador dentro del cual se sentía cogido el coronel,
además de no poder asegurar si era él quien "tenía" a Parima o éste a
él. Por otra parte, el supuesto Pantoja había sido instrumento de crímenes de
Miguel –el más reciente de ellos el asesinato de aquel negro trinitario que
conducía preso a Ciudad Bolívar–, y si la intención del cacique al indicarle
que se lo llevara consigo había sido aprovechar la ocasión para que se le
suprimiese, a él le interesaba, por el contrario, retenerlo en su poder a
manera de rehén contra las posibles maquinaciones de quien "se perdía de
vista" cuando iba derecho a lo suyo. En cuanto al mismo personaje en
cuestión, su conducta era realmente inquietante. No tomaba parte en los regocijos
del vivac; de las terneras sacrificadas cogía su ración para comérsela a solas;
no alternaba con los oficiales en las tertulias ni colgaba su chinchorro en el
caney para dormir junto con ellos; pero siempre estaba de ronda por allí
llevándose en pos de su corpulencia
taciturna las miradas recelosas en el silencio que su paso producía. Acaso
habría bastado una guiñada de ojo de José Francisco para que veinte balazos le
acribillaran la espalda, porque nadie lo veía allí con buenos ojos y esto no
podía escapársele a quien así se comportaba. Pero si podía marcharse de allí
cuando a bien lo tuviese y aún no lo había hecho, esto tenía que aumentar la
intranquilidad de su cómplice, que quería y no podía hacer aquella guiñada.
Ahora se le acercó con plan de astucia, que no era todo ocurrencia del momento,
diciéndole: —¿Qué hubo, Cholo Parima?
—Pantoja, coronel –corrigió el hombrón, que nunca estaba para equívocos
y menos parecía estarlo aquella noche. —¡Sí, hombre! Siempre me equivoco. —Que
no estaría de más que tratara de corregirse ese defecto –repuso Parima, con un
tono que pocas esperanzas de ascendiente personal aprovechable para sus nuevos
planes debió dejarle al coronel.
Pero éste se hizo el desentendido y
prosiguió a lo que iba, más propio del verdadero José Francisco Ardavín y por
rodeos que lo hicieran más tortuoso: —Creí que ya estarías recogiéndote adonde
te tocaría dormir esta noche... Porque en "Yagrumalito" nadie sabe
cuándo el pez bebe agua ni dónde cuelga Pantoja. —¡Jm! –hizo el zambo ladino–.
Donde le coja el sueño. Esa ventaja tiene el pobre, a quien no lo amarran
casas. —Y como seguro mató a confiado –agregó Ardavín. —Deduzca las
consecuencias –concluyó el otro. —¿Y hoy cómo que estás desvelado? Porque a
estas horas ya otras veces... —Acalorao es lo que estoy, coronel –repuso, ya
valiéndose de expresiones ambiguas–. Y por eso me dejé llegá hasta acá, a cogé
el fresquito que sopla siempre por aquí.
—Sí que hace calor esta noche. —Mucha. —¿Será que va a tronar? —Será. Pausa. José Francisco ya no estaba tan
seguro de sí mismo como cuando se decidió a abordarlo. Algo de lo que le
sucedió ante el silencio de sus oficiales volvía a ocurrirle ahora. Pero tenía
que jugarse aquella carta esa misma noche. —Dime una cosa, Pantoja. ¿Cómo fue
aquel recado que te dio Miguel para el jefe civil de San Félix? —¿A cuál se refiere usté? Porque son algunos
los del general que en distintas ocasiones he tenío que llevarle al coronel
López. —¡Hombre! Ahora que lo mencionas. —¡Jm!
—¿Sabes que ha sido destituido?
—Es la primera noticia. —Sí, hombre. Lo ha reemplazado un enemigo
nuestro, por cierto. El pobre Miguel está muy preocupado. Acaba de
participármelo por teléfono.
—¡Mire, pues! —Parece que el gobierno ha olido algo de los
planes revolucionarios de Miguel y le está desbaratando el nido, como quien
dice. También han sido reemplazados los jefes civiles de Upata y Guasipati.
Pero esta destitución del coronel López, especialmente, lo ha puesto sobre
aviso. —Las cosas de la política –repuso Parima como si nada le importase el
asunto–, que hoy mandan unos y mañana otros. —Y hoy ponen unos en claro lo que
ayer dejaron otros en turbio – agregó Ardavín, reticente. —Usté que lo dice...
—Es que temo que vayan a sobrevenirle complicaciones a Miguel por lo del recado
que le llevaste a López. —¿Por el del gallo será? —¡Ése!... ¡Ah, Miguel, para tener más
vueltas que un cacho! —Eso como que es
de familia. —¿Y cómo pudiste entender,... Pantoja –ya iba a equivocarme otra
vez– que el gallo era Manuel Ladera?
—¿Qué me quiere decir con eso, coronel?
—Que era una manera bien rara y confusa de ordenarte que mataras a
Ladera. —¡Coronel! –exclamó socarronamente el hombre–. Mire que se está pasando
de vivo. —Nadie nos oye, Cholo Parima. —Pantoja, coronel. —¡Cholo Parima!
–insistió José Francisco, con veladuras de corazón alterado en el acento que
debía ser firme. —¡Jm! –volvió a hacer el hombrón inquietante–. Usté como que
está viendo visiones, coronel. Y quitó de allí su sombría corpulencia dejándolo
plantado. José Francisco se llevó la mano a la empuñadura del revólver... Eran
anchas las espaldas de Cholo Parima, casi imposible no hacer blanco en ellas...
Pero ¡se contaban tantas cosas de
las tremendas revueltas del gigantón cuando empleaba el ardid de volverlas!...
Después, cuando comprendió que no había sido estratagema sino retirada
desdeñosa, ya no se distinguía bulto para la mira del arma... ¡Pocas noches
habrían sido tan negras como aquella de "Yagrumalito" en que José
Francisco Ardavín descubrió que estaba solo!
XI
Las horas menguadas
Cielo encapotado sobre Tumeremo en
tinieblas, con relámpagos silenciosos en el horizonte anunciando la
aproximación de las lluvias. Era medianoche y el calor sofocaba. Sombras
errantes por las calles solitarias; otras, taciturnas, ya congregándose frente
a las oficinas de las empresas purgüeras, la cobija en el brazo, la magaya a la
espalda, el machete en la diestra... La gente del Turumbán, la gente del
Botanamo... Las peonadas que durante el día animaron la población con el
despilfarro del dinero del avance, ahora reuniéndose remolonas en espera de los
capataces para ponerse en camino de la selva. —Bueno, Arteaguita –dijo Marcos
Vargas, al cabo de un largo silencio de entrambos–. Dentro de poco estarás tú
también cogiendo el camino de Suasúa. ¡Cómo te envidio!... —¿Tú quiele cambiá?
Como le contestó el chino al fraile del cuento – repuso Arteaguita, recurriendo
al gracejo, como en toda ocasión lo acostumbraba. —¡Ah, caramba! –exclamó
Marcos, comprendiendo–. ¡Y tan animado que estabas hace unos momentos! —Sí, pero... ¡Qué sé yo! Confieso que soy
supersticioso y ese canto de la pavita que acabamos de oír me ha dejado la
empalizada contra el suelo. Temo resultar uno de esos a quienes no quiere la
montaña, como dicen los purgüeros. —Según tengo entendido, la montaña sólo
rechaza a los que van a ella con miedo. —Como yo, precisamente –repuso el
bromista, ahora con acento dramático. Y al cabo de una pausa: —¡Soy un cobarde,
Marcos Vargas! ¿Para qué ocultártelo? ¡Un cobarde! ¡Maldita sea! Y comenzó a
roerse las uñas con una decisión frenética.
—¡Qué es eso, Arteaguita! –repuso
Marcos, con indignación que hacía generoso el disgusto que aquella miseria de
ánimo le causaba–. ¡No hay derecho! —Eso
digo yo –repuso el menguado–: no hay derecho a que lo coja a uno el toro,
quiera o no quiera. Eres pobre y has pasado más hambre que un ratón en un saco
de clavos, porque así te echaron al mundo sin pedirte permiso, y además con una
vitola de esas que no hacen carrera ni en bicicleta; pero no te da la gana de
continuar siéndolo para toda la vida, y para salir de abajo, un día te
resuelves a tirar la parada que otros tiran y a todos se les da. Mas cuando ya
tienes los dados en la mano, cuando ya estás maraqueándolos –y aquí Arteaguita
comenzó a agitar la diestra apuñada, emitiendo luego un pujido de gran esfuerzo
ineficaz, a tiempo que aceleraba rabiosamente la mímica, apretando más el puño,
con lo cual simulaba que éste se resistía, por inhibiciones voluntarias, a
soltar los supuestos dados–, cuando ya has dicho topo, se te tranca el carro y
te coge el toro. ¡No hay derecho! ¡Tú lo has dicho! No se podría sostener que
estas palabras habían sido patéticas; fueron demasiadas metáforas y todas
ramplonas; pero cuando era de esperarse que Marcos Vargas soltara una carcajada
estrepitosa, se quedó, por el contrario, en silencio hasta cierto punto
respetuoso. Entretanto, la diestra de Arteaguita continuaba haciendo ahora con
intermitencias convulsivas, la mímica explicada, y como esto ya era un
espectáculo totalmente desagradable, Marcos se la sujetó, se la inmovilizó, le
separó los dedos crispados y para mantenérsela extendida le apoyó su diestra
encima. Arteaguita interpretó que se la
entregaba para el apretón patético y se la estrechó fuertemente,
emocionadamente, exclamando: —¡Gracias, Marcos Vargas! ¡Qué corazonzote más
bien puesto tienes! Si tú fueras conmigo, ya no le temería a nada. —No puede
ser –dijo Marcos, aprovechando la salida que se le deparaba de aquella
desagradable situación–. Ya te he dicho que te envidio, pero por ahora no puedo
darle la espalda al compromiso contraído con don Manuel Ladera. El negocio de
los carros me atará por algún tiempo... Que por cierto me extraña que no hayan
llegado ya. —Tienes razón –murmuró Arteaguita–. Dispénsame... En realidad lo que
me sucede es que no me siento bien esta noche. Quizá tenga un poco de fiebre,
pues de pronto me dan calofríos. —¿No sería conveniente que te regresaras a la
posada? Ya va a ser hora de que te pongas en camino. Digo, si no vas a echarte
para atrás del compromiso que tienes ya contraído con los Vellorinis. Que según
me has explicado, te han abierto un buen partido en la empresa del Guarampín, y
como este año se espera sacar mucha goma, ganarás mucho dinero. —No. Si ya te
digo, suerte no me ha faltado, después de todo, pues hasta se me ha presentado
otro negocio que también parece bueno. Una sastrería, que no las hay aquí que
valgan la pena. Y como yo conozco el oficio y hasta ahora no me he comido un
trazo... —Ya estoy viendo por dónde vas a reventar –dijo Marcos. —No, no. Te
hablo de eso para que veas que suerte no me ha faltado, pues hasta me han
ofrecido el capital en condiciones ventajosas... Pero ya Marcos Vargas no le
prestaba atención. Un jinete, inconfundible silueta gigantesca a través de la
oscuridad, acababa de cruzar la bocacalle próxima. —¡Cholo Parima! –exclamó a
la sordina–. ¡Buen encuentro a estas
horas! No hace mucho me decía el jefe civil que ya debía de estar preso,
pues había orden de arresto contra él desde esta tarde. Y como que va buscando
el camino de Suasúa. En esto el jinete se detuvo, descabalgó y penetró en un
tabernucho que por allí había. Era la salida de la población, vía de El Dorado,
por donde ya comenzaba el éxodo de las peonadas; camino de la impunidad de la
selva para el asesino de Manuel Ladera. —Pero no te escaparás –murmuró Marcos,
a tiempo que agarraba a Arteaguita por el brazo. Y luego a éste arrastrándolo
consigo–: Ven, para que aprendas a manejarte en esta tierra, curándote de
espantos de una vez por todas. —¡No, chico! –gimió el menguado–. ¿Qué vas a
hacer? Avisémosle más bien al jefe civil... Déjame ir yo si tú no quieres. Pero
ya Marcos Vargas no atendía a razones. En el tabernucho sólo encontrábanse el
dueño, lavando los vasos donde tomaron el último trago los purgüeros que ya
partían, una ramera triste, ante el de cerveza ya vacío con que la obsequiaran,
y Cholo Parima, tomando asiento al lado de ella. —¿Qué van a tomar los jóvenes?
–preguntó el tabernero. —Cualquier cosa –respondió Marcos Vargas–. Cerveza. A
tiempo que Parima, dirigiéndose a la mujerzuela: —¿Desde cuándo por aquí,
Gallineta?
—Hace tres meses, chico. Pero hoy
es la primera salida que hago, porque vine enferma. —¿Por dónde andabas? —Últimamente por El Dorado. Antes por los
laos de Chicanán, con "El Sute". Pero me dio la baja. ¡Qué se hace,
chico! Cuando una dice pabajo, ni los perros la quieren para ruñile los güesos.
—¿De modo que na menos que con el amo del alto Cuyuni? ¡Mire, pues! —¡Cuá! ¿Y qué te crees? Una ha tenío sus
tiempos, chico. —Te tendría bien, por supuesto. —Asina. Entreveraíto con
palizas de cuando en cuando. —¡Ajá! ¿De modo que el tigre del alto Cuyuni saca
también sus campañas con las mujeres? Muy hombrón me habían pintado siempre al
"Sute" Cúpira. —Y lo es, chico. No te estés creyendo. —Eso lo veremos
pronto, pues pa allá voy rumbiando casualmente. —¿Sí? Bríndame algo antes de
irte, pues. —¡Cómo no, Gallineta! ¿Cerveza es lo que estás tomando? ¿No se te
ampollará la jeta? Y se volvió para pedir servicio; pero se quedó con la palabra
en la boca al descubrir a Marcos Vargas, de espaldas al mostrador, mirándole
fijamente. —¡Hum! –hizo luego–. Yo sí sentía en la nuca como algo que me
estuviera haciendo cosquillas. Y era la mirá del joven... ¡Sírvanos cerveza,
botiquinero! —En seguida, comandante
Pantoja. —¡Qué comandante ni qué Pantoja! Cholo Parima soy yo, pa el que me
ande buscando sin haberme perdío. Pero Marcos, sin darse por aludido, no le
quitaba la vista de encima y así transcurrió un buen rato hasta que Arteaguita,
ya sin uñas que roerse y no pudiendo soportar más la presión de tragedia
inminente, le susurró suplicante: —Déjame salir, Marcos. Déjame ir a avisarle a
la policía. —Bueno –díjole al cabo de un rato–. Anda y avísale.
Y esto lo oyó el tabernero y fue a
soplárselo a Parima, disimuladamente, mientras le servía lo pedido. —¡Ajá!
–exclamó el hombrón de las cicatrices y luego, sobándoselas–: ¡Ah, bichas pa
doleme las marcas que me dejó el difunto, la noche en que los machetes alumbra
ron el Vichada! ¿Será la entrá de agua, Gallineta? O algo como agua que quiere
corré por aquí esta noche. Y la mujerzuela asustada, por decir algo: —¿Con que
vas rumbiando pa el alto Cuyuni? —Si no
me lo impiden los mirones, porque me sigue molestando la mosquita. ¿Será que la
estoy güeliendo a podrío? Pero yo todavía como que no estoy muerto, ¿verdá,
Gallineta? —Tómate tu cerveza tranquilo,
chico –le aconsejó ella– y andá vete de aquí cuanto antes, que la hora es nona.
—Menguás las llaman –repuso Parima– y sin embargo hay quien las busque con sus
pasos contaos. Sereno, espantosamente impávido, recostado contra el mostrador,
con los codos apoyados sobre éste y la diestra péndula, sin la más leve
vibración de nervios, ya con el hueco donde cabría justa la empuñadura del
revólver al cinto, Marcos Vargas no perdía de vista las manos del asesino
ambidextro –particularidad que no le era desconocida–, quien al darle de nuevo
la espalda sólo lo había hecho para prepararse la revuelta impetuosa, ya con el
arma esgrimida. —Déjate de eso, chico –insistió la ramera al verlo sacar el
revólver. Pero ya el hombrón estaba de pie, desatada la revuelta asesina... Que
fue la última... Se le desprendió el arma de la zurda, se llevó la diestra al
corazón, dio un pujido y balbució, ya desplomándose, cenicienta la faz sombría:
—¡Me andó alante el joven!
Y fue así como Marcos Vargas...
Momentos después le decía el jefe
civil:
—No se preocupe, amigo. Usted no
era un particular en esa hora y punto, sino un agente o por lo menos un
representante de la autoridad que fue a impedir que se fugara ese bandido. Ya
le había dicho yo que había orden de prisión contra él y es un hecho probado
que usted no entró al botiquín sino a cerrarle el paso si intentaba escaparse
antes de que llegara la policía, en busca de la cual mandó a su amigo
Arteaguita, como lo comprueba la declaración del botiquinero. Por otra parte,
tanto éste como "la Gallineta" han declarado que fue Parima el
primero en hacer armas, después de haberlo provocado de palabras sin que usted
se diera por aludido. Así, pues, del sumario levantado no se puede desprender
causa contra usted y por mi parte no tengo sino que darle las gracias por el
servicio prestado con riesgo de su vida. Pero si así habían sucedido las cosas
que podían ser materia de juicio, aparte las intenciones recónditas que escapan
a la acción de la justicia, no era propiamente esta la que hablaba por boca del
jefe civil, que apenas horas antes había tomado posesión de su cargo, sino la
política antiardavinista que comenzaba a desarrollarse y no consistiría, desde
luego, sino en la suplantación de la violencia de unos por la de otros. —Lo
único de lamentar –continuó el jefe civil– es que Cholo Parima se haya llevado
consigo al otro mundo todo lo que habría podido declarar contra los Ardavines;
pero de todos modos ya les estamos latiendo en la cueva a los tigres del
Yuruari, y ya se le presentará a usted ocasión de repetir con éxito ante el
juez competente lo que dijo en San Félix ante el coronel López, perdiendo su
tiempo. Pero Marcos Vargas repuso: —Ya no me interesa. Era el supremo desdén
del hombre que acababa de encontrarse plenamente a sí mismo, por todo lo que pareciese limitación de la fiera hombría
y el individualismo señero: él había aprendido a hacerse justicia al dar muerte
al asesino impune de su hermano y ya nada se le importaba de la que pudieran
impartir los jueces, tanto en el caso del crimen de San Félix como en el suyo
propio actual. —Sin embargo –prosiguió su interlocutor–, algo tiene usted que
cobrarle a los Ardavines, pues, aún no le he contado que esta noche, por los
lados de "Yagrumalito", han sido asaltados sus carros por gente armada
de ellos. No le digo que por el propio José Francisco, porque parece que éste
se hallaba en Guasipati en esos momentos –dicho sea de paso: nada menos que
ofreciéndosele a la autoridad para prender al primo, cosa que a estas horas
puede haber sucedido–, pero lo cierto es que era gente de los Ardavines y que
lo han dejado a usted en la ruina; mataron las mulas, saquearon las mercancías,
quemaron los carros, después de haberlos rociado con el mismo kerosene que
traían para los Vellorinis, y machetearon a los peones, que no tuvieron tiempo
de coger el monte. Esto me lo acababa de comunicar cuando llegó, su amigo
Arteaguita a darme el pitazo de que aquí andaba Cholo Parima, un viajero que
pasó por el lugar del suceso momentos después, y más adelante se encontró con
sus peones, camino de para acá conduciendo a sus compañeros heridos, que son
dos. Parece que los salteadores cogieron la vía de El Callao y ya telefoneé al
coronel Alcaraván, quien me dijo que saldría a perseguirlos inmediatamente, él
mismo en persona. Marcos Vargas permaneció en silencio, sin que se advirtiera
que la noticia del grave perjuicio sufrido lo hubiese afectado. De una manera
general, así se comportaría siempre ante el hecho de la pérdida de bienes
positivos, hacia los cuales no tenía apego, y por otra parte, las represalias
de un ene migo a quien ya hubiese declarado guerra nunca le producirían
arrebatos de cólera, pues las consideraba como episodios naturales de la lucha,
y el sentido gozoso de ésta impedíale entregarse a reacciones sombrías o deprimentes
del ánimo; pero aun no siendo así, se habría comportado como ahora lo hacía,
porque el acto consumado momentos antes, la tremenda experiencia de sí mismo
recién adquirida, parecía haberlo desplazado fuera de todo contacto con las
cosas que hasta allí lo hubiesen interesado, tanto las materiales como las del
orden afectivo o moral. —Eso tenía que suceder esta misma noche –díjose,
mentalmente. Y luego, dirigiéndose al jefe civil: —Yo me voy a la posada.
Hágame el favor de avisarme cuando lleguen los peones. Allí estaba, momentos
después, recostado en su chinchorro, las manos bajo la nuca; la mirada hacia el
techo, el pensamiento fundido en la sensación integral de sí mismo –única cosa
existente para su conciencia, libre y solitaria realidad dentro de la nebulosa
de un mundo desvanecido– cuando llegó Arteaguita acompañado de José Vellorini.
—¡Muy bien! ¡Muy bonito! ¡Magnífico! ¡Usted convertido en policía! ¡Dignísima
profesión! ¿Cuánto le pagaban por eso? Pero como Marcos no se daba por aludido
y ni siquiera se volvía a mirarlo, avanzando hacia él se le plantó por delante
y prosiguió: —¿Qué necesidad tenía usted de ir a arrestar a ese hombre? ¿Le
parece que con eso basta para lavarse las manos? ¿Se imagina que eso será
suficiente para que su madre apruebe su conducta? ¡Mire que es mucho! ¡Tan
joven y ya con una muerte encima! ¿Y su novia?...
Yo no debiera hablarle de su novia,
pero ¿con qué cara se le va a presentar ahora a las personas que han puesto en
usted su cariño y su estimación? ¡A ver, dígame! ¿Con qué cara se le va a presentar ahora a su
madre? —Déjeme en paz, don José –repuso
desabridamente–. No estoy para oír regaños ni para dar explicaciones. —¡Muy
bien! ¡Magnífico! ¡Así salen los hombres de las dificultades! ¡No estoy para
dar explicaciones! ¿Ha oído usted, Arteaguita? ¡Usted, que se ha tomado el
asunto tan a pecho que hasta fiebre le ha dado, como si la desgracia le hubiera
ocurrido a usted mismo! Ahí tiene a su amigo diciéndole que no está para oír
regaños. ¿Quién habrá venido a regañarlo? ¡No faltaba más! Va este amigo suyo,
que lo quiere de veras, a contarme lo que le ha ocurrido a usted y dejo yo mis
ocupaciones –porque ya me había levantado para atenderle a la salida de los
purgüeros, que siempre necesitan algo a última hora–, dejo lo que estaba
haciendo en cuanto me entero del acontecimiento para venir a demostrarle mis...
mis... ¡Bueno! Para venir a decirte que has cometido una tontería. ¡Ya está!
Dio unos pasos por la habitación, gesticulando y moviendo los brazos como aspas
al viento, mientras agregaba: —Te has dejado llevar demasiado de tus buenos
impulsos, que a veces resultan tan perjudiciales como los malos, de la
indignación que te producía el ver que se fugara impune el asesino del pobre
Manuel, que fue bueno contigo... !En fin! Que te has portado como un hombre,
pero con sacrificio de tu tranquilidad de conciencia... Y he venido a decirte
que... ¡Que aquí estoy yo para todo lo que pueda serte útil! ¡Ya está! Dijo
todo esto haciéndose violencia, porque así no debía hablar Vellorini "el
malo" y continuó paseándose de aquí para allá y refunfuñando: —¡Hombre! No
faltaba más, sino que después que te has portado como un hombre, con riesgo de
tu vida, viniera uno a regañarte y a
amargarte más la existencia!... !Bueno estaría el mundo!... !Hombre!
Pero Marcos Vargas no quería abandonarse a las emociones de la bondad humana,
que tan singular encarnación tenía en José Vellorini y que habrían enternecido
su corazón cuando lo necesitaba insensible a todo lo que no fuese cónsono con
la fiera experiencia de sí mismo que acababa de adquirir, sin que eso fuese
despecho sombrío, y así repuso secamente a las generosas palabras del viejo
gruñón: —¿Sabe ya lo de "Yagrumalito"?
—¿Lo de los carros? Sí. Acaba de
comunicármelo el jefe civil. ¡Es inicuo! Han querido arruinarte en represalia
de tus palabras en San Félix. Ya me lo esperaba yo por momentos. Esos bandidos
no podían perdonarte que te hubieras atrevido contra ellos... Pero el mundo da
vueltas, Marcos Vargas, y lo que hoy está de pie, mañana estará de cabeza...
Además, tú tienes la vida por delante para rehacerte de esa pérdida... Por la
de nuestras mercancías no te preocupes. —Eso le digo yo a usted, don José.
—¡Bah! ¡Ni hablar de eso! Ya Francisco sabrá hacérselo pagar, y en cuanto a lo
tuyo, ahora mismo, si quieres, hay para ti un buen negocio en nuestra empresa
purgüera. Casualmente aquí el amigo Arteaga acaba de manifestarme que no se
siente bien de salud para internarse en la montaña –la impresión de lo que
acaba de sucedertey con ese motivo tendré que hacer una reorganización de la
empresa que me permite ofrecerte desde luego un buen negocio para ti como
encargado general. ¿Quién mejor que tú para defender nuestros intereses? Este
año se espera sacar mucha goma y podrás ganar mucho dinero. Ahora Marcos Vargas
miraba a Arteaguita, que a todas éstas había estado en silencio y
cabizbajo, y éste, como entendiese lo
que implicaba aquella mirada, murmuró sordamente: —¡Qué se hace, chico! El que
nació barrigón, ni que lo fajen chiquito. Volveré a coger mi tijera. Marcos
Vargas abandonó el chinchorro. El partido que acababa de abrirle José Vellorini
era otra de las cosas que tenían que suceder aquella misma noche, pero también
el puente de plata que días antes quiso tenderle don Francisco. Ahora las
circunstancias habían cambiado: tenía deudas imperiosas a que atender y ya el
amor de Aracelis flotaba en la nebulosa del mundo desvanecido en torno suyo.
Pero al mismo tiempo siempre era una ayuda que se le ofrecía y él quería
pasarse sin ella. Dio unos pasos por la habitación. A vuelta encontrada,
haciendo lo mismo José Vellorini, éste se le plantó por delante, le apoyó sus
huesudas manos sobre los hombros, se los oprimió afectuosamente mientras lo
miraba en silencio y luego le dijo: —Acepta, muchacho. No es un favor que
quiera hacerte, sino un negocio que te propongo, conveniente para nosotros
tanto como para ti. Y Marcos, cediendo a la emoción de bondad humana: —Acepto,
don José. Cuente conmigo.
Y fue así como Arteaguita se quedó
al margen de la aventura y Marcos Vargas se vio lanzado a ella.
XII
Canaima
¡Árboles! ¡Árboles! ¡Árboles!... La
exasperante monotonía de la variedad infinita, lo abrumador de lo múltiple y
uno hasta el embrutecimiento. Al principio fue la decepción. Aquello carecía de
grandeza; no era, por lo menos, como se lo había imaginado. No se veían los
árboles corpulentos en torno a cuyos troncos no alcanzasen los brazos del
hombre para abarcarlos; por el contrario, todos eran delgados, raquíticos
diríase, a causa de la enorme concurrencia vegetal que se disputaba el suelo.
—¿Y esto era la selva? –se preguntó–. ¡Monte tupido y nada más! Pero luego
empezó a sentir que la grandeza estaba en la infinidad, en la repetición
obsesionante de un motivo único al parecer. ¡Árboles, árboles, árboles! Una
sola bóveda verde sobre miríadas de columnas afelpadas de musgos, tiñosas de
líquenes, cubiertas de parásitas y trepadoras, trenzadas y estranguladas por
bejucos tan gruesos como troncos de árboles. ¡Barreras de árboles, murallas de
árboles, macizos de árboles! Siglos perennes desde la raíz hasta los copos,
fuerzas descomunales en la absoluta inmovilidad aparente, torrente de savia
corriendo en silencio. Verdes abismos callados... Bejucos, marañas... ¡Árboles!
¡Árboles! He aquí la selva fascinante de cuyo influjo ya más no se libraría
Marcos Vargas. El mundo abismal donde reposan las claves milenarias. La selva
antihumana. Quienes trasponen sus lindes ya empiezan a ser algo más o algo
menos que hombres. La deshumanización por la temeridad en la curiara espiera
con tra el torrente arrollador de los raudales, la proa hundida entre las
hirvientes espumas, tensa la espía de chiquichique, de cuya resistencia depende
la vida; o chorrera abajo por el angosto canal erizado de escollos, de riscos
filudos, vertiginosamente, contenido el respiro, azaroso el destino bajo el
brazo del práctico que sostiene el canalete que hará de timón, después de la
suerte echada al ordenar, ya al borde del rápido:
—¡Apretá la boga! Para que la
curiara entre de prisa en el laberinto de la muerte por donde hay sólo camino
de escape para la vida, tortuoso y estrecho. !Raudales del Cuyuni, que por algo
significa diablo en dialecto macusi, laberintos de corrientes y
contracorrientes estrepitosas por entre gargantas de granito sembradas de
escollos! Ya Marcos Vargas iba aprendiendo a correrlos, desvaneciéndosele en
niebla de embriaguez sobrehumana el instinto de conservación. La
deshumanización hacia el embrutecimiento por la paciencia aletargadora, en el
bongo o la falca, días y días ante un panorama obsesionante y siempre igual:
agua y monte tupido, agua y bosque trancado. ¡Árboles! ¡Árboles! ¡Árboles!...
Las penosas jornadas a pie por los trajines de las manadas de dantas salvajes
que corren hendiendo y derribando el monte cuando han venteado al tigre; por
las trochas del indio, en las cuales persiste durante días la pestilencia de
las grasas con que embadurnan sus cuerpos para defenderse de picaduras de
insectos o mordeduras de serpientes; por las picas que es menester ir abriendo,
machete en mano, cuando se tira un rumbo a cortar la selva que ya ha sido
explorada y trabajada por el cauchero, bravías malezas revueltas, maraña
intrincada. Por la selva virgen, que es como un templo de millones de columnas,
limpio de matojos el suelo hasta donde
la fronda apretada no deja llegar los rayos solares, solemne y sumida en
penumbra misteriosa, con profundas perspectivas alucinantes. Las jornadas de
andar cabizbajo y callado ante la abrumadora belleza extraña del panorama,
siempre igual y siempre imponente: verde sombrío y silencio, verde sombrío y
lejano rumor de marejada. Del océano de cientos de leguas de selva tupida bajo
el ala del viento que pasa sin penetrar en ella. El encuentro, siempre
emocionante, con el indio señero tras la vuelta del caño, silencioso dentro de
su concha, el canalete apenas rozando las aguas, el ojo zahorí explorando el
remanso ribereño, sombrío bajo el ramaje inclinado de los árboles inmensos...
Se agita el agua dormida, el pescador solitario se pone de pie dentro de la
embarcación diminuta y son dos figuras alucinantes él y su reflejo en el caño.
Tiende el arco o emboca el cañuto, dispara la flecha o la cerbatana, vuelve a
acuclillarse y a cobrar el canalete, calmoso, pues ya el morocoto o el aymara
se abuyan paralizados por la acción del curare... El niño grave y taciturno,
que es el silencio en bronce bogando por el caño solitario. El duende de la
selva, que aparece y desaparece de pronto sin que se advierta por dónde. El
enigma de la selva milenaria en las terramaras funerales que se elevan a
orillas de los ríos caudalosos, cementerios de pueblos desaparecidos donde son
ahora bosques desiertos, y en los "timeríes" monumentales grabados en
las rocas graníticas de las grandes cataratas, simbólicas inscripciones de
ignotas razas en el alba de una civilización frustrada. Los indios actuales,
que no saben descifrarlas, cuando han de pasar frente a ellas, se aplican ají a
los ojos para librarse del maleficio del tabú, pues tales caracteres contienen
los misterios de la tribu que se
perdieron en la gran noche sin luna. La historia de "tarangué" –la
tribu que existió–, que sólo podrá descifrarla "tararana", la tribu
que algún día vendrá... El infierno verde por donde los extraviados describen
los círculos de la desesperación siguiendo sus propias huellas una y otra vez,
escoltados por las larvas del terror ancestral, sin atreverse a mirarse unos a
otros, hasta que de pronto resuena en el espantoso silencio, sin que ninguno la
haya pronunciado, la palabra tremenda que desencadena la locura: —¡Perdidos! Y
se rompe el círculo, cada cual buscando su rumbo, ya totalmente desligado del
otro, bestia señera y delirante, hasta que vuelven a encontrarse en el mismo
sitio donde se dispersaron, pero ya no se reconocen porque unos momentos han
bastado para que el instinto desande camino de siglos. ¡Árboles! ¡Árboles!
¡Árboles!... La impresión primera y singularmente intranquilizadora de que en
aquel mundo abismático, increada todavía la vida animal, no reinasen sino las
fuerzas vegetales, sin trino de pájaro ni gruñido de bestia en el hondo
silencio, porque la presencia del hombre, de ese monstruoso acontecimiento que
es la bestia vertical y parlante, esparce el recelo entre los pobladores del
bosque. Y así transcurre el día y llega la noche. La noche, que sobreviene de
pronto, sin crepúsculo, entre las altas murallas de árboles que encajonan el
río o el caño, o en medio de las lindes circulares del bosque en torno al claro
del campamento... Negros árboles hostiles que por momentos parecen ponerse en
marcha sigilosa para cerrar aquel hueco que abrieron los hombres intrusos, a
fin de que todo amanezca selva tupida otra vez. Cruza una exhalación, grande
como un bólido, por el río de estrellas que corre sobre el Guarampín, dejando
una estela azulenca; se apaga en
silencio por encima del mar tenebroso de la selva apretada... Se produce un
murmullo entre el bosque negro, algo así como un bisbiseo de escuchas avanzados
en torno al intruso... Transcurre una pausa y luego, poco a poco, comienza a
manifestarse la vida animal. Pasa el vuelo blando de la lechuza trompetera de
impresionante graznido. Se oye el sonido peculiar, la u sibilante de la
arañamona. Se alza de pronto el canto desvelado del tucuso montañero. Grita el
obiubis. Se escucha el tropel lejano de una manada de dantas que huyen del
tigre. Continúan percibiéndose los mil rumores de la bestia noctámbula... Los
ahoga el inmenso gemido de la caída de un árbol, a leguas de distancia, y
cuando se cierran los negros abismos del eco toda la selva vuelve a quedar en
silencio... Ahora un silencio extraño, que produce angustia, absoluto y
profundo para los oídos de los hombres intrusos. Pero los indios, de
sutilísimos sentidos expertos en la comprensión de aquel mundo, cuando
sobrevienen estos repentinos enmudecimientos totales, prestan atención
expectante. —¡Canaima! El maligno, la sombría divinidad de los guaicas y
maquiritares, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males,
que le disputa el mundo a Cajuña el bueno. Lo demoníaco sin forma determinada y
capaz de adoptar cualquiera apariencia, viejo Ahrimán redivivo en América. Es
él quien ahuyenta las manadas de dantas que corren arrollándolo y destrozándolo
todo a su paso, quien enciende de cólera los ojos como ascuas de las arañamonas,
excita la furia ponzoñosa del cangasapo, del veinticuatro y de la cuaína del
veneno veloz, azuza el celo agresivo y el hambre sanguinaria de las fieras,
derriba de un soplo los árboles inmensos, el más alevoso de todos los peligros
de la selva, y desencadena en el corazón
del hombre la tempestad de los elementos infrahumanos. Y fue él quien, bajo la
forma de aquel extraño silencio que de pronto se había producido, se asomó
aquella noche a la linde del bosque para conocer a Marcos Vargas, cuyo destino
ya estaba en sus manos...
Ángulos cruzados
Componíase una empresa purgüera de
una estación principal, situada a orillas de un río o caño navegable, donde
residían los propietarios o administradores, se almacenaban los víveres para el
abastecimiento de la peonada que allí continuaba avanzándose y se depositaba el
purguo elaborado, y de otras estaciones subalternas, comunicadas con aquélla
por trochas abiertas por entre el bosque cuya extensión dominaban, a cargo de
los diversos contratistas o capataces, y de las cuales dependían respectivas
secciones de la peonada esparcida por los "recortes" que por parejas
se les asignaban, moradores de la tarimba –techo de palma sobre cuatro estacas
en lo intrincado del monte– donde elaboraban el purguo recogido, compartían el
mal alimento y la embrutecedora soledad y colgaban la yacija para el sueño
temerario a merced de la selva inhóspita. Hacia las cabeceras del Guarampín
estaba situada la empresa de los Vellorini, al frente de la cual se iniciaba Marcos
Vargas en la vida del purgüero. Con el alba levantábase y todo el día se lo
pasaba recorriendo la peonada esparcida por el bosque, compartiendo los duros
trabajos de aquellos hombres que arriesgaban la vida al treparse a los altos
árboles quebradizos, él también aprendiendo a extraerles el látex precioso,
puestos los estrafalarios arreos del purgüero cansado para que éste reposase unos momentos o ayudándolos
en el conocimiento y fumigación de las planchas, entre el humazo de los
poncherones junto a las tarimbas, tanto para evitar el fraude acostumbrado de
la piedra para aumento del peso o las ligas de pendare o cajimán con que
solíase adulterar el balatá, como a fin de aprender cuanto tuviese que
reclamarles bien hecho en defensa de los intereses que se le habían confiado. Y
compenetrándose con las oscura intimidad de aquellas vidas humildes y
torturadas, cuando los peones descansaban contándose sus tristezas. En cuanto a
la compenetración con la selva, con su misterio fascinante y con la vida
formidable y múltiple que palpitaba bajo la quietud y monotonía aparentes, lo
aleccionaban los indios de las riberas del Acarabisi que tenía a su servicio
personal, uno, joven y hermoso, de negra cabellera hasta los hombros, mirada
inteligente y habla cadenciosa y melancólica, pescador y cazador diestrísimo,
que así le preparaba alimentación variada, y el otro, ya viejo, que se la
aderazaba como le habían enseñado otros "racionales" de quienes fue
cocinero. Ellos le enseñaron a percibir los mil rumores que componen el
aparente silencio de la selva; a distinguir los que produce el hombre cuando
marcha por el bosque, de los que son producidos por los animales que lo
pueblan; a saber, por el ruido del canalete, a distancia, si una curiara subía
o bajaba por el caño o el río. A descubrir la presencia de aves de color de la
fronda, donde el instinto mimético las dejaba inmóviles y silenciosas cuando se
acercaba el hombre, y la de las bestias, que a la primera impresión parecían
faltar por allí, por las cuevas de los acures y los cachicamos, los
"tajines" de los váquiros hacia el bebedero, la huella de la danta en
los fangales por donde pasó hociqueando cuando iba sin prisa o en el estrago del monte tupido que rehendió en
su carrera de rebaño asustado, y las del oso hormiguero, del puma y del jaguar.
Y en compañía del joven pescador, a bordo de la concha sigilosa que apenas
rizaba el remanso ribereño, aprendió a distinguir los peces por el aguaje: los
morocotos de carne suculenta, de los sabrosos aymaras espinosos. De cacería,
iniciándose en las candorosas supersticiones, aprendió que la presa no debía
sacarse del monte sin la precaución de cortarle y enterrar las orejas en el
sitio donde hubiera caído y atarle luego las patas de dos en dos y con cierto
bejuco, pues de lo contrario nunca volvería a tropezarse el cazador con otra
semejante, y que para cada hombre había ciertos animales a los cuales no debía
dar muerte, así como determinados árboles que no debía cortar ni de ningún modo
dañar, porque eran sus "nahuales" –"alter ego" o segunda
encarnación del yo– con cuyo perecimiento perdería el hombre porción
consubstancial de su existencia y toda esperanza de continuar disfrutándola
después de la muerte. Le enseñó también el acaribisi, su lengua cadenciosa
–ellos dos, la vereda, la escopeta y el cuchillo: azarú, sarají, aracabusa y
mariyále refirió que un día tuna y apoc – el agua y el fuego, la lluvia y el
rayo–, destruyeron su churuata y mataron a baruchí que significa hermana, y de
él aprendió Marcos Vargas que para penetrar en los abismos de melancolía que
encierra el alma del indio había que oírles cantar el Maremare, como lo
entonaba aquel de la cabellera hasta los hombros, salvaje, monótono, triste,
lamentoso, y cuya bárbara letra insistía hasta la exasperación:
Maremare se murió.
Maremare se murió.
Maremare se murió...
Terminados sus quehaceres, es tos
indios solían alejarse del campamento, bosque adentro, y allí, silenciosos y
taciturnos o apenas cambiando entre sí breves frases, pasábanse las horas
sentados uno al lado del otro sobre el tronco de un árbol caído, no
contemplativos ni meditabundos sino simplemente sumidos en la salvaje quietud
que los rodeaba, bajo el alto rumor perenne de las frondas tupidas donde a
ratos afinaba sus melodías el invisible pájaro–violín o a distancia se oía el
golpe del machete del purgüero castrando el árbol pródigo, o el canto lánguido
del pájaro–minero o del campanero. Marcos Vargas, como nada tuviese que hacer,
solía ir a reunírseles y de ellos ya estaba aprendiendo también a sumergirse
sin palabras ni pensamientos en aquel mundo abismal, fija la vista al azar
sobre el tronco de un árbol donde diera un rayo de sol, allá espesura adentro,
y ya comenzaba a hacer la experiencia de que entonces no se era sino otro árbol
donde no daba el sol. Un día, recién llegado, estando allí, fue la lluvia de
falenas. Millares, millares de gusanos que de pronto comenzaron a caer de las
ramas de todos los árboles. Y treinta días después, estando allí, no otra vez
sino todavía, pues era como si el tiempo no hubiese corrido, fue la eclosión de
las crisálidas, el repentino florecimiento del aire, de aquel aire verde y
húmedo, de calidad vegetal, donde de pronto aparecieron revoloteando millares
de mariposas... Marcos Vargas se incorporó bruscamente, con el sobresalto de
las maravillas y los acaribisis sonrieron entre sí como los iniciados de los
neófitos... Y se cerró el círculo de la vida en el vuelo nupcial de los
insectos recién salidos del letargo creador, se unieron allí mismo los dos
extremos del torbellino: la fecundación y la muerte, Cajuña y Canaima...
Los domingos, por la tarde, solía Marcos Vargas atravesar el Guarampín
para visitar a aquel misterioso conde Giaffaro, de quien por primera vez le
había oído hablar al americano Davenport y a través del cual le presentaba la
selva uno de sus aspectos más dramáticos. Habitaba el carilargo y desgalichado
personaje una casa rústica pero bastante confortable, con huerta y jardín
cultivados en medio del bosque bravío, en la cual había reunido un museo de
artefactos indígenas y de pájaros y otros animales de la selva, disecados por
él y científicamente clasificados, así como también era obra de su maestría en
el arte del embalsamamiento la momia de un indio que lo había acompañado y
servido durante varios años y que ahora, en perennidad de cosa incorruptible,
completaba y presidía aquella colección. Guardábala bajo llave y no la mostraba
sin tomar precauciones y recomendar que se le mantuviese el secreto, pues si la
servidumbre indígena llegaba a enterarse de que convivía con despojos de la
muerte, en seguida habría abandonado la casa, y, corrida la voz, nunca más se
hallaría un indio que quisiera servir en ella.
—Ya sabrá usted –dijo el conde– que
para el indio es tabú lo que se relacione con la muerte y que ésta es una de
las principales causas de sus continuas migraciones, pues cuando muere un
cacique o piache, la comunidad abandona la churuata, para ir a plantar otra más
allá, dejando en aquélla el cadáver, al aire, dentro de un cutumari. Esto lo
dijo Giaffaro –que ya envejecía– con cierta dificultad de expresión y moviendo
continuamente la cabeza de una manera chocante, peculiaridad de que había
adolecido desde su juventud y que ahora tenía más pronunciada, dándole a su voz
una vibración penosa, de tartamudeo. Por otra parte, bajo la influencia del
campo visual estrecho y cerrado y del
espectáculo monótono y obsesionante de la selva –toda su inmensidad y su
misterio en la quietud de un árbol donde al azar se detuviera la vista entre
mil otros iguales–, ya aquel espíritu había perdido el hábito del pensamiento
discursivo, adquiriendo en cambio el de la sumersión en las intuiciones
integrales, que no podían ser expresadas sino, cuando más, como lo hacía el
indio, con una sola palabra entre silencios que la envuelven en un halo de
significaciones simplemente sugeridas, y así era visible el esfuerzo que tenía
que hacer el conde para expresarse por medio de períodos coordinados y
completos. Eran ya quince años de aislamiento, de palabras sueltas entre silencios
para comunicarse con los aborígenes de su servidumbre doméstica –unas cuantas
guarichas para el oficio casero alternado con el amoroso, y otros cuantos
varones para la caza y la pesca, el cultivo de la huerta y el cuidado del
jardín y para la explotación de los bosques purgüeros circundantes, cuando era
tiempo de ello. Sólo entonces restablecía algún contacto con los
"racionales" –ya él también usaba el término con que el indio
designaba el civilizado más o menos auténtico–: con los purgüeros de la empresa
de los Vellorini, que, río por medio, solían atravesarlo para ir a jugarse con
él lo que allí estuvieran ganando, que ya no siempre lo perdían, como antes los
que con él se midieran, y con los que, terminada la explotación, se reunían en
Tumeremo, adonde él también iba a vender el producto de la suya. Allí eran las
grandes partidas de "poker", pero de ellas de año en año se fue
acostumbrando a regresar perdidoso, ya obcecado jugador sin fortuna, tumbado en
la curiara, moviendo continuamente la cabeza, silencioso y con la mirada
inmóvil bajo la influencia embrutecedora de la lenta, penosa y monótona
navegación del río interminable a tra vés del bosque sin fin. Marcos Vargas
quería sondear aquel misterio. Que le hablase de su vida anterior, que le explicara
por qué había decidido internarse para siempre en aquella bárbara soledad.
¿Decepciones? ¿Cansancio del mundo civilizado? ¿Fastidio de haberle dado la
vuelta varias veces? El extranjero movía negativamente la cabeza y quedábase
mirando al criollo curioso, largo rato, con sus ojos saltones ahora
inexpresivos. Por otra parte, nunca había sido amigo de revelar su intimidad.
Marcos Vargas insistía. Quería contemplar la selva desde aquel ángulo
sugestivo, verla a través de aquellos ojos que se habían paseado por todos los
panoramas del mundo, sentirla en extranjero, en europeo civilizado, en
quintaesencia humana, como se representaba él, con su criollo complejo de
inferioridad – por menos fetichista que fuese, por más autóctono que se
sintiera–, al hombre de Europa. ¿Qué aspectos le presentaría al conde Giaffaro
la selva del Guarampín? Ya él estaba aprendiendo a verla a través del indio.
¿Cómo se vería desde aquél otro ángulo? El conde sonreía inexpresivamente,
mostrando los dientes largos y ennegrecidos por la nicotina y continuaba
moviendo la cabeza mecánica. Ya aquello no parecía pensar. Pero una vez, de
pronto, rompió a hablar: —No le sorprenda, joven, que yo hable por usted –no se
entendía bien por qué comenzaba así–, pues hay una porción del pensamiento que
llamamos propio y que, sin embargo, sólo nos pertenece como el aire que
envuelve nuestro planeta: mientras lo respiramos. Siendo, por lo demás, el
mismo aire que nuestro vecino acaba de expulsar de sus pulmones, con el calor
de su intimidad vital, con toda la porquería que a veces, si no siempre, tiene
la intimidad humana. ¡Créamelo us ted! Y hay que cuidarse de ella haciéndose
curas periódicas, abriéndoles válvulas de escape a las inmundicias que se van
acumulando dentro del alma, a fin de que no lleguen a intoxicárnosla por
completo. Y para esto, joven, no hay como la selva. Marcos Vargas se enderezó
en el asiento –era en el museo, frente a la momia del indio– como quien se
dispone a oír por fin lo que mucho ha deseado. Ya se abría el ángulo prometedor
y, por otra parte, aquello de las curas periódicas debía referirse a las que,
según versiones llegadas a sus oídos en aquellos mismos días, habían motivado
las primeras apariciones del conde en Guayana, de donde se formaron leyendas
rayanas en consejas. —Trate usted su alma –prosiguió el extranjero– como una
caldera de vapor, vigile los aparatos registradores de la presión y cuando
advierta que ésta pone en peligro la integridad de aquélla, tire el obturador
sin falsos escrúpulos y ábrale la válvula de escape al grito de Canaima. Y deje
que los demás se pierdan en conjeturas acerca de lo que significarán esos silbatos
de alarma. ¡Usted sabe lo que significan y eso basta! Aquí se agolparon y se
interfirieron en la mente de Marcos Vargas tres motivos de reflexiones: el
recuerdo bizarro de que una vez había tenido un reloj que no marchaba como era
debido, pero que de pronto y sin motivo aparente echaba a andar a toda la
velocidad que podía desarrollar la tensión de la cuerda –así como de pronto se
había vuelto locuaz el taciturno personaje frente al cual se hallaba–; la
comprobación de que no eran leyendas las que les había oído en aquellos días a
sus purgüeros acerca de misteriosos gritos que solían oírse por los lados de la
casa del conde Giaffaro, y, finalmente, la intuición de que éste había dicho
algo muy significativo y de aplicación a su caso propio –el de Marcos
Vargas–, pues dentro de su alma había
algo que por momentos hacía presión amenazante de estallido. Algo que, aunque
se empeñase en no reconocerlo así, tenía su origen en el acto vindicativo de la
noche de Tumeremo. Ni aun entonces quiso decirse mentalmente: de la muerte de
Cholo Parima. Y con todo aquello confundido en la intención inicial repuso: —Lo
que me sorprende es que usted haya gozado fama de hombre misterioso... Pero no
completó el pensamiento, desvanecido de pronto como las imágenes del sueño
cuando se despierta bruscamente. Pero tampoco el conde necesitaba más para
proseguir. —¡Ah! –exclamó con una exhibición completa y totalmente desagradable
de sus dientes largos y sucios–. Pero ¿es que usted no sabe que los únicos
hombres misteriosos que realmente existen son los que no ocultan lo que de
ellos se sospeche y se murmure? ¡Claro que hay varios modos de comunicación con
los demás! Pero el más artístico, o el más hábil, simplemente, si así prefiere
calificarlo, es éste: dé mucho que pensar y ya le bastará con explicar poco. De
una manera tácita, no digamos involuntaria, acaba usted de admitir que la
esencia de la amistad es dejar vivo al amigo, por contraposición con la del
amor, que procura destruir el ser amado en cuanto a ser distinto y diferente
del nuestro, pues desde que un hombre trata de explicarle a otro empieza a
convertirlo en representación propia y por lo tanto a quedarse solo consigo
mismo sobre el estúpido mundo. ¿No le parece? A mí, por lo menos, no me
interesa en absoluto explicarme la intimidad de su espíritu. Por el contrario,
lo que puede cautivarme de su trato es, precisamente, la reserva de misterio
que sepa usted administrar en presencia mía. ¿Y la sinceridad –pregunta usted–
dónde me la deja? Pues voy a contestarle con otra interrogación. ¿Quién, que de veras se estime
a sí propio, puede ser sincero? Desconfíe siempre de quien le proponga
semejante monstruosidad, pues algo suyo querrá arrebatarle. Repare en que nos
importa un bledo ser engañados por aquellas personas de quienes nada tenemos
que esperar o que temer y medite un poco acerca de lo que eso deba significar.
Pero sea cual fuere la conclusión a que usted llegue por ese camino, yo no
vacilo en proclamar que la sinceridad me parece una porquería. Hay una forma de
ella que tal vez sea oportuno mencionar y que es para mi el verdadero pecado
contra el Espíritu: confesar lo que nos atormente, volcar en una confidencia
las inquietudes o las miserias de nuestra intimidad para librarnos de ellas.
Creo advertir que le es a usted particularmente desagradable, o por lo menos
chocante, oírme hablar así; pero no tengo interés ninguno en comprobar que no
me he equivocado. De todos modos, insisto, guárdese de semejante torpeza con
persona cuya amistad desee conservar, pues desde ese momento se le volverá
insoportable. Y lo que es peor todavía: procurará usted adulterar su propia
intimidad a fin de ser un hombre diferente de aquel que ya su confidente conoce
y por lo tanto posee. En una palabra: se convertirá usted en un fantasma de sí
mismo. Hasta aquí llegó aquella tarde el conde Giaffaro. Luego se le apagó la
chispa de inteligencia que había brillado de pronto en sus ojos saltones y
ahora lacrimosos, por añadidura de vejez, y sin transición gradual, sino de
golpe y de repente, pasó de la locuacidad al silencio obstinado. Marcos Vargas
se quedó caviloso. Una vez más había oído cosas muy significativas que le eran
particularmente aplicables. ¿Qué necesidad había de justificarse ante nadie por
lo ocurrido en Tumeremo?... ¡Ante nadie! Y una vez más reprimió el mo vimiento
de su alma, ahora hacia la imagen de su madre, de quien no había recibido
noticias después de lo de Tumeremo. Y cuando volvió a atravesar el Guarampín
para regresar al campamento purgüero, de todo cuanto dijo el conde en una sola
cosa iba pensando: que la selva era para que en ella se le abriese la válvula
de escape al grito de Canaima.
El corrido del purgüero
Pero la selva era también el
infierno del purgüero, donde están las cuaimas bravas la mapanare en pandillas,
también la cuaima amarilla y el dichoso veinticuatro, el terrible cangasapo que
es un bicho traicionero, la fulana arañamona terror de todas las fieras...
El bosque inhóspito por donde se internaba
maldiciente el peón que ya arrastraba la cadena del avance, trozando con su
machete los vástagos tiernos del árbol del látex, y murmurando: —¡Pa que mis
hijos no pasen estas crujías! Ochenta hombres trabajaban por allí con riesgo de
la vida para aumentar la riqueza de los Vellorini. Ochenta y uno con
Encarnación Damesano, que siempre llevaba en la boca el corrido de las
penalidades y desdichas del purgüero. Fugitivo de la empresa del Cuyubini –propiedad
de Miguel Ardavín– por causa de malos tratos, llegó a la del Guarampín pidiendo
protección y trabajo. —Infiero que ya usté debe de tené su gente completa y los
recortes repartíos –díjole a Marcos Vargas–, pero, por vía suyita, déme un
desechito aunque sea para hacele barro en la pata de los pa los del morao. A mí
no tiene que procurarme tren, porque ya lo traigo en el guayare, ni yo a usté
quiero engañarlo. Vengo picureao de las cabeceras del Cuyubini, porque si
hambre y paloapique ya aprendí a llevarlos juntos en las tripas, lomo mío y
plan de machete ajeno no me gusta que anden reuníos. Ya se ajuntaron allá una
vez y por eso cogí mi cachachá. Yo ya estaba rumbiando pal lao inglés, pa
poneme juera del alcance de los ardavineros, cuando un toc–toc que escuché en
la montaña silencia me hizo detenerme mirando parriba. Era un monstruo de los
infiernos tratando de subí a los cielos. Este que digo: un purgüero de los
suyos, con tó y espuelas calzás, dándole al morao con su machetico tocón,
encaramao en la horqueta. Lo saludé desde abajo, me contestó desde arriba,
entramos en conversación y asina vine a saber que en esta empresa había, por
equivocación, un jefe bueno con quien se podía trabajá. En lo más agrio del
monte –breñas desechadas en el reparto ya practicado, que era todo lo que podía
ofrecerle Marcos Vargasplantó su tarimba solitaria Encarnación Damesano y desde
que saltaba del lecho colgante para prepararse el frugal desayuno, ya todo lo
estaba haciendo previo el decir del corrido:
Voy a lavá la castrola para hacé la
guacharaca, porque ya viene la aurora.
Voy a descolgá la hamaca para
amarrá los taturos...
Que la estrofa la completaría momentos después, camino de
la ruda faena:
Tuaví el monte está escuro cuando
ya voy por la pica a recogé la gomita. ¡Virgen de los apuros dame la
conformidá!
A menudo llegábase Marcos Vargas hasta donde se oía, en el alto
silencio salvaje, el golpe del machete del purgüero solitario, del peón
fatalista e irónico, ya calificado por ello de mal doctrinero en la empresa de
donde se fugara, y que a él estaba enseñándole ahora muchas cosas acerca del
alma de su pueblo, con su gran sentido de la realidad y su íntima rebeldía bajo
la total sumisión aparente, apuntando en la reticencia mordaz y en la
imprecación canturreada de su corrido del purgüero. —Más arriba, Encarnación
–decíale desde abajo–, que hasta el cogollo hay goma y es mucha la que tenemos
que sacar tú y yo para salir de apuros. Y la voz del peón socarrón, en lo alto,
donde el viento mecía al árbol:
En busca de una madera una vara de
buen grueso me topé en una ladera. Allí le tendí un cabresto, con espuelas
amarrás la dejé toda arañá... Yo no soy mono araguato para bailar en trapecio.
¡Virgen de los malos ratos, sácame de este escarmiento!
Pero en seguida, echando la voz
hacia abajo: —No es por usté, don Marcos, que me se viene a la boca el corrío.
Es que desde aquí estoy escuchando allá lejos el canto del campanero y me ha
provocado contestarle cantando también mis penas. —Canta todo lo que quieras,
pero súbete a la horqueta. —Sí. Ya sé que tengo buena vitola pa eso, gracias a
Dios y al paludismo que me tienen livianito como una pluma. Que si todos los hombres
jueran pesaos, de comía completa y bien digería, no recalentá como la del
purgüero, no habría quien subiera a la horqueta y otro gallo les cantara a los
amos que están allá en la ciudá, muy sentaos en sus poltronas, mientras
nosotros estamos aquí mojándonos el...
fundamento. Pero aguaite cómo ya empieza a corré la gomita desde arriba. Toda
ésa va pa las mochilas de musiú Vellorini, pues pa eso la puso Dios dentro de
los palos del morao al hacé el reparto de sus cosas a su modo y manera, desde
que el mundo es mundo. Yo lo que hago es abrirle camino con el tocón, que si en
un descuido me trozo el mecate que me asujeta en el suelo que me espera, ya
caeré sin dilación o en la punta de un troncón.
Y caletearla después de las
mochilas, de la pata del palo donde estoy haciendo estos barros con el sudor de
mi sangre, pa los poncherones, que allá entre el humo y el fuego, talla que
talla la plancha; ni Lucifer en su infierno me iguala la mala facha.
—Si te caes será por estar cantando –decíale
Marcos–, porque bien amarrado estás y son gruesos los mecates cuyubineros. —Sí:
este tren es muy barato, me costó sesenta pesos: un par de espuelas de acero,
correas pa el maniadero y tres kilos de mecate...
—Pero te lo trajiste del Cuyubini
sin haber acabado de pagarlo. —¿Le parece, don Marcos? Cinco semanas estuve
trabajando allá, que si el sudor del purgüero es como la sal pa la tierra, en
aquélla no vuelve a crecé el monte. Cinco semanas de mi vida, que no las
estuviera contando si no me hubiera picuriao a tiempo. ¡Y vaya usté a vé por
qué! Porque el encargao de allá, con to y lo cáidos que estén los Ardavines,
según las noticias del mundo que han llegado a esos infiernos, es como el
amo que mienta el corrío, y un domingo
–día del Señor, que lo llamancuando llegué a la estación, después de habé estao
toda la semana aguantando el resuello pa no perdé tiempo, jué y me dijo:
Amigo, no estoy contento, porque no
trajo el quintal.
Y yo fui y le repliqué:
Amigo, tenga paciencia que estamos
en un repique; para pagar paloapique con la plancha es suficiente.
—¿Y él jaló por el machete? —Sí, señol. Y me dio un planazón, por falta e
respeto, hasta que se le cansó el brazo. Que había que ver aquella hermosura de
hombre sacando su campaña con un poble pión indefenso. Yo me volví a mi tarimba
arriscándome el sombrero y diciendo, con el corrío:
Con mi machete gomero le voy a
bajar el brazo, manque me vuelva pedazos, que será lo más seguro. Me comerán
los zamuros defendiendo mi opinión, morirá un triste pión a la puerta de una
empresa ¡y dejaré la pobreza por la eternidá, señores!
—Bueno, Encarnación; como ya
terminaste el corrío, ahora sacarás más goma. —Espreocúpese, don Marcos. A usté
no le pesará el favor de haberme dao trabajo y de negarle luego a los
ardavineros que yo andaba por aquí. Ellos me buscaban pa colgarme y usté me
salvó la vida y ahora si es verdá que Encarnación Damesano hace barro en la
pata del morao. ¡Oiga el golpe del tocón! Ése no es el carpintero haciendo su
nido, sino el purgüero sacando su tarea.
El palo agujerea el pájaro pa criar
adentro sus hijos. Los míos los dejé en el rancho y hoy no sé si habrán comío.
La semana para recoger y elaborar el purguo.
Luego era conducido a la estación principal, el domingo por la mañana, y
reunidos allí los peones era el arreglo de las cuentas y el avance para la
semana siguiente. —Encarnación Damesano –leyó Marcos Vargas en la lista del
personal. —¡Presente, por desgracia! Y empezaron las risas que siempre coreaban
las palabras del purgüero socarrón. —¿Es tanta la tuya, Encarnación? —¡Hum, don Marcos! ¡La única cosa en que se
le pasó la mano conmigo al repartidor de allá arriba! —Bueno. ¿Cuántos quintales? —¿De qué, don Marcos? —¡De goma, chico! ¿De qué va a ser? —¡Ah! Como estábamos hablando de desgracia...
Pues una cosa poca, don Marcos. No se imagina usté la pena que tengo con el
pobrecito musiú Vellorini. Dos ná más. Uno que dieron las juerzas del
paloapique y otro que tuve que exprimirle a las flaquezas de la guacharaca. —¿Y
en piedras adentro? —¡Hum! Eso sí que
no, don Marcos. Piedras aparecían en las planchas ardavineras, pero como en
esta empresa he cambiado el vergajo por el buen trato, que produce más costando
menos, aquí todo es goma pa musiú Vellorini. ¡Que falta bastante le hace pa
mantené a sus hijitas! Lo que pasa es que el pión es muy ambicioso y quiere que
las suyas también coman completo. Como si el arreglo que Dios les dio a las
bocas no hubiera sío éste: Tú erutas y tú bostezas. Y por las carcajadas de sus
compañeros, mientras Marcos Vargas sonreía: —¡Guá! ¡Mire cómo gozan los muchachos! Y después dicen que y que es mala
la vida del purgüero. No se ganará mucho, pero de qué reíse no falta. —Bueno
–dijo Marcos–. ¿Qué necesitas para la semana?
—Siete días son nomás: seis que los
cuenta el corrío y el otro pa cavilá. ¿Cuál es el tuyo, Dios mío?
—¡Anda, chico! Acaba de decir qué necesitas.
—Pues su permiso pa retirarme, don Marcos, porque esta semana no quiero
avanzarme. Voy a bandiarme con los retallones de la pasada, pues como le dije,
se acabó la madera que tenía vista y no sé si me la tope por esos montes. —Pero
algo necesitarás, Encarnación, y tienes saldo a tu favor en tu cuenta.
—Déjemela ansina, don Marcos, que es la primera vez que eso me pasa desde que
estoy trabajando pa otro. No quiero avanzarme otra güelta. Esta tarde voy a
rumbiá por esos montes y quién sabe si no dé con él. Comeré recalentao si la
suerte no me ayuda, pero a usté no le monta cuenta Encarnación Damesano.
—Llévate unos cigarros, siquiera, para entretener los bostezos. Pídelos en la
pulpería y que me los anoten a mi cuenta. —Muchas gracias, don Marcos. Porque
lo que es en esta semana que viene pué que no haiga erutos en la tarimba del
punteral. Y con su permiso, ya me estoy diendo a rumbiá la gomita. Al día siguiente
no amaneció Damesano en su cubil de purgüero, ni por todos aquellos montes se
oyó trabajar su machete, y dos días después llegaron a la estación ribereña del
Guarampín unos hombres conduciéndolo sobre angarillas de ramas y varas del
monte. Traía el color de la muerte y despedía hedor de carroña, ardía en fiebre
y venía delirando. —¿Qué le ha sucedido? –pregun tó Marcos Vargas, ignorante
aún de su desaparición. Y el capataz de los conductores explicó: —Semos de la
gente de el "Sute" Cúpira, andábamos rumbiando balatá por las
cabeceras del Barima y ya de regreso veníamos con tó y guayare por un picaíto
de la montaña, acasito de la raya, cuando al pasá cerca de un rancho encujao
que por allí caía, pero a la vista no se divisaba por lo trancao del monte,
escuchamos lecos de gente pidiendo socorro. Nos encaminamos allá, el propio
"Sute" en junto con nosotros, y encontramos a este hombre
revolcándose en su sangre. Nos dijo que era de la gente de usté y que al lao
suyo quería morirse y aquí se lo traemos, por recomienda muy especial de
Cúpira. No sabemos qué le haiga sucedido porque después de aquellas palabras no
habló más, pero se infiere que haiga sío una mordía de culebra. Trae además una
hería muy fea, desde la nalga hasta la rodilla casi, con una gusanera en toda
ella y ya como que le está picando la cangrena. Azulita como carne de grulla
trae ya toda la pierna. Aunque era inútil tratar de salvarlo, pues en el rostro
se le notaba que ya pertenecía a la muerte, Marcos Vargas se empeñó en ello. Y
lavó y le curó la espantosa herida putrefacta que le llegaba al blanco de los
huesos y le hizo cuanto se le ocurrió y se lo permitió el botiquín de que
disponía para los accidentes. Acudió también a los conocimientos del conde
Giaffaro y éste vino a prestarle los auxilios de los que, en efecto, para el
caso poseía; pero al darse cuenta del estado del moribundo, movió un rato en
silencio su cabeza mecánica y luego murmuró, con frase tomada del habla
purgüera: —Ya éste amarró su magaya para picurearse definitivamente. Reaccionó
un poco hacia la medianoche, recuperando la lucidez al abandonarlo la fiebre de
las de fensas orgánicas consumidas y clavando su mirada mustia en Marcos
Vargas, balbuceó: —Voy a contarle, don Marcos, la historia del triste fin de
Encarnación Damesano, a usté que ha sío bueno conmigo, para que se la refiera a
mi mujercita, si algún día se tropieza en su camino con esa insignificancia...
Como le dije el domingo, pa quedá bien con usté me fui a rumbiá balatá,
Guarampín arriba, dispuesto a internarme hasta las cabeceras del Barima y asina
lo hice buscando madera. Tuve la suerte de topármela, la última que iba a tené
en mi vida, y de allá regresaba pa mi tarimba del punteral, a recogé los
taturos pa mudarme pa lo ajeno, que a lomo de buey carguero sólo se podría
trasportá lo que allí se sacara; pero yo de buey iba a hacé pa quedá bien con
usté... Fue a la escureceíta del lunes... Había una poca de gente hacia el lao
inglés..., yo la escuchaba conversá entre la montaña silencia y pa evitá
tropezarme con ella corté por un picaíto del monte a filo e machete y asina
rejendí hasta donde ya la trocha empezaba a ser despejá... Allí me paré para
encendé un cigarro... ¡Las cosas de la vida, don Marcos! El regalo de la buena
voluntá de usté, que más vale que no me lo hubiera hecho, pues ni pa gozarlo
había de tené suerte Encarnación Damesano... —Bien –interrumpe Marcos–. Ya me
lo contarás. Descansa ahora. —Déjeme llegá hasta el fin, que la Pelona me ha
dao prórroga pa que le eche el cuento y ahí está sentadita, esperándome... Yo
me enciendo el cigarro y una cuaima que me le tira una mordía a la brasa. Saqué
la mano al catá de verle el celaje, pero la tarascá me alcanzó en la
nalga. —¡Ay mi madre! –exclamé–. Ya me
malogró la enemiga del purgüero. Y allí mismito me bajé los calzones y me
troché la nalga de un machetazo, pa evitá que el veneno me dentrara en la sangre. Pero el tocón estaba amolaíto y en
junto con la nalga me llevé el muslo hasta la chocozuela... Y comencé a desangrarme.
—Eso es bueno –me dijo pa darme aliento– pues asina se saldrá to el veneno que
haiga podío penetrá. Y apuré el paso a ver si llegaba a la tarimba de algún
compañero que viniera a avisarle a usté... Le pasé a un palo de almendro...,
allí alantico había un platanillal..., pero en lo que le di la vuelta al palo
sentí la lengua gruesa y zumbío en los oídos y aluego me vino un vómito
amarillo... ¡Me malogró la bicha! –volví a decirme y alcé la voz al cielo con
los versos del corrío
¡Sácame de estas guarías Virgen de
la soledá!
Guarda silencio, deslízanse unas lágrimas por
sus mejillas devastadas y Marcos Vargas, haciendo esfuerzos por contener las
suyas, le oprime la diestra y murmura: —Basta, Encarnación. No hables más, que
se te agotan las fuerzas. —¡Si ya estoy llegando a los fines, don Marcos! Del
cuento y de las penas de esta vida... Me escuchó la Virgen, mostrándome un
rancho que hasta entonces no había catao de ver, asinita sobre el topo de un
cerro... Lo subí gatiando, pues ya la cabeza no me daba pa andá sobre mis solos
pies y en el rancho jallé dos casimbas de agua ya posma... Me las bebí una tras
otra, me tumbé en el suelo y a poco escucho que se viene acercando un tigre...
Cogí mi machete y comencé a rasparlo contra unas topias que allí dentro
estaban, y asina estuvimos toa la noche en vela, yo y aquella fiera: yo
raspando mi machetico, ya sin juerzas para sacala chispas contra la topia, y el
tigre roznando ajuera, sin atreverse a dentrá... Digo yo que estaría la propia
Virgen de los Cielos guardando la puerta... ¡Digo yo!... Por fin empezó a
clariá y luego escuché voces de gente rumbiando por la montaña... Les pedí
socorro con las juerzas que me quedaban..., me preguntaron que dónde estaba...,
les respondí que cogieran la brújula y rumbiaran pal Norte franco, pues hacia el
Sur los estaba escuchando yo y poco después dieron con la tarimba y con la
piltrafa de hombre que dentro de ella estaba...
Les dije quién era y a quién
pertenecía... ¡el único amo que por fin me había tropezao en la vida!... y aquí
estoy..., don Marcos..., terminado... como el corrío:
Morirá un triste pión...
Los versos finales ya no se le
oían.
XIII
El mal de la selva
El triste fin del peón leal afectó
mucho a Marcos Vargas. Hasta allí sus sentimientos humanitarios y sus simpatías
hacia el humilde habían sido sensibilidad a flor de alma optimista, que hallaba
plena satisfacción en el trato afable y la superficial camaradería; pero
acababa de revelársele en todo su horror la tremenda injusticia que dividía a
los hombres en Vellorinis y Damesanos –él entre ambos haciendo hipócrita la
palabra efusiva al servicio del celo interesado– y el alma generosa ya no
podría conciliar el optimismo con la iniquidad. Acaso esta ruptura viniera
preparándose desde el momento en que, de
camino para Upata en compañía de Manuel Ladera, las observaciones de éste
acerca de los males de Guayana deslizaron dentro de su alma aquellos aires que
luego harían borrasca, aun sin llegar a pensar entonces nada preciso; o antes
todavía, cuando al emprender ese viaje, su primera salida al mundo, experimentó
aquella intensa emoción de sí mismo al decirse que iba a luchar entre los
hombres y contra ellos, ya que esta lucha no iba propiamente enderezada a la
conquista de la riqueza, que, como luego le diría a Francisco Vellorini, era lo
que menos le interesaba en la vida, ni tampoco a la de la hombría preponderante
en sí y por sí sola, pues siempre hubo en su inquietud aventurera algo como una
finalidad superior que relampagueaba por momentos, iluminando regiones
generosas de su espíritu. Un impulso de esta naturaleza lo había movido a pedir
para la iniquidad la sanción de la justicia, y luego, cuando vio que ésta
prevaricaba ante aquélla, a burlarse de las instituciones legales, que ya no
podían inspirarle respeto, para que de algún modo fuesen justicieras, y
finalmente a sustituirlas por el procedimiento vindicativo, no importándole ya
haber contribuido a la impunidad de los Ardavines al silenciar para siempre la
voz que habría podido acusarlos. Pero ahora comprendía que los Ardavines no
eran todo el mal, que todo aquel mundo estaba podrido de iniquidad, incluso él
mismo, que en la empresa del Guarampín había sustituido el vergajo del Cuyubini
por el buen trato, que producía más costando menos, como dijera Encarnación
Damesano.
Al buen trato que él les daba a sus
peones debíase, indudablemente, el considerable aumento de la producción de la
empresa del Guarampín, comparada con la de los años anteriores: pero ¿no
procedería así –se preguntaba– sólo para que fuesen mayores sus ganancias y le
permitiesen pagar lo que les debía a los
herederos de Manuel Ladera y rescatar la casa de su madre? Ya era bastante
significativo que fueran estos compromisos de orden material los únicos lazos
que no se rompieran, cuando, al dar muerte a Cholo Parima, al conquistarse la
fiera independencia del hombre macho que sabe campar por sus fueros, se sintió
desligado de todo contacto con el mundo. Ochenta hombres cautivados por unas
palabras bondadosas ya le permitían salir de aquellos compromisos, mientras que
en el haber de la cuenta de Encarnación Damesano sólo había quedado una cifra
exigua para el inmenso desamparo de su mujer y sus hijos. ¿No era esto servirle
a la iniquidad, casi tanto como los capataces de Ardavín, vergajo en mano?
Desde el Guarampín hasta Rionegro todos estaban haciendo lo mismo, él entre los
opresores contra los oprimidos, y ésta era la vida de la selva fascinante, tan
hermosamente soñada. De una manera lejana entendía que aquellos lazos –su
madre, el afecto más profundo y más tierno de su corazón, y la novia de unos
dulces idilios, tan fugaces como las exhalaciones a que ella les pedía que no
terminaran nunca– no se habían roto sino para algo que de él esperaba la vida,
libre y solo como debe estar el hombre en la hora de su destino, y que esto no
podía ser sino la lucha abierta y total contra la iniquidad, y al optimismo ya
inconciliable con ella sustituyeron las rachas de humor sombrío, cada vez más
tenaces. ¿Los días de lluvia?... De la lluvia continua que con humor perenne se
deshacía en el alto ramaje intrincado y se deslizaba por los troncos de los
árboles y penetraba en el bosque cual niebla sutilísima, emparamando la carne,
adoloreciendo los tuétanos y filtrando en el espíritu la humedad viscosa de la
melancolía. Los días de lluvia, que en la selva suelen ser semanas enteras y
meses tras meses. Pero también, así fueran de sol clarísimo, los de descanso, las tardes de los
domingos, vacías de trabajo, llenas de la presencia del alma solitaria,
abandonada a la contemplación del bosque antihumano. La formidable actividad
abismada en la quietud aparente, el silencio maléfico, la perspectiva
alucinante... El canto lejano del campanero, melancólico badajo de la verde
concavidad inmensa, el estruendo repentino del árbol que rinde su vida
centenaria sin soplo de viento, del árbol gigante que apenas tiene raíces, pues
no hay espacio para tantas como quieren nutrirse de la tierra... La columna
derribada, la sombría cúpula rota al chorro de luz del calvero inquietante...
El eco vasto y profundo que retumba en los verdes abismos... La pausa, el grave
silencio que sigue al estruendo. Lo impresionante sin formas sensibles, la
espera angustiosa... Y el triste tañido del campanero, esta vez por el árbol
caído. El mal de la selva, apoderándose ya de su espíritu. —¡Mala cosa!
–murmuraban sus peones–. Ya le está pegando al hombre la borrachera de la
montaña. Aguáitenlo allá, recostao a aquel palo. Tres horas lleva en eso. Y se
le acercaban solícitos: —Quitese de ahí, don Marcos. No esté contemplando tanto
la montaña. Mire que eso no es bueno, porque de golpe se le enjosca y le hace
una de esas morisquetas de ella que no se olvidan nunca. —Sí, don Marcos.
Déjese de eso. La montaña es una mujercita ñonga de la cual no es bueno
enamorarse mucho. —Contimás que ya por todas las trochas están apareciendo las
güellas de pie de los tres dedos. Hacía días que venían anunciándolo los
acarabisis y ayer tarde yo mismo me topé casi con el amo de esas güellas. Que
por cierto todavía me están ardiendo los ojos, de habé catao de ver ná más que
el celaje de quien las iba dejando. —Háganos caso, don Marcos: quitese de ahí.
La montaña no está buena en estos días, como nunca lo está después que se ha
tragao a un hombre. Téngale miedo cuando la escucha tan silencia. Algo malo
está cavilando. La obsesión de contemplarla a toda hora, de no poder apartar la
mirada del monótono espectáculo de un árbol y otro y otro y otro, ¡todos
iguales, todos erguidos, todos inmóviles, todos callados!... La obsesión de
internarse por ellos, errante como un duende, despacio, en silencio, como quien
crece... De marcharse totalmente, de entre los hombres y fuera de sí mismo,
hasta perder la memoria de que alguna vez fue hombre y quedarse parado bajo el
chorro de sol del calvero donde hierve la vida que ha de reemplazar al gigante
derribado, todo insensible y mudo por dentro, la mitad hacia abajo, oscuro,
creciendo en raíces, la mitad hacia arriba, despacio, porque habría cien años
para asomarse por encima de las copas más altas y otros cientos para estarse
allí, quieto, oyendo el rumor del viento que nunca termina de pasar.
Y un día, abandonándose a la
atracción de los verdes abismos, se internó en el bosque, temerariamente. Pero
el joven acarabisi que por allí estaba, como le descubriese en los ojos la
lumbrarada del mal de la selva, se fue en pos de él, sigilosamente.
El "Sute" Cúpira
Como muchos de los que campaban por
sus fueros en la tierra de la violencia impune, aquel a quien por su físico
menguado –pequeño, flaco, enteco– dábanle el apodo de "Sute", no era
guayanés. Un delito de sangre, primero de la serie ya incontable de sus hazañas
de hombre macho, lo había arrojado a la sel va, fugitivo de la justicia, y de
esto hacía más de quince años; pero a su aureola sangrienta no podían faltarle
esos destellos que forman la legendaria del bandolero generoso en el ánimo de
quienes están siempre dispuestos a admirar la hombría señera y la bravura sin
freno. El Cuyuni y sus afluentes regaban su feudo; bosques purgüeros y placeres
auríferos de donde anualmente sacaba provechos cuantiosos, que así como los
obtenía luego los tiraba al azar de los dados o los derrochaba alegremente
junto con sus numerosos amigos y con la torva escolta de sus espalderos,
permitiéndoles disponer de ellos cual si fuesen propios, de donde le venía fama
de generoso. Pero así también usufructuaba lo ajeno, o que por tal pasaba,
irrumpiendo con su gente a rumbear balatá en términos de empresas ya
establecidas o a pedir "recortes" en los yacimientos auríferos que
otros hubiesen descubierto, que si por las buenas no se los daban, ante las
malas no se detenía, corriendo el riesgo que hubiere, de donde sacaba la
reputación de valiente hasta la temeridad. Aquel año merodeaba por los bosques
purgüeros de las cabeceras del Barima, en territorio de la Guayana inglesa,
aunque con sus tarimbas del lado de acá de la raya, donde elaboraba el producto
recogido por su gente, doce hombres siempre dispuestos a cuanto les ordenase y
a los cuales llamaba apóstoles, que sólo para decir tal monstruosidad solía
tenerlos en aquel número. Ya había abandonado las cabeceras del río Inglés, y
traspuesta la Sierra Imataca, disponíase a abrir sus operaciones sobre las del
Cuyubini, para "latirles en la cueva a los ardavineros de El Bochinche y
Los Repiques", cuando se lo encontró Marcos Vargas que en busca suya iba
siguiéndole las huellas. Estaba sentado, a la caída de la tarde, sobre los raigones de un arabután descubiertos por las
avenidas del brazo de río en cuya orilla se alzaba, en la silenciosa compañía
de uno de sus doce, en quien Marcos reconoció a uno de los conductores del
moribundo Encarnación Damesano. De lo cual y lo menguado del otro coligió que
éste fuese el temible personaje que así se lo habían pintado. Por su parte, ya
a Cúpira le había dicho su compañero –apodado "El Caicareño"– quién
era el que llegaba, y se levantó a recibirlo, diciéndole: —¿Escotero y tan
lejos de lo suyo? No esperaba yo tener tan pronto el gusto deseado. —Salí a dar
una vuelta, como quien dice –respondió Marcos Vargas, en cuyo rostro fatigado
los ojos tenían cierta expresión delirante–; se me vino atrás el baquiano que
me acompaña, por el camino me dieron ganas de conocerlo a usted y hasta aquí me
ha traído ese capricho del momento. Tenía además que darle las gracias por el
favor prestado a un peón mío de todo mi aprecio. Que de nada le sirvió, por
cierto. Mientras así habló, el "Sute" estuvo mirándolo a los ojos,
fijamente, y así dejó transcurrir una pausa antes de replicarle: —Sí. Ya me
contó "El Caicareño". Pero no crea usté, pues siquiera se dio el
gusto de morir al lado suyo, como nos manifestó cuando lo encontramos
revolcándose en su sangre. Que por cierto es el primer pión purgüero que me
tropiezo que no maldiga del jefe, y por algo será. De donde se me aumentaron
las ganas que por mi parte ya tenía de conocerlo a usté. Ahora sus palabras dan
a entendé que los deseos eran recíprocos y nada más le digo sino que aquí tiene
al hombre, al "Sute" Cúpira, como todo el mundo me dice y para lo que
lo anden buscando. —También le dicen el tigre del Cuyuni. —¡Cosas de los amigos
de uno! –repuso Cúpira, tras su apariencia
bonachona, que se la daba sobre todo su manera lánguida de hablar. Y
Marcos, sin que él mismo se diese cuenta de los sentimientos que motivaban sus palabras,
insistió: —¡Son tantas las hazañas de usted que he oído celebrar por estos
mundos de Canaima!
—¡Jm! –hizo Cúpira, con expresión
indefinible–. Él nos reúne al fin y al cabo, aunque Cajuña nos críe muy lejos
uno de otro. Y la prueba aquí la estamos dando usté y yo. A lo que repuso
Marcos: —Gracias por el honor que quiere hacerme al considerarme como par suyo;
pero... Y el "Sute", interrumpiéndolo y encogiéndose de hombros: —Sus
razones tendrá usté pa no aceptá que lo comparen con quien no sea de su medida.
Ya las explicará si así se lo pide el cuerpo; pero tan y mientras una
descansadita no me parece que le caería mal. Su baquiano viene trozao, con to y
lo caminador que es el indio. Aquí semos algunos esta noche, por causa de
encuentros que nunca faltan por estos mundos de Canaima, como usté los mienta;
pero sitio abrigao no faltará pa usté. Y hasta un buen chinchorro, que ya veo
que no lo trae consigo. Referíase con aquello de los encuentros a unos
purgüeros, del mismo clandestino sistema de explotación que él empleaba, que
aquella tarde se le habían reunido. Y agregó: —En el entreacto ahí están en la
tarimba los mal encontraos y once de mis apóstoles, que "El
Caicareño" aquí presente los completa, pegándose unos palos de un
aguardiente que no debe de ser del todo malo. Y si a usté también se lo pide el
cuerpo... —Algo de eso viene sucediendo, realmente, aunque no es costumbre. —Ya
se ve que usté anda fuera de las suyas. Pero camine y pase a darle el gusto al
cuerpo, que todo no pué sé rigor. Y en llegando bajo el cobertizo de palma
donde los purgüeros bebían y charlaban ruidosamente: —Compañeros, tengo el
gusto de presentarles al hombre que mató a aquel perro. Marcos Vargas, hablando
bien. Le molestó a éste la frase primera, indudablemente alusiva a Cholo Parima
muerto por él, y con el ceño fruncido saludó a aquellos hombres, todos
malcarados, algunos de los cuales se adelantaron a estrecharle la mano dando
sus nombres, mientras otros se limitaron a murmurar, sin acercársele: —Mucho
gusto. Pasaban de veinte y todos ostentaban lanza y revólver al cinto.
Pero si en casi todas las miradas
advirtió Marcos Vargas el recelo mezclado con el desdén, punto menos que
agresivo, en cambio las de Cúpira le manifestaban simpatía al par que
demostraban especial interés escrudiñador. Reforzó estos sentimientos el efecto
efusivo del alcohol, insistiendo Cúpira repetidas veces en medio de la
conversación general en que no acostumbraba beber sino en las ocasiones
solemnes, como consideraba aquella del conocimiento con Marcos Vargas, aunque
por razones que todavía se reservaba. En cuanto a éste –sobreexcitado como
traía el espíritu por la marcha insensata, de varias jornadas, a través de la
selva, en silencio ante la fascinación de los verdes abismos, y adquiriendo la
bárbara experiencia de alimentarse con el trozo de la presa cazada por el
acarabisi, sin sal y apenas pasada por el fuego, mientras tuvo fósforos con que
procurárselo, y últimamente crudo y sangrante –experimentaba ahora algo así
como un vértigo espiritual con que lo atrajese el abismo interior de aquel
hombrecito, personificación de la selva monstruosa, en quien la fiera
condición, ya casi legendaria, estaba agazapada tras la apariencia inofensiva
de su menguada humanidad y su aire apacible. Formaban ya barullo las lenguas
desatadas por el alcohol, sin que todavía hubiese domesticado aquel recelo y
desdén agresivo de casi todos los rostros, cuando Marcos Vargas, plantándosele
por delante al "Sute", le clavó la mirada a los ojos con inquisitiva
impertinencia, que advertida por los demás produjo el silencio de la
expectativa. Cúpira se la sostuvo sin pestañear, primero sonriendo y luego
ensombreciéndosele la expresión, hasta que por último, echándose atrás,
inquirió: —¿Qué desea, joven? Marcos Vargas hizo el gesto que producen las
coincidencias de lo que se procura con lo que ocurre y recalcando las palabras
repuso: —Hacerle una pregunta, Fortunato Carrillo. Los circunstantes se miraron
entre sí con extrañeza y hasta algunos llegaron a pensar que tal fuese el verdadero
nombre del "Sute" y que para algo que pronto se vería se lo había
echado en cara Marcos Vargas; pero a Cúpira no podía extrañarle la frase oída
porque era suya, pronunciada en ocasión inolvidable. Y con la simpatía
brillándole otra vez en la mirada: —Ya me lo esperaba –dijo–. Hace rato que
estaba viéndolo venir. A tiempo que "El Caicareño" exclamaba:
—¡Ah! ¡Ya caigo! —Fue por los lados de Barrancas, ¿verdad?
–insistió Marcos. —Más arribita –precisó Cúpira–. A la hora de éstas, poco más
o menos, de un 24 de marzo de hace quince años recién cumpliditos. —Y bien
llevada la cuenta –agregó otro de los doce de el "Sute", que bien
sabía de qué se trataba. —Por si acaso me la quieren cobrá algún día con
intereses –dijo el hombrón absurdo. Mientras Marcos Vargas insis tía: —Entró
usted en la pulpería de Fortunato Carrillo, donde a esa hora estaba un
forastero tomándose una taza de café, ¿verdad?
—Justamente. Un forastero que era su padre de usté. Ya me habían
informado de que usté era hijo de aquel único testigo presencial de la cosa y
por eso deseaba conocerlo, como le he manifestado endenantes. Estaba sentao
junto al mesón de la pulpería, que era posada al mismo tiempo, tomándose su
tacita de guacharaca, porque café puro y legítimo no podía habé en casa de aquel
bandido de Fortunato Carrillo. Me contrarió tropezarme con terceros, remolonié
un poco, decidí por fin y me arrimé al mostrador a tiempo que me preguntaba el
ya difunto pero toavía en pie y fumándose un tabaco –de los de sortijita, me
acuerdo bien–. ¿Qué desea, joven? —Y
apoyando el codo sobre el mostrador –continuó Marcos tal como recordaba
habérselo oído referir a su padre varias vecesmientras la derecha se la
asentaba disimuladamente sobre el cuadril, cerca de la lanza, le contestó
usted... —Déjeme decirlo yo –interrumpió Cúpira–. Le contesté, como bien acaba
usté de repetirlo: Hacerle una pregunta, Fortunato Carrillo. ¿Se acuerda usté
del "Sute" Cúpira? Y Marcos, quitándole la palabra: —Fortunato,
haciendo memorias, se quedó mirándolo a usté un buen rato y al tropezarse con
el recuerdo que le proponía, trató de sacar el machete que tenía bajo el
mostrador... —Pero yo le andé alante, como usté al suyo en su hora y punto.
Marcos frunce el ceño y Cúpira prosigue: —Y arrimándole la lanza a lo blandito de
la tetilla izquierda, se la hundí hasta la tarama, diciéndole, por la pregunta
ya mentada: —Aquí lo tienes, cumplién
dote lo ofrecío.
Un murmullo de complacencia de los
que oían, en el cual sólo uno de ellos no mezcló su voz y otra vez la de el
"Sute", arrastrada, lánguida: —Luego me voltié pa donde estaba el
forastero, que ya hemos quedao en que era su padre de usté –a quien Dios tenga
en su gloria, que me olvidé de decirlo al mentarlo por primera vez– y tan y
mientras limpiaba la lanza en un piazo de papel de estraza que cogí del
mostrador, le dije estas palabras que han de pasá a la historia: —Hace trece
años que el "Sute" Cúpira le juró a este muérgano que lo mataría como
a un perro. Diga usté que lo ha visto cumplir su gran juramento. Otro murmullo
y el comentario de "El Caicareño": —Que no tendría usté más de ocho
cuando lo hizo. —No los tenía, pero ya les andaba cerca. Y al cabo de una breve
pausa: —Esos eran mis años tiernitos cuando aquella hermosura de hombre abusó
de mi madre en presencia mía. Era la primera vez que Cúpira daba esta
explicación del motivo que lo indujo a cometer su primer delito, a consecuencia
del cual, atravesando a nado el Orinoco aquella misma tarde, se había internado
en la Guayana hasta las selvas del Cuyuni, que le brindaron impunidad. Ni aun
sus amigos más íntimos habían logrado nunca arrancarle una palabra a tal
respecto, siendo cosa sabida que sobre aquello no podía hablársele, y la
inesperada confidencia produjo unánime emoción respetuosa. El culto de la madre
era, por otra parte, el único sentimiento tierno y verdaderamente noble de
aquellas almas broncas, y en el silencio que guardaron todos vibraron las
recónditas fibras incontaminadas. A Marcos Vargas, especialmente, le produjo un
efecto profundo. Palideció, se le oscurecieron las pupilas, le vibraron
los músculos de la cara, arrojó de
pronto al suelo el vaso que sostenía en la diestra, apoyó ésta en el hombro de
Cúpira, se lo oprimió cálidamente mientras lo miraba a los ojos y luego se
apartó de él, con un movimiento brusco y se retiró del sotechado... Él también
era un niño cuando llegó a su casa la noticia del trágico fin de su hermano,
allí en las riberas del Vichada, y viendo llorar a su madre, a quien
idolatraba, le cruzó por el alma inocente la idea vengativa que luego llevaría
a cabo la noche de Tumeremo. El "Sute", que había apoyado en silencio
su diestra sobre la que le oprimiera el hombro, en silencio se quedó mirándolo
apartarse del grupo, y asimismo los doce hombres que lo rodeaban y para los cuales
ya Marcos Vargas no era el "patiquín" que podía inspirar recelo y
desdén, sino, como mentalmente se lo dijeron todos: —¡Un hombre entre los
hombres! También parecían participar de estos sentimientos los purgüeros recién
reunidos con los de Cúpira, menos el jefe de ellos, un mulato ceñudo, que a
todo lo ocurrido sonreía desdeñoso, fija la torva mirada en el vaso mediado de
aguardiente. Lo advirtió de soslayo el "Sute" y sonrió a su vez.
Entre estos dos hombres mediaba una querella latente, no por choques habidos,
sino por secreta rivalidad en la disputa del fiero señorío de la selva, que ya
Cúpira ejercía cuando el otro apareció por allí. Se trataban como amigos y no
perdían oportunidad de acercarse entre sí; se vigilaban mutuamente, el
"Sute" esperando el momento en que el otro se decidiera a
enfrentársele y éste aplazando la ocasión del golpe alevoso que le diese la
señera hegemonía del feudo... Ahora ambos sonreían para sus tenebrosos
adentros. De pronto Cúpira, transformándose, creciéndose, con una lumbrarada inquietante
en los ojos felinos, alzó la voz,
enérgica, autoritariamente: —No dé la espalda, Marcos Vargas. Se volvió éste,
de pronto y ya decidido a todo; pero en seguida comprendió que aquello no iba
contra él, pues Cúpira decía: —No sabe usté si hay aquí alguno que guste del
golpe por mampuesto. ¡Acérquese otra vuelta! Déjeme lavarme los ojos, que se me
acaban de ensuciá, mirando esa cara de hombre que se sonríe de lo que merece
respeto. Y ya que estamos en este terreno –!y para algo será!– vamos a contarnos
todos cómo fue que tropezamos por primera vez con Canaima, que aquí nos ha
reunío. Infiero que todas las historias no deben ser de cara a cara y previo
aviso, pero ya es hora de que se acaben los entaparaos. !Bébanse ese trago,
muchachos, y ve sirviendo ya el otro, Caicareño! Semos lo que semos y hasta
aquí llegará eso de: las caras nos vemos pero no los corazones. Yo eché ya mi
cuento de cómo y por qué cogí el camino que hasta aquí me ha traído y ahora
vamos a escuchá los de los otros. Y dirigiéndose a quien con su sonrisa
desdeñosa había provocado esta explosión: —¡Empiece usté, "Correo del
Oro"! ¡Vaya echando pa fuera lo suyo! Frunció más todavía el ceño el
bronco sujeto, a quien por primera vez alguien era osado de echarle en cara
aquel apodo, alusivo a la sospecha de que fuese uno de los asesinos de un
correo del oro de las minas de El Callao que años atrás había encontrado la
muerte en una emboscada, sin que aún se hubiese descubierto a los autores del
crimen de homicidio y robo. —Yo tengo mi nombre, Cúpira –protestó
arriscándose–, y usté lo conoce. Cúpira arrojó al suelo el vaso que ya se
llevaba a los labios y replicó, simultáneamente con una manotada para apartar
hacia atrás a "El Caicareño",
situado entre ambos. —Pues hágase el cargo de que lo he olvidado y vaya
diciendo cómo quiere hacérmelo recordá. Marcos Vargas volvió al sotechado de
palma, paso a paso; los hombres de Cúpira y los de su rival ya no tenían vasos
en las diestras y estaban separados en dos grupos; pero el de la sonrisa no acudió
en la ocasión, sino que empalideció tanto como se lo permitiera su piel mulata.
Visto lo cual, exclamó Cúpira: —¡Ah, caramba! ¿Camalión tenemos? Ya el amigo
cambió su sangre por agua sucia y yo con eso no relleno mis morcillas. Ni aun
así se decidió "Correo de Oro". Su especialidad no era dar la cara.
Se encogió de hombros. Ya habría tiempo y ocasión más propicia. Y dirigiéndose
a sus purgüeros –que, por lo demás, tal vez no le eran tan adictos como a
Cúpira sus "doce apóstoles"– con un ademán de cabeza les indicó el
camino de la retirada por donde ya él se marchaba. Guayare a la espalda, monte
adentro, en fila india... El "Sute" los siguió con la mirada, otra
vez sonriendo, y luego díjole a Marcos Vargas: —Compañero, perdóneme el mal
rato; pero esa postema ya estaba de reventarla.
Tarangué
Cuyubini abajo habitaba una
comunidad de indios guaraúnos, de los llamados "mañoqueros" porque
sólo conocían el cultivo de la yuca, de donde derivaban el alimento usual del
"mañoco" y extraían el "bureche" o el "yaraque"
con que acostumbraban embriagarse para celebrar sus fiestas, danzas primitivas
a que se entregaba toda la comunidad durante días y noches continuos, hasta que
los rendía el cansancio o los derribaba
la borrachera. Por aquellos días celebraban una de estas fiestas a la cual
solían concurrir todas las indiadas del contorno, varias leguas a la redonda, y
el "Sute" Cúpira había invitado a Marcos Vargas para ir a
presenciarla. —Es un espectáculo curioso –habíale dicho– que le dará de una vez
por todas la idea de lo que es el indio. Lo llaman: baile de ñopo, y también:
de la india Rosa, y una vez le escuché decir a uno de los ingenieros de una
comisión de límites que estaba trazando la raya divisoria con la Guayana
inglesa por estos montes, hombre además entendío en costumbres indígenas, que
la tal Rosa puede que haiga sío alguna cacica, probablemente de los tiempos del
cacicato a que volvieron los aborígenes de casi toda Venezuela después del
régimen de las misiones. Que por cierto para nada le sirvieron al pobre indio,
como no fuera para aborrecé más al racional. Valga la palabra del susodicho
ingeniero. En efecto, allí estaban aquellos guaraúnos en plena barbarie, si no
totalmente salvajes, tal como se encuentran todos los aborígenes venezolanos que
bajo el régimen de la encomienda o la misión no hicieron sino perder el vigor y
la frescura de la condición genuina, sometidos como braceros inconscientes a un
trabajo ajeno a sus necesidades, cuyo sentido humano no podía alcanzárseles y
cuya técnica, cuando de alguna fue el caso, nunca les fue dada. El indio que
empedró el camino frailero por donde ahora crece el arestín y a su orilla clavó
la "piedra escrita" que no jalonaría sus marchas libres, porque él
anda al rumbo de su instinto por la trocha del váquiro; el indio que amasó la
arcilla con que se fabricó el ladrillo frailero para el convento de la misión,
mientras él continuaba levantando su churuata tal como lo hacían sus abuelos
antes de que apareciera por allí el blanco conquistador. El indio guaraúno, que en su dialecto llama al
civilizado "niborasida" –que significa hombre malo– o en español, a
su manera, dice el venezolano:
—"Sorano maluco, robando mujé, tumbando conuco"–. Porque si aquello
solamente le reportó la colonia, menos aun y a veces peor le ha dado la
república. Ya estaban allí las hembras feas, chatas, de frente huida y pechos
fláccidos, con la uarruma y el pequeño mandil de fibra tosca cubriendo sus
partes pudendas, mientras con el guayuco las suyas y un cerquillo de plumas a
la cabeza los hombres, de estatura pequeña y desproporcionada por el excesivo
desarrollo del tórax con detrimento del de la parte inferior del cuerpo, a
causa del continuo manejo del canalete sentado en el fondo de la curiara, donde
se pasan la mayor parte del tiempo pescando. Ya las mujeres habían sacado las
casimbas de bureche, de desagradable olor ácido, y en torno a ellas los
hombres, vaciando pichaguas una tras otra, comenzaban a emborracharse. No
estaba por allí el cacique, pues era costumbre que durante aquella fiesta se
ausentase de la ranchería e hiciese sus veces el músico, que solía ser el más
anciano de la comunidad, y ya se aproximaba la hora de dar comienzo la danza, a
la puesta del sol, cuando se presentaron el "Sute" Cúpira y Marcos Vargas,
acompañados de "El Caicareño" y de otro de los doce del primero,
apellidado Aceituno. Y no faltó en los corrillos recelosos la palabra
guaraúna: —Niborasida. Pero saliéronles
al encuentro, ofreciéndoles bureche y ñopo. Es el ñopo o yopo un polvo negruzco
extraído de las raíces de cierta planta herbácea, que absorbido a modo de rapé
produce extraños efectos alucinatorios, que los piaches indios utilizan cuando
han de desempeñar sus funciones de adivinos y mezclado con bebidas fermentadas,
yaraque o bureche, causa una borrachera delirante y bestial. El "Sute" aceptó el
bureche, pero rechazó el ñopo, diciéndole, en su dialecto: —Oco cacatuja –que
significa: nosotros tenemos. —¿Ato abitoja? (ustedes tienen) –exclamaron los
oferentes, complacidos de que se les hablase en su lengua–. ¡Ato abitoja! Y
uno, acercándose a Marcos Vargas, a quien ya rodeaban varias guarichas,
examinándolo con su impertinente curiosidad característica: —Ma cuareja
mancatida –díjole. Pero comprendiendo que no lo entendía recurrió al castellano–:
Yo teniendo hija hembra. Yo ofreciéndote guaricha bonita si tú no siendo maluco
con indio y dejándolo tranquilo bailando india Rosa. Llegaron luego otros
"racionales", encargados y capataces de peonada de la empresa de los
Ardavines que por allí caía, algunos de los cuales ya habían amistado con
Marcos Vargas desde la noche en que éste y José Francisco se jugaron a los
dados sus clientes; pero como Marcos correspondió de mala gana a sus saludos y
en seguida se les apartó, quedándose todos rodeando a el "Sute", por
quien sentían la admiración que a todos los hombres machos les inspiraba el
semidiós canijo. Y empezó a surgir la luna llena, a tiempo que se ocultaba el
sol, hora de comenzar la fiesta con la cual el aborigen conmemora su secular esperanza
del término de la dominación del blanco y la vuelta de "tararana", la
tribu poderosa que algún día vendrá, aunque este sentido y símbolo no esté sino
sepultado en los abismos de embrutecimiento en que languidece el alma indígena.
Ya el viejo músico estaba sentado sobre sus canillas dobladas en el centro del
espacio llano y barrido que rodeaban las barbacoas donde se depositaban los
frutos de la sementera y la churuata –vasta vivienda común de forma circular
y pajiza techumbre cónica, en cuyo
interior hacía vida promiscua toda la comunidad– y sacudiendo cerca de su oreja
derecha una maraquita, único instrumento que acompasaría la danza, murmuraba, a
ojos cerrados, como para darse la tónica: —¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! Y en torno a él iba
formándose la rueda de hombres y mujeres que tomarían parte en la danza,
incluso los viejos amojamados, después de haber absorbido unas polvadas de ñopo
e ingerido otra buena cantidad mezclada con el bureche y cuyo doble efecto
diabólico no tardaría en hacerse sentir. Golpeó el suelo con la diestra el
viejo músico, señal esperada por los bailadores y éstos comenzaron a girar en
torno a él, con una cadencia lenta y monótona, y canturreando a coro, con
destemplada entonación creciente: —¡Ja, ja! ¡Ta biscó! ¡Ja, ja! ¡Ta biscó! Los
forasteros sonreían. En materia de música y danza no podía darse nada más
simple: era sólo un ruido persistente y un paso de marcha contenida y apresada
en un círculo obsesionante. Y un coro de canto rudimentario que se repetía con
desapacible insistencia: —¡Ja, ja! ¡ta biscó! ¡ja, ja! ¡ta biscó! Y ya la luna
llena brillaba en el espacio, todavía diurno. Pero el ñopo ingerido y el que
ahora les ofrecían a los danzantes el "Sute" Cúpira y sus espalderos
y los purgüeros de los Ardavines, para que lo absorbiesen a puñados mientras
recorrían el círculo infinito, iba produciendo sus efectos y pronto aquel
canturreo monótono se rompió en un coro de gritos roncos a tiempo que las
miradas despedían fulgor de lujuria y los cuerpos comenzaban a retorcerse en
mímica de amor animal, ya bañados en los reflejos de la luna triunfante el
crepúsculo solar. Era la primera faz de la embriaguez: la danza lúbrica, sin
arte alguno, bestia pura. —¡Ja, ja! ¡Ta biscó! ¡Ja, ja! ¡Ta biscó! Ahora los
racionales reían a carcajadas, menos Marcos Vargas, en cuyo rostro sombrío se
iba perfilando el rasgo revelador de la sorda tempestad mental.
"El Caicareño" y Aceituno
recorrían el círculo danzante ofreciendo los diabólicos polvos. Los indios los
sorbían ávidamente y ya por todos los cuerpos corría el inmundo líquido negro y
viscoso de la secreción nasal. Eran unas asquerosas bestias que jadeaban y se
retorcían bajo la acción deshumanizante del yopo. —¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! El canturreo
gangoso del viejo músico apresuraba el ritmo simple y frenético, marcado por el
sonido obsesionante de la maraca. Ya el coro de gritos lúbricos comenzaba a
languidecer en gemidos. La luna resplandecía solitaria remontándose por el
espacio nocturno... Ahora el coro entonaba: —¡Tarangué! ¡Tarangué! La tribu
desaparecida. La que sucumbió defendiendo su tierra bajo el acero y el arcabuz
del conquistador, la que en la alta noche de la derrota contempló el incendio
de su churuata... Ya algunos indios lloraban, con esa extraordinaria facilidad
que para ello tienen... Ya toda la tribu había prorrumpido en llanto clamoroso.
Era la segunda faz de la embriaguez de yopo. La danza fúnebre y la plañidera
por los muertos de la comunidad y por la gran desaparecida en la eterna noche
sin luna. Y el lúgubre clamor se elevaba impresionante en el silencio tendido
sobre la tierra bárbara y remota: —¡Tarangué! ¡Tarangué! Los racionales reían a
carcajadas y Marcos Vargas les clavaba miradas fulminantes que les trocaban las
risas por ceños fruncidos. Eran los negros abismos de la infinita tristeza del
indio los que ahora se abrían, el fondo atormentado del alma de la raza
vencida, despojada y humillada, y un
gran dolor rabioso, profundamente suyo, respondía en el corazón de Marcos
Vargas a la plañidera invocación de Tarangué. —¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! La voz del músico
era un aullido trémulo. Ya la borrachera entraba en su última faz: ahora
comenzaba la danza guerrera. Un grito de cólera rompe de pronto el coro
lamentoso. Le responde otro y otro... La luna ilumina la bárbara escena con su
resplandor alucinante y decora la miseria de los cuerpos inmundos... Ahora son
miradas enfurecidas y roncos alaridos, que tal vez reproducen los antiguos
gritos de combate que ya sólo bajo la acción del yopo lanzan los indios
humillados y vencidos. Viejos alaridos de las guazárabas contra el blanco
invasor que ya han olvidado los ecos de aquella tierra. Y Marcos Vargas grita:
—¡Tararana! –(La tribu que volverá)–. ¡Tararana! El "Sute" Cúpira se
le acerca, preguntándole: —¿Qué le pasa, joven?
—¡Que ya es tiempo de que estos pobres indios se sacudan la opresión de
ustedes! ¡Hatajo de bandidos que los explotan inicuamente! ¡Usted a la cabeza
de todos! Cúpira da un paso atrás y su diestra acude automáticamente a la
empuñadura del revólver. Pero en seguida se recobra y mirando a Marcos Vargas
serenamente, murmura: —Por menos son ya difuntos muchos hombres; pero el
"Sute" Cúpira no se mata con el hijo de quien lo Vio cumplir su gran
juramento. Dicho lo cual, se le aparta, sin que tales palabras hayan despertado
eco alguno en el alma ya frenética de Marcos Vargas. Entretanto el grito que
éste había lanzado hacía poco lo secundaban los indios enfurecidos por el yopo
y entre el clamor imponente no se oía ya
el canturreo del músico. De pronto se interrumpe la danza y los hombres se
lanzan unos contra otros, mientras las mujeres abandonan el sitio y corren a
refugiarse dentro de la churuata. Luchan, forcejean, escurriéndose los cuerpos
babeados de las manos que tratan de apresar, hasta que por fin caen extenuados
y ruedan por el suelo, toda la indiada formando una masa inmunda y jadeante. El
cuerpo del músico viejo y fláccido es una piltrafa que no rebulle; de sus manos
se ha desprendido la maraquita y ya no suena. Marcos Vargas tiene un gesto de
decepción inmovilizado en el rostro sombrío. No fue contra el
"racional", contra el opresor inicuo, la rebelión delirante. Y
murmura, sordamente: —¡Tarangué! El fulgor espectral de la luna alumbra el
hacinamiento de cuerpos rendidos por la acción deshumanizante del yopo.
XIV
Tormenta
Regresó a la estación del
Guarampín, al cabo de ocho días de ausencia, agudizado por la fatiga del viaje
al maléfico influjo de la selva. Pero no sólo él sufría sus extraños efectos,
ni todo eran aberraciones de espíritu. El fenómeno obedecía también a causas
naturales y todos los seres vivientes que poblaban la selva lo experimentaban
de algún modo. Aproximábase el término de la estación lluviosa y hacía varios
días que reinaba esa tregua que se toman las lluvias antes de desatarse en los
tremendos chubascos finales del invierno tropical. Calmas enervantes y
prolongadas, du rante las cuales el silencio de la fronda inmóvil sentíase
cargado de presagios angustiosos, hacían irrespirable el aire, saturado de
perturbadoras emanaciones vegetales, y sobre el inmenso condensador de la selva
se iba acumulando la electricidad para el cataclismo de las descargas que
pronto la estremecerían hasta la raíz más soterrada. La bestia presentía
aquello y daba muestras de inquietud. En silencio se posaban los pájaros en las
ramas y de unas en otras fatigaban sus alas con repentinos vuelos recelosos;
manadas migratorias de váquiros atravesaban con frecuencia el río y a veces se
les veía detenerse de pronto en la marcha, ventear el aire y luego precipitarse
en carrera, fuera del camino acostumbrado, a monte traviesa; en silencio
volvían al atardecer los monos a sus dormideros habituales y en cambio durante
las noches no cesaba de oírse el grito ululante de la arañamona. Los indios
mismos, en quienes el instinto es también antena sensible, se mostraban aun más
reservados que de costumbre y a menudo cruzaban entre sí miradas de expectación
supersticiosa, cual si la Naturaleza se les hubiese vuelto de pronto
incomprensible y amenazante. En los purgüeros el fenómeno presentaba un aspecto
singular. El duro trabajo agotador, la continua expectativa del peligro mortal
que por todas partes acechaba en torno a ellos y la influencia deshumanizante
de la soledad salvaje venían produciendo en aquellos hombres –y ahora la
acentuaba la influencia meteorológica– una sombría propensión característica de
la selva, cierto frenesí de crueldad, no arrebatado y ardiente como el que
pueden producir los espacios abiertos, sino, por el contrario, espantosamente
apacible, de abismos bestiales. Crímenes y monstruosidades de todo género,
referidos y comentados con sádica minuciosidad,
constituían el tema casi exclusivo de las conversaciones, y cuando se
hallaban solos empleaban las horas muertas en la torva complacencia silenciosa
de darles tortura lenta y atroz a los insectos o bestezuelas inofensivas que
para ello capturaban, arrancándoles las alas, vaciándoles los ojos,
descuartizándolos calmosamente, atentos a las mínimas manifestaciones del
sufrimiento animal, mientras una horrible insensibilidad petrificaba sus
rostros. Y varios de ellos, llevando hasta sí propios estas experiencias
insanas, se habían inutilizado para el trabajo infiriéndose heridas so pretexto
de extraerse espinas o extirparse las niguas o los "gusanos de monte"
que bajo la piel les sembraban ciertas moscas cuyas larvas se crían en carne
viviente. Era tal vez el efecto desmoralizador que les hubiese causado la
muerte de Encarnación Damesano y su espantosa mutilación inútil; pero era
también la tempestad de los elementos infrahumanos que en el corazón de los
hombres desata Canaima. Finalmente, a su regreso a la estación halló Marcos
Vargas la noticia de que en la ribera opuesta del Guarampín habían comenzado a
producirse aquellos misteriosos gritos de que hablaban los purgüeros veteranos
de la empresa de los Vellorini y cuya realidad tuvo, en cierto modo,
corroboración en las palabras del propio conde Giaffaro. Tales gritos en el
salvaje silencio de la medianoche más parecían aullidos bestiales, ululatos de
terror animal, y daban motivo a que los purgüeros de la opuesta ribera
satisficiesen aquella morbosa propensión a lo truculento y monstruoso,
entregándose a conjeturas delirantes. —El conde Giaffaro haciéndose su cura
–pensaba Marcos Vargas, y para averiguar en qué pudiera consistir, si realmente
la había, para descifrar aquel enigma a que nadie se había asomado todavía,
atravesó una vez más el Guarampín. Halló
la casa cerrada. Adentro sentíanse pasos agitados que se acercaban y se
alejaban una y otra vez; pero no le fue abierta la puerta ni se le respondió a
sus llamadas. Por los alrededores y con expresión temerosa estaban los indios
de la servidumbre. Se les acercó dándoles conversación y de las palabras que
logró arrancarles coligió que el conde debía de atravesar una crisis aguda de taciturnidad,
acaso racha de demencia periódica, durante la cual, encerrado bajo llave, se le
oía pasearse por toda la casa día y noche. —Canaima en cabeza de racional
–dijéronle los indios–. Racional caminando siempre. Caminando siempre.
Pero a las preguntas respecto de
los misteriosos gritos se miraron unos a otros y nada respondieron. Prestó
atención a los pasos que desde allí se oían y por cuyo ritmo irregular, tan
pronto lento como frenético, podía componerse la figura atormentada del conde
Giaffaro, con sus ojos saltones y el movimiento continuo de su cabeza mecánica,
acaso ya trastornada para siempre por el mal de la selva. Y temió por la suya.
Repasó el Guarampín, pero no se dirigió a la estación, donde sus subalternos
inmediatos entretenían el ocio dominical jugando a las cartas. Mediaba la tarde
y bajo el bochorno reinante, que hacía de plomo la atmósfera saturada de
electricidad, reposaba en silencio de expectación el bosque de árboles
inmóviles. Se internó en él por una vereda ancha, larga y recta. —¿Pa dónde la
lleva, don Marcos? –le preguntó un peón de los que por allí estaban, a la
entrada del sendero, sentados sobre el viejo tronco de un árbol derribado,
cabizbajos hacía rato y sin cruzar palabra. Y como no obtuviese respuesta,
agregó–: No vuelva a ale jarse mucho. Mire que la cosa no está muy buena, por
ahí pa dentro. Algo extraño flotaba, en efecto, dentro del bosque mudo. Una
claridad inusitada, fosforescente casi y al mismo tiempo sombría, que hacía
brillar de una manera singular el verde tierno de los matojos que bordeaban la
vereda, y ésta se abismaba a lo lejos en perspectivas alucinantes. Era absoluta
la ausencia de vida animal por todo aquello y de tal circunstancia provenía la
impresión, habitual en Marcos Vargas, que ya se había apoderado de su espíritu:
la impresión de que por momentos iba a aparecerse ante su vista, brotado de la
soledad misma, en la sugestiva lejanía, algún ser inédito, algo menos o algo
más que hombre, espíritu de la selva encarnado en forma inimaginable, obra de las
formidables potencias que aún no habían agotado la serie de las criaturas
posibles. Esto le había acontecido siempre, especialmente las tardes de los
domingos, ante cualquier paisaje; pero ahora la aberración, en el fondo de la
cual tal vez repercutiera alguna infantil emoción religiosa, además de hallar
la mente propicia, se originaba de causas de cierto modo objetivas; en aquella
bochornosa quietud sentíase la presencia de fuerzas descomunales a punto de
desatarse. De cara al encuentro inminente anduvo tiempo incalculable. Una hora,
quizás dos –la vereda ancha, larga y recta ya se hundía por los dos extremos en
los verdes abismos–, pero, acaso, también sólo algunos minutos; el espacio que
se extendía a sus espaldas bien pudiera no ser sino ilusión producida por la
extraña claridad que ensombrecía la selva. A uno y otro lado se rompía de
pronto el boscaje y causaba vértigo hundir la mirada por entre los innumerables
árboles inmóviles... Le parecía que alguien siseaba, llamándolo, desde allá
dentro. Se detuvo, miró en derredor... Estaba en la encru cijada de dos caminos
igualmente anchos y rectos y ya no supo por cuál de los cuatro debía seguir,
cuál era el que llevaba. Una repentina ausencia de sí mismo lo había dejado ya
a la merced de la selva fascinante... Eligió al azar, abandonándose a la
tremenda delicia con que acababa de rozarlo el temor de extraviarse. La primera
emoción de miedo que llegaba a experimentar. Los abismos del pánico que ya no
atraían. Anduvo otra porción de tiempo incalculable por el espacio sin medida
ni punto de referencia cierta... Algo aleteó en el ámbito mudo. Creyó que
hubiera sido un relámpago precursor de la tormenta inminente y esperó el trueno
con ansiedad insensata; pero la selva continuó sumida en el silencio, ya
espantoso... El aire se hacía irrespirable por momentos... Las mil pupilas
asombradas de la extraña claridad fosforescente lo contemplaban desde cada una
de las hojas de todas las ramas del bosque... Apresuró el paso. Lo acortó en
seguida hasta hacerlo extremadamente lento. Lo sobrecogió de pronto el miedo de
detenerse involuntariamente y para siempre y reanudó la marcha normal,
diciéndose en voz alta: —Todavía no. Luego rió a carcajadas y volvió a decirse:
—¡Pues no he tomado yo en serio lo de convertirme en árbol! Y tornó a mirar en
derredor por dónde se hubiera ido el sonido de su risa, extraviada. Pero no la
descubrió por todo aquello. De pronto se detuvo, cerca de una tarimba,
sorprendiendo una escena monstruosa. Acuclillado fuera del cobertizo, junto a
una piedra donde acababa de afilar su machete, uno de los dos purgüeros que lo
habitaban se disponía a mutilarse el índice de la mano izquierda para librarse
de los dolores lancinantes causados por el gusano alojado en la yema tumefacta
y purulenta. Teníalo apoyado sobre un
leño mientras que la derecha blandía el arma afilada, alzándola y bajándola
repetidas veces, a cada una más cerca del miembro ya sobre el ara del dios
frenético que perturbaba todos los espíritus. Y esta operación la presenciaba
atentamente, impasiblemente, el compañero de tarimba desde la yacija colgante
donde se entregaba al descanso dominical. En torno a ellos la selva antihumana
ensanchaba sus ámbitos para el grito del bárbaro holocaustro.
Se precipitó a impedirlo, pero con
un arrebato colérico que por primera vez se adueñaba de su espíritu. Desarmó la
mano sanguinaria, mas no se dio cuenta de que en la mirada que el purgüero
sorprendido levantó hacia él estaba la demencia irresponsable, y blandiendo a
su vez el machete lo descargó de plano, sin darle descanso, sobre las espaldas
del hombre acuchillado, que allí mismo rodó por tierra retorciéndose de dolor,
aunque sin exhalar un gemido ni formular protesta, y luego arremetió contra el
espectador impasible –que ya propiamente no lo era, sino asombrado ante el
espectáculo de aquella furia que nunca le viera manifestar– y del mismo modo lo
castigó, totalmente fuera de sí, negras como carbones las pupilas que de
ordinario las tenía claras y así se las transformaba la cólera. Y todo esto sin
que se hubiera proferido una palabra bajo el techo de la tarimba. Aún llevaba
en los ojos el negro fulgor de la ira, cuando, lejos ya de la tarimba
solitaria, regresaba por la vereda ancha y recta. Pero ya no brillaba aquella
claridad alucinante. Lívidas tinieblas se deslizaban por el bosque y de los
abismos del silencio lejano surgía un rumor confuso que producía la
perturbadora impresión de una pequeña cosa inmensa. Se detuvo a escuchar, para
cerciorarse de la realidad de tal impresión, que reproducía en la atormentada
vigilia de su espíritu el inaferrable
contenido de una pesadilla de su infancia, singularmente angustiosa, en la cual
se hallara siempre en presencia de algo sumamente pequeño y a la vez inmenso,
sin que nunca acertase a precisar qué era. Pero aquello estaba sucediendo
realmente fuera de sí y comprendió que era la tormenta, que se aproximaba. Y
advirtió que la selva tenía miedo. Los troncos de los árboles se habían
cubierto de palidez espectral ante la tiniebla diurna que avanzaba por entre
ellos y las hojas temblaban en las ramas sin que el aire se moviese. Se sintió
superior a ella, libre ya de su influencia maléfica, ganosa de descomunal pelea
la interna fiera recién desatada en su alma, y así le habló: —Es la tormenta.
Viene contra nosotros dos, pero sólo tú la temes. Se quitó el sombrero y lo
arrojó al monte, se abrió la camisa haciendo saltar los botones, ensanchó el
pecho descubierto, irguió la frente, acompasó el andar a un ritmo de marcha
imperiosa. Luego se descalzó y se desnudó por completo, abandonando a la vera
del camino ancho y verde cuanto pudiese desfigurar al hombre íngrimo contra la
tempestad elemental, y dejando el camino del regreso conocido tiró por la
primera vereda que le salió al paso y se internó por el monte intrincado a la aventura
de la tormenta. Quería encontrar la medida de sí mismo ante la Naturaleza
plena, y de cuanto fue cosa aprendida entre los hombres sólo una llevaba
consigo: las palabras del conde Giaffaro aconsejándole intimidad hermética y
válvula de escape al grito de Canaima. Aumentaba la palidez de los árboles y ya
se estremecían todas sus hojas, sin que aún se moviese el aire. La pequeña cosa
lejana, el sordo mugido de los abismos del silencio, se estaba convirtiendo en
fragorosa inmensidad y se acercaba por instantes... Pero todavía quedaba silencio bajo la fronda angustiada,
un silencio cada vez más denso, de zozobra contenida, mientras aquello avanzaba
cercándolo y apretándolo. Le fundió todo y de golpe el estallido de un rayo,
simultáneos el relámpago deslumbrante y el trueno ensordecedor. Vacilaron las
innumerables columnas, crujieron las verdes cúpulas, se arremolinaron las
lívidas tinieblas, se unieron arriba los bordes del huracán desmelenando la
fronda intrincada, y la vertiginosa espiral penetró en el bosque, levantó una
tromba de hojas secas, giró en derredor del hombre desnudo, silbando, aullando,
ululando y luego se rompió en cien pequeños remolinos que se dispersaron en
todas las direcciones. Y se desgajó el chubasco fragoroso. ¡El agua! Resonaba sobre
el alto follaje el estrépito de las mangas copiosas que se perseguían y se
revolvían de pronto unas contra otras por los opuestos caminos del viento,
doblegando la fronda trenzada. Tamborileaba sobre la mullida hojarasca,
chorreaba por el tronco del árbol, corría hacia los bajumbales, hinchaba los
cangilones, se precipitaba por las torrenteras, bramaba ya en las cañadas,
azotaba recia y caliente el cuerpo del hombre desnudo. —¿Qué hubo? ¿Se es o no
se es? El Marcos Vargas del grito alardoso ante el peligro, del corazón
enardecido ante la fuerza soberana, otra vez como antes gozoso y confiado. ¡El
viento! El huracán bramoroso que barría la fronda desgajando las ramas, la
inmensa guarura del ululato entre el cordaje de los bejucos, el silbido
estridente en el filo de la hoja, el bufido impetuoso contra el matojo
rastrero, el alarido de espanto que estrangulaba la garganta del barranco, la
carrera loca y ciega y torpe, la salida buscada y no hallada, la revuelta
furiosa, la tromba otra vez... Trinca la
garra en torno al árbol, lo sacude con furia implacable, le parte la raíz
soterrada, lo arranca de cuajo y lo derriba contra el resonante suelo... Y el
vuelco sofocante del resuello del mundo encolerizado dentro de los pulmones del
hombre de la cabeza erguida. —¿Qué hubo? Y continuaba avanzando, al huracán, al
huracán, prestada la cabellera flameante.
¡El rayo! La grieta fulgurante del
cielo a través de la fronda desgarrada, el zigzagueo del haz que revienta en el
puño de la ira y se esparce inflamando el espacio anchuroso. El restallar
tableteante de la centella que hiende el árbol desde la copa hasta la raíz, la
siembra del fuego en la tierra que el fluido cegante cava y perfora, el aleteo
gigantesco del relámpago esplendoroso, el tremendo fulgor instantáneo que se
funde con otro y con otro se prolonga vibrante. Y la pupila del hombre
temerario abierta ante el elemento alardoso. ¡El agua y el viento y el rayo y
la selva! Alaridos, bramidos, ululatos, el ronco rugido, el estruendo revuelto.
Las montañas del trueno retumbante desmoronándose en los abismos de la noche
repentina, el relámpago magnífico, la racha enloquecida, el chubasco
estrepitoso, el suelo estremecido por la caída del gigante de la selva, la
inmensa selva lívida allí mismo sorbida por la tiniebla compacta y el pequeño
corazón del hombre, sereno ante las furias trenzadas. —¿Se es o no se es? Las
raíces más profundas de su ser se hundían en suelo tempestuoso, era todavía una
tormenta el choque de sus sangres en sus venas, la más íntima esencia de su
espíritu participaba de la naturaleza de los elementos irascibles y en el
espectáculo imponente que ahora le ofrecía la tierra satánica se hallaba a sí
mismo, hombre cósmiro, desnudo de historia, reintegrado al paso inicial al borde del abismo creador. Era
allí, en lo profundo de su intimidad, donde debía de aparecerse aquel insólito
morador de una tierra sobre la cual todavía se agitaba el torbellino de donde
surgieron el agua, el viento y el rayo. Y ya había aparecido, en efecto, en la
tormenta de la ira que acababa de ennegrecerle las pupilas. ¡Ira, cólera!...
¡Eso tenía que ser él contra la iniquidad que no permitía el optimismo en el
corazón generoso! La lluvia le azotaba el rostro, todo su cuerpo era rompiente
contra la cual se estrellaba la oleada de la racha, el huracán venía a colmarle
los pulmones con el aliento del mundo embravecido y el relámpago le ponía
instantánea vestidura magnífica. Lo acercaba el rayo dándole a respirar
espíritu de aire y envolviéndolo en el aura enardecedora de su fluido y en la
apoteosis de su fragor ingente caían en torno suyo los árboles que tuvieron la
raíz podrida o menguada, pero sobre el retemblar del suelo desgarrado se
asentaban acompasadamente sus plantas firmes. Era el morador señero de un mundo
sacudido por las convulsiones del parto de los abismos creadores y un robusto
orgullo de pleno hallazgo propio lo hacía lanzar su voz ingenua entre el clamor
grandioso. —¡Aquí va Marcos Vargas! Ululatos, estallidos, estampidos.
Empalidecía rugiente la enorme bestia negra al restallar el látigo fulgurante
que le azotaba los flancos. La selva alevosa que mató a Encarnación Damesano en
la hora mejor de su alma, la selva embrujadora que había puesto el arma filuda
en la diestra del hombre acosado para que se mutilara. !Cómo resplandecía ahora
el arma blandida por el brazo vengador de la tormenta!... Así le había
castigado a él, no a los hombres de la tarimba solitaria, sino al espíritu de
la selva perdicionera que se había apoderado de ellos... Ge midos, crujidos, el
relámpago imponente, el viento bramador. Vaciló el tronco de un palodehacha,
que estuvo cien años creciendo para asomarse, otros ciento, por encima de las
copas más altas, haz de columnas trenzadas por recios bejucos. Cayó con
formidable estruendo. Saltó por encima del gigante vencido y prosiguió su
camino, despacio, por la vereda ancha y recta que le iluminaba la tormenta.
Pero la vereda se detuvo, de pronto, contra el bosque intrincado a tiempo que
la tempestad redoblaba su furor, retorciendo los árboles, ululante, bramorosa,
un rayo tras otro, un solo relámpago inmenso. ¿Revolverse? ¿Esperar? El abrigo
del macizo de árboles era casi muerte segura y en el descampado abierto por los
que ya habían caído, la furia del viento y la violencia del chubasco ya se
habían vuelto insoportables... Se confió a su suerte ineludible y se guareció
bajo el amplio ramaje de una mora gigante que se destacaba del macizo. Pero el
huracán se le echó encima para asfixiarlo y desalojarlo del cobijo que lo
protegía del chubasco, y él dándole la espalda y el viento buscándole el
rostro, estuvieron largo rato rodeando el árbol del tronco inconmovible,
grueso, ancho como un muro. Aullaba la negra jauría acosando al hombre vestido
de luz de centellas, y del corazón sereno y gozoso ya se apoderaba la rabia
insensata. Pero al cambiar de sitio, para ofrecerle temerariamente el rostro a
la racha irrespirable, pisó algo blando que rebulló y gimió. Se inclinó hacia
ello. Era un mono araguato, párvulo, aterido, ya sin instinto arisco, toda
espanto el alma elemental. Se dejó apresar y se acurrucó lloriqueante,
tembloroso, contra el pecho del hombre que lo levantó en sus brazos. —¡Hola,
pariente! –exclamó Marcos Vargas–. ¿Qué te pasó? ¿Te tumbaron el dormidero? ¿Y tu gente qué se
ha hecho? ¿Por qué te dejaron solo? A la luz de los relámpagos la mirada de la
pequeña bestia, correspondiendo a la sonrisa del hombre, se humanizaba
demostrando agradecimiento por el amparo del pecho fuerte y la caricia de la
palabra amiga para su miedo y su extravío. Y así estuvieron largo rato el
hombre y la bestia ante la Naturaleza embravecida. Frente a ellos, en un claro
del bosque barrido por la tormenta, se alzaba señero un caracali. Un árbol
soberbio, robusto, frondoso, erguido, hechura de sol pleno, con ancha y honda tierra
en torno para sus raíces. Era allí el centro de la tormenta, la presa más
codiciable que se disputaban los elementos desencadenados. Una tras otra, las
copiosas mangas de agua reventaban contra aquella selva de ramas vigorosas, el
huracán lo cercaba retorciéndoselas, pero en el robusto cuello fracasaba el
esfuerzo de la garra trincada y el relámpago iluminaba la lucha titánica. Se
debatía el gigante desmelenado, bramaba comunicándole al suelo el temblor de su
cólera. El rayo se le acercaba por momentos, pero no se atrevía a fulminarlo.
Era hermosa aquella criatura predilecta de la tierra, y ante la soberana
belleza el tajo de la espada flamígera se convertía todo en luz para hacerla
resplandecer. Fue recia y larga la lucha y en ella se fatigaron los elementos.
Ya amainaban las furias. Los rayos comenzaban a ser menos frecuentes y entre el
relámpago y el trueno había ya intervalos cada vez más largos. Cedía la
violencia de la lluvia, menos impetuosas y más distanciadas las mangas que se
deshacían contra el follaje del caracalí, y el huracán había encontrado por fin
un camino y por allí empezaba a retirarse, satisfecho del estrago causado,
inclinando toda la fronda bajo su paso. —Ya de ésta como que nos libramos,
pariente –decía Marcos Vargas acariciando al mono–. ¿Es la primera tormenta que
presencias? ¿Te quedan ganas para otra? El animalito temblaba y se acurrucaba
más buscando el calor del pecho amigo y Marcos Vargas experimentó que era
bueno, después de haberse hallado a sí mismo, fuerte en la tempestad de las
iras satánicas, encontrarse también protector de la bondad sencilla, en la
ternura generosa. Ya se alejaba la tormenta. El trueno mugía cansado, la lluvia
caía mansa, el viento suspiraba. Ya reposaba el árbol señero, dolorido de
huracán, pero todavía erguido, y por las innumerables veredas de la selva
castigada, el silencio volvía sobre sus pasos a sus habituales cobijos,
confiadamente... Ya cantaba el tucuso montañero.
XV
Un alma en delirio
Con la prisión del general Miguel Ardavín,
llevada a cabo mediante oficios de Judas, que a las autoridades que habrían de
practicarla les prestó José Francisco, había recibido golpe de muerte el
cacicazgo tradicional. Tres meses y pico habían transcurrido de esto y aún no
había visto el primo traidor la alta recompensa a que aspirara, pues si
disfrutaba de libertad, postergado o definitivamente abandonado el
esclarecimiento del crimen de San Félix, de que fue víctima Manuel Ladera, y si
aún usufructuaba su parte del feudo, con apoyo y com plicidad de las
autoridades que habían sustituido a las afectas al ardavinismo, era evidente
que su suerte ya estaba echada, que su estrella declinaba sin haber culminado
nunca; en el gobierno de la región ya no lograría cabida y los amigos que antes
lo rodeaban –como por su parte también los de Miguel– se habían pasado al campo
contrario y desde allí lo miraban por encima de los hombros. Confrontando esta
triste rea– lidad con los sueños de grandeza que tres meses antes había
acariciado imaginándose ya a Miguel muerto y reemplazado por él en la hegemonía
política de la región, asaltábanlo crisis frecuentes de rabia sombría y se
entregaba, casi a diario, a sus borracheras tempestuosas. Ya ni la
"Juanifacia" lo acompañaba. Encumbrada con lo que junto a él se lucró
de los descuidos de la cartera atestada de billetes durante la inconsciencia
alcohólica, vivía ahora la mulata a la vera de su antiguo camino, como
propietaria y hábil administradora de cierta casa discretamente situada en las
afueras de Upata, con buenas bebidas, aceptable comida, que ella misma guisaba
para sus clientes distinguidos, y una pianola para el esparcimiento del baile.
Invariablemente, lo primero que se le ocurría a José Francisco Ardavín al
emborracharse, era acudir con sus cuitas por el amor de la "Juanifacia";
pero como ya ella nada quería con él, las entrevistas adquirían las
proporciones de lo trágico dentro de lo grotesco. —¡Yo soy muy desgraciado!
–exclamaba el borracho.
—¡Qué me cuentas, chico! Si yo
siempre te dije que tú eras un desgraciao. Bien sabía la mulata, por instinto y
por experiencia, que era este tratamiento insultante, más que su amor, lo que
venía buscando Ardavín; pero no le negaba el
sádico placer, pues ella también lo disfrutaba intenso al verlo
humillado, hasta el extremo de arrodillarse ante ella, varias veces, pidiéndole
que lo abofetease. Sin embargo, aún no se había atrevido a tanto, pues en su
alma quedaban vestigios de respeto humano y esta porción incorrupta se rebelaba
asqueada ante aquel espectáculo. —¡No seas cruel, negra! –gemía José Francisco,
apurando su miseria moral–. Mira que tú eres lo único que me va a quedar en la
vida, de un momento a otro. —Pues ya te veo íngrimo y solo, chico. Desde ahora
te lo advierto. Yo no soy como el perro que se devuelve a lambusiá lo que ha
vomitao. Y un día, con acento de infortunio sincero: —¿Serías capaz,
Juanifacia, de dejarme tirado por los caminos cuando me suceda lo que vengo
presintiendo? —¿Otra visión? ¡Barajo con
el hombrecito y su aguardiente! —¡La
misma de siempre, pero bajo otra forma: otro José Francisco Ardavín que viene
siguiéndome los pasos! —¿No te habrás
equivocao de nombre? ¿No será que Miguel se ha muerto en la cárcel donde tú
ayudaste a que lo metieran? —¡En la
cárcel! –exclamó José Francisco, ya delirando–. Miguel murió en la pelea de El
Caujaral. —¡Hum! ¿Qué Caujaral y qué pelea son ésas? —Allí se trocaron los papeles, Juanifacia. El
Caujaral fue de José Francisco Ardavín, a quien ya pueden quitárselo todo, que
siempre le quedará eso. Él iba entre el plomo, dando una carga y al pasar
frente a un rancho en medio del campo de batalla, vio que adentro estaba Miguel
–!y que dirigiendo la pelea!– y le gritó, a voz en cuello–: ¡Así no se pelea,
cobarde! —Bueno, chico. Supongamos que
to eso haiga sucedío, pero no me formes
ese escándalo, porque esto no es El Caujaral. Y acaba de regresá de esa carga
pa que te tomes una taza de café y te vuelvas por donde has venío.
De regreso era la alucinación que
ahora lo perseguía. Durante muchas noches de insomnio se había librado en su
espíritu aquella batalla donde él eclipsaba el prestigio militar del primo,
salvando la angustiosa situación con su carga impetuosa a la cabeza de un
pelotón de caballería que rompía y destrozaba las filas enemigas, mientras
Miguel, temblando de miedo, lo contemplaba con asombro y luego abandonaba el
campo de su ocaso inesperado antes de que él regresase de la carga con la
victoria en el anca de su caballo. De allá venía el fantasma temerario, el José
Francisco Ardavín del valor pasmoso; pero el camino del retorno era
interminable en la ilusión de las dianas triunfales que saludaban su paso por
la imaginaria llanura de El Caujaral... Avanzaba por momentos, ya estaba cerca,
ya iba a confundirse de nuevo con el José Francisco verdadero, como las imágenes
desdobladas por la embriaguez, que se alejan y vuelven a reunirse; pero la
voluntad de ficción lo restituía al punto de partida, al momento inicial de la
carga estrepitosa y entre el ir y volver y nunca llegar el fantasma perdía los
contactos vitales y a la intemperie del prolongado engaño se iba convirtiendo
en sombra muerta. Pero así como sucede con las imágenes desdobladas por la
embriaguez, que se separan una de otra, danzan en el espacio, vuelven a
integrarse y a duplicarse sin que ya se pueda determinar cuál es la verdadera y
cuál la ilusoria, así le acontecía con su alma en delirio, que por momentos no
sabia si la llevaba en su cuerpo o si flotaba en la sombra del fantasma, de
donde le ocurrían aquellos presentimientos de que le hablara a la Juanifacia,
de verse tirado por los caminos, puro
cuerpo errante. Y para aturdirse se entregaba más y más a las borracheras
tempestuosas. Luego, pasadas éstas y sin memoria alguna de tales delirios, pero
como si de ellos irradiasen reforzadas energías vitales –invisibles carbones en
la oscuridad donde fueron brasas– sobrevenía la euforia de una exagerada noción
de sí mismo, y sintiéndose en el apogeo del predominio, eje de la vida política
de la región, se dejaba arrullar al sueño de grandeza con las desvergonzadas
alabanzas de los aduladores que todavía le quedaban, remunerándoselas con tan
desenfrenada liberalidad que esto solo, a durar mucho, pronto lo arruinaría.
Pero no podía durar mucho tal obnubilamiento eufórico, porque la sustitución
política se practicaba a fondo, hasta los cimientos económicos del cacicazgo, y
hoy una y mañana otra, ya todas las regalías del segundón comenzaban a pasar a
las manos que habían "volteado la tortilla", y, por otra parte, los
perjudicados por los atropellos de antes encontraban ahora expedita la vía
legal de las reclamaciones y una nube de demandas se cernía ya sobre su
peculio. Sobrevenía el enervamiento rabioso y comenzaban a encenderse otra vez
las brasas del delirio, cuyo primer destello, invariablemente, era el recuerdo
de Maigualida –personificación de cuanto hubiese podido lograr el José
Francisco Ardavín que hubiera sido otro hombre–, el resquemor de su
menosprecio, la horrible mezcla del buen amor y de la furia asesina. Allí mismo
se ponía en movimiento el ciclo, de giro cada vez más frenético: la batalla de
El Caujaral, mixtificación de la cobarde traición inútil que le hizo al primo,
la avidez de alcohol, el terror persecutorio y desde la primera copa la
obsesión del amor de la Juanifacia, el morboso apetito de la humillación ante
la criatura más ruin que pudiese
menospreciarlo. Luego la inconsciencia absoluta de la embriaguez bestial, el
remanso negro.
De regreso
Se retiraron las lluvias, terminó la
explotación del purguo, abandonaron los hombres la selva y regresaron a las
ciudades: por El Miamo hacia Upata y Guasipati; por El Dorado y Suasúa hacia
Tumeremo. Se liquidaron las cuentas. Bajaron en silencio la cabeza y se
rascaron las greñas piojosas los peones que no traían sino deudas; cobraron sus
haberes los que habían sido más laboriosos y prudentes o más afortunados; de
allí salieron a gastarlos en horas de parranda y al cabo todos regresaron a sus
ranchos encogiendo los hombros y diciéndose que el año siguiente sacarían más
goma, ganarían más dinero y no volverían a despilfarrarlo. Pero ya todos, de
una manera o de otra, arrastraban la cadena del "avance", al extremo
de la cual estaba trincada la garra del empresario. Las cuentas de Marcos
Vargas fueron claras y copiosas. Nunca se había sacado en el Guarampín tanta
goma, ni jamás se había dado el caso de que todos los peones trajesen haberes,
pues si las deudas esclavizaban al bracero –y ello entraba en los cálculos de
la empresa– siempre eran cifras que el capitalista tenía que arrojar a pérdidas
para sanear sus ganancias. Pero ni las rindió con alegría ni así tampoco le
fueron recibidas. Las noticias de su casa que allí había encontrado no eran
tranquilizadoras. Cartas de sus hermanas –llegadas días antes al almacén de
Vellorini, cuando ya él venía de regreso del Guarampíndecíanle que su madre no
andaba bien de salud, algo del corazón
según los médicos que la habían visto. Noticia que le daban
advirtiéndole que doña Herminia no quería que se lo participaran, para que no
fuera a alarmarse sin necesidad ni motivo. Entre comillas venían estas cuatro
últimas palabras en una de las cartas y en ambas sentíase la materna consigna
de absoluta reserva en cuanto a los sentimientos que allá hubiera producido el
mal suceso que tres meses antes había mancillado un nombre hasta allí sin
ejecutorias de violencia y respecto al cual, a su vez, había sido absoluto su
silencio. De doña Herminia también recibió otra –que siendo indudablemente la
primera que le escribía en aquellos tres meses, empezaba: "Después de mi
anterior, que no era para ser contestada..." –extensa, minuciosas noticias
de todo lo ocurrido en Ciudad Bolívar en aquel espacio de tiempo salpicada de
chistes y de malicias para hacerlo reír, sumamente hábil en nada contar de sí
misma, ni de su enfermedad, ni de la pena moral que se la causara, ni de su
resentimiento por el ingrato silencio que él había querido guardar para con
ella, cuando más íntima esperaba la comunicación espiritual. Una carta que
rezumaba amargura cuanto en apariencia despreocupada y alegre. Reconoció que se
lo merecía, vio venir lo inevitable y desabridamente pasó a entregar sus
cuentas. Pero en la casa de Vellorini Hermanos ya no era don José quien los
recibía. Aquella tez amarilla y quebrantada, aquel humor gruñón y aquellos
sofocos de rabieta que de manera tan singular lo habían caracterizado provenían
de su vesícula biliar, que hacía tiempo no funcionaba bien. Para curársela
acaso le habría convenido el viaje a Europa dispuesto por Francisco; pero se
había apegado tanto a la tierra adoptiva, que por no abandonarla, ni
temporalmente siquiera, se puso hipocondríaco, se le atravesó la bilis, cogió
cama, se despidió del gato negro de los
ojos verdes y se quedó allí para siempre. Ahora, en la casa de Tumeremo los
empleados vivían echándolo de menos, con todo y sus rabietas, y esmerándose por
hacerle sus cariñosas veces al gato huérfano que por el escritorio desierto
paseaba maullando su tristeza. Y los clientes, que ya no tenían a quién acudir
para solicitar favores o consideraciones de la firma, al entrar en la tienda
echaban una mirada hacia aquel escritorio, y si por allí no estaba el gato,
invariablemente preguntaban: —¿Y Pepitín? Porque era bonísimo Vellorini
"el malo". A don Francisco ya se le habían quitado para siempre todas
las ganas de chirigotas y fue él quien recibió las cuentas de Marcos Vargas, al
cabo de las cuales díjole: —¡Bueno, muchacho! Te has portado como era de
esperarse. La bondad tiene ojos sabios y mi excelente hermano no podía
equivocarse respecto a ti. Todo ha resultado como él lo previó y he de decirte
que ya para morir te me recomendó muy especialmente. Y con eso te digo todo.
Pero Francisco Vellorini no era un sentimental –el dinero no suele quererlos y
él siempre había hecho buenas migas con el dinero. Su amor al hermano fue
extremoso; la falta que ahora le hacía sería irreparable, no sólo al frente de
la casa de Tumeremo, sino junto a su corazón, y a su memoria siempre le rendiría
culto; pero de todas las recomendaciones que le hubiera hecho no podía hacer
caso, porque él no confundía los sentimientos con los intereses o las
conveniencias, ni mucho menos subordinaba éstas a aquéllos. José había llegado
hasta decirle: —Marcos Vargas es un mozo de buenas condiciones. Será un
excelente marido para tu muchachita. Pero aquí ya Francisco no opinaba que la bondad tuviese ojos sabios. De
una manera general, para sus hijas no quería maridos criollos. Las dos mayores
ya habían elegido sus futuros allá en Francia y allá también debía elegir la
Bordona. Y, por otra parte, sin regatearle méritos a Marcos Vargas, siempre
éste era ya un hombre que tenía una mancha de homicidio y él deseaba para
Aracelis un marido de historia limpia. Y en seguida pasó a poner las cosas en
sus respectivos sitios: los sentimientos aparte de las conveniencias. Él
decidía por encima de ellas y la cosa resultaba de todos modos. —Bien –díjole a
Marcos–. Has ganado buen dinero y yo lo celebro infinito, porque con él vas a
llevarte la alegría de tu madre, bienestar muy merecido. Te advierto que estás
ya relevado del compromiso con la viuda del compadre Ladera por el valor de los
carros, pues de acuerdo con ella incorporé esa cantidad en el monto de la
reclamación que ante los tribunales competentes he entablado contra José
Francisco Ardavín, por el valor de los carros destruidos, de las bestias
muertas y robadas y de las mercancías saqueadas. La demanda prospera y Ardavín
tendrá que pagar.
—Pues ha procedido usted mal al
incorporar lo mío a lo suyo. —¡Aguarda, aguarda! Ya sé por dónde vienes. La
demanda no ha sido por daños solamente, sino también por perjuicios. Y de ahí
habrá una buena tajada para ti. —No se trata de eso, don Francisco –reiteró
Marcos–. Sino de que lo mío he de cobrarlo yo a la medida de mi gusto. Por otra
parte, no me explico cómo haya podido usted entablar una demanda por cosa que
no le pertenece. —Voy a explicártelo. Como tú no habías cumplido el compromiso
de pago y por lo tanto, realmente no eran todavía tuyos los carros, y con el
buen deseo, tanto mío como de la viuda Ladera, de sacarte un provecho mayor que el que tú habrías podido
lograr por tu propia cuenta, ya que yo pesaba un poquito más que tú en la
balanza de las influencias políticas, convinimos María y yo, de acuerdo con
nuestro abogado, en que fuera ella, representándola yo en mi carácter de
apoderado, quien entablara la demanda, contando desde luego con que tú no te
opondrías. —Pues ya ve que sí me opondré. No por la cuantía de los perjuicios
que ustedes hayan estipulado sin consultarme, sino... —Sí, sí –atajó
Vellorini–. Ya comprendo. Mejor dicho: no lo comprendo, pues ya no es José
Francisco Ardavín persona con quien valga la pena medirse de quien a quien.
¡Pero, en fin! Ya habrá tiempo para seguir ventilando este asunto. Desde luego
aplaudo tu determinación de asumir la responsabilidad que te incumbe respecto
al compromiso contraído por la compra de esos carros. Negocios son negocios y
para el hombre de honor la palabra empeñada es sagrada. Y por juzgarte así, y
ya que de negocios estamos tratando, tengo algo que proponerte y que espero sea
de tu agrado, pues de tu conveniencia no dudo que lo será. Diciendo esto
–mientras Marcos se había quedado pensando en que realmente ya no tenían razón
de ser escrúpulos de hombría respecto a Ardavín– Francisco Vellorini pisaba ya
el terreno donde debían quedar los sentimientos aparte de las conveniencias. Y
así prosiguió: —No es necesario que te diga que la muerte de José ha sido para
mí una verdadera catástrofe, tanto en lo moral como en lo material, pues él era
el alma de este negocio. Pero hay que continuar la vida, reponiendo las filas
destrozadas para seguir la batalla. La mujer y las hijitas me aconsejan que
liquide la firma, me retire de los negocios y nos vayamos a Europa a disfrutar
de lo que, a Dios gracias, tenemos. Quisiera
complacerlas, pero al mismo tiempo deseo batallar un poco más. Tal vez
cierre esta casa y me quede solamente con la de Upata, dejando aquí una oficina
al frente del negocio del purguo y de las minitas de oro que tengo por ahí;
para eso necesito una persona de toda mi confianza. No me faltan, a la verdad,
pues entre los parientes de mi mujer, todos muy honrados y muy competentes,
podría elegir a ojos cerrados; pero ya que he tenido la desgracia de perder a
mi hermano, no quiero hacer negocios de ningún género con nadie a quien me
unan, o puedan unirme en lo futuro, nexos de familia. Dijo esto último
recalcando las palabras, hizo una breve pausa y luego continuó: —Y como tú
puedes aceptar esta cláusula, primera y principalísima de nuestro contrato
mercantil, y eres además la persona idónea y honrada que necesito, siendo muy
ventajoso el negocio que voy a proponerte... —No continúe, don Francisco –atajó
Marcos, poniéndose de pie–. Se ha equivocado usted de medio a medio conmigo, y
lo peor es que ya van dos veces que incurre en esa torpeza. Su fortuna puede
ser muy grande y bien habida toda ella, si hasta allá se quiere llegar; pero no
le alcanzará para comprar a Marcos Vargas. —¡Hombre! –exclamó Vellorini,
comprendiendo ya que la combinación no se daría, pero pensando en que el
resultado final correspondería a sus deseos–. ¿En qué he podido ofenderte? —No pregunte lo que ya sabe –repúsole Marcos,
quien, en comenzando ya no se detenía–. Usted será zorro viejo, pero para
engatusarme a mí tiene que aprender algo todavía. Guárdese ese ventajoso
negocio que quiere proponerme, con cláusula y todo. ¡Y guárdese también de
atravesárseme en el camino! —¡Vamos!
¡Vamos! Continúo sin entender palabra –fingió don Francisco. —Es muy posible,
porque generalmente los hombres que hacen dinero no son los más inteligentes.
Pero vamos a ver si me explico mejor: podría ser que a mí no me interesara su
hija tanto como usted se imagina; esto no puede comprenderlo fácilmente un
hombre de negocios; pero si usted se me atraviesa en el camino, ya sería caso
de un hombre contra otro y la cosa variaría de especie. ¿Que le queda a usted
el recurso de llevarse de por aquí a la muchacha, como ya lo pensó otra
vez? —¡Hombre! Tanto entonces como
ahora, más que el recurso lo que tengo es el derecho.
—Llámelo como quiera. Pero es que
de entonces acá ha llovido mucho, musiú Vellorini, y donde antes no nacía
hierba ahora crece monte tupido. ¡Y ya debe saber usted cómo hay que
rehenderlo! —¡Vamos! Ya es demasiado,
Marcos. ¿Vas a cazar la pelea con un viejo como yo? —¡También es verdad! Acabe de entregarme lo
que me corresponde, para cortar de una vez esta conversación. Y de ella sacó
Francisco Vellorini estas reflexiones que quedó haciéndose: que Marcos Vargas
podría no estar realmente enamorado de Aracelis; que de todos modos convenía
apresurar el proyecto de abandonar el país, pero que entretanto lo prudente
sería no atizar más aquella fogarada de hombría que acababa de presenciar. El
Marcos Vargas que había regresado del Guarampín ya no era el de antes.
El derrumbamiento
La sastrería que con dinero prestado por José
Vellorini había puesto Arteaguita se denominaba "La Tijera de Oro", y
bajo esta designación, de una vulgaridad in concebible en sastre ingenioso,
leíase, en la muestra sobre la puerta, esta advertencia singular: "Se
garantiza que el sastre no se come el trazo". Pero con esto ¿qué habría
querido decir Arteaguita? ¿Que su tijera no se salía de la línea trazada en el
diseño del corte? Esto era lo que entendía el vulgo y ya parecía chis... Pero
¡no! O por lo menos no solamente eso quería decir la leyenda. El trazo a que se
refería Arteaguita no era el del jabón de sastre sobre la tela, sino la línea
inflexible del destino –de su destino de sastre–, de la cual había intentado
salirse en busca de fortuna rápida por los rumbos de la aventura... No llegó a
lograrlo, no se atrevió a dar el primer paso, tuvo miedo, o mejor dicho: no lo
abandonó el que siempre había tenido, y en la advertencia que pasaba por
chistosa estaba sintetizado el drama interior de Arteaguita.
Pero le atrajo clientela y allí
estaba, ganándose la vida y hasta haciendo ahorros para casarse, porque se
había enamorado de una muchacha de Tumeremo que no era mal parecida. Ahora, con
el regreso de los rotos y descosidos, semidesnudos purgüeros, no se daría
abasto para el trabajo que le caería. Y para que Marcos Vargas le refiriese
cómo era aquello que él no se había decidido a experimentar por sí propio. Pero
lo que Marcos Vargas traía de la selva no era para narrarlo. Sus experiencias
de allá se habían fundido todas en la emoción de la tormenta, la más intensa y
plena emoción de sí mismo que jamás había sentido, y esto ni cabía en la
memoria ni podía serle comunicado a otro. Por otra parte, contar, allí en el
pueblo y sobre todo en presencia de un sastre, que se había desnudado para
mezclarse con los elementos, uno más entre los que compusieron la maravillosa
armonía de la tempestad, habría sido
exponerse al ridículo. Arteaguita no hubiera podido reprimir el pensamiento que
le habría sugerido su conveniencia profesional: un traje más por hacer –y era
posible que hubiese interrumpido el relato para proponerle que se dejase tomar
las medidas... De todos modos, de aquello no había que hablar: él mismo no
estaba muy seguro de cuanto allí sucedió. Sabía solamente que allí había
recibido su vida un impulso que lo desplazaba de su trayectoria. ¿Hacia cuáles
otras?... Conservaba la impresión de haberlo sabido en aquel momento; pero
ahora le era imposible reproducir aquel estado de intuición profunda y certera.
Todo lo más, dábase cuenta de que ahora menos que nunca le servirían las
medidas de los demás, ni ya tampoco las antiguas propias... Y esta reiterada
ocurrencia de medidas le venía de un poco de fiebre y de que Arteaguita se le
había plantado por delante con la cinta métrica al cuello, al sacerdotal uso de
la estola. —Sí –convino Arteaguita–. En los ojos se te ve que tienes fiebre.
Pero ¿qué estás diciendo de irte a la posada? Aquí en casa estarás más cómodo,
o por lo menos más tranquilo y ya te he preparado una habitación. Tengo además
una cocinera que no es del todo mala y ya las gallinas están cacareando dentro
de la olla. Espero que no me las despreciarás. Sonrió a lo que de chistoso
tuvieran las palabras de Arteaguita y aceptó el hospedaje que le brindaba, más
apacible y seguramente más confortable que el de la posada donde se alojaba la
plana mayor de la tropa purgüera, gente cuya conversación ya no le interesaba y
cuyo trato quería evitar. Al amanecer del día siguiente saldría para Ciudad
Bolívar y necesitaba descansar sin ser molestado. Se metió en el chinchorro que
le tenía destinado Arteaguita, y así que éste lo dejó solo púsose a releer la
carta de la madre, des pués de lo cual se quedó con la vista fija en una de las
vigas del techo, con esa atonía mental con que se esperan los acontecimientos
decisivos que ya han echado a andar. Y ésa fue, precisamente, la hora que
eligió José Francisco Ardavín para salir al encuentro de lo que a él le estaba
destinado. Salió de "Yagrumalito", donde ya había recibido las
cuentas, bastante menoscabadas, de su empresa balatera del Cuyubini y llegó a
Tumeremo ya entrada la noche, cuando estaba en su apogeo el regocijo alcohólico
del regreso de los purgüeros. Mandó descorchar champaña para él y sus
acompañantes y poco después ya se le había desatado la borrachera tempestuosa.
Pero esta vez era de mar de fondo la tormenta. No las habituales baladronadas
aparatosas, que por lo demás ya a nadie inquietaban, sino una verbosidad
reveladora de profunda excitación cerebral, sin las acostumbradas chocarrerías
al gusto plebeyo, antes por el contrario con cierta distinción y hasta
elegancia de pensamiento y de expresión que no se le conocían y que a él mismo
parecían producirle sorpresa de hallazgos espirituales insospechados. Por
momentos se destemplaba, alzaba demasiado la voz, se le escapaban incoherencias
o se estremecía sacudido por repeluznos involuntarios, pero en seguida lograba
recuperarse, aunque mediante un esfuerzo anímico que se le hacía visible en la
contracción de los músculos faciales y en la palidez que le relampagueaba en el
rostro, y luego volvía a la conversación animada y fina. Sin embargo, sus
compañeros, extrañados, cruzaban entre sí miradas de inquietud, pues aquella
agradable espiritualidad hacía pensar en esa misteriosa llamarada de lucidez
que, irrumpiendo de pronto del coma agónico, precede y anuncia el apagamiento
definitivo de la muerte. Y esta impresión fue corroborada por la que les
produjeron las palabras con que Ardavín,
poniéndose de pie a lo más espiritual de su charla, se despidió de ellos:
—Bueno, compañeros. Les agradezco infinitamente que hayan estado conmigo en
estos momentos. No les digo que se lo agradeceré siempre, porque esta palabra,
dicha por mí, quizá no tenga ya sentido alguno. Yo me despido de ustedes. No me
pregunten para dónde. ¿Volveré? ¿No volveré? ¿Regresaré sin volver,
propiamente? ¡No lo sé! Lo cierto es que me separo deliberadamente de ustedes,
pidiéndoles palabra de que no se me acercarán, véanme donde me vean y como me
vean. ¿Prometido? No se atrevieron a decirle que no le conocían aquella forma
de borrachera. En José Francisco Ardavín había en aquel momento algo que
inspiraba respeto; pero respondieron, con reservas mentales de "seguirle
la corriente". Por lo demás, a ninguno de sus amigos le interesaba ya
continuar acompañándolo. Se separó de ellos. Atravesó la plaza. Caminaba
erguido y con paso firme. Después dijeron algunos que lo habían visto llevarse
el pañuelo a los ojos, pero que entonces esto no les llamó la atención. Nadie
estuvo junto con José Francisco Ardavín en la hora viva de su alma, ya al borde
de su abismo final. Había cine aquella noche y allí volvieron a verlo sus
compañeros de hacía rato; pero no se le reunieron. Sabían que había continuado
bebiendo, a solas, mas no se le descubría que estuviese borracho. Estaba solo
en medio de la concurrencia. Comenzó la función. Era al aire libre, en un corral.
Pasaban una película de serie de esas del triángulo consabido: el bueno, el
malo y la víctima, que naturalmente era una muchacha, amada por el primero y
deseada por el segundo. El malo acababa de cometer una de las suyas y se
retiraba satisfecho e impune. Pero José Francisco Ardavín sacó el revólver y lo acribilló a
balazos en la pantalla. Se produjo la alarma; otros revólveres salieron de las
cananas a las manos previsoras, se interrumpió el espectáculo y dos policías
acudieron a sacar al causante del alboroto. Pero él les dijo, serenamente: —No
se preocupen. Ya me voy. Ya le di su merecido a ese bandido. —Está borracho
–comentaron unos. Y esto era lo que tenían que pensar todos. Nadie podía
imaginarse un rapto de indignación justiciera en el alma de José Francisco
Ardavín. Había ido a Tumeremo con el único y firme propósito de desafiar a
Marcos Vargas, de medirse con él cara a cara. Marcos Vargas había llevado a
cabo lo que él no se atrevió a intentar: la muerte de Cholo Parima. Debido a
esto se había librado del peligro que corría por su complicidad en el asesinato
de Manuel Ladera; pero no podía agradecerle a Marcos Vargas que hubiera
silenciado la voz que habría podido acusarlo, pues al proceder así demostró un
valor de hombre macho que a él le faltó por completo y en ocasión más propicia.
En el fondo de sus tempestuosos sentimientos no lo odiaba, antes por el
contrario había allí un vehemente impulso hacia la simpatía e incluso tuvo
momentos de generosa admiración; pero Marcos Vargas era una medida de plenitud
humana –tal como la entendía y podía entenderla un José Francisco Ardavín– y él
necesitaba emparejársele superando de una vez por todas y de manera positiva la
miseria moral de su cobardía. Ya no lo defendía el aparato de bravura a la sombra
del prestigio político y ahora era imprescindible que se demostrase a sí mismo
que era un valiente. Pero Marcos Vargas no apareció por donde esperaba
encontrárselo, no se dejó ver –díjose Ar davín– y ya esto fue suficiente para
que el espíritu de mixtificación se apoderase de él: Marcos Vargas le temía y
por eso se ocultaba. Iría a sacarlo de donde se hubiera escondido. La policía
le había quitado el revólver, pero ya se había procurado otro, de uno de los
peones purgüeros con quienes acabó de emborracharse en aquella misma taberna
donde cayó Cholo Parima. La casa donde tenía Arteaguita su tienda y su
habitación –ya le habían dicho que allí estaba Marcos Vargas– tenía un corral
que daba a campo abierto, apenas cercado por palizadas, que era fácil de trasponer,
y por un boquete de ellas, al abrigo de la oscuridad, ya pasada la medianoche,
penetró José Francisco Ardavín. Revólver empuñado en la diestra, el índice en
el gatillo y con una linterna sorda en la otra mano dispuesta para encenderla
cuando fuere menester, atravesó el corral y llegó hasta el comedor de la casa,
a todo lo ancho de ésta, frente al patio. Su corazón palpitaba aceleradamente,
pero su voluntad se mantenía firme en el propósito. Respecto de esto no sabía
ya si era el de asesinar a Marcos Vargas, sorprendiéndolo dormido, o el de
despertarlo y desafiarlo, hombre a hombre. Daba por sabido que era esto último
lo que iba a hacer y avanzaba sintiéndose asistido de todo el valor necesario.
La casa estaba sumida en silencio absoluto. En el patio brillaba el tranquilo
fulgor mortecino de la luna menguada... Pero sobre la mesa del comedor había
una pimpina, llena de agua fresca seguramente. Al verla sintió que llevaba sed.
Detúvose a aplacarla, y satisfecha esta necesidad, se le hizo consciente otra,
no menos imperiosa: sintió que iba cansado, ya que no podía tenerse en pie. Se
sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa, puso sobre ésta el revólver y la linterna, lanzó un resuello de
alivio y ya abandonado al apremio de las sensaciones físicas, apoyó los brazos
sobre la mesa y sobre ellos reclinó la cabeza atormentada de borrachera y de
sueño.
De pronto despertó sobresaltado por
el ruido de una manotada sobre la mesa. Era Marcos Vargas, que ni siquiera
había creído prudente apoderarse de su revólver. Pero al despertar ya no le
acompañaba el valor que lo había llevado hasta allí, se le había derrumbado del
todo y de golpe en el abismo de la cobardía irremediable. Saltó del asiento y
se dio a la fuga definitiva. La pimpina vacía y mal colocada rodó por la mesa y
se estrelló a los pies de Marcos Vargas. Al día siguiente lo encontraron
vagando por los campos cercanos a Tumeremo, desgarrada la ropa por las breñas a
través de las cuales había emprendido la fuga, tropezando y cayendo al tumbo de
la borrachera, vacilante el paso bajo la obsesión persecutoria, caída la
mandíbula, babeante la boca, mustia de demencia la mirada... Ya se había
realizado aquel presentimiento de que le hablara a la Juanifacia.
XVI
Mitología griega y solución lógica
Por aquellos días le ocurrió a
Childerico algo sumamente grave que estuvo a punto de dar al traste con la
seriedad mercantil de "Los Argonautas" y aun con su propio equilibrio
mental: uno de esos exasperantes fenómenos de obnubilación de la memoria que
ponen realmente de cabeza al hombre mejor plantado. Quizás no podría decirse
que Childerico fuera hombre de muchas lecturas. "Los Argonautas"
exigía una atención constante y minuciosa, debido al cálculo de cosas
heterogéneas con que habían emprendido la expedición comercial a la conquista
del vellocino de oro, y Childerico tenía que verse y desearse para calcular los
precios de tanta variedad y menudencia y para atender a la numerosa clientela
que por ella iba y quería recibirla de sus propias manos; de donde ya era
gracia que hubiera podido leerse los veinte o treinta volúmenes que componían
su biblioteca, en la mitad de un mueble cuya otra era escritorio dedicado a los
menesteres de la firma. Pero lo que sí podría afirmarse era que Childerico se
conocía a fondo y en extenso la mitología griega. Sin embargo, le aconteció el
fenómeno. Él sabía que en la mitología griega estaba simbolizado todo cuanto
puede ocurrir en la vida de una persona o de una colectividad; pero esta vez no
acertó con el mito que simbolizara el caso real y recién sucedido. Lo tenía en
la punta de la lengua y para obligarlo a salir de allí se daba en los dientes
con la uña del pulgar derecho y luego en la frente con toda la palma de la
mano. Pero ni llamado por allá ni empujado por
aquí asomaba el personaje cuyo nombre buscaba. Era un caso típico de
taponamiento de la memoria y, sin embargo, el procedimiento de los golpes en la
frente no surtía efecto alguno. Y entretanto Childerico daba una gubia cuando
le pedían un tornillo y cobraba tres por lo que valía cinco, o viceversa, con
todo lo cual se perjudicaba, por lo menos, la seriedad de la firma. No dejó de
ocurrírsele que un diccionario enciclopédico –siquiera como el que tenía
Gabriel Ureña, y él se lo había visto– podría sacarlo del atolladero; pero,
precisamente, era Ureña quien menos debía enterarse de los trabajos que le
costara...
—¡Ah! –exclamó golpeándose otra vez
la frente, pero ahora de otro modo–. ¿Trabajos he dicho? ¡Los trabajos de
Hércules! Ahí debe estar la cosa. Abandonó la tienda y por la trastienda pasó
al jardín, de ambiente más propicio a la memoriosa labor, y a media voz comenzó
a enumerar los famosos trabajos del héroe: —Ahogó el león de Nemea, mató la
hidra de Lerna... libró a Hesione del monstruo que iba a devorarla. ¡Aquí está!
¡Hesione! Pero en seguida rectificó: —¡No! ¿Hesione?... No suena bien en este
caso. Debe ser un nombre más dulce, más femenino. Además, no se trata
propiamente de un monstruo que fuera a devorarla, sino de algo así como un
dragón que la tuviera cautiva, secuestrada para el amor, custodiándola... !Ah!
¡Argos! ¡Pero, hombre! ¿Cómo es posible que no se me haya ocurrido desde el
primer momento? ¡Por Argos debe andar la cosa! A Argos, que tenía cien ojos, le
encargó Juno la custodia de Io, a quien había convertido en... ¡No! Tampoco.
¡No, no! Una vaca no es un símbolo apropiado para Maigualida... ¡Hesione!
¡Hesione! No hay más remedio. Y bien visto, no está mal. Marcos Vargas, el hombre fuerte y valeroso: Hércules, el
monstruo que iba a devorarla: Ardavín o la soltería forzada. ¡Ya está! Y se
dirigió a la oficina de telégrafos a decirle a Gabriel Ureña: —¿Qué le parece
la noticia? Hércules ha librado una vez más a Hesione. Gabriel Ureña se quedó
viéndolo un rato, luego comprendió y soltó la risa. Ya ni siquiera de tiempo en
tiempo escuchaba pasar sobre su corazón aquel ardiente mensaje de la voz que
clamaba en el desierto; la monótona vida del pueblo le estaba embotando el
espíritu. Desempeñaba su cargo, leía un poco, se divertía otro tanto oyendo a
Childerico repetir aquello de que tenía su corcel y algún día lo jinetearía, se
entretenía unos ratos en la tertulia de la gente formal que por las tardes iba
a darle conversación acerca de los males de Guayana, y por las noches de los
domingos iba a visitar a las Ladera. Y era ésta su escapada semanal de la dura
realidad circundante a los predios de la ilusión, ya coronando la cuesta de los
treinta años. Por allí cerca iba también Maigualida, en ascensión de hermosura,
de domingo en domingo; pero al mismo tiempo con el drama que envuelve toda
humana culminación, junto a la cual empieza –y a veces pronto– el descenso
inevitable. Más brillantes cada vez los cálidos ojos negros, más viva la tersa
piel trigueña, a punto ya de perfección la línea del rostro, donde los años
venían estilizando el interesante rasgo indio que hacía adecuado su nombre
sugestivo, coronada así en todo su cuerpo armonioso la obra con que la voluntad
de la especie decora las moradas de su perpetuación. Gabriel Ureña la
contemplaba deslumbrado, pero al mismo tiempo temeroso de que aquella noche
misma alcanzara su cenit y cuando tornara a verla le encon trase ya declinando.
Era también para ella su escapada a los predios de la ilusión, pues durante
aquellas visitas eran novios. No se cruzaban palabras que no pudieran ser las
mismas que él les dirigiese a las hermanas o a las amigas de ella que allí se
encontraran, o ella a otros visitantes; no se cambiaban miradas en silencio,
jamás tomaban asiento juntos, bien cumplida en todo la promesa de la noche del
octavo día del duelo; pero, sin embargo, ambos sabían que eran novios y con
esto les bastaba. Al despedirse se hacían un tácito cambio mutuo para el resto
de la semana; ella se iba en el pensamiento de él y él se quedaba en el de
ella. Al verse de nuevo, se recuperaba cada cual y eran dos personas hablando
de cosas triviales o graves, pero siempre extrañas a ellos. Mas ambos sabían
que tras las palabras objetivas se estaban rindiendo mutuas cuentas del uso que
cada uno hubiera hecho del cambio del domingo anterior. Y esto sin
romanticismo, sin delicuescencias sentimentales. Por tiempos conturbábala el
tumulto vital de la rebelión de la mujer condenada por un juramento homicida a
la privación del amor, reclamando ya todo el goce de las últimas horas propicias,
y la voz apremiante de la madre frustrada clamaba sobre el yermo de su
esterilidad. Y hubo domingos en que para la visita de Ureña fue decidido el
aderezo de la hermosura que hiciera vacilar la promesa. Pero una vez, como los
dejaran solos, al cabo de un silencio repentino, ella le preguntó: —¿Es cierto
que has pedido tu reemplazo? —¿Cómo lo
sabes? –repuso Ureña. —Como se sabe todo en este pueblo. Lo verdadero y lo
falso, lo que uno dice y lo que no ha pensado decir. —Esta vez es cierto.
Apenas ayer tarde lo he pedido. Una breve pausa y otra vez ella:
—Haces bien, Gabriel. La vida de
este pueblo, para un hombre de tus condiciones, es intolerable. Demasiado la
has soportado. —La vida es cualquier cosa cuando se adopta ante ella la actitud
que yo he adoptado. Lograr o soñar, lo mismo da. Pero antes de que llegara el
reemplazo llegó la noticia de que a José Francisco Ardavín lo habían encontrado
demente vagando por los caminos. Y como esto se comentó en casa de las Ladera
estando presente Ureña, después de lo cual volvieron a dejarlos solos, hubo
otra vez un silencio y luego esta pregunta de Gabriel. —¿Tiene ya alguna razón
de ser cierta promesa? —Ninguna
–respondió ella sonriendo–. Pero como está en pie cierta petición de
reemplazo... —¡Es verdad! Que a lo mejor resulta destitución nada más. Pero
detrás de la puerta de la antesala –aquello sucedía en el corredor– estaba la
señora Ladera escuchando y de allí salió sin disimulo con la oportunidad de su
sentido material y práctico: —Dejémonos de escrúpulos, Gabriel, que no tienen
razón de ser entre personas que se estiman mutuamente. Ya he oído y comprendido
y ahora pido yo la palabra. Tu entrada en la familia sería la salvación para
nosotros. No repares en diferencias de fortuna; piensa más bien en que la
nuestra desaparecerá pronto, dejándonos en la calle, si un hombre de tus
condiciones no le hace frente a su administración. Ya sabes que Francisco
Vellorini piensa abandonar pronto el país para radicarse en Francia y que ya me
ha dicho que vaya pensando en la persona que deba reemplazarlo en la
administración de nuestros bienes. De aquí a cuando Manuelito esté en edad de
encargarse de ella quién sabe cuánto se habrá ido quemando en manos extrañas,
poco escrupulo sas o poco competentes. ¿Que eres pobre? ¿Que tal vez te quedes
pronto sin empleo? Pero si nos salvas de la miseria que se nos puede venir
encima por falta de un hombre interesado en conservarnos lo que nos ha dejado
Manuel, ¿qué más necesitas ofrecerle a Maigualida? ¿Escrúpulos de amor propio?
Ya nos conoces bien y sabes cuánto te estimamos y te queremos. Calló la
razonable señora Ladera, se prolongó un rato el silencio, cabizbajos los
novios, se buscaron luego los ojos con simultáneo movimiento, sonrió Maigualida
azorada y Gabriel soltó la risa, como cada vez que se encontraba, a lo más
cálido de su atmósfera espiritual, con la lógica fría de la vida.
Y fue así cómo unos amores que
nacieron románticos, allá bajo el hechizo de las palabras mágicas, y que a no
pasar de platónicos ya se habían resignado, sin conocer el ahogo del vuelco del
alma en la declaración amorosa, adquirieron existencia positiva. Los cien ojos,
todos abiertos, del Argos de Upata presenciaron la escena y por las mil bocas
cundió la noticia de la boda próxima. Childerico no dijo a qué personaje
correspondía Gabriel Ureña, enfocado desde la mitología griega; pero sí tuvo
que reconocer, con cierta tristeza, que para él no había sido el beneficio de
aquel trabajo de Hércules.
Remansos y torrentes
En "Tupuquén", ribera del Caroni,
fue la luna de miel. En el rústico caserón pavimentado de antiguos ladrillos
fraileros, con sobrado de cañas y barro bajo el fresco techo de palma carata,
rodeado de corredores hacia el campo de huerta y arboleda y desde uno de los cuales se dominaba un sugestivo panorama
del hermoso río de los diamantes. La vida tendida hacia el porvenir, paz de
alma y trabajo generoso. El despertar madrugador, al canto de los patarucos,
guaruras bajo el lucero del alba; la camaza de leche espumosa al pie de la vaca
de los dulces mugidos; el trino primero en el copo del mango donde durmió el
turupial; el diario recuento de las gallinas mientras picaban el maíz, para
saber si durante la noche algún rabipelado visitó el gallinero a la intemperie
del guásimo; la risa que a Maigualida le causaban los pavos sensuales con los
estampidos de sus esponjamientos y el gusto que hallaba Gabriel en su
iniciación campesina, cuando ya no se equivocaba al decir que este gallo era
canagüey y el otro talisayo. Y el sol tierno y el aire generoso y el buen
humor, sin éxtasis delicuescentes, con la dulce gravedad de la dicha bien
gozada. Luego Gabriel montaba a caballo para recorrer los potreros de la finca
o llegábase hasta "La Hondonada" a dirigir el trabajo que allí
requiriese el ganado, aprendiendo cuanto era menester para el cabal conocimiento
del mundo campesino donde por primera vez se movía y volviendo a experimentar
algo de la antigua emoción de las palabras mágicas cuando los peones le
revelaban el secreto de las cosas, expresándose con el lenguaje vivo y
sugerente del hombre en contacto con la Naturaleza. Allí era también el
ejercicio saludable que le endurecía los músculos lacios del sedentario, el
buen sudar, la carrera a caballo en la maniobra del sabaneo para recoger el
ganado que hubiera que encerrar en los corrales, el estímulo del apetito que
completaría la sabrosa sazón de la comida sencilla, junto al manjar risueño de
la compañera amorosa. El paseo vespertino, sosegado, por la ribera del Caroni.
Ancha playa de limpias arenas, rocas
negras de caprichosas formas labradas por la constancia del agua, semejantes a
mineral de hierro; vegetación de carutos y guayabos rebalseros, palotudos, con
las raíces al aire, negros también los troncos; colinas distantes hacia la
margen izquierda, de líneas reforzadas bajo la serenidad de la tarde; un
picacho lejano coronado de riscos desnudos y lívidos, cejas de nubes plomizas,
brasas de arreboles y claros lampos en barras y aquel prodigioso color del río,
azul profundo, morado vibrante y a veces negro intenso. Una pareja de
guacamayos escarlata nunca faltaba para romper la armonía de los colores
adustos, y con sus ásperos rajeos al vuelo la dulzura del vesperal silencio. Y
la callada vuelta, bajo las primeras estrellas, madura el alma de sueño
realizado. Luego llegó Aracelis con la alegría chispeante y el hablar
tumultuoso. —Vengo a pasarme unos días con ustedes. No me han invitado, pero
aquí estoy. Por mí no se preocupen, porque pueden seguir besándose y amurrullándose
como si estuvieran solos. En cuanto supe que una familia de Upata venía para
Ciudad Bolívar armé viaje para acá. Pero no se imaginan el trabajo que me costó
arrancarle el permiso a papaíto. Él sigue pensando en el viaje a Francia: nadie
se lo quita de la cabeza; pero lo que es a mí no me arrea por delante como a la
pazguata de mamaíta, que no quiere ir y sin embargo no protesta. No sé qué voy
a hacer, pero yo encontraré el modo de salirme con las mías. Aunque ese novio
mío del chorizo no merece que me apure tanto por él. ¿No te conté que apenas me
dijo tres o cuatro palabras cuando pasó por Upata? ¡Mentira! La enfermedad de
su mamá lo traía muy preocupado y con ganas de acabar de llegar a Ciudad
Bolívar. !Pobrecito! Si se tarda unos días no la encuentra. En paz
descanse misia Herminia. ¡Tan buena que
era! Yo apenas la conocí, pero me gustó mucho la viejita, con aquella carita
tan triste y tan simpática.
Ya se le veía que estaba enferma
del corazón. Pero no duró nada, chica. Seis meses hace del acontecimiento y ya
está bajo tierra hace quince días. ¡Pobrecito Marcos! ¿Verdad? ¡Lo que habrá
sufrido, él, que quería tanto a su viejita! Papaíto dice que el acontecimiento
le violentó la enfermedad; pero yo le adivino la intención: quiere que yo me
desprenda de Marcos. Y en eso sí que pierde su tiempo. ¡Más que nunca estoy
enamorada de él! Pero ¿quién ha dicho que porque haya tenido una desgracia va a
ser malo? Como dice el refrán: ¿porque una vez mató una vieja, lo llaman
mataviejas? Y Maigualida no pudo menos que exclamar: —¡Mujer! No mezcles lo
trágico con lo grotesco. Días después llegó Marcos Vargas. Traía en el rostro
las señales de un espíritu trabajado a fondo por las fuerzas brutales de la
vida: la sombra del sufrimiento y el estrago del gesto con que se ha asumido la
actitud definitiva ante la fatalidad. Junto a la madre moribunda su corazón
agotó la capacidad de ternura; sobre aquella frente dejaron sus manos toda la
delicadeza que tuvieran para la caricia, y si de algún modo aún existía acento
amoroso en su palabra, era resonando dentro de aquellos oídos en el sepulcral
silencio, como el rumor marino en el caracol que enfurecido oleaje arrojó a la
playa. Cuando ya la vio inerte y fue necesario amortajarla, la levantó en sus
brazos para que las hermanas le hicieran el último lecho –como tantas veces la
había cargado, feliz y contenta de su hijo cariñosoy todavía sus brazos no
habían olvidado la sensación tremenda, ni nunca más llevarían sobre sí carga
viviente que no la sintieran muerta. Luego, ante la fosa sellada, encogió los hombros e hizo el gesto con que
le decía el destino: —¡Bueno! Ya me tienes solo. ¿No era esto lo que querías?
Ahora, en presencia de Aracelis, ya no sonreía contemplando aquel rostro donde chisporroteaban
las fuerzas jubilosas de la vida, no veía la belleza admirable, ni la juventud
esperanzada, ni la cálida promesa de amor, sino para que todo esto le atizase
la fogarada de hombría con que amenazó a Francisco Vellorini si intentaba
atravesársele en el camino. De violencia rampante ya sólo podía ser el suyo,
porque la mano se le había aridecido en garra para tomar el don de la vida y
así repuso a las amorosas demostraciones de Aracelis: —Menos palabras, Bordona,
y de una vez por todas: ¿estás dispuesta a irte conmigo? —¿Para dónde, chico? –preguntó ella, con
sentimientos confusos agolpados en el espíritu.
Para el Cuyuni, para Rionegro.
¡Para donde yo quiera llevarte! —¡Hasta
el fin del mundo! –prorrumpió la porción aventurera de su alma–. ¡Qué delicia!
¡Tú y yo solitos en una piragua, por esos ríos, por esas selvas! ¡Con las ganas
que tengo de conocer todo eso! —Pues
bien. No hay que hablar más. Esta noche misma te vas conmigo. —¡Ah!... Pero...
¿Sin casarnos, Marcos? —¡Ríete de eso!
Te vas conmigo como se van las mujeres con los hombres que les gustan. Pero ya
ni sonreír podía Aracelis; el zarpazo le había desgarrado la porción fina del
alma. —¡Marcos! –exclamó, doloridamente–. ¡Yo creí que tú me querías de otro
modo! —Pues ya sabes a qué atenerte, y
eso vas ganando de una vez sin haber perdido nada todavía. Y ella, sonrojándose
ahora: —Nunca pensé que me confundieras con una mujercita del pue blo. —Te
equivocas. Si fueras una de esas mujercitas, como despectivamente las llamas,
quizás te propondría matrimonio; pero eres la flor de Upata, la hija preferida
del orgulloso Francisco Vellorini. —¿Y él qué mal te ha hecho? —A mi ninguno, realmente. Pero como él
tampoco me quiere para marido tuyo, él se la ha buscado y ya se la está
encontrando. Esta noche, al primer menudeo del gallo, estaré esperándote aquí
fuera. Y con esto se separó de su lado. Entretanto Maigualida, que por allí
estaba y ya empezaba a tejer pequeñas cosas, se complacía en pensar,
agradecidamente, que a él le debía la dicha serena, pues fue contra aquel muro
de fortaleza donde se estrellaron las fuerzas brutales desencadenadas en torno
de ella.
Unas palabras de Ureña
Atardecía. Iban por la ribera del
Caroni, dejando sus huellas en la apretada arena, Maigualida con Aracelis,
Marcos con Gabriel, éste hablando de cuanto se proponía llevar a cabo en
"Tupuquén", "Guaricoto" y "La Hondonada" y
aquéllas callando. Las aguas del río pasaban ya del azul vibrante al morado
profundo y este color matizaba las suaves colinas y el risco pelado, contra el
cielo sin arreboles, ya puesto el sol. —¿Qué te pasa? –inquirió por fin
Maigualida. —Nada –respondió Aracelis. —Ya sabes que mi defecto principal no es
el de la curiosidad; pero me inquieta ese cambio brusco que has tenido después
de la con versación con Marcos. Toda una tarde sin decir palabra es demasiado
para ti. —Algún día tenía que ser. —Bien. —Ya comprenderás que no ha podido ser
muy agradable nuestra conversación, después de lo que le ha pasado a él y de lo
que me espera a mí, pues como te he dicho papá insiste en el viaje. —También es
verdad –concluyó Maigualida, pero era evidente que la explicación no la
satisfacía. Ya había observado que en Marcos Vargas se había operado una
transformación inquietante que no podía atribuirse toda al sufrimiento por la
muerte de la madre, porque su reciente experiencia le enseñaba que el
sufrimiento afina el espíritu y era todo lo contrario lo que parecía haber
sucedido en Marcos. En la mesa, durante el almuerzo, reparó en que la miraba
brutalmente, con una expresión nunca advertida en él y que no era solamente
sensual, sino mezclada de deliberado irrespeto por ella y por Gabriel, de
ostensible agresividad. Y estaba segura de que esto no era temeraria
interpretación suya, pues al cambiar una mirada con Gabriel comprendió que él
también se había dado cuenta. Incluso Aracelis debió de advertirlo y tal vez de
allí provenía su obstinado silencio. No se equivocaba. Entre los sentimientos
que agitaban el espíritu de Aracelis –su primer tropiezo consciente con las
fuerzas brutales de la vida– iban mezclados los celos despertados por aquellas
miradas de Marcos. Por momentos pensaba que éste había procedido así para
inducirla a entregársele como se lo había propuesto; pero en seguida se
abandonaba a la pasión ofuscante no viendo ya sino una mujer hacia la cual bien
podía desviarse el amor de su novio, correspondido o no, pero enajenándole ya.
Una mujer que había inspirado a otro hombre una pasión tumultuosa y que ahora
hallábase en la plenitud de su
hermosura. Y en el alma ingenua y vehemente le hacía llagas el pensamiento
impuro. No se equivocaba tampoco Maigualida respecto a Gabriel. Había visto y
comprendido, pero penetrando más allá del hecho superficial –con una
comprensión serena, alimentada de confianza en sí mismo y en su mujer– encontró
la explicación justa y la acogió en actitud generosa: Marcos Vargas no veía a
la mujer, soslayaba al hombre que pudiera pedirle cuentas atrasadas y no era
Marcos Vargas, como tal, sino el hombre de presa que aquella tierra quería
hacer de todos los que sobre ella respiraban la atmósfera de la violencia
enseñoreada, aquella criatura de barbarie que por allí se llamaba el Hombre
Macho. Pero en Marcos Vargas había el fondo generoso, para la excusa y para la
esperanza, y Ureña concluyó la exposición de sus planes de trabajo, dándole la
lección que necesitaba: —Y aquí me tienes, pues, recibiendo y reportando un
beneficio, sin escrúpulos de "yo todo lo puedo y a mí solo he de
debérmelo", sin impaciencias aventureras ni pujos de temeridad, bebiendo en
mi vaso pequeño, seguro de que no me lo romperán deslealtades, ni propias ni
ajenas –óyelo bien–, en la buena compañía de una mujer admirable que me ama, me
comprende y me respeta y merece que yo lo sacrifique todo por hacerla feliz. ¡Y
una mujer hermosa, además! Marcos Vargas comprendió, se avergonzó y admiró.
—Sólo una cosa tengo que reprocharte –dijo, sin embargo–. Que no te hayas
decidido antes. Que hayas esperado a que... —Eso no tiene para mí importancia
alguna –interrumpió Ureña–. No me interesa en absoluto demostrar si le tuve o
no le tuve miedo a José Francisco Ardavín. Yo sabía que en el fondo era un
cobarde, y en el peor de los casos me queda la íntima satisfacción de no haber malgastado alardes de hombría contra
él. Y ojalá tú, que no tenías por qué desconfiar de ti, aun en el caso de pelea
mejor calzada, como por aquí se dice, no te hubieras sometido a la prueba que
inquieta a todos. Porque para eso, más que por vengar a tu hermano, entraste
donde estaba Cholo Parima. Te confieso que cuando lo supe me pregunté si en
realidad serías un valiente o nada más que un impulsivo.
—Tú piensa lo que te parezca
–repuso Marcos, encogiéndose de hombros. —Sería deslealtad pensarlo y no
decírtelo. Así por lo menos entiendo yo la amistad y por eso he traído la
conversación a este punto. Te has hecho un grave daño moral y es necesario que
ahora rehagas tu vida. Marcos bajó la mirada y en silencio buscó y estrechó la
mano amiga. Y ésta fue una emoción de sí mismo que nunca había experimentado,
tan recia y tan plena, que sólo se le podían comparar aquéllas de la noche de
la tormenta. —No despilfarres tu fortuna –prosiguió Ureña–. La vida te ha
dotado de condiciones quizás extraordinarias y es menester que las emplees
bien. No pretendo aconsejarte que te consagres, como puedo hacerlo yo, a lo
personal y prudente, porque tu espíritu aventurero y tu personalidad
desbordante no se satisfarán nunca con lo poco y silencioso que a mí me bastan;
pero no los malgastes en aventuras de finalidad mezquina y en afirmaciones de
hombría sin trascendencia. En esta tierra hay para ti un camino trillado y una
gran obra por emprender. Más de una vez te he oído decir que aspiras a
construirte tu vida a tu medida propia. ¿No la conoces ya? ¿No la sientes tal
cual es? Por unas cuantas palabras que de regreso del Guarampín me dijiste en
Upata comprendí que habías encontrado la plena medida de ti mismo y vislumbrado
la obra a que debías dedicarte. Presenciaste
la iniquidad y hasta la has sufrido en ti mismo, tienes el impulso
generoso que se necesita para consagrarte a combatirla, puedes –déjame decirlo
así– recoger el mensaje de la voz que clama en el desierto y sólo te falta
prepararte intelectualmente. Lee un poco, cultívate, civiliza esa fuerza
bárbara que hay en ti, estudia los problemas de esta tierra y asume la actitud
a que estás obligado. Cuando la vida da facultades –y tú las posees, repito– da
junto con ellas responsabilidades. Este pueblo todo lo espera de un hombre –del
Hombre Macho se dice ahora– y tú –¿por qué no?– puedes ser ese mesías. Era,
discursivamente, lo que Marcos Vargas había sentido revelársele de pronto, de
manera intuitiva, confusa, verdaderamente tormentosa, la noche de la tempestad;
pero ahora acababa de hacer otro hallazgo de sí mismo; una vez más se le había
revelado su alma bajo una forma inesperada, y cuando esto sucede en quien, como
en él, la intimidad del espíritu desarrolla siempre la máxima fuerza, ya no hay
dificultades receptivas para lo que venga de afuera, y así sólo de una manera
vaga y lejana oyó el discurso de Ureña. Éste continuó hablando todavía un buen
rato, y así regresaban ya a la casa, bajo la anochecida, cuando aprovechando
que el camino repechaba una cuesta, Maigualida requirió el apoyo del brazo de
Gabriel y dejó que Aracelis se adelantara con Marcos. En silencio atravesaron
la arboleda que rodeaba la casa, y en llegando a ésta, donde ya estaba
encendida la lámpara del corredor de la entrada, se volvieron a mirarse
mutuamente y Marcos leyó en los ojos de Aracelis la resolución tomada, tal como
él se la propusiera, pero no gozosa sino resignada o temerariamente. Le oprimió
la mano entre la suya, que ya no era garra, y esto fue todo. Momentos después,
cuando Maigualida llamaba a la mesa,
Gabriel le dijo: —Sobra un cubierto, chica: Marcos se ha ido.
XVII
Contaban los caucheros
Un grito sobre el bronco mugido del
rápido, alarido impresionante entre humano y bestial. Una curiara que pasa
silbando raudal abajo y se pierde en la noche hacia donde corren las aguas
torrentosas bajo el resplandor lunar. —¡Se mató ése! –exclama uno de los
caucheros acampados en la ribera, ya de regreso a San Fernando de Atabapo con
sus cargamentos de caucho del Guainía. Y varios de ellos se incorporaron para
asomarse al río. Pero otro explica: —No se preocupen. Ése es Marcos Vargas, que
corre los raudales las noches de luna como
alma que lleva el diablo. El leco es para que se aparten las piedras,
dice él, y yo creo que en realidad se le apartan, pues de otro modo no se
explica que todavía no se haya matado. ¡Escúchenlo cómo va! Le hacen silencio
al grito ya lejano y cuando se ha extinguido en el trueno del varedal, sonríen
algunos y otro toma la palabra: —La primera vez que oí ese leco, hace unos tres
años, se me pararon los pelos de punta. Fue una tardecita, al pie del raudal de
La Chamuchina. Estaba yo recién entradito en el territorio y andaba en la gente
del "Brasilero". ¿Lo conocieron ustedes? Uno a quien, por cierto,
tuve que mandarlo a hacer una diligencia lejos y sin guayare, porque ya me
tenía abacorado. Sonríen los que saben que así alude a uno de sus homicidios y
siguiéndole el atroz sarcasmo le preguntan: —¿Y todavía no ha regresado,
verdad? —No. Se ha dilatado alguito.
Pero volviendo a mi cuento. Yo que oigo el leco en aquella soledad tan fea, que
no parecía grito de hombre ni de animal, sino de cosa del otro mundo, me
descompongo todo y le pregunto al indio que me acompañaba: —¿Qué siendo eso, cuñao¿Y apenas el
maquiritaré me responde: —Canaima–
cuando pasa una curiara, chorrera abajo, más rápida que un celaje. Después supe
quién era el proero que así se mandaba apretar la boga y luego tuve oportunidad
de conocerlo. Un mozo simpático ese Marcos Vargas, pero con unos prontos muy
extraños. Y prosiguen los cuentos, la leyenda que ya corría por toda la selva,
desde el Guainía hasta el Cuyuni. —Veníamos de una fiesta de yeraque de los
indios piaroas del costo del Vichada –refiere otro–, íbamos echando una
travesía por un lugar que llaman Las Gaviotas, había mucho chapichapi y estaba
esa espía como bordón de guitarra,
cuando se le ocurre a Marcos Vargas trozarla para ver qué pasaba.
Salimos como alma que lleva el diablo, raudal abajo; al caer al remanso la
curiara se nos puso de sombrero y cuando logramos ganar la orilla catamos de
ver que ni Marcos Vargas ni la curiara estaban por todo aquello. La había
enderezado mientras nosotros nadábamos hacia la playa y se había ido en ella
dejándonos a pie. Ahí mismo escuchamos el leco, río abajo. Al píritu tuvimos
que remontar por el costo, rejendiendo el juajuillal y echándole maldiciones.
Ahora le celebra la ocurrencia y luego prosigue: —Al año de eso se presentó una
mañana en la estación cauchera del delta del Ventuari, donde yo dragoneaba de
jefe, pidiendo su recorte, y como siempre le he tenido cariño, le dije: —¿Hasta cuándo vas a estar haciendo locuras,
chico? Coge el recorte que más te guste y ponte a trabajar con fundamento–.
Tres semanas estuvo sacando goma en junto con los indios que cargaba, muy
prácticos de raudales y buenos gomeros además, encaramándose en los palos a la
par de ellos, porque, eso sí, cuando dice a trabajar no hay quien lo iguale;
pero en la mañana del tercer domingo viene a la estación y me dice: —Págame lo mío que ya me estoy yendo–. Traté
de hacerlo desistir y le repliqué: —Pero
¿cómo te lo digo, Marcos Vargas, si aquí no tengo plata?– Pero ya nadie le
quitaba la idea de la cabeza y me respondió:
—Con bastimentos, que es lo que necesitamos yo y mis indios. Ahora voy
para el Essequibo–. Dos años hace de esto y desde entonces no me lo he vuelto a
topar. Toma la palabra el cauchero Martínez Franco, que también era hombre de
vastos itinerarios: —Estando yo en el Caura, cuando la sarrapia del año pasado,
se me presentó por allá pidiéndome trabajo. Ya estaban repartidas todas las
manchas y no me fue po sible concederle nada de provecho; pero, como tal vez
ustedes sepan, la zona sarrapiera del bajo Caura, hasta el salto de Pará, se
despide con tres grandes árboles que producen de sesenta a ochenta kilos de
pepas cada uno, y le dije: —Trabaja esas matas, si quieres, que es lo único que
puedo darte–. Se pegó a coger las pepas y a machacarlas él mismo y ya tenía sus
cinco quintales, que le representaban seiscientos pesos macuquinos, a como
entonces los pagaban Dalton y Boccardo, cuando se presentó en la estación
"El Alemán". Un indio albino, de cabellos amarillos tirando a blanco
y ojos azules, por lo cual le dábamos el apodo, hombre de carácter suave y
juguetón, piachi de las tribus maquiritarés, que cuando estábamos sarrapiando
siempre se llegaba hasta allí en busca de sal y papelón a cambio de cachorros
de esos perros salvajes que viven en las cuevas de las sierras de Merevari–jiri
y Aguari–jiri entre el Erevato y el Caura, por donde andan las tribus errantes
de los sarisañas. Marcos Vargas no conocía aquella región y apenas le oyó
hablar de ella al "Alemán", cuando, ya resuelto a irse con él, vino y
me propuso, lo mismo que a ti en el Ventuari:
—Dame bastimentos por unos días y es tuya otra vez la sarrapia que he
recogido–. Y se fue con el albino aquella misma noche. —Eso es Marcos Vargas
–interviene otro–. Un mozo que a estas horas estaría rico si le hubiera tenido
apego al dinero. Y otro: —Ése es Marcos Vargas. Ése y el de las grandes
parrandas como las que ya se han hecho famosas en San Fernando de Atabapo, en
las cuales se gasta cuanto tenga, sin reparar con quién, y el de las temerarias
apuestas al dado corrido, que no hay quien se las aguante. —Y el de la noche de
la yucuta –interrumpe otro–. El que siempre está dispuesto a jugarse la vida
junto con quien sea y contra quien sea,
y cuando sabe que en tal parte se está preparando una matazón, allí mismo
amarra su magaya rumbo para allá, a soltar entre el roznido de los machetes y
los tarrayazos de los tiros un grito jacarandoso: "¿Qué hubo? ¿Se es o no
se es?" —Ese también –admite el
interrumpido–. Pero ahora voy a ensenarles otro Marcos Vargas que quizás
ustedes desconozcan: el que habla con los palos del monte y lo ha sido él
también algunas veces. —¿Cómo es eso, Ramón Maradé? –interrogan varios a un
tiempo. —Ya verán. Esto fue en el costo del Casiquiare. Se había presentado por
allí Marcos Vargas, a nada de provecho, como de costumbre, y un día domingo por
la tarde, por más señas, iba yo con él por una pica de la montaña a
inspeccionar el trabajo de unos peones a quienes había puesto a tumbarme un
rastrojo, conversando los dos de todo y de nada muy alegremente, cuando de pronto
me interrumpe y me dice: " —Aguárdame aquí un momento, que voy a ver qué
quieren decirme aquellos amigos que me están haciendo señas para que me les
acerque." —Miro en derredor nuestro
y no descubriendo a nadie por todo aquello, le pregunto: —¿Cuáles, chico?– Y él me responde, ya
separándose de mí: —Aquellos que están
allá–. Eran cuatro palos del monte que estaban separados de los demás y
realmente como personas reunidas conversando. No le di mayor importancia a la
cosa y pensando que mi compañero tuviera que hacer algo que yo no tenía por qué
presenciar, le dije: —Anda y vuelve,
pues. Aquí te espero–. Y me senté sobre el tronco de un seje caído a la vera de
la pica. Allí estuve un buen rato, y viendo que mi compañero no regresaba,
atravesé el monte en dirección a los árboles mencionados. ¡Ni rastro de hombre
por todo aquello! —¿Qué se habrá hecho?–
me pregunto, y en eso sien to algo extraño en derredor mío. Miro para aquí y
para allá buscando la causa de aquello, y entonces caigo en la cuenta de que no
eran cuatro, como endenantes me había parecido, sino cinco los palos del monte
que estaban allí cual personas reunidas conversando. Sueltan la risa los
caucheros y Martínez Franco exclama: —¡Cuando no iba a salir Ramón Mercadé con
una de las suyas! —Un momento,
compañero. Que todavía no he dicho que los palos fueran cuatro al principio y
luego cinco, sino que así me había parecido. —Uno que estaría tapado con otro,
vistos desde la pica. —Eso me dije, precisamente. Y como me interesaba llegar a
rastrojo a buena hora, después de haber pegado unos lecos llamando a Marcos
Vargas, seguí mi camino. Fui y vine y cuando regresaba me encontré a Marcos
sentado sobre el tronco del seje donde enantes lo había estado yo. ¿Qué te
hiciste? –le pregunté–. No me respondió de momento. Tenía una cara sombría, muy
distinta de la que llevaba cuando iba conversando conmigo, y así, sin contestarme
una palabra, echó a andar por delante mío. Pero luego se me encaró de pronto y
se soltó a boca de jarro esta pregunta textual: " —¿Tú me oíste, Ramón
Maradé?" —¿Qué, chico? –repúsele, e
inmediatamente me acordé de aquello que había sido ruido sin dejar de ser
silencio y me voltié a contar los árboles, que todavía se veían desde la pica.
Eran cuatro por dondequiera que se los mirara. No me gustó aquello –lo
confieso, aunque Martínez Franco se sonría como desde aquí lo estoy viendo–,
pero tampoco quise pedirle explicaciones a Marcos Vargas, que además no me las
habría dado, pues ya iba enguayabado, y cuando él está así no hay modo de
sacarle palabra, y me puse a observarlo quedándome atrasito. —Y viste que le
reventaban pimpollos por encima del cuerpo – interrumpe socarronamente el de la
sonrisa, que era el único que todavía se mostraba incrédulo. —No. Ni nada
extraño le noté, ni por el camino ni después en la estación, salvo el
enguayabamiento. Así llegó la noche y me quedé dormido, cuando de pronto me
desperté sintiendo que me sacudían las cabuyeras del chinchorro. Era uno de los
bogas de Marcos Vargas, un acarabisi buen mozo, por cierto, y que le era muy
fiel. " —Despertándote –me dijo–. No durmiendo más. Escuchando
siburene". Palabra ésta que en su lengua significa jefe y con la cual
designaba a Marcos Vargas. Me incorporo en el chinchorro y pongo el oído a lo
que me indicaba el acarabisi. —¡Uuu! –sonaba por allá. Un lamento feo, que
impresionaba oírlo en el silencio de la montaña. Pero le dije al indio: "
—¡Indio zoquete! Alguna arañamona llamando a su pareja." —No, cuñao –me replica el acarabisi–. No
siendo arañamona. Siendo Canaima gritando en cabeza de siburene. Viniendo
conmigo y yo enseñándotelo. Salté del chinchorro y no encontrando a Marcos
Vargas en el suyo salí al monte junto con el indio. A poca distancia de la
estación, en el medio de un claro donde daba la luna, se divisaba una sombra
blanca, inmóvil, de donde salía aquel lamento impresionante. El indio no se
atrevía a acercársele y preguntó alzando la voz: —¿Ginécoro? —¿Para qué preguntás quién es si ya sabes que
es siburene? – Interrogo yo a mi vez, porque tanto como los lamentos de la
sombra me había causado mal efecto aquella palabra indígena gritada así en el
silencio de la montaña–. Quédate aquí, indio miedoso, mientras yo voy a ver qué
le pasa a tu jefe. —Y cuando llegaste al sitio
–interrumpe otra vez Martínez Franco– no estaba por allí Marcos Vargas,
sino un palo más en el monte, ¿no es eso?
—Sí, estaba –responde Maradé, sin inmutarse–. Pero me costó trabajo
hacerlo volver en sí. De golpe y dándose una batida salió de su encantamiento,
preguntándome: " —¿Qué es? ¿Qué pasa?" —Que estabas dormido y soñando parado –le
respondí, sin querer decirle que fuera sonámbulo. Pero al día siguiente, cuando
me empeñé en que me explicara todo aquello, me dijo que nada recordaba, ni de
lo de la noche ni de lo de la tarde, pero que sentía el cuerpo –fueron sus
palabras– como si alguna vez hubiera sido de madera. Pausa. Y luego uno de los
oyentes, a Martínez Franco: —¿Qué dice usté a eso, compañero? —Que Ramón Maradé siempre ha sido muy fantaseador
y amigo de contar embustes recién inventados como cosas que le hubieran
sucedido; pero que esta vez como que ha referido algo que se le puede creer.
Oro
Si para el cauchero faltó aquel año el
invierno copioso que alimenta el látex, para el minero fue extraordinariamente propicio
el verano recio. Se secaron las quebradas auríferas del alto Cuyuni, quedaron
al descubierto los placeres que doran las playas de este río, y en la del
Caroni, nunca tan menguado, aparecieron diamantes. —El diamante se recoge
garzoneado –dice plásticamente el guayanés– , porque los buscadores de este
mineral precioso recorren las riberas del río que los cría en el faneo
producido por la descomposición de los esquistos férricos de su álveo,
agachándose de trecho en trecho donde lo
vean brillar entre las arenas, a la manera del garzón, que come caminando y
picando aquí y allá. Y ese año fueron muchos los que garzonearon a lo largo de
aquellas playas. Hacia el Cuyuni se encaminó el grueso de la legión aventurera
en pos del oro que prometía el verano riguroso y en Tumeremo pronto comenzaron
a correr las noticias perturbadoras: —¡Ya la gente de Néstor Salazar le cayó al
oro! Marcos Vargas anda con él y han hecho un descubrimiento estupendo en
Quebrada de las Garzas. ¡Una bomba del tamaño de una casa! Vámonos allá,
Arteaguita. Y Arteaguita, después de pensarlo un rato royéndose las uñas, se
decidió por fin, cerró "La Tijera de Oro" –que, por lo demás, apenas
le estaba dando para comer, porque a causa del mal invierno aquel año casi no
se recogió purguo y nadie estaba para mandar hacerse ropa– y se incorporó a la
legión que de todas partes acudía presurosa al hallazgo magnífico. El oro de
aluvión no era todo de libre aprovechamiento, pues la mayor parte de los
terrenos auríferos –y, naturalmente, los que se consideraban más ricos– estaban
acusados por los caciques políticos y por los capitalistas más poderosos, entre
ellos principalmente los comerciantes corsos, quienes, sin explotarlos o
arañando apenas a flor de tierra, esperaban el pingüe negocio de la venta a
compañías extranjeras que les diesen, por un mina más o menos problemática,
otra de oro acuñado. Este monopolio de una riqueza retenida bajo tierra decíase
que era una de las causas del malestar que ya empezaba a sentirse por allí;
pero los privilegiados defendían su tesis aduciendo que el libre
aprovechamiento traería por consecuencia inevitable las matanzas que se
producirían entre los que acudieran a disputárselo, aparte de que prácticamente
existía, pues todo el mundo podía ir a
extraer el oro que por allí apareciese, sin más limitación que la de obligarse
a vendérselo al concesionario, quien lo compraba en el propio terreno a precio
razonable. Sólo que éste lo recibía el minero en víveres cazabe y papelón por
único alimento las más de las veces– y por ellos tenía que pagar lo que
quisieran cobrarle. Si bien cuando el hallazgo era abundante, no consumiéndolo
todo en la mina, podían los afortunados salir de ella enriquecidos.
Pero como el oro del alto Cuyuni se
consideraba inagotable, en cuanto lo sacaban ya estaban derrochándolo,
jugándoselo a los dados junto al barranco mismo o desperdiciándolo a puñados en
el placer torpe y fugaz de la parranda, cual si fuera ineludible maldición del
oro embrutecer y envilecer. En busca de él, aunque sólo por la emoción de
hallarlo, venía aquella vez Marcos Vargas, Cuyuni abajo, en compañía de Néstor
Salazar, superviviente de aquella pareja inseparable que el primero conoció en
casa del americano Davenport y minero práctico de ojo zahorí para descubrir los
escondrijos del filón. Sin embargo, no lo habían encontrado en cantidad que
valiera la pena en la ganga de varias quebradas donde plantaron el
"tame" y el "chis" y ya venían algo descorazonados cuando,
al pasar frente a la desembocadura de una que rompía la ribera barrancosa para
verter a las del Cuyuni sus aguas amarillas, como viesen por allí dos garzas
posadas sobre un mogote que hacían buen blanco para buenos tiradores sacaron
sus revólveres y las apuntaron. Pero las garzas volaron para posarse más allá,
quebrada arriba, y como el caudal de ésta permitía que la remontase la piragua,
así lo hicieron, y las garzas volando de mogote en mogote y ellos siguiéndolas
llegaron a un paraje sombrío y agradable a la vista que invitaba a acampar y ante cuyo aspecto el ojo zahorí
de Néstor Salazar desistió de la presa que se le escapaba. —¡Aquí hay oro!
–exclamó–. Acampemos aquí. Y Marcos Vargas, prestando atención más a lo
plástico y agradable que a lo significativo del paisaje, como oyese el canto de
un pájaro, bosque adentro: —Ya lo está anunciando el minero –dijo–. ¡óyelo cómo
campanea! Acamparon. Procedieron a desviar las aguas de la quebrada para dejar
al descubierto el lecho prometedor y comenzaron a funcionar las herramientas:
el palín para levantar el fango del "realce" que cubría la
"formación"; el pico para romper esta capa de cuarzo; el
"criminel" para recogerla y echarla en el cajón del
"tame"... Pero sin que fuera necesario lavarla allí, ni siquiera
aplicarles a los trozos de cuarzo el índice mojado en saliva para ver si el oro
"pintaba", ya Néstor Salazar había podido decir. —¡Mira cómo viene
ese filón veteando bonito! Y luego, al golpe de vista:
—Este filón corta por aquí –dijo,
indicando la dirección que debía de seguir por entre el bosque–. Vamos a
pegarle un barranco allí y otro allá, para acosarlo. Y al primer golpe de pico
en uno de los sitios señalados, apenas barrida la hojarasca por el pie del
peón, apareció en la punta de la herramienta un trozo esponjoso de la aboyadura
aurífera, indicio de una rica estructura profunda. —¡Bomba! –exclamó Salazar–.
!Esta vez salimos de abajo, Marcos Vargas! Y sacando ambos sus revólveres los
descargaron disparando al aire. Que si aquellos proyectiles hubieran llegado a
dar en el blanco de las garzas, aquel "oraje" no habría sido
descubierto. Entretanto el peón cuya piqueta había dado el golpe inicial al ha
llazgo, no había vuelto de la impresión que éste le causó y recostado al tronco
del árbol más próximo, decía, contemplando otros que frente a él se alzaban:
—Quince días estuve yo íngrimo y solo en este piazo e monte castrando esos
palos y era sobre melcocha de oro que estaba pisando sin saberlo. ¡Maldita sia
la suerte cuando es desgracia! ¡Quince días yo solo, sacando oro! ¡Ni el polvo
me verían a estas horas los que me han mandao a pegá este barranco! —¿Y no cantó el minero cuando tú estabas por
aquí? —¡Qué va a cantá, don Marcos! La
arañamona era todo lo que sonaba para mí. Salvas de disparos al aire atronaban
el bosque cuando llegó Arteaguita. Ahora era una chimenea lo que acababa de
descubrirse, cuando todavía la bomba seguía dando su melcochada de oro, y del
"tame", por los agujeros del "tamayán", pasaba el abundante
metal precioso a amalgamarse con el azogue en los compartimientos del "chis".
Y eran cerca de cien hombres los que allí abrían solapas y barrancos, acosando
al filón, que continuaba "veteando bonito" y triturando el cuarzo en
pequeños morteros, porque a todos que llegaron pidiendo: —Dénme un recorte.
Tanto Marcos Vargas como Néstor Salazar les dijeron: —¡Coja lo que quiera!
¡Aquí hay para todos! Unos llegaron con sus bastimentos y siendo escasos,
todavía no los habían consumido porque el oro les quitaba toda gana que no
fuera de hallarlo; otros llevaban días sin probar bocado y cuando llegó
Arteaguita acababan de sacar de un barranco a uno que allí murió de hambre y de
agotamiento, días y noches cavando, ya enloquecido. Y todos tenían el rostro
devastado y la mirada fulgurante de la fiebre del oro. Algunos se habían
marchado a derrocharlo, considerándose
ya ricos para siempre; de ellos se revolvieron los que por el camino detuvo la
codicia, pero en seguida los recuperó la ilusión de riqueza y volvieron a
marcharse para otra vez regresar, ya insensatos, a juntarse su tesoro para
multiplicarlo más rápidamente, hasta que al fin lo perdieron. Y otra vez al
barranco. Desconocido casi, como de cuarenta pasados cuando apenas trasponía
los veinticinco, encontró Arteaguita a Marcos Vargas, mas no por la fiebre del
oro, que en su alma no hallaba asideros la codicia, sino por la tempestad que
hacía cuatro años se había desatado en su espíritu. Las recias intemperies del
itinerario gigantesco le habían curtido el rostro, en los ojos cavados le
fulguraba una mirada huidiza, se le encanecían ya los cabellos y en vez de
aquel carácter expansivo y aquel aplomo y dominio de sí mismo ante los demás,
mostrábase ahora reservado y tímido, hasta el punto de que en el primer momento
trató de usted a Arteaguita, y a la cordialidad con que éste lo saludó le
correspondió cohibido. Pero no había perdido aquella propensión a las bromas
pesadas y pronto hubieron de sufrirlas Arteaguita y los otros
"patiquines" que junto con él llegaron, todos novatos en materia de
oro. —Aquí tienen sus recortes –díjoles, ofreciéndoles unas bateas llenas de
mineral triturado–. Péguense a lavar de una vez. Y allí mismo empezaron los
gritos de júbilo de los novicios. Grandes "cochanos" aparecían en
aquellas bateas, apenas removidas. Arteaguita, especialmente, estaba a punto de
volverse loco de alegría, corriendo de aquí para allá para demostrarles a sus
compañeros la extraordinaria fortuna que ya empezaba a tener: —¡Mira, valecito!
¡Oro!, ¡oro! ¡Cógele el peso! Marcos Vargas reía a carcaja das y junto con él
Néstor Salazar y los peones que estaban en el secreto, hasta que el segundo,
pareciéndole ya demasiado: —Tranquilícese, Arteaguita –le dijo–. Ésas son
bromas de su amigo Marcos Vargas. Todos esos cochanos que están apareciendo en
esas bateas han sido puestos por él para divertirse con ustedes. Aquí hay oro
para todos, pero no tanto como así. Tiren ese material, que ya está lavado, y
cojan de aquél. Y Arteaguita, desconsoladamente:
—¡Marcos! ¿Para qué me haces eso,
valecito? ¡Ha podido matarme la emoción! Y luego le confesó que "La Tijera
de Oro" andaba mal porque la de hierro casi no tenía trabajo desde hacía
algunos meses; que aún sus recursos no le habían permitido casarse; que para
salir de abajo había recurrido al juego, donde acabó de perder lo que no se
estaba ganando, de donde quedó endeudado y a punto de perder la reputación.
Concluyendo: —¡Imagínate! ¡Para que yo me haya atrevido a tirar esta
parada! —No te pesará, Arteaguita
–díjole Marcos–. De aquí saldrás fondeado y lo que es más importante: hombreado
también. Porque es bueno que sepas a qué atenerte desde luego. La mayor parte
de esta gente que ves aquí es peligrosa para quien se le agüe el ojo en el
momento dado y no son pocos los que están cazando la oportunidad para darle una
puñalada al primero que se descuide y quitarle el oro que tenga. De modo que,
¡ojo de garza, Arteaguita! Aquí el que pega un barranco tiene que colgar su
chinchorro encima de él y dormir con el revólver en la mano. No te confíes de
nadie, ten presente que estás entre el fieraje del Cuyuni, donde el que menos
es el "Sute" Cúpira. En efecto, estaba por allí el temible Cúpira,
esta vez sin su habitual escolta de antes. Se había presentado pidiendo
"su recorte", pero había motivos para sos pechar que sus verdaderos
propósitos fueran otros, pues no se afanaba en procurarse el oro que habría
podido obtener, ocioso la mayor parte del día, contemplando en silencio la
agitación de los demás y sobre todo siguiendo con la vista a Marcos Vargas por
donde quiera que estuviese. —¿Te has fijao en el "Sute"? –le había
preguntado ya Néstor Salazar a Marcos Vargas. —No –repúsole éste, mintiendo–.
¿Por qué me lo preguntas? —Por nada.
Porque no sería malo que te fijaras un poco en él. —Bueno. Trataré de hacerlo.
Pero desde el primer momento había comprendido Marcos que el "Sute"
no iba por oro. Era la primera vez que volvía a vérselo después de aquel choque
que estuvieron a punto de tener la noche del baile del ñopo en las cabeceras
del Cuyubini, pues desde entonces no había vuelto Marcos a la región del
Cuyuni, de donde nunca salía Cúpira, y aunque las últimas palabras que allí se
cruzaron no podían haberlos dejado en calidad de amigos, así llegó, sin
embargo, pidiéndole "su recorte" y así se lo permitió él cuando
Néstor Salazar quería negárselo. Porque si comprendió que el hombrón del Cuyuni
podía venir a liquidar cuentas pendientes, arrepentido de no haberse
"matado con el hijo del hombre que lo vio cumplir su gran juramento",
a él también le había escarabajeado muchas veces el recuerdo de aquella gracia
de la vida que con tales palabras le hiciera. La fiera divinidad de la hombría
a que tanto el uno como el otro rendían culto los llevaba a enfrentarse una vez
más. Ya se había dado cuenta Marcos de que Cúpira no lo perdía de vista. Pero
se hacía el desentendido procurando darle siempre la espalda y el encontradizo
cuando por las noches el segundo se alejaba del campamento, llegándose hasta la
orilla del Cuyuni, cuyos raudales le arrullaban con sus bramidos los torvos pensamientos que
acariciaba. Se detenía junto a él, dirigiéndole, invariablemente, estas
palabras. —¡Hola, "Sute"! ¿Cogiendo fresco? Y Cúpira respondía
siempre lo mismo: —Criandito sueño con este runrún de los raudales en la noche
silencia. —Se ha vuelto usted muy amigo de estar solo. —Y usted de buscar malas
compañías. —Tal vez no sean tan malas. —En los talveces está el peligro, Marcos
Vargas. Acuérdese de que seguro mató a confiado. Luego callaban y al cabo de un
rato largo proponía Marcos: —Bueno, compañero. ¿No será hora de revolvernos por
donde hemos venido? A lo que respondía Cúpira: —No habiendo otra cosa que
hacer... Y esto, una y otra noche, siempre lo mismo, era al propio tiempo la
provocación y el respeto mutuo. La llegada de Arteaguita alteró oportunamente
esta costumbre, pues ahora Marcos se quedaba en el campamento conversando con
él, y así supo que Gabriel Ureña ya tenía dos hijos y había resultado un
excelente administrador, pues "Tupuquén", "Guaricoto" y
"La Hondonada" prosperaban cuando otras fincas mejores decaían y
pasaban de las manos de sus dueños a las de acreedores hipotecarios, y que en
Upata se esperaba de un momento a otro el regreso de Francisco Vellorini –cuyas
dos hijas mayores se habían casado en Francia– porque ni él podría vivir ya
sino en Guayana, ni mucho menos la mujer, tan de su tierra, y Aracelis, todavía
soltera y más bonita que nunca, según los que habían visto retratos suyos
últimamente llegados.
Y el intencionado noticiero concluyó preguntando: —Bueno, Marcos. ¿Y tú,
qué proyectos tienes? Ya es tiempo de que te regreses, chico. Y ahora, con el
dineral que sacarás de aquí... Ya basta de exponer la vida corriendo raudales.
—Sí. Eso quiere Néstor Salazar: que me vaya con él. Me está animando para hacer
un viajecito a Europa con lo que saquemos de aquí. Pero quién sabe si a mí no
me sirvan ya zapatos, ni de percha ni a la medida. ¡En fin! Ya veremos...
Además, eso de correr raudales no es cosa del otro mundo. Aquí como en tu
sastrería el todo está en no comerse el trazo, con la diferencia a mi favor de
que si tú te lo comes tienes que pagar la tela estropeada, mientras que a mí
nadie me va a cobrar lo que me rompa contra las piedras si me salgo del trazo
de la chorrera. ¡En fin –repito– ya veremos! Una noche, ya recogido a su
chinchorro Néstor Salazar y conversando todavía Marcos con Arteaguita en el
silencio del campamento dormido, notó que de uno de los barrancos salía luz.
—Allí están jugando –dijo–. Ándate allá, Arteaguita, y diles a los que sean que
aquí está prohibido el juego y que de orden mía te entreguen los dados y se
vaya cada cual a su chinchorro, si no quieren oír roznar el machete. Pero
cuando ya Arteaguita se disponía a obedecer, aunque muy a pesar suyo, pues no
quería enemistarse con nadie y menos después de lo que le había advertido
Marcos a propósito de la clase de gente que era aquélla, uno de los mineros que
por allí estaba se acercó diciendo: —Ése es el "Sute", don Marcos.
—¡Ajá! –exclamó éste a tiempo que a Arteaguita lo abandonaba toda gana de
desempeñar su cometido–. ¿Conque ése era el recorte que estaba trabajando? ¿Y
usted lo sabía y se lo reservaba? —Yo
sólo no, don Marcos –repuso el minero–. Aquí semos varios los que hemos visto esa luz toas estas
noches; pero, tratándose de quien pone esa jugada... Pero ya Marcos Vargas iba
a lo que le deparase la ocasión. Era realmente Cúpira quien ponía aquella
jugada clandestina y con dados acondicionados, de modo que uno por lo menos
siempre se parara en suertes. El barranco, todavía no profundo, era ancho y
adentro estaban haciéndole el juego a el "Sute" cuatro de los compañeros
de Arteaguita, ya perdido casi todo el oro que había sacado.
—¡Acá esos dados! –ordenó
imperiosamente Marcos Vargas, sorprendiendo a Cúpira cuando ya iba a echarlos
para arramblar con todo el oro en paro–. ¿No sabe usted que aquí está prohibido
el juego? —¡Hombre! –exclamó el
"Sute", con su hablar arrastrado–. No soy yo solo el que está
jugándose lo suyo. —¡Acá esos dados! ¡Y no replique! –reiteró Marcos, ya
revólver en mano. Y Cúpira, sin inmutarse: —¡Bueno, pues! No se sofoque, que no
es para tanto. Está usted en lo suyo y entre los suyos. Ahí van los dados. En
sus propias manos se los entrego parados en suerte. Y Marcos, al sopesarlos:
—¡Como que de otro modo no se pueden parar, porque para eso están compuestos,
grandísimo bribón! ¡Entrégueles inmediatamente a esos jóvenes lo que les ha
robado! ¡Y lárguese de aquí en seguida! El "Sute" se demudó de coraje
reprimido. Ya no era su "gran juramento" lo que le impedía matarse
con el hijo de quien se lo vio llevar a cabo, sino la desigual pelea que habría
sido, pues junto a Marcos Vargas ya estaban Néstor Salazar y todos los que a
las voces acudieron, revólver en mano la mayor parte, entre los cuales varios
habían sido ya víctimas de los dados compuestos. —Está bien –repuso–. No grite
más, que ya es bastante la gente que se
ha despertado. Devuelvo lo que gané y por donde vine me voy. Ésa la ganó usted,
otra puede que sea mía si alguna vez vuelven a cruzarse nuestros caminos. Que
ya van dos y a la tercera dicen que va la vencida. Dicho lo cual se marchó.
Marcos Vargas quiso seguirlo, pero todos se lo impidieron y hubo de quedarse
con el reconcomio de no haber sido él solo contra Cúpira. Y esta preocupación
se adueñó por completo de su espíritu de allí adelante. Días después –terminada
la explotación del filón, que no tardó en desaparecer– ya en El Dorado y en
apariencia decidido a abandonar la selva como se lo aconsejaba Néstor Salazar,
propúsole a Arteaguita: —Vamos a echar una jugadita para matar el rato, mano a
mano los dos. —Por complacerte –accedió aquél–. Porque para mala suerte la mía.
Pero no me cargues la mano, pues la pelea es desigual: tú traes más de mil onzas
y las mías no llegan a sesenta. Pero sí: siempre que no sea con los dados del
"Sute". —¡Ah, caramba, chico! ¿No me viste tirarlos al Cuyuni? —Ya lo sé. Ya lo sé –dijo Arteaguita–. Lo
dije en broma. Jugaron un rato ganando y perdiendo alternativamente pequeñas
cantidades de oro en bruto. Algunos querían agregarse a la partida, pero Marcos
no se lo permitía, diciéndoles: —Éste es un mano a mano, porque ese oro que se
lleva Arteaguita es mío y voy a ver si se lo quito. Hasta ahora no he podido
rasparle sino unas cinco o seis onzas, pero lo que es del cura va para la
iglesia. O viceversa. Pero de golpe se asentó la racha favorable al sastre y
éste comenzó a animarse aceptando paradas de importancia. Marcos Vargas perdía,
al parecer contrariado y enardeciéndose. Ya las puestas eran puñados de oro que iban a engrosar el de
Arteaguita y éste temblaba de pies a cabeza, desorbitados los ojos, pálido y
silencioso, sacudiendo excesivamente los dados con una contracción nerviosa del
puño que hacía recordar aquella mímica que empleó en Tumeremo cuando, en
víspera de salir para el Guarampín, le confesó a Marcos que tenía miedo. Y por
este recuerdo que se le vino a la mente empezó Marcos a reír a carcajadas y a
duplicar y triplicar sus puestas, diciendo: —No los maraquees tanto, chico, que
no vas para el Guarampín y no hay peligro de que te salgan contrarios. ¡Échalos
sin miedo! Pero no era miedo de perder, sino que Arteaguita nunca se había
visto con tanto oro suyo por delante y aquello lo tenía perturbado a más no
poder, mientras Marcos reía y exclamaba: —¡Ah, sastrería buena que vas a poner,
Arteaguita! ¡Ahora sí va a ser de oro la tijera que no se come el trazo! Aprovecha
tu racha y echa los dados sin miedo, que eso no es robado. Ya me has vaciado la
mitad de la batea, pero yo espero mi racha, que ya tendrá que venir, y entonces
veremos quién canta victoria. ¡Ah, sastrería buena la que vas a poner,
Arteaguita! Pero en eso intervino Néstor Salazar, a quien fueron a contarle lo
que estaba sucediendo: —¡Arteaguita! ¿No comprendes que ése es el mismo cuento
del cochano? Esos dados son los del "Sute". Boquiabierto, tembloroso,
a punto de echarse a llorar, Arteaguita abrió la mano para contemplar los
dados; pero Marcos Vargas se los arrebató, diciéndole a Salazar: —Éstos no son
los del "Sute".
!Éstos son los de Marcos Vargas! Y
vaciando en la mesa el oro que le quedaba: —¡Y todo esto es tuyo, Arteaguita!
Para que montes una sastrería de lujo y te cases y tu mujer te llene de hijos que nunca pasen
hambre. ¡Llévatelo! Que en el Cuyuni queda todavía mucho para Marcos Vargas. Y
aquella misma tarde embarcó otra vez en su curiara y abandonó el Dorado, Cuyuni
arriba, por donde debía encontrarse con el "Sute" Cúpira, hombre a
hombre.
XVIII
Aymará
Un camino ancho, limpio, despejado,
por entre la selva tupida. Y esto ya había sucedido otra vez. Un camino por
donde avanzaba la pequeña cosa inmensa del espantoso clamor de una muchedumbre
silenciosa. Él tropezaba contra aquella muda y errante masa compacta,
atravesándola sin encontrar resistencia y los hombres se iban iluminando por
dentro como la selva oscura al resplandor del relámpago. —¡Me andó alante el
joven! –gemía uno, llevándose la mano al pecho por donde él lo había
traspasado, inmensidad tenebrosa. —¿Qué desea, joven? –le preguntaba otro,
oponiéndole resistencia; pero él lo traspasaba también y la pequeña cosa inmensa se apagaba
murmurando–: Diga usted que lo vio morir como un hombre macho. Pero él no podía
detenerse. Sus brazos ya se rendían al peso de la pequeña cosa inmensa... ¡Y
aquel puño crispado que no lo dejaba pasar!
—¡Acaba de echar los dados, que llevo prisa! Y la pequeña cosa yerta se
acurrucaba buscando el calor de su pecho inmenso. Otro bebía en su pequeño vaso
interminablemente y era como atravesar un gran campo calcinado bajo una lluvia
copiosa. Pero el cacharro, ya vacío, había rodado por la mesa y se había roto
contra el suelo. Cuando lo recogieron era un guiñapo de hombre tirado por los
caminos. La sed inmensa de la pequeña cosa había consumido toda el agua. Sólo
los troncos de los árboles rezumaban humedad viscosa y allí se aplacaba el
fulgor de la fiebre de los hombres. —¡Apaga, Bordona! ¡Apaga, que nos quemamos!
Alguien que se estaba abrasando por dentro corría de aquí para allá lamiendo
aquellos troncos, desde la raíz hasta los copos más altos, mientras se
desangraba por el muslo cortado hasta el blanco de los huesos; pero su lengua
era una llama a cuyo contacto se evaporaba de golpe toda aquella humedad,
envolviéndolo en una niebla ardiente, dentro de la cual un hombre desgalichado caminaba
sin cesar moviendo continuamente su cabeza mecánica y murmurando: —¡Canaima!
¡Canaima! ¡Canaima! Y desde la raíz hasta los copos se iban secando todos los
árboles y comenzaban a arder en una gran llama pálida. Corría por la pica
anchurosa lanzando su nombre al silencio. !Cinco años! Y era el incendio
penetrando en la selva y al mismo tiempo un pequeño pájaro negro que volaba por
encima de ella y cuya inmensa sombra negra errante por el suelo era él mismo, carbonizado ya por
aquella llama pálida. De pronto sintió que los pies se le habían convertido en
raíces hundidas hasta el centro de la tierra y mientras por todo el cuerpo le
corría una savia espesa y oscura, cien años subiendo hasta los copos más altos,
para detenerse otros ciento a oír el paso del viento que hacía gemir los
vapururos por la muerte del indio Maremare:
Maremare se murió en el paso de Angostura; yo
no lo vide morí, pero vi la sepultura. Maremare se murió en el paso e la
tormenta; yo no lo vide morí, pero vi la huesamenta. Maremare se murió y no fue
de calentura. ¿De qué murió Maremare si no fue de su amargura? Maremare se
murió. Ya se murió Maremare. Maremare se murió. ¡Pobrecito Maremare!
Y bajo los techos de las churuatas esparcidas
por la inmensa tierra bárbara toda la indiada rompe en llanto por la muerte de
Maremare... La triste canción del indio, destemplada, monótona, extraña,
inmensamente triste. Él le ha dado una entonación melancólica, ya musical, y
hay un gran dolor de razas maltratadas corriendo en lágrimas entre los gemidos
del carrizo indígena. Y Ponchopire le dice: —No contando más, cuñao. Indio
sufriendo mucho con maremare tuyo. Descansando tú ahora.
Ahora ya todo aquello había pasado:
la fiebre delirante y el errar continuo de aquellos años de extravagancias. Y
Ponchopire le explicaba por qué su tribu no habitaba ya en el Padamu, como cuando
él fue a Angostura en compañía del cauchero Federico Continamo, sino en la gran
sabana del Ven tuari donde ahora había plantado su churuata: —Catarro matando
indio en el Padamu. Muriendo piache, muriendo indio mucho. Nosotros dejando
churuata bajo Padamu, alto Padamu, Raudal de Tencua, y catarro persiguiéndonos.
Aquí seis lunas perdiéndonos la huella. Racional Continamo también resultando
maluco: indio sacando goma para él vendiéndola en Angostura y comiendo hielo
sabroso y él robando mujé. Aquí viviendo tranquilo porque no habiendo goma.
Goma teniendo Canaima: Indio no queriendo sacarla más. Los enemigos implacables
del aborigen, causas de la migración de sus tribus: la tuberculosis, que los
diezma y el cauchero, que los explotaba y los tiranizaba. La muerte, a la que
había que dejarle la churuata cuando penetraba en ella –dentro de un cutumari
el cadáver insepulto de la víctima– e ir a plantarla más allá. Bajo Padamu,
alto Padamu, Raudal de Tencua, eran ya muchos los hitos macabros –osamentas al
aire dentro de las viviendas abandonadas– que marcaban el éxodo de la tribu de
Ponchopire a lo largo de aquel itinerario, perseguida por el catarro, la más
temible para ellos de todas las formas que puede revestir Canaima. En la gran
sabana del Ventuari donde ahora se los encontraba Marcos Vargas, parecían
soplar por fin aire de Cajuña el bueno, el que da la salud y procura la pesca
abundante y librada de las garras del "racional" conduciendo al indio
a donde no creciera el árbol de la goma. Un sol tierno alumbraba en torno a
Marcos Vargas sencillas escenas de comienzos de mundos y una nueva sensación de
sí mismo, pasada la tormenta espiritual, lo envolvía en la suave voluptuosidad
de una paz profunda. Y así estuvo durante varios días, en el chinchorro de
urdimbre sutilísima tejida con plumas de raros pájaros de la selva –agasajo
especial de Ponchopire–, contemplando,
como a través de una niebla de ensueño, la quietud o la actividad que lo
rodeaba. La paz silenciosa, cuando los hombres se iban en sus conchas a la pesca
diaria por los remansos del Ventuari y las mujeres a los conucos, acompañadas
de las guarichitas que ya pudiesen ayudarlas en el laboreo de la tierra, y sólo
quedaban por allí los viejos decrépitos, tumbados al sol de la playa o
acuclillados a la sombra de la churuata, inmóviles como momias o hurgándose las
greñas para sacarse los piojos o rascándose las niguas –delicia del indio,
éxtasis animal de la comezón provocada– y los indiecitos de teta durmiendo
dentro de sus mapires, en el suelo, al cuidado de las grullas domesticadas,
niñeras celosas que no permitirían que se les acercasen insectos ni serpientes,
pues así se alimentarían ellas mismas mientras defendieran a los críos. Quieto
silencio que apenas turbaba el chapichapi del río bajo el soplo del viento o el
sordo rumor distante del gran raudal de Tencua. Paz soporosa de días soleados
en tierras melancólicas que se quedaron atrás en la marcha del mundo. La
actividad cuando regresaban las mujeres, a la espalda el guayare colmado de
yucas, y se entregaban a preparar el mañoco de la comida cotidiana, o el
yaraque y la yucuta para las fiestas, y cuando volvían los hombres con el
producto de la pesca y les entregaban a aquéllas los morocotos y los aymaras
para que los destripasen y pusiesen a secar, que luego los macerarían hasta
convertirlos en la harina del piraricú. Y la cháchara de las guarichas
provocando la algarabía de los loros y guacamayos mientras tejían los
chinchorros de cumari o de curana o las mantas de palo marimba para defenderse
de los mosquitos, y los mapires para los críos que esperasen, o las esteras,
talegas y guapas adornadas con grecas vistosas para el menaje de la
vivienda común. Y el trabajo taciturno
de los hombres fabricando las curiaras y las conchas, preparando las puyas de juajua
y de cocorito para las flechas, y los cañutos para las cerbatanas o machacando
el barbasco para la pesquería del alba siguiente. Vida simple y compartida en
común, bajo un solo techo, el mañoco y el piraricú tomados de una misma fuente
y con las solas manos, acuclillados en el centro de la churuata, donde había
unas topias sobre las cuales a veces se asaba un chigüire o un paujil que uno
de ellos cazó para que comiesen todos; el bureche o la cupana bebidos de una
misma casimba pasando de boca en boca. Vida tan de todos por igual, que si a
veces los vapores de la yuca fermentada se les subían a la cabeza, como
generalmente tienen la borrachera triste, bastaba con que uno se acordase de
alguno de los muertos de la comunidad e invitase a los otros a llorarlo para
que en la churuata resonara el llanto unánime. Sólo el amor tenía sus fueros
propios. En la churuata se convivía, mas para el amor eran la soledad discreta
y la Naturaleza plena: la curiara en el remanso del río o el campo raso lejos
de la ranchería. De noche bogaban las parejas o se internaban por la espesura,
tal vez en busca del nahual para el hijo: el espíritu del árbol o del animal o
de la estrella fugaz que debe compenetrarse con el alma del indio desde el
primer instante de su encarnación. El nahual del cacique de la comunidad era el
váquiro salvaje del cual tomaba su nombre de Ponchopire, acaso por haber sido
engendrado y concebido en algún paraje de playa a tiempo que alguna manada de
tales bestias bajara a abrevarse en el río, y el nahual de su hermana Aymara era
el pez de este nombre, de carne exquisita, pero muy espinosa; cuya sería el
aguaje que estremeció la curiara del amor en la quietud del remanso dormido. No le eran desconocidos a Marcos
Vargas ni las rudas costumbres ni los ingenuos misterios de aquella existencia,
aunque hasta allí no había sido sino espectador de unos ratos y de todo aquello
sólo había captado lo que estimulaba o complacía la curiosidad del civilizado.
Mas si aún no compartía la convivencia maloliente bajo el techo de la churuata
–dentro de la cual sólo existía la familia como algo distinto e independiente
de la comunidad, mientras dormía, ocupando un sector de los dos círculos
concéntricos de horcones que sostenían la cónica techumbre pajiza, abajo el
chinchorro del hombre, más arriba el de la mujer y finalmente los de la prole–
y si tampoco se había allanado todavía a la desagradable costumbre de comer con
la mano, de una sola fuente donde todos metían las suyas nada limpias, de todos
modos ya era uno más en la pesca por los remansos del Ventuari, con flecha o
cerbatana, silencioso dentro de la concha, y en el ruedo que por las noches, a
las primeras horas, formaba toda la comunidad en el centro de la churuata,
sentados en el suelo, fumando los hombres el cigarrillo de tabari mientras se
referían las peripecias de la jornada, para que no hubiese experiencia de uno
que todos no conociesen, pero sin mirarse a las caras, fijos los ojos en el
suelo o en el aire, donde se deshacían las volutas del humo, porque las miradas
de un hombre no pueden cruzarse con las de otro sin que sus nahuales se
confundan o se destruyan mutuamente –así sean de animales o cosas afines o
adversas entre sí–, casos ambos que serían la muerte, ya comenzando por aquella
parte de la doble personalidad. Y esto, así como –entre otras muchas prácticas
supersticiosas– la de la que el piache se rodeara de oscuridad y de misterio
para preparar el curare con sus innominadas lianas amargas y sus polvos de
colmillos de ser pientes, manipulaciones especialmente vedadas a las mujeres,
porque los ojos de la hembra malogran los efectos del terrible veneno, ya
Marcos Vargas aprendía a considerarlos no como tales supersticiones, sino como
cosas sencillas, de un sentido natural y evidente. Durante aquellas veladas,
Aymara, sabrosa y arisca como apetecible y espinosa la carne del pez homónimo,
ya sintiendo las urgencias de la mujer que despuntaba en ella, se refugiaba a
lo más oscuro de la churuata para contemplar al racional, encendidos los ojos
en lumbre de amor; pero si Marcos, buscándola entre el mujerío atento a la
charla de los hombres, alcanzaba a descubrirla y se quedaba mirándola, ella
rebullía y se acurrucaba más en la sombra, mezclando la risa con los gruñidos,
anticipos del instinto con que suele entregarse la india voluptuosa y huraña.
Ya Ponchopire se había fijado en
esto y un día le preguntó a Marcos: —¿A ti gustándote Aymara, cuñao? —Gustándome más que el piraricú del pescado
de su nombre. —Pues cogiéndotela para ti después de su fiesta. Y luego a la
hermana, en su dialecto y como jefe de la comunidad: —Tú serás la mujer del
racional. Saca de ese hombre el mayor provecho para ti y para tu gente. La
fiesta de Aymara a que se refirió Ponchopire era la ceremonia con que se
celebraría su entrada en la pubertad. Ya las ancianas, las grandes madres de la
tribu, venían observándola detenidamente, y cuando advirtieron que ya declinaba
la última luna de la Aymara núbil, ésta fue encerrada en una garita de palma
construida al efecto a cierta distancia de la churuata, dentro de la cual
permanecía aislada y sometida a riguroso ayuno hasta el plenilunio próximo. En
el momento de cerrarse aquella especie
de crisálida donde se operaría la misteriosa transformación, todas las mujeres
de la tribu prorrumpieron en llanto por la Aymara a quien no verían más y por
la que saldría de allí, apta para las tremendas delicias del amor que perpetúa
la dura existencia del indio. Luego, en seguida, comenzaron los preparativos
para la fiesta. De las sementeras, a las espaldas de las indias, venían los
guayares colmados de yuca, no descansaban los brazos preparando el mañoco y el
piraricú que se consumiría en la gran comilona, ni quedó por allí casimba donde
pronto no estuviese fermentando la yucuta, en tanto que los hombres se ocupaban
en la confección de las tinturas de curare, chica, drago y conopia, con las
cuales, pintándose, adorna el indio su desnudez. Y mientras las guarichas se
dedicaban a aquellas alegres faenas, las viejas, taciturnas y celosas de la
tradición, montaban guardia día y noche en torno a la clausura de palma donde
se estaba efectuando el misterio. Pero Marcos Vargas, haciendo esta vez burlas
del rito, se dio sus mañas para que no fuese tan severo el ayuno de su
prometida, pues ni de ésta los huesos –decíani de su nahual las espinas era lo
que le gustaba. Y así fue para Aymara menos dura la anticipada expiación de sus
pecados de mujer. La antevíspera del plenilunio señalado, cuando ya se habían
reunido allí todas las comunidades vecinas adonde llegó la noticia de la
fiesta, al ocultarse el sol, comenzó la algazara que de allí en adelante
formaría toda la indiada en torno a la garita, en tanto que se entregaba al
festín de mañoco y yucuta y a fin de que la recluida no pudiese conciliar el
sueño. Dos noches y dos días sin tregua duró aquel tormento y a tiempo que
comenzaba el otro de la luna llena, con cuya aparición terminaría el retiro
purificador de Aymara, cesó de pronto la algarabía, sobrevino un silencio imponente, se abrió la
garita y junto con el astro luciente, apareció, quebrantada por el ayuno y el
insomnio, pero ya propicia al amor, la nueva mujer de la tribu. Y comenzó el
baile, que todavía sería tormento para ella, aplicado por los hombres: la
prueba del látigo. Girando en torno a la guaricha, pintarrajeados de negro y de
rojo y otra vez con gran algazara de cantos y gritos y provistos de bejucos de
mamure, cada hombre debía propinarle dos azotes y luego uno a sí mismo, acaso
porque en culpas del amor dos terceras partes son de la mujer. —Dándole suavecito,
cuñao –recomendábales Marcos Vargas, que junto con ellos bailaba y azotaba–. No
maltratándome mucho a la guaricha. No le asentaban demasiado la mano, pero eran
tantos los verdugos que ya Aymara estaba a punto de soltar el llanto. Sin
embargo, a través de las lágrimas asomadas a sus ojos había miradas sonrientes
cuando era Marcos quien aplicaba los azotes. La prueba del látigo no duró
mucho, pero el baile ya no terminaría en toda la noche. Ya la luna estaba en la
mitad del cielo y la embriaguez se había apoderado de toda la indiada.
Enronquecidos y con aire de alucinados danzaban continuamente al destemplado
compás de un canto bárbaro y desapacible, sin ritmo ni melodía, al son de los
yapururos. Pero hacía rato que Aymara no estaba por allí. Aquella noche también
la curiara de Marcos Vargas bogó hacia la alta soledad de los remansos del
Ventuari, sobre cuyas aguas flotaban los nahuales...
El racional
Para la comunidad de Ponchopire antes había
sido el cauchero Federico Contimano el racional por antonomasia. Que luego
resultó como casi todos: un explotador brutal que les pagaba con abalorios,
puñados de sal y trozos de papelón el caucho que para él recogían. Pero como el
indio fatalista ya nada espera de su raza humillada y vencida, para librarse de
las expoliaciones del blanco, o del supuesto civilizado sin distingos de
matices de la piel, procura siempre ganárselo a partido sometiéndolo a su
patrocinio, a veces gustosamente. Y así procedió Ponchopire respecto a Marcos
Vargas, de quien, por otra parte, conservaba un recuerdo grato de cuando lo
conoció en Angostura. Por el momento no estaba amenazada su tribu por los
caucheros, pero siempre sería conveniente tener a su favor a un racional a
quien los otros respetasen, y viendo en Marcos un buen defensor para su gente,
le había dado por mujer a su hermana, previa la recomendación a ésta que en
tales casos siempre hace el indio. Por otra parte, al proceder así, Ponchopire
había obedecido tanto al sentido hospitalario, muy desarrollado en el indio, como
al que éste tiene de la comunidad humana, dentro de la cual ni el individuo ni
la familia pueden existir en sí solos ni para sí mismos. Sin vestigios de
economía personal o doméstica, todos consumiendo por igual lo que cada uno
producía, todos compartiendo la misma vida, la churuata era ya un símbolo:
pertenecía a todos, todos contribuían a levantarla y sólo se adquirían derechos
individuales bajo su techumbre para la temporal ausencia de la vida durante el
sueño, en uno de los sectores de los
círculos concéntricos que formaba la horconadura, o para la definitiva y
perenne dentro del cutumari colgado del horcón central. En uno de aquellos
sectores fueron colgados, uno por encima del otro, los chinchorros de la nueva
pareja; pero si Marcos prefirió continuar habitando con Aymara la vivienda
aislada que Ponchopire le había hecho construir desde su llegada a la
comunidad, ya bajo el espíritu uniforme de ésta era uno entre todos y el
cacique parecía esperar de él grandes cosas para el beneficio común. —Bueno,
cuñao –díjole una tarde, después de una larga pausa silenciosa, ambos
contemplando la puesta del sol sobre el Ventuari–. Ya Ponchopire enseñándote
las cosas como ofreciéndote en Angostura; ahora tocándote a ti. —Bueno. Tú
diciendo lo que queriendo que te enseñe –repuso Marcos, que ya de otro modo no
se expresaba.
El indio sonrió y con el resplandor
de una gran esperanza a punto de realizarse iluminándole la faz, interrogó:
—¿Sí? ¿Tú enseñándome, cuñao, lo que yo queriendo? —¡Sí, hombre! Siempre que yo sabiéndolo, por
supuesto. —Bueno. Enseñándome hacer hielo. Era lo único que le había interesado
en la civilización, a lo que de ella columbró durante su permanencia en Ciudad
Bolívar, y lo primero que se le ocurrió pedirle a Marcos Vargas después que se
hubiera efectuado la fiesta de Aymara. Con lo demás podían quedarse los
racionales. Y así fue grande su desencanto cuando Marcos le repuso: —¡Ah,
caramba, cuñao! En buen apuro poniéndome tú. Yo no sabiendo fabricar hielo, ni
eso tampoco pudiendo hacerse aquí. Era lo mismo que le había respondido
Federico Continamo cuando igual petición hubo de hacerle. —¡Ah! –exclamó–. ¡Tú
tampoco sabiendo! Y no se explicaría nunca cómo podía ignorar un racional lo
que otros sabían, cuando entre ellos –los indios– era tesoro común la ciencia
de las cosas necesarias para la vida. Ni por su parte llegaría a darse cuenta
Marcos Vargas de hasta qué punto había defraudado las esperanzas de Ponchopire.
Días después llegaron por allí dos guainaris de las riberas del Arapani, de
evidentes rasgos mestizos ensombrecidos por un aire de embrutecimiento
profundo. Traían un cutumari con despojos y reliquias de su cacique recién
muerto de manera misteriosa y venían a consultar con Caricari, viejo piaima de
la tribu, famoso como adivino por aquellas regiones, acerca de las causas de
aquella muerte, para lo cual eran los mechones de cabellos y las uñas del
difunto que venían dentro del cutumari, junto con objetos que habían sido de su
uso personal. Caricari, momia decrépita, salió penosamente del letargo senil en
que vivía sumido, tomó unas polvadas del ñopo que le ofrecía Ponchopire a fin
de que entrase en el trance adivinatorio y comenzó a absorberlas por la nariz,
primero despacio y progresivamente más aprisa, mientras la comunidad y los
forasteros lo contemplaban con religioso respeto. De pronto el vejete entró en
estado convulsivo y en seguida delirante, mascullando palabras extrañas, las
más de ellas sin sentido alguno, con las cuales anunciaba que ya su nahual lo
llevaba volando por los aires sobre grandes ríos torrentosos y altísimas
sierras, y cuando los guainaris le oyeron decir que ya veía, allá abajo, la
churuata de ellos, sacaron del cutumari los despojos mortales y se los pusieron
entre las manos trémulas de senectud y de delirio de yopo.
Ya Ponchopire le había ex plicado
previamente que se trataba de una muerte misteriosa, de la cual había sido
víctima un racional que hacía treinta años regía aquella tribu del Arapani,
padre de los mestizos que ahora le pedían ahincadamente que les dijese de qué
había muerto. El visionario provecto, gimiendo como un crío, palpó, olfateó y
luego apretó contra su pecho aquellas repugnantes cosas, mientras sus ojos en
blanco seguían por los aires del delirio el vuelo del gavilán de su nahual, y
al cabo de un rato de gimoteos y de convulsiones de trance comenzó a balbucir
frases entrecortadas y en su mayor parte ininteligibles, que si nada preciso
decían respecto a lo que se le preguntaba, en cambio, parecían expresar una
esperanza mesiánica, pues –traducidas y reconstruidas por Marcos Vargas–
anunciaban que en todas partes ya estaban colmadas las calabazas donde se
prepara el curare, porque los ríos comenzaban a correr hacia sus cabeceras y
esto significaba que ya "ella" venía contra "él" desde el
fondo de la gran noche sin lunas. Pero la alusión al curare fue suficiente para
que los mestizos se convencieran de que su padre había sido envenenado. Ya
metían dentro del cutumari los despojos y reliquias por los cuales esperaba el
muerto, solitario morador de la churuata allá en la ribera del Arapani, cuando
Marcos advirtió que una de aquéllas era un papel impreso, pringoso y ya roto
por los dobleces, y apoderándoselo, sin hacer caso de las protestas de los
mestizos, se dirigió a su choza para examinarlo. Era un periódico de Ciudad
Bolívar, de un día indeterminable de hacía muchos años, por haber desaparecido
el trozo que contenía la fecha y cuya pringue denunciaba frecuentes lecturas,
así como sus dobleces cuidadosa conservación. No contenía nada que fuera ya ni
pudiese haber sido nunca interesante: era uno de esos periódicos de ciudades pequeñas que nunca salen de ellas
para asomarse al resto del mundo ni jamás contienen nada que en ellas ya todos
no sepan; pero había sido, sin duda, el único contacto de aquel "racional"
con el mundo civilizado del cual se apartara, quién sabe por qué, y Marcos
Vargas se quedó largo rato cabizbajo con el sucio papel entre las manos,
mientras en su interior resonaban palabras de cinco años atrás: —... y es que
te quiero tanto, tanto, tanto! Y Ponchopire tuvo que repetirle varias veces:
—Cuñao. Los guainaros esperando su papel, porque allá su padre necesitándolo
para irse todo. Hijos no pudiendo regresar sin cutumari completo.
—¡Hijos! –murmuró Marcos. Y al
representarse la profunda estupidez que expresaban los rostros de los mestizos,
maquinalmente dirigió su mirada al vientre de Aymara, ya madre, que estaba
hacía rato por allí sin que él lo advirtiese. Devolvió el papel entregándoselo
a Ponchopire y éste a Aymara para que se lo llevase a los guainaros, mientras
él se quedaba allí para cambiar impresiones. —Yo estando pequeñito cuando llegó
racional de Arapani –dijo para empezar–. Allá queriéndolo mucho; ahora
envenenándolo... Pero Marcos abandonó la choza dejándolo con la palabra en la
boca. Vagó todo el día en su concha por el río solitario, y aunque fueron
frecuentes los aguajes que rizaron los remansos, por la tarde regresó sin
pesca. Y así uno y otro día. Aymara sufría viéndolo tan desganado de ella, que
no le dirigía la palabra ni la consentía a su lado; pero ya había tomado sus
medidas a fin de que no se le escapase: le había aprisionado las huellas,
cubriendo con casimbas disimuladas entre el monte y diariamente vigiladas las que su planta había
estampado por allí. Mas no era sólo ella quien custodiaba estas prisiones, sino
toda la comunidad interesada en retenerlo y si él las hubiese descubierto, se
habría explicado –ya él también pensaba así– por qué nunca bogó decididamente
Ventuari abajo hacia el Orinoco, que lo restituyera al mundo civilizado, cuando
esto se proponía siempre al abandonar la ranchería. Así las cosas, una tarde le
salió el encuentro Aymara y abrazándose a él se quedó mirándolo con aire
extraño y gestos reveladores de inquietud. —¿Qué te pasa, mujer? –le preguntó,
molesto. Y como en seguida advirtiese lo que al llegar se le había escapado del
aspecto de la ranchería–: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está esto tan solo? Aymara
le respondió con mudas señas hacia la churuata y él se encaminó a la vivienda
común con vagos presentimientos. ¿Acaso una muerte? ¿O la vuelta del cauchero
Continamo a someterlos de nuevo a su tiranía? Pero la guaricha, siempre con
mudas señas, le aconsejó que no entrase, sino se apostase afuera a oír lo que
adentro se hablaba y así lo hizo. Era un dialecto maquiritare, pero con acento
arinacota, y un hombre, que debía de ser joven, el que hablaba mientras toda la
comunidad escuchaba en silencio. Contaba cosas que había visto o le habían
acontecido durante un largo viaje. Uno de esos prodigiosos viajes que emprenden
a menudo los aborígenes, solos y escoteros a través del vasto mundo de sierras
escabrosas, selvas enmarañadas o todavía desconocidas por el civilizado,
sabanas desiertas, tortuosos caños y torrentosos ríos, generalmente en busca de
mujeres para reanimar con cruzamientos de tribu a tribu la raza que languidece.
En las riberas del Merevari residía la del arinacota que allí dentro hablaba contando su odisea, de
regreso del bajo Rionegro con una india huarequena. Refería que por todas aquellas
tierras recorridas se advertía un inusitado movimiento de indios; que por las
sabanas se divisaban a lo lejos largas hileras de gente caminando hacia el sur;
que muchas churuatas habitadas cuando él iba para el Sererehuene –río de aguas
negras– las había encontrado abandonadas a su regreso; que le habían dicho que
el cerro del Duida y el de Uaraco ya estaban echando candela toda la noche,
señal de que se aproximaban grandes y terribles acontecimientos; que en todas
partes había oído hablar de la aparición de una india, de una raza desconocida,
que por fin había descifrado lo que estaba escrito en una de las rocas de las
cataratas del Sererehuene, lo cual significaba que se aproximaban los tiempos
del indio otra vez dueño y señor de su tierra. Finalmente, dijo que desde el
sur venía avanzando un gran incendio a través de toda la selva, en vista de lo
cual se estaban saliendo de ella todos los racionales, chupadores de la sangre
del árbol de la goma, violadores del sueño del oro con cuyo despertar se había
desatado Canaima sobre la tierra del indio. Aymara temblaba, abrazaba a Marcos
Vargas y éste recordó las palabras de Caricari, días antes: —Ya están llenas
todas las calabazas de curare... Ya han empezado los ríos a correr hacia las
cabeceras... Se zafó de Aymara y entró en la churuata, haciendo callar al
arinacota sorprendido. Al primer golpe de vista advirtió la reserva en todos
los rostros que horas antes se le habían manifestado francos y amistosos; pero
no se dio por entendido y conforme a la costumbre indígena tomó asiento en
silencio en el ruedo que formaba la comunidad, sin dirigir palabras ni ademanes
de saludo al arinacota ni a la huare quena, una guaricha altiva y ceñuda, de
ojos verdosos, color de las aguas de su sombrío Uaramoto natal. En seguida
Ponchopire tomó la palabra para referirle al forastero – que ya había pasado
por allí cuando iba para Rionegro– cuanto había ocurrido en la comunidad desde
esa fecha, como es costumbre lo haga el jefe de una tribu después que su
visitante ha contado lo que vio o le ocurrió durante el viaje. Y con una voz
monótona, sin matices para las distintas emociones de las cosas narradas,
estuvo hablando largo rato mientras los demás callaban mirando al suelo.
Menos Marcos Vargas, que no hizo
sino contemplar a la huarequena, quien a su vez se atrevió a sostenerle la
mirada varias veces, y menos Aymara, que todo el tiempo estuvo espiando
aquellas miradas. Luego fue la comida y después el maremare, pero esta vez no
lo cantó Marcos Vargas. Una idea bullía en su cerebro y se había ido a
ventilarla a orillas del Ventuari, ante la noche fosca con un ruedo de rojizos
resplandores en el horizonte y en su vasto silencio el mugido del gran raudal
de Tencua. ¿Sería posible –se preguntabasacar algo fuerte de aquellos indios melancólicos?
¿Quedarían rescoldos avivables de la antigua rebeldía rabiosa bajo aquellas
cenizas de sumisión fatalista? ¿Quién sería aquella india, de una raza
desconocida, de que hablara el arinacota?... Él quería llamarla Tararana –algo
de guarura guerrera sonaba en esta palabra guaraúna– e imaginársela anunciada
en alguna leyenda mesiánica... Pero ¿no sería él capaz de reunir bajo su mando
todas aquellas comunidades dispersas en un vasto territorio y a la cabeza de
ellas emprender aquella obra grande que una vez le aconsejara Gabriel Ureña?
Decirle al blanco explotador: —¡Fuera de
aquí!– Y crear un gran pueblo indio... Pero ¿no sería ya la raza indígena, degenerada por enfermedades, sin
cuidado ni precaución y por falta de cruzamientos y por alimentación insuficiente
algo total y definitivamente perdido para la vida del país? ¿Y él mismo, por su
parte, qué ideas se había traído en la cabeza que sirviesen para algo?... Cruza
una exhalación por la noche fosca, dejando un rostro de luz azulenca que luego
se extingue en silencio... ¿Qué deseo le ha encontrado ahora el fondo de su
alma al fugitivo instante? ¡Cuán lejos de todo se estaba en aquella solitaria
ribera del Ventuari, ante la negra noche! Unos gemidos ahogados lo hicieron
volver de su ensimismamiento. Era Aymara, a pocos pasos de él, sin atreverse a
acercársele. Ahora murmuraba entre sollozos: —¡Y yo queriéndote tanto, tanto,
tanto! Al oír estas palabras se estremeció de que fueran las mismas de cinco
años atrás en otra boca: pero luego sintió una compasión generosa, mezclada con
tristeza de sí mismo, y llamó a la mujer colmada de su amor ante el porvenir
sin esperanza: —Ven acá, guaricha. Le echó el brazo al cuello y la atrajo en
silencio hacia su pecho, con ganas de llorar, como si con ella se hubiese quedado
sólo por algo definitivamente perdido o que nunca llegó.
Frente a ellos, bajo la noche
fosca, el Ventuari arrastraba su inútil caudal. Aguas perdidas sobre la vasta
tierra inculta.
XIX
¡Esto fue!
—¡Nueve pies! ¡Fondo duro! Bocas
del Orinoco. Puertas, no bien despejadas todavía, de una región por donde pasó
la aventura que aridece el esfuerzo y donde clavó la violencia sus hitos
funestos. Aguas de tantos y tantos ríos por donde una inmensa tierra
inútilmente se ha exprimido para que sea grande el Orinoco. Guayana frustrada.
La que todavía no ha sido y la que ya no es. La de los caudalosos ríos
desiertos por cuyas aguas sólo navegan las sombras de las nubes, la de las
inmensas energías baldías de los fragorosos saltos desaprovechados, y la de los
pueblos tristes, ruinosos, sin tránsito por el día ni luz por la noche, donde
el guayanés suspira y dice al forastero: —¡Esto fue! Por los caminos del
Yuruari, sembrados de baches, ya las colleras de las mulas no entonan el canto
de la abundancia y en los paraderos donde ahora nadie se detiene están
abandonados a la intemperie los carros de los antiguos convoyes. Los sustituyó
el progreso aparente del camión, pero sólo muy de trecho en trecho y de tiempo
en tiempo jalona el silencio el alarido del bocinazo, y en Upata de los
carreros la gente suspira y murmura: —¡Esto fue! La del caucho sin precio para
ganancias, que ya no se explota, la del oro que poco aparece y sólo para
enriquecer avariciosas manos extrañas, la de la sarrapia, apenas, que continúa
manteniendo la ilusión de riqueza conquistable sólo con unos meses de montaña.
—¡Esto fue! Y en Tumeremo dicen y en
Guasipati lo repiten: —Si este año no aparece oro en Cuyuni, este pueblo
se acaba definitivamente. Por El Callao, a orillas del Yuruari, el negro
Ricardo, ya viejo, va todavía saltando sobre su muleta de palo, con una piedra
en la mano libre en busca de botellas que romper. —¿Cuántas, Ricardo? –le
preguntan diariamente los que con su demencia se divierten. Y él responde,
satisfecho del estrago causado:
—¡Veinte, chico! ¡Veinte! Y
prosigue su marcha, zangoloteando la pierna tronchada. Pero en las riberas del
turbio Yuruari, todavía la negra Damiana continúa lavando las arenas que ya no
arrastran oro. —¡Esto fue! Por los caminos de los alrededores de Upata todavía
vaga José Francisco Ardavín de regreso de su ilusoria pelea de El Caujaral,
desquijarado, babeante, mustia de demencia la mirada. Pero musiú Giacomo, ya
viejo también, aún conserva el pergamino de "El Españolito" y junto
con él muchos esperan que algún día se descubrirá el tesoro de los frailes y
que entonces Upata volverá a ser Upata. Mientras que Childerico continúa
diciendo que él tiene su corcel y algún día lo jineteará por los caminos del
orbe asombrado, porque está escribiendo un libro que lo hará famoso, una gran
obra que estremecerá al mundo... Aún se ignora sobre qué versará y se sospecha
que la escriba durante las horas muertas, porque ahora en "Los
Argonautas" no hay mucho que vender. —¡Esto fue! En Tumeremo, la
intemperie y las lluvias han descolorido la tijera de oro pintada en la muestra
de la sastrería de Arteaguita, que ya a veces se come el trazo estropeando la
tela, y cuando el sastre, agobiado de hijos mal vestidos, se sienta a la puerta
por las noches y levanta la mirada hacia
la polvareda de mundos del Camino de Santiago, suelen asaltarlo nostalgias de
su ciudad natal y se le oye murmurar: —¡Caracas! ¡Caracas! ¡Quién estuviera a
esta hora en la esquina de Las Gradillas!... Sólo en "Tupuquén"
restan esperanzas bien cifradas. La tierra produce, los ganados se multiplican,
los hijos crecen y van saliendo buenos. De tiempo en tiempo allí se recuerda a
Marcos Vargas e invariablemente se exclama: —¿Qué se habrá hecho? ¡Aquella
esperanza fallida! ¡Aquella fuerza gozosa que se convirtió en atormentada!
Aracelis, cansada de esperarlo, se casó con un ingeniero inglés de las minas de
El Callao. Él había insistido mucho y ella por fin tuvo que decidirse, para
luego acceder: —¡Esto fue! Pero un día se detiene en "Tupuquén" un
viajero acompañado de un joven como de doce a catorce años. —Don Gabriel –dice
el primero–, aquí le mandan este muchacho para que usted lo eduque como está
educando a sus hijos. —¿Quién lo manda? –pregunta Ureña–. ¿Quién es ese
chico? —Pregúnteselo a él mismo
–responde el viajero.
Ureña lo mira a los ojos y ve
brillar la inteligencia, le oprime luego los músculos de los brazos y siente la
fortaleza, se lo queda contemplando, porque ya lo reconoce, y descubre la
bondad. Es un mestizo, bien templado el rasgo indio. —¿Cómo te llamas? –le
pregunta. Y el muchacho responde: —Marcos Vargas. Bocas del Orinoco. Aguas del
Padamu, del Ventuari... Allí mismo está esperándolas el mar. Apoyado sobre la
barandilla del puente de proa va otra vez Marcos Vargas. Ureña lo lleva a
dejarlo en un colegio de la capital donde
ya están dos de sus hijos, y es el Orinoco quien lo va sacando hacia el
porvenir... El río macho de los iracundos bramidos de Maipures y Atures... Ya
le rinde sus cuentas al mar...
Fin

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